23 ago. 2016

Ignacio Padilla







Me acabo de enterar de la muerte de Nacho Padilla, el escritor mexicano. Lo vi hace pocas semanas en la feria del libro de Azcapotzalco, en México DF. Estaba con su amigo inseparable, el también escritor Jorge Volpi. Nos saludamos, nos dimos un apretón de manos y cruzamos algunas palabras. Tenía muchos libros pendientes por delante... Y ahora, mientras ojeo la prensa mexicana e internacional, recuerdo que hace algunos años estuvimos juntos en un encuentro de escritores en Sevilla, España. Era un sentido homenaje a Roberto Bolaño, que en la foto está a mano izquierda y que moriría a los pocos días de tomada esa fotografía. Al otro extremo, en la otra columna, está, justamente, Nacho Padilla. En esa foto aparecen también los colombianos Jorge Franco y Santiago Gamboa... 

Qué pérdida tan grande para la literatura latinoamericana...
En su memoria, con afecto y respeto,
Mario Mendoza

In Memoriam Nacho Padilla.



Con inmenso dolor...





http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/20/mexico/1471714017_680324.html

22 ago. 2016

La curiosa historia de Tatunca Nara





Desde mis años de estudiante universitario, metido en la Luis Ángel Arango hasta altas horas de la noche, me atrajo la extraña aventura de un alemán llamado Karl Brugger, quien se había tropezado en el Amazonas brasileño, en la ciudad de Manaos, a una especie de indígena mal vestido, con ropas de mendigo, y que le había dicho en un alemán básico que él era Tatunca Nara, el príncipe de una dinastía milenaria de un pueblo muy antiguo llamado los Ugha Mongulala. Brugger tenía estudios en Sociología e Historia, y enseguida se interesó por el relato de este indígena alto y bien formado que había aprendido alemán quién sabe dónde.
La historia de Tatunca Nara no podía ser más sorprendente. Dijo que su pueblo era descendiente de unos seres que habían llegado de las estrellas hacía miles de años y que se habían instalado en la selva suramericana. Extendieron su influencia hasta lo que hoy en día es el sur de los Estados Unidos. Les enseñaron a los pueblos aborígenes matemáticas, astronomía, arquitectura y alta tecnología para construir sus templos y sus palacios.
También lograron armar una red de túneles muy complejos que comunicaban a varias ciudades subterráneas que estaban distribuidas por toda América. Dijeron que esas ciudades bajo tierra eran claves para poder sobrevivir a las catástrofes de cuerpos celestes que solían caer sobre la Tierra. De ese aprendizaje fueron herederos los pueblos que poblaron el México antiguo, las tribus ubicadas en lo que más tarde sería el Perú y en las inmediaciones de Bolivia.
 Luego, quizás intuyendo que su tiempo en este planeta ya había concluido o presintiendo algún tipo de desastre climático que arrasaría con buena parte de la población de entonces, partieron de nuevo en sus sofisticados aparatos que surcaron el cielo dejando estelas de humo que luego serían llamadas “serpientes voladoras”.
Cuando los “bárbaros blancos”, como los llamaba el indígena, llegaron al continente, los Ugha Mongulala borraron todas sus huellas y se internaron en la selva más profunda. Luego, en la medida en que la civilización los iba rodeando cada vez más, optaron entonces por habitar la ciudad intra-terrena que los ancestros habían diseñado para ellos. A veces salían a la superficie por caminos secretos que solo ellos conocían, comerciaban para conseguir semillas y alimentos con los lugareños, patrullaban las inmediaciones del río Amazonas para ver hasta qué punto el bárbaro blanco estaba destruyendo el ecosistema, y regresaban a los conductos secretos que estaban prohibidos para el resto de los mortales.
A partir de los datos de Brugger se intentaron algunas expediciones para encontrar esa ciudad perdida entre la maraña de la selva salvaje, pero las fiebres tropicales, las picaduras de los insectos y los percances climáticos impidieron dar con alguno de los pasadizos secretos.
Una versión habla de un gran fraude y de cómo Tatunca Nara era en realidad un impostor y un estafador. Pero el asunto no termina ahí, pues hubo varios asesinatos selectivos a partir de esta información sobre una ciudad subterránea en la mitad de la Amazonía, e incluso ese mismo indígena-alemán termina siendo guía de Jacques Cousteau en una expedición posterior.

Finalmente, el periodista Karl Brugger también fue asesinado en una playa de Ipanema por un desconocido que le disparó sin dejar huellas ni testigos. Más tarde se filtró a la prensa que el consulado alemán había entrado al apartamento de Brugger y se había llevado todo el material de sus investigaciones: notas, fotografías, mapas, entrevistas, artículos. Nunca se supo quién fue el asesino ni los autores intelectuales del crimen.

19 ago. 2016

COMUNICADO PÚBLICO







Mis únicas redes sociales son la página de Google+ y este blog llamado Proyecto Frankenstein. Aunque usen mi foto en otras redes sociales, no soy yo...
Aunque ahora que lo pienso, ¿quién es yo?
MM

15 ago. 2016

Mensajes





En 1974 se reunieron varios astrónomos de las mejores universidades del mundo y decidieron que sí era posible que allá afuera, en el universo, existieran otras especies de seres inteligentes como el hombre. Entre miles de millones de estrellas y planetas, era imposible que sólo hubiera florecido la vida en la Tierra. El problema era cómo enviar un mensaje, como lanzar al universo una información sobre nosotros. Era como arrojar al mar un mensaje en una botella y esperar que llegara a la costa indicada.
Los encargados de esa misión fueron Frank Drake y Carl Sagan. Diseñaron en lenguaje binario un mensaje en el que explicaban nuestra constitución atómica, datos de nuestro ADN, dónde estaba ubicada la Tierra en el sistema solar y qué tipo de antena parabólica iban a utilizar para comunicarse. Eligieron el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, que tenía una antena de 300 metros de diámetro, y dirigieron el mensaje hacia la constelación de Hércules, a un cúmulo de estrellas denominado M13. El hecho fue registrado por todos los medios de comunicación del mundo. Era nuestro primer mensaje en busca de amigos en la inmensidad del cosmos.
Como se trataba de comunicarse con planetas que estaban a miles de años luz, los científicos creyeron que si algún día nos llegaba una respuesta, eso sería en cuarenta o cincuenta mil años. Para ese entonces, quién sabe incluso si todavía existiéramos sobre la faz de la Tierra.
Pero dos años después, en 1976, empezaron a presentarse unos extraños sucesos. Unos dibujos geométricos de una perfección inusual aparecieron en campos de cultivo en Inglaterra. No se sabía quién los había hecho ni cómo. Los granjeros se iban a dormir y de pronto, a la mañana siguiente, aparecían en sus plantaciones esos dibujos cósmicos, estelares. Nadie había visto nada, no había testigos, los perros de guardia no habían ladrado, las patrullas que a veces vigilaban en la noche o a la madrugada habían reportado normalidad absoluta. Entonces, ¿quién había logrado trazar esos dibujos, muchos de ellos gigantescos, en medio de la oscuridad?
Durante años, las figuras continuaron apareciendo en distintos países ubicados en, por lo menos, tres continentes distintos. Un par de campesinos intentaron desacreditar la perfección y el origen no humano de esos mensajes, diciendo que, con dos tablones caseros, eran ellos mismos quienes habían trazado las figuras entre los trigales. Pero no dejaba de ser una explicación burda que servía para  tres o cuatro de los dibujos menos complejos. La verdad es que había imágenes impactantes, de cientos de metros de longitud y anchura, que parecían haber sido esbozadas desde arriba, desde una perspectiva que implicaba estar flotando en el aire.
El astrónomo Carl Sagan había advertido ya que, en caso de una comunicación con seres de otro planeta, muy seguramente el lenguaje utilizado sería la geometría, el álgebra, las matemáticas. Es decir, los números, las distancias, el equilibrio. Y eso fue lo que sucedió con exactitud. Los dibujos son no solo de una perfección matemática sorprendente, como si nos estuvieran transmitiendo un secreto universal, sino que también son trazos bellos, auténticas obras de arte.

Hay algo mágico en esto de enviar mensajes al espacio, como si se tratara de una botella lanzada al mar por un grupo de náufragos. Pero hay algo aún más misterioso en empezar a sospechar que otros también nos están enviando sus mensajes para que reconozcamos su presencia.