14 ago. 2017

El Salvaje




   Recordarán a Guillermo Arriaga por sus guiones en las películas Amores Perros y 21 Gramos, o por otros de sus libros como Retorno 201 o El búfalo de la noche. Un gran narrador, sin duda. Les recomiendo mucho su última novela, El Salvaje, en donde hay reminiscencias del mejor Jack London. Pero más que hablar sobre el libro, los dejo en compañía del propio autor para que sus palabras sirvan de introducción:



8 ago. 2017

Narciso analfabeto





Hace poco se preguntaron en todas partes el por qué de tanta corrupción entre nosotros. Varios columnistas y educadores hablaron al respecto. Para mí la respuesta es relativamente clara. El sistema viene cada vez más asustando a los estudiantes con el fracaso. Hay una pedagogía del miedo: miedo a no lograrlo, a quedarse a mitad de camino, a no alcanzar las metas soñadas.
 La palabra demoníaca es loser, es decir, perdedor. Un ser insignificante, mediocre, sin ambiciones, que nunca logró alcanzar fortuna, ni vivir en un buen condominio, ni comprar una camioneta último modelo, ni usar ropa de marca, que no viajó por el mundo quedándose en los mejores hoteles y que jamás pudo navegar en cruceros ni comer en los restaurantes de los chefs mejor calificados del mundo. En resumidas cuentas, un pobre tipo que vive en un apartamento oscuro en un barrio cualquiera, que compra su ropa en la sección rebajas, que solo come “corrientazos” y que cuenta monedas para poder llegar a fin de mes. No hay nada peor que levantarse una mañana, mirarse al espejo y descubrir que somos ese fulano.
Qué va, mentira. Ese mismo tipo en los años sesenta y setenta se llamaba outsider y era admirado y venerado. Se trataba de un sujeto que desconfiaba del sistema, que no tragaba entero, que despreciaba a los oligarcas y engreídos, y que en consecuencia había preferido hacerse a un lado en una jugada ética de limpieza moral. Fantástico. ¿Desde cuándo empezaron a asustarnos con él? Desde que el sistema logró educarnos de una manera narcisista para producir cada vez más.
El truco fue sutil, pero efectivo: calentarnos el oído con cantaletas que apuntaban a nuestro ego: tú no eres cualquiera, esperamos tanto de ti, tú eres un líder nato. Y poco a poco nos fuimos tragando esos discursos de los Narcisos enamorados de sí mismos que tienen que convertirse en líderes de su generación, sobresalir y alcanzar los peldaños más altos de la sociedad.
Los gurús de la época y los consejeros espirituales cantaron los mismos  estribillos en libros de autoayuda y coaching empresariales: una mente positiva todo lo puede. Falso. Nuestro lado negativo es igualmente importante: nuestras depresiones, nuestras caídas en falso, nuestros duelos y dolores más profundos. ¿Por qué tenemos que ocultarlos o negarlos? ¿Por qué tenemos que estar siempre sonrientes y llenos de planes entusiastas? ¿Por qué tenemos que dibujar una sonrisa cada mañana cuando lo que en realidad sentimos es que nos estamos cayendo en un abismo insondable? La sociedad de la gente feliz es otra entelequia más del capitalismo depredador.
La segunda jugada fue una jugada maestra: suprimieron las humanidades y empezaron una campaña contra ellas. Eso no da plata, eso no sirve para nada, eso es una pérdida de tiempo. La literatura o la filosofía son materias menores, al margen, que no se le aconsejan al estudiante sobresaliente que está llamado más bien a estudiar economía o finanzas. Hay que desconfiar de las artes plásticas, de la danza o de la música porque no son rentables, no encajan con la imagen del líder exitoso.
¿Conclusión? Ahí tenemos ya las consecuencias de esa mentalidad: una horda de cacos, rateros y codiciosos que han seguido al pie de la letra las enseñanzas del establecimiento: dinero, dinero, dinero. Mansiones, carros, viajes al extranjero hospedados en los mejores hoteles. Todos cantan el mismo coro: “Esta es la vida que yo me merezco”.

Y en la basura quedaron las magníficas lecciones que nos dejan los personajes de Dostoyevski, Zweig, Sábato o Salinger. Ese poder interior que nos transmiten sus páginas no les interesa a estos sátrapas agalludos y analfabetos que solo sueñan con cuentas en Miami y con camionetas cuatro puertas. En el fondo, seguimos atrapados en la misma ignorancia de siempre, porque no hay mucha diferencia entre ellos y los capos y sicarios de los carteles de antes. Son distintos nombres con el mismo apellido. Son parientes.