Le
pedí el favor en una peluquería que me cortara el cabello a ras, casi calvo.
Era un hombre joven y sencillo. Cuando estaba pasándome la máquina, le vi de
repente una cicatriz atroz que le cruzaba el antebrazo. Le pregunté qué le
había sucedido. Me contó que por robarle un dinero lo habían apuñalado. De
hecho, lo habían matado. Estuvo clínicamente muerto por varios minutos. Lo
resucitaron y lo conectaron a una máquina durante días. Una experiencia
tremenda, muy dolorosa. Me la contó sin jactarse de ella, con cierta humildad
en el tono de la voz. Pero se le notaba de lejos que había vivido algo extremo,
abismal. Lo rodeaba una atmósfera de fortaleza y candor al mismo tiempo. Al
final me dijo:
-
La vida no es vida si uno no es consciente de lo efímera que es. Nos creemos
eternos y esa pose nos vuelve imbéciles y presuntuosos.
Tiempo
después, conocí a una joven en la feria del libro y cruzamos unas cuantas
palabras. Iba con su novio y ambos formaban una pareja muy agradable. Desde su
nacimiento, Estefanía ha luchado en contra de un tumor que no quiere
desaparecer en la zona de su garganta. La han operado varias veces y las cicatrices
de esas cirugías le cruzan buena parte del cuello y la barbilla. Una tarde me
contó que había estado en coma, muy cerca de la muerte. Recuerdo que sentí un
escalofrío cuando me dijo muy seria, mirándome a los ojos con fijeza:
-
Ten cuidado con lo que hablas frente a alguien que está en coma. Uno escucha
todo y reconoce las voces. Yo oía lo que decía mi mamá y lo que conversaban las
enfermeras mientras me inyectaban o hacían la guardia. Estaba conectada a un
respirador artificial y con los ojos cerrados, pero era consciente de todo.
El
nombre del tumor de Estefanía es hemangiolinfangioma. A veces se inflama
durante semanas enteras y ella se la pasa escupiendo sangre. Me aseguró que en
la última crisis que había tenido investigó en Internet y descubrió que las
cauterizaciones podían solucionar, al menos por un tiempo, el tema del sangrado
permanente, que para ella era un tema fastidioso y desagradable. Los médicos le
dieron vueltas al asunto, la miraron con suficiencia, le dijeron que no, que
había muchas complicaciones intentando ese tipo de procedimiento y que no
creyera todo lo que leía en la red.
Ella
sabía que era eso lo que necesitaba. Entonces una noche, sola, mientras su
madre dormía, calentó una aguja larga y gruesa a la luz de una vela, y deslizó
el instrumento por la garganta hasta llegar a la parte del tumor que estaba
sangrando. El dolor casi le hace perder el sentido. Aguantó un par de días y
notó que el sangrado disminuía. Volvió a intentar una segunda cauterización y
una tercera. El sangrado desapareció por completo. Estaba en lo cierto.
Yo
la escuchaba estupefacto y me parecía mentira que una muchacha tan joven
tuviera las agallas suficientes como para tratarse ella misma su enfermedad de
un modo tan severo y estricto. Antes de despedirnos, me dijo con una sonrisa:
-
Mi sueño en la vida es servir, servir a los demás.
A
los pocos días conocí el caso de alguien que estuvo secuestrado durante meses
en un sótano inmundo y maloliente. Hablé con él largamente, y siempre tuve la
misma impresión: que había una dureza tremenda en su carácter, pero, al mismo
tiempo, una sensibilidad bien entrenada para comprender y compadecerse del
dolor ajeno. Era como si la dura experiencia hubiera forjado en su personalidad
un aguante que antes no existía, pero, simultáneamente, lo hubiera transformado
también en alguien más afectuoso y compasivo con los otros. Me dijo con cierta
dulzura en la voz:
-
Hemos venido a cambiar el mundo. No podemos pasar por aquí en vano. Tenemos que
hacer algo para que esto sea mejor.
He
visto algunas veces esta situación: hay personas que saben capitalizar su dolor
(físico o mental) para transformarlo en una fuerza positiva, en un agente de
cambio, en un motor que remueve estructuras internas que modifican la
conciencia. Y creo que buena parte del secreto de una vida aguda e inteligente
está justamente en esta pregunta: ¿qué hago con mi dolor? Y la clave la tienen
personas como éstas que cito aquí. El dolor puede ser inútil, soso y
desprovisto de cualquier encanto. Y no hay que buscarlo ni engrandecerlo de un
modo sádico-masoquista. No es bueno, ni agradable ni deseable. Pero si ya está
ahí, si es inevitable, es preciso entrenarnos internamente en cómo extraer de
él fuerzas extraordinarias que le otorguen a nuestra vida grandeza, sabiduría y
hondura.






