19 feb. 2018

Apología de la sociedad civil






   La vieja expresión de que los extremos se parecen es absolutamente cierta. No hay nada más parecido al Polo Norte que la Antártida: la misma temperatura, los mismos paisajes helados, los mismos icebergs suspendidos en medio de la nada. Es más, creo que si uno tomara una fotografía de esa blanca inmensidad sería imposible determinar si se trata del Polo Norte o del Polo Sur.
    Y ojo, lo opuesto de los polos es el Caribe o la jungla, es decir, el calor, el verde, las playas, los colores de las frutas jugosas de una vendedora cartagenera o la frondosidad del Amazonas en una tarde de verano. Lo opuesto de los polos está en la mitad del globo.
   Creo que lo mismo sucede en la política. Las dictaduras de derecha se parecen mucho a las de izquierda: un Pinochet, un Videla o un Stroessner terminan siendo bastante similares a un Maduro, un Ortega o un Castro. Algunos de ellos se hacen pasar por presidentes elegidos por voto popular, cuando la verdad es que mantienen los hilos del poder perfectamente controlados para no ir a darle ningún espacio a la oposición. Y son idénticos en su mesianismo trasnochado, en su violación de los derechos humanos, en su fastidio por todo aquello que sea diferente, en su culto a la imagen, en su narcisismo enfermizo. No hay nadie más parecido a Anastasio Somoza que Daniel Ortega.
   Lo opuesto a un dictador de derecha no es un dictador de izquierda, sino un demócrata convencido de su transitoriedad que entrega el poder sin creerse un salvador ni un dirigente indispensable. En ese sentido, Mandela dio una gran lección al considerarse no un héroe atornillado al poder, sino un servidor público que no pretendía nada más que cumplir con su deber y después hacerse a un lado.
   En nuestro país, los discursos incendiarios de la derecha recalcitrante se parecen cada vez más a los de la izquierda más radical. Las ideas guerreristas de ciertos dirigentes de la derecha se parecen cada vez más a las del ELN. A ambos los atrae el conflicto, la confrontación, una visión bélica de la historia. Y no se dan cuenta de que se fortalecen entre ellos. Los ataques recientes del ELN, por ejemplo, le vienen de maravilla a esa derecha que ahora puede hacer campaña gracias a las imágenes de los ataques, los asesinatos y las bombas de una guerrilla caduca y pasada de moda que sigue aferrada a la imagen del guerrero, del pandillero, del cowboy que se abre paso a plomo, con el revólver en la mano.
   Tampoco parecen darse cuenta de que los colombianos estamos hartos de esa manera de ser y de pensar. El odio como estrategia política ha sido su consigna. El que no está conmigo está contra mí. El que no quiere un gobierno fuerte y decidido es un castro-chavista. El que no desea un cambio revolucionario es un godo aliado con la oligarquía dominante. Ambos bandos ven el mundo desde una oposición simple, desde un miope maniqueísmo, desde un blanco y negro que anula por completo la inmensa gama de grises que componen el mundo.
   Quizás por eso mismo es que últimamente han salido varios de estos dirigentes a decir que las posiciones de centro no existen, que solo hay izquierda o derecha. Es decir, que solo existen ellos, los guerreros, los enardecidos, los iracundos. Cuando lo que estamos necesitando es exactamente lo contrario: que nos reconozcan a nosotros, los grises de la sociedad civil que hemos sostenido este país trabajando todos los días y pagando nuestros impuestos oportunamente. Que acepten que somos el tercer bando sobre el cual se edificará el futuro de nuestro país. En ninguno de los dos polos gélidos de nuestra política criolla estamos seguros. El odio no engendra nada, solo tiende a repetirse a sí mismo. En cambio, las posiciones mesuradas, reposadas y argumentativas del centro, de la sociedad civil, son terreno fértil para las ideas, la discusión inteligente y la construcción de una auténtica educación de paz, democracia y alteridad.

17 feb. 2018

EL HIJO DEL CARPINTERO



     Y bueno, acaba de llegar a librerías uno de mis libros preferidos de la saga. La posible historia de Jesús durante sus dieciocho años de desaparición. Difícil olvidar esta imagen del Maestro en posición de meditación. Espero que lo disfruten.










16 feb. 2018

Satanás en Francia



Esta semana salió la traducción de Satanás al francés en una editorial joven extraordinaria llamada Asphalte. Ya está en las librerías en París y en otras ciudades principales. Qué bien.






12 feb. 2018

Improvisación de un actor que lee






   La noche estaba empezando hasta ahora. El actor italiano de 65 años, Giovanni Mongiano, estaba en su camerino recitando algunos apartes de un monólogo que presentaría en un pequeño teatro del norte de Italia. El título de esa obra era: Improvisación de un actor que lee. Practicó algunos gestos en el espejo, revisó su maquillaje, hizo algunos ejercicios de vocalización. Todo estaba listo. De pronto, la mujer que trabajaba en la taquilla abrió la puerta del camerino y le dijo con pesadumbre y cierta pena contenida:
- Señor Mongiano, no sé cómo decirle esto.
- Tranquila, la escucho -dijo el actor sin dejar de mirarse en el espejo.
- Es una situación un poco incómoda.
- Dígame, no se preocupe.
- Debo comunicarle que es preciso cancelar la función.
- ¿Es una orden del productor?
- No, señor.
- ¿Y entonces?
- Es que no se ha vendido ni una sola entrada -dijo la mujer inclinando la cabeza con pesadumbre.
   Mongiano se quedó unos segundos pensativo y entonces dijo con cierto ánimo renovado:
- No importa. La función se realizará igualmente.
- Es que creo que no me ha entendido muy bien -dijo la mujer con cierto cansancio en la voz-. Ya cerramos la taquilla. No se vendió ni una sola entrada.
- Ya lo sé -respondió Mongiano sin inmutarse-. Haré la función de todos modos.
   La mujer insistió por última vez:
- Señor Mongiano, yo entendería ese gesto si hubiéramos vendido cinco boletas, o tres, o dos. Incluso lo entendería si hubiera una sola persona en el teatro. Pero es que no hay nadie. Todas las sillas están vacías.
- Precisamente por eso mismo es que debemos realizarla. Soy un profesional. Por favor comuníquele al encargado de luces que empezaremos a tiempo.
   Y, en efecto, a los pocos minutos, puntualmente, Mongiano salió al escenario y empezó a recitar su monólogo con seguridad y aplomo.  Caminó de un lado para el otro, agarró una calavera en un momento dado, bailó, se sonrió, arrojó papeles por el aire. El encargado de luces estaba profundamente conmovido y grabó algunos apartes que más tarde se volverían un suceso en las redes sociales.
   Al día siguiente varios medios de comunicación empezaron a hablar del viejo actor que se había mantenido firme en el escenario ante los embates de una época a la cual la cultura le interesa muy poco. Otros hablaron de un héroe anónimo. Algunos incluso afirmaron que había llegado el momento de entablar una querella en contra de una sociedad banal, frívola y superficial que prefería seguir en la red a cualquier celebridad idiota que asistir a una obra de teatro.
   Sospecho que a Mongiano no le interesaba ninguno de estos debates. Solo hizo lo que consideró correcto: respetar su trabajo. En las viejas tradiciones budistas se habla de “la acción sin mérito”, que significa algo como esto: debemos cumplir con nuestras obligaciones no pensando en los aplausos, ni en los golpecitos en el hombro, ni en el dinero, ni en las retribuciones que recibiremos a cambio. Hacemos lo que hacemos porque sí, porque es nuestro deber. Aunque a estas alturas ya a nadie le importe.

5 feb. 2018

El peso de la soledad





   Hace unos años un preso norteamericano que estaba condenado a confinamiento solitario escribió una petición conmovedora: le explicó en una carta al juez que tenerlo aislado, en silencio, sin contacto humano, era una tortura de dimensiones casi sádicas. Explicaba que eso era aún peor que todos los posibles crímenes que él hubiera podido cometer. Entonces se preguntaba: ¿cómo era posible que el sistema judicial fuera más cruel que sus propios convictos? En esa misma misiva analizó el deterioro físico y emocional de sus compañeros de pabellón, la locura que los empezaba a destruir, la depresión, los ataques de pánico o de ira que los podía conducir incluso a atentar contra sus propias vidas. Y terminaba su carta suplicando algo: que lo dejaran hablar con otra persona, que le permitieran interrelacionarse, que le dieran la posibilidad de trabajar junto a otros de los reclusos.
   Esta semana se nombró en el Reino Unido a la Ministra de la Soledad. Suena como a ciencia ficción, y no, tiene un sentido profundo. El aislamiento está convirtiéndose en una pandemia que trae consigo graves consecuencias: deterioro físico y cognitivo de las personas, improductividad, falta de asistencia a los puestos de trabajo, exceso de atención médica para los solitarios que cuesta mucho dinero.
   En primera instancia, uno cree que están hablando de los ancianos, de los abuelos que no tienen con quién hablar o compartir. Y sí, claro, se trata de ellos también, pues sobre todo en los inviernos se quedan atrapados en sus apartamentos y ni siquiera pueden acercarse a los supermercados para comprar sus víveres. Muchos de ellos son encontrados después de muertos por el olor. Sus vecinos dan la voz de alarma y las autoridades los encuentran ya putrefactos, en estado de descomposición.
   Pero se trata también de los jóvenes, de aquellos que crecieron ya en la era digital, y que no se dieron cuenta en qué momento la tecnología los aisló y los encerró en sí mismos. Un buen día empezamos a cortar los lazos que nos unían con amigos, colegas o parejas, y nos empezamos a quedar metidos en los videojuegos, en nuestros televisores, en nuestros computadores, en nuestros teléfonos celulares. Los contactos a través de Facebook o de Twitter nos dejan igual, encerrados en nuestras habitaciones sin un apretón de manos, sin un abrazo, sin un beso. Y la característica principal del Homo Sapiens ha sido su capacidad para asociarse con otros en busca de propósitos comunes. Por eso vencimos a los Neandertales y a otros homínidos, esa fue nuestra fuerza, nuestro plus en la larga ecuación de la supervivencia. Y los chats por la red no nos hacen más fuertes ni nos permiten abrazar a los otros para alcanzar metas grupales.
   Eso significa que la pretendida intercomunicación lo que ha generado en realidad es pura reversibilidad: en plena era digital estamos más solos que nunca. En Gran Bretaña se calculan cerca de nueve millones de solitarios. En Estados Unidos una encuesta habla de más del 40% de la población, es decir, casi la mitad de las personas. Y en Japón es considerada ya una epidemia que impide incluso amarse, abrazarse, tener relaciones sexuales. Los internautas prefieren acostarse con avatares de los programas computacionales que con sus semejantes.

   Este es nuestro tiempo. Esta es la soledad que nos está carcomiendo como una enfermedad silenciosa. De algún modo, nos estamos convirtiendo en ermitaños huraños, en monjes cibernéticos, en cascarrabias silenciosos que confundimos los chats virtuales con amigos de verdad.