26 sept. 2016

REPORTAJE PERIÓDICO EL PAÍS






Mario Mendoza y su resistencia civil a través de la escritura

Por: Santiago Cruz Hoyos / Periodista de Gaceta
Cultura

22/09/2016 - 05:28 PM
I ESPEJO
Mario Mendoza comenzó a sufrir por algo que parece simple pero que en realidad  puede ser toda una tragedia: no conseguir ropa. Entrar a los almacenes y no encontrar la talla adecuada. Mario irremediablemente nunca va a ser flaco. Si lo intentara, si quisiera ser delgado, sería como ir en contra de sí mismo, de su propia genética. Eso no significa que él crea que ser obeso es una maravilla, por supuesto,  o que haya que andar por ahí descuidado. Pero es un hecho que nunca tendrá los abdominales marcados y el cuerpo que patrocinan los últimos maniquíes.
- Tengo que buscar ropa acorde a mi cuerpo y tengo el derecho a encontrarla. Es democracia. Y resulta que no: no la encuentro.
Lo que encuentra es la mirada de los vendedores en los almacenes que sin decírselo le dicen: este lugar no es para usted. 
Y además, frente al espejo, Mario descubrió que envejecía. Y envejecer significa hacer una especie de disociación esquizofrénica: verse  y pensar que ese cuerpo no corresponde. No corresponden las canas, las arrugas, las ojeras, la flacidez,  con lo que se lleva adentro: un espíritu sin achaques.
Porque Mario sigue mamando gallo, sigue leyendo, escribiendo, viajando. Por dentro se siente intacto, potente. Afuera no. Una  gripa lo puede retener en casa 15 días.
Mario de alguna manera pasó a sentir lo que siente el personaje de una de sus novelas, ‘Lady Masacre’, una chica trans: tener la sensación de que se vive en un cuerpo ajeno. Un cuerpo que a los 52 años, como es su caso, comienza a deformarse.  
Mario pensaba en ello y recordó a un amigo suyo que era  deforme,  jorobado, enano, excluido  del estereotipo, y del que tenía algunas anotaciones. Entonces comenzó a escribir su más reciente novela: ‘La melancolía de los feos’.
II ESCRITORIO
En su escritorio, Mario tenía a la mano la biografía de Joseph Carey Merrick, ‘El Hombre Elefante’, un inglés que se hizo famoso debido a las malformaciones que padeció desde niño.  Merrick tenía el Síndrome de Proteus, una enfermedad llamada así por Proteo, el dios griego que podía cambiar de forma. 
La mano derecha de Merrick era gigantesca, y en su cara, dorso y espalda tenía tantos tumores que lo condenaron a ganarse la vida como rareza de circo. Merrick quiso entonces vivir en un asilo para ciegos; que nadie lo pudiera ver.  
También, en el escritorio, Mario tenía la historia del poeta mexicano Jorge Cuesta, quien tuvo una obsesión: convertirse en mujer. Incluso se castró. Se quitó de tajo el pene y los testículos.
A un costado de la mesa de trabajo Mario ubicó  la foto de Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas  tunecino que se inmoló en 2010 después de que le confiscaran su  puesto de ventas. Ese gesto, quemarse para resistir, despertó a la gente, activó una revolución: la protesta masiva que provocó la huida del dictador Zine El Abidine Ben. Llevaba 23 años en el poder. Bouazizi es llamado el padre de la Revolución tunecina.
En el escritorio  estaba también  la  semblanza  de  los hermanos Collyer, dos estadounidenses millonarios, 
famosos por convertir su mansión en un gran basurero. Acumuladores compulsivos, llegaron tener 200 toneladas de objetos que no servían para nada, sobre todo periódicos.  Cuando los encontraron muertos, los cuerpos tenían mordeduras de ratas.
Mario tenía la intención de construir un personaje, Alfonso, que viviera al borde de la sociedad, un excluido, un ‘outsider’: los que permanecen en la periferia de las normas, como todos los anteriores. Y sin embargo, en la ficción y a veces en la vida real, los ‘outsiders’  redimen al mundo. 
Todo ello atravesado por la melancolía, que es un estado, dice Mario citando a Jung, para bajar a los infiernos y purificarnos.
Aunque quizá el libro más importante que tenía en su mesa de trabajo fue uno que a Mario le cambió por completo la perspectiva de esta época: ‘La sociedad del cansancio’,  del filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

El libro 'La melancolía de los feos' del escritor Mario Mendoza. 
Especial para GACETA
- Yo me di cuenta de que todo eso de no encajar, de no estar satisfechos con el cuerpo, tiene que ver también con una melancolía que se extiende a nivel general por el cansancio. Es decir: primero nos vendieron la sociedad del rendimiento; los gimnasios, la delgadez, tú puedes, esfuérzate, autoayuda, éxito, triunfo, belleza. Y ahora estamos en lo que nos dejó eso: la sociedad de la fatiga. Ya no nos podemos levantar de la cama. Apenas tenemos una mañana libre nos quedamos haciendo zapping, felices. No queremos contestar el teléfono, dormimos, nos despertamos, nos volvemos a dormir, no queremos salir a la calle, ni siquiera nos bañamos. Y yo creo que de alguna manera todos estamos así. Entonces me pregunté: ¿Qué significa una sociedad melancólica por fatiga? ¿Qué significa ser un ‘outsider’, corporal y espiritual, en medio de esta locura? Y allí entró Alfonso, el protagonista de la novela, en toda su fuerza.

III LA CÁMARA
Mario pensó al principio que sería médico. Incluso vio algunas clases con su padre, un hombre de ciencia que siempre contaba feliz que había rajado a su hijo en la materia. Mario sonríe cuando lo recuerda. Su padre era el bastión, su imagen sagrada. Un hombre tan grande y tan fuerte que parecía eterno. Sin embargo, a los pocos meses de que le llegara a Mario su gran reconocimiento como escritor, el premio Seix Barral por  su novela ‘Satanás’, su padre enfermó y murió. Mario tenía 38. Entró en depresión.  Le costó  años  salir de ahí.
El ego que pudo haberle generado el premio lo doblegó el dolor. Es imposible ser un ególatra y estar deprimido al mismo tiempo. Así que Mario forjó su carácter a golpes, dominó el ego a golpes. No somos nada, finalmente. Y del ego también habla la novela.
El eje de todo el capitalismo es el ego, dice Mario. De ahí tantos cursos de liderazgo: vamos a enseñarles a los jóvenes a ser líderes, a ser exitosos, ganadores. Y eso es peligroso. Se le empieza a introducir  al otro una idea terrible: tú no eres como los demás. Tú estás para grandes cosas. Tú tienes que dar ordenes, alcanzar grandes escaños. Es una trampa muy eficaz en la que todos caemos. También, de paso, nos obligan a ser bellos, a vestirnos mejor, a tener lo último. Así se sostiene el capitalismo. 
El problema es que poco a poco la vida nos  pone en nuestro lugar, en nuestra  justa posición. Y ahí la depresión es terrible. La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo: tiene que ver con la desilusión del ego, de las expectativas que yo mismo puse en mí y que al final no se cumplieron.
Para los bellos, las bellas, o para quienes hacen apología de la belleza, todo es aún peor. Porque primero se mantiene la belleza con cirugías, cremas, ropa costosa, el gimnasio, las dietas. Primero se está prisionero de esa cárcel. Después llega la depresión. El paso del tiempo es inexorable. No perdona a nadie, se pierde esa belleza de la que se está perdidamente enamorado. Debe ser una angustia terrible el envejecimiento de los que aman ser bellos en esta, la era de las selfies, que son  el alimento del ego.
En los tiempos en los que Mario era un adolescente a nadie se le ocurría voltear la cámara para tomarse una foto a sí mismo. Era absurdo. La mirada estaba puesta al contrario: en el otro, en los demás, el resto del mundo. El girar la cámara hacia nosotros mismos  muestra el eje de todo el capitalismo. 
 -Ojalá no entráramos en ese ego.  Entender desde el principio que no soy nadie, no soy nada. Si tuviera que dar cursos, daría cursos de antiliderazgo. De: fresco, relájese, usted es una persona común y corriente. Haga la fila como todo el mundo. No se angustie por figurar ni sobresalir, no busque   cambiar el mundo, ni a la humanidad, ni nada.  Lo que necesitamos es más gente que sepa trabajar en equipo. Cooperativismo. Pero eso se logra cuando nadie llega a dar ordenes, a que el otro se adapte a él, no, sino que entre todos nos escuchemos y definamos para dónde agarramos. Gente que sepa trabajar en equipo es gente que tiene el ego controlado, que sabe avanzar colectivamente, sin imponerse. A mí me parece que ese es el camino correcto pensando en este nuevo país que se nos va a venir, tras el acuerdo con la guerrilla. Si algo necesitamos es trabajo en equipo, que es un antivalor del capitalismo.
IV ESTRATO

Mario pensó al principio que sería médico, pero al final se dio cuenta que eso no era lo que le interesaba. En 1983 entró al departamento de literatura de la Universidad Javeriana de Bogotá. Y eso le costó. Dejar medicina por literatura le costó. 

Tanto que se tuvo que ir de su casa con un par de libros, algo de ropa. Era la vergüenza para cierta gente y Mario quería evitar -yéndose-  que esa gente sintiera  vergüenza.   

Vivió en pensiones y en cuartos de alquiler. Las personas con las que jugaba fútbol, se prestaba dinero, se tomaba una cerveza, eran choferes del senado, prostitutas, vendedores sospechosos. 

Fue, dice, un contacto con la Colombia profunda.  Fue la semilla de la obra que escribió después, todo el universo Mario Mendoza. Fue también ‘desclasarse’: abandonar para siempre su clase media ilustrada, para mezclarse con todos. No mezclarnos ha sido en gran parte la raíz de la violencia en Colombia, dice Mario.

-Todo somos un clasista inconsciente. Porque la gente, cuando tú le preguntas por la democracia, dice: no, claro, yo apoyo la igualdad. Y uno va  a ver sus vidas privadas,  sus amigos, sus afectos, sus parejas, y todos están o en su mismo estrato o hacia arriba. Nos relacionamos en nuestro mismo estrato o hacia arriba. Hacia abajo no. Hacemos élite sin darnos cuenta.  Llega a tu casa con una novia negra o indígena. Seguramente habrá un interrogatorio,  te pasarán el filtro social. Mira los cuadernos de los muchachos: está la Barbie, la modelo rubia. Los jóvenes empiezan a tener esa idea de que solo una novia así, como la de los cuadernos, vale la pena.

Si hay un problema a futuro va a ser  el de educar a los 40 millones de colombianos y enseñarles a mezclarse. Que los estratos vuelen y viajen y se conozcan entre ellos, y así vamos formando una colectividad potente.  Reinsertar a la guerrilla es algo que relativamente ya está claro.  Realmente eso  no va a ser difícil. El problema va a ser reeducar a los otros 40 millones de colombianos que están al otro lado. El problema no es la guerrilla. El problema somos nosotros.

V RESISTENCIA



Mario en una de su visitas a Biblioghetto, la biblioteca ambulante 
en el barrio Petecuy.
Especial para GACETA
En la última página de ‘La melancolía de los feos’,  Mario escribió: “Escribir es resistir”. Es también lo que hace con su blog: Proyecto Frankenstein. A Mario le pareció preciosa la metáfora de Víctor Frankenstein: recoger cuerpos, pedazos de cuerpos que están botados por ahí, y unirlos para crear vida. Mario sentía que él mismo, y quizás sus lectores, eran  esos miembros esparcidos que no significában mayor cosa para la sociedad,  que estaban botados como cadáveres en un rincón, o deprimidos, o solos, o pobres, o feos, o lo que sea. Mario y sus lectores  tienen un costado de ‘outsiders’ y él se propuso recoger a  cada cuerpo, cada pedazo, hasta armar un transformer potente: la metáfora de la resistencia civil.


Por eso, además de escribir, Mario visita los colegios, las bibliotecas públicas, las casas de lectura, Biblioghetto en Cali, una biblioteca ambulante que les enseña a leer y a escribir a los niños de Petecuy, un barrio ubicado a pasos del jarillón del río Cauca,  en el Distrito de Aguablanca. La biblioteca  va de esquina a esquina, de parque en parque, y la dirige otro escritor: Gustavo Andrés Gutiérrez.

Gustavo, siendo un jovencito, le pidió a su mamá que lo llevara a escuchar a Mario Mendoza. Era un día cualquiera, en un lugar que Mario ya no recuerda. El caso es que iba a dictar una conferencia, y antes de entrar  cruzó un par de palabras con Gustavo, le autografió un libro. Y para Gustavo eso fue como un milagro; un gesto tan pequeño que le tocó  la vida.

Se empezaron, desde entonces, a cartear. Gustavo le contó lo que hacía en su barrio, le contó también que hacía libros de cartón,  y Mario se dijo que tenía que venir a conocer ese proyecto tan bello.

Recorrió Petecuy con Gustavo, les donó libros a los niños, leyó con ellos  y pensó en algo: el heroísmo en Colombia está en los humildes. Los que sin tener, lo dan todo. Desde entonces permanecen en contacto,   trabajan juntos. Por eso escribir es resistir. Resistir también es decir:

-  Siento un respeto profundo por quienes piensan votar por el No en el plebiscito para refrendar los acuerdos con la guerrilla. No hay que insultarlos como se ha hecho o considerar que los que queremos el Sí tenemos la verdad, porque puede uno caer en un fanatismo mesiánico que se vuelve fundamentalismo.

Pero a los del No quisiera decirles que esta vez voten con el corazón. No con los argumentos, la capacidad de raciocinio. Seguramente tienen argumentos muy válidos para decir no. Nadie va  a decir que nos gusta todo lo que está en el acuerdo. Muchas de esas cosas nos entran en reversa. Pero  siempre pienso en Phan T. Kim Phúc, la mujer de la famosa fotografía en Vietnam. La niña que viene corriendo después de ser bombardeada, su cuerpo totalmente quemado por Napalm. Ella sobrevive. Y en 1996  da una conferencia en Estados Unidos. Es una activista muy fuerte sobre los derechos civiles.

Y de pronto termina su conferencia y se acerca un tipo hecho pedazos, llorando. No puede ni hablar del llanto, y se ahoga y se ahoga y no le puede decir que es lo que le pasa, y ella le dice tranquilo, cuéntame. Y él le dice: yo era el piloto. Yo  fui el que tiré la bomba. Yo cometí el error. Al tipo que la quemó viva, ella lo abraza y lloran juntos. Y le dice: tranquilo, no pasa nada. Yo ya te perdoné. Lo más difícil ahora es que tú te perdones a ti mismo. Y les toman una foto. Y ella dice: vean la foto. Si yo pude perdonar, puede perdonar cualquiera. Y yo les diría entonces  a los que piensan votar por el No: vean la foto. Si puede perdonar ella, puede perdonar cualquiera. Piensen en el perdón y voten con el corazón.


“Ese trabajo solitario que hace Gustavo Andrés Gutiérrez con Biblioghetto en Petecuy, fomentar la literatura en las calle, es lo que debería hacer Cali. Debería ser un proyecto de ciudad”.



22 sept. 2016

BENITO TAIBO EN BOGOTÁ



(Fotografía tomada de Milenio.com)


Mañana viernes 23 de septiembre, en la librería del Fondo de Cultura Económica, en el Centro García Márquez de La Candelaria, estaremos hablando con Benito Taibo sobre su más reciente novela, Corazonadas. A los que puedan ir, allá nos vemos... 5:30 pm...

Saludos, MM

19 sept. 2016

La Melancolía de los Feos en Medellín










Lanzamiento de La Melancolía de los Feos en Medellín.
Gracias a los lectores por su afecto y su solidaridad.
Saludos, MM.

Declive





Con Antonio García en la Fiesta del Libro de Medellín. Entre muchos temas, hablamos de su reciente y extraordinaria novela, Declive, que les recomiendo mucho.
 El público de Medellín, como siempre, genial.
Saludos, MM.

Medellín 2016





Con algunos de mis colegas en la Fiesta del Libro de Medellín. 
Gracias a la organización por su hospitalidad de siempre. 
La foto es del fotógrafo de escritores Daniel Mordzinski.
Saludos, MM.

14 sept. 2016

Fiesta del libro de Medellín


Fiesta del libro de Medellín


Fiesta del libro de Medellín


Benito Taibo en Bogotá





Recorrido literario por la obra de Benito Taibo

Librería FCE (Centro Cultural García Márquez)

Con la presencia del autor
A cargo de Mario Mendoza

Benito Taibo nació en la ciudad de México en 1960. Es considerado como uno de los escritores más activos en la promoción de la lectura en opinión del Instituto de Desarrollo Profesional para libreros (Indeli), quien otorgó al autor, el premio Pérgolas. Su trabajo transita entre la poesía, el cómic, la televisión y la publicidad. Entre sus libros se encuentran Persona normal (2012) y Corazonadas (2016).

12 sept. 2016

BRUCE LEE





Desde muy joven me atrajo sobremanera la figura de Bruce Lee, el legendario filósofo de las artes marciales, y su técnica, el Jeet Kune Do, que en realidad era una mezcla de todo, una fusión de formas y destrezas que venían de distintas disciplinas: kung fu, karate, judo, taekwondo. No se practica para uno ser fuerte o veloz, sino que la misma práctica es fuerza y velocidad incorporadas.
Difícil olvidar sus películas, que por entonces veíamos en el cine Trevi, en el Palermo o en el Metro Riviera, adonde acudíamos sus fans con escasos 12 0 13 años a ver al maestro en acción. Ahora que evoco esa época, no sin cierta nostalgia, me doy cuenta de que sus enseñanzas serían claves unos años después, cuando ya estaba estudiando literatura y soñando con empezar a escribir mis primeros textos.
La perfección del guerrero no está en su fortaleza, sino en su dulzura. Alguien preparado a toda hora para defenderse o atacar no tiene encanto alguno. Es más, tarde o temprano nos aburre con sus prevenciones y su agresividad. En cambio, alguien muy fuerte que siempre está sonriente, que tiene buen humor y que se relaciona con los otros basándose en la ternura y la camaradería, eso sí nos asombra y nos genera admiración. Si se observa en detalle a los luchadores de Jeet Kune Do, todos irradian una cierta dicha que se contagia con facilidad.
En los combates Bruce era temible, indestructible. Pero por fuera de ellos era simpático, alegre, hacía bromas durante los rodajes e incluso era un sujeto dulce y cariñoso con todos. Su sonrisa era inconfundible y mostraba a un hombre que, ante todo, disfrutaba de la vida como pocos.
En 1958, en Hong Kong, Bruce ganó un concurso de baile de Cha Cha Cha. Parece mentira, pero la imagen del joven callejero y pendenciero que había mostrado en sus primeras películas contrasta por completo con ésta de bailarín experimentado. Poco después regresaría a San Francisco y, en el barco, se gana la vida dando clases de baile. Sus pies se mueven por el piso con una agilidad sorprendente y sonríe todo el tiempo. Le gusta, lo disfruta.
 En un casting que hizo en 1964, cuando tenía 24 años, le preguntan por algunos personajes del teatro chino, y él los imita con gracia moviéndose como ellos y caminando  de distintas maneras. Más adelante será el famoso Kato, el compañero inseparable de El Avispón Verde, y de nuevo su simpatía y su capacidad para sorprender serán las claves del personaje. No eran sólo su fuerza y su contundencia las que lo convirtieron en un ídolo, era la plenitud que emanaba de él, la frescura que irradiaba.
El Jeet Kune Do no es sólo un asunto de fuerza y velocidad, sino ante todo de potencia interior, cuya manifestación más poderosa es, sin duda, la alegría. No hay que prepararse para combatir a los demás, sino que lo primero que debe hacerse es vencerse a sí mismo, ir más allá de las categorías que se van incorporando como hábitos, derrotar el dolor y las prevenciones, la herencia que recibimos de nuestros padres, la vanidad, el engreimiento, los vicios, las trampas que esconde nuestro carácter. Es posible moldearse, re dibujarse, modificarse una y otra vez como si se estuviera trabajando con arcilla o plastilina. Uno no es el resultado de lo que le toca ser, sino el producto de años de esfuerzo y dedicación.
Por eso los imitadores de Bruce Lee jamás pudieron ni siquiera parecérsele remotamente. Porque se fijaron solo en su talento para las artes marciales, no en su equilibrio mental y espiritual, en su alegría, que era la fuente de su grandeza.