17/06/2013

El dolor





Le pedí el favor en una peluquería que me cortara el cabello a ras, casi calvo. Era un hombre joven y sencillo. Cuando estaba pasándome la máquina, le vi de repente una cicatriz atroz que le cruzaba el antebrazo. Le pregunté qué le había sucedido. Me contó que por robarle un dinero lo habían apuñalado. De hecho, lo habían matado. Estuvo clínicamente muerto por varios minutos. Lo resucitaron y lo conectaron a una máquina durante días. Una experiencia tremenda, muy dolorosa. Me la contó sin jactarse de ella, con cierta humildad en el tono de la voz. Pero se le notaba de lejos que había vivido algo extremo, abismal. Lo rodeaba una atmósfera de fortaleza y candor al mismo tiempo. Al final me dijo:
- La vida no es vida si uno no es consciente de lo efímera que es. Nos creemos eternos y esa pose nos vuelve imbéciles y presuntuosos.
Tiempo después, conocí a una joven en la feria del libro y cruzamos unas cuantas palabras. Iba con su novio y ambos formaban una pareja muy agradable. Desde su nacimiento, Estefanía ha luchado en contra de un tumor que no quiere desaparecer en la zona de su garganta. La han operado varias veces y las cicatrices de esas cirugías le cruzan buena parte del cuello y la barbilla. Una tarde me contó que había estado en coma, muy cerca de la muerte. Recuerdo que sentí un escalofrío cuando me dijo muy seria, mirándome a los ojos con fijeza:
- Ten cuidado con lo que hablas frente a alguien que está en coma. Uno escucha todo y reconoce las voces. Yo oía lo que decía mi mamá y lo que conversaban las enfermeras mientras me inyectaban o hacían la guardia. Estaba conectada a un respirador artificial y con los ojos cerrados, pero era consciente de todo.
El nombre del tumor de Estefanía es hemangiolinfangioma. A veces se inflama durante semanas enteras y ella se la pasa escupiendo sangre. Me aseguró que en la última crisis que había tenido investigó en Internet y descubrió que las cauterizaciones podían solucionar, al menos por un tiempo, el tema del sangrado permanente, que para ella era un tema fastidioso y desagradable. Los médicos le dieron vueltas al asunto, la miraron con suficiencia, le dijeron que no, que había muchas complicaciones intentando ese tipo de procedimiento y que no creyera todo lo que leía en la red.
Ella sabía que era eso lo que necesitaba. Entonces una noche, sola, mientras su madre dormía, calentó una aguja larga y gruesa a la luz de una vela, y deslizó el instrumento por la garganta hasta llegar a la parte del tumor que estaba sangrando. El dolor casi le hace perder el sentido. Aguantó un par de días y notó que el sangrado disminuía. Volvió a intentar una segunda cauterización y una tercera. El sangrado desapareció por completo. Estaba en lo cierto.
Yo la escuchaba estupefacto y me parecía mentira que una muchacha tan joven tuviera las agallas suficientes como para tratarse ella misma su enfermedad de un modo tan severo y estricto. Antes de despedirnos, me dijo con una sonrisa:
- Mi sueño en la vida es servir, servir a los demás.
A los pocos días conocí el caso de alguien que estuvo secuestrado durante meses en un sótano inmundo y maloliente. Hablé con él largamente, y siempre tuve la misma impresión: que había una dureza tremenda en su carácter, pero, al mismo tiempo, una sensibilidad bien entrenada para comprender y compadecerse del dolor ajeno. Era como si la dura experiencia hubiera forjado en su personalidad un aguante que antes no existía, pero, simultáneamente, lo hubiera transformado también en alguien más afectuoso y compasivo con los otros. Me dijo con cierta dulzura en la voz:
- Hemos venido a cambiar el mundo. No podemos pasar por aquí en vano. Tenemos que hacer algo para que esto sea mejor.

He visto algunas veces esta situación: hay personas que saben capitalizar su dolor (físico o mental) para transformarlo en una fuerza positiva, en un agente de cambio, en un motor que remueve estructuras internas que modifican la conciencia. Y creo que buena parte del secreto de una vida aguda e inteligente está justamente en esta pregunta: ¿qué hago con mi dolor? Y la clave la tienen personas como éstas que cito aquí. El dolor puede ser inútil, soso y desprovisto de cualquier encanto. Y no hay que buscarlo ni engrandecerlo de un modo sádico-masoquista. No es bueno, ni agradable ni deseable. Pero si ya está ahí, si es inevitable, es preciso entrenarnos internamente en cómo extraer de él fuerzas extraordinarias que le otorguen a nuestra vida grandeza, sabiduría y hondura. 

11/06/2013

El arma





Hace unos años trabajé con un preso de La Picota llamado Klauss. Un jardinero y estilista abducido por extraterrestres que se había ganado también cierto prestigio como adivino y médium. Yo lo ayudaba a escribir una crónica sobre sí mismo que saldría publicada en el periódico El Tiempo.
En una de las visitas, Klauss me pide que lo acompañe hasta su celda. Atravieso la cárcel caminando a su lado. En el aire enrarecido de la prisión, en los gestos y los comportamientos casi imperceptibles, en las miradas, en la manera de señalarnos cuando pasamos, siento las burlas, la homofobia permanente, el escarnio al que Klauss ya está acostumbrado. Pero por primera vez siento también que los demás reclusos no se acercan a él, que le temen, que de alguna manera extraña el estilista amanerado impone respeto y cierto terror.
Un hombre en silla de ruedas se acerca y le dice que fresco, que no se preocupe por el Wimpy (el almuerzo), que se lo recogerá en la parte baja de la silla y que se lo guardará hasta que él llegue. Klauss asiente. De algún lado le gritan “Floricienta”, una referencia a un personaje de una telenovela que se aplica a él por ser homosexual y además el encargado de las flores del jardín. Wagner no se inmuta, se sonríe con cierta superioridad. Entonces noto en los otros la distancia, la forma como lo evitan o como lo saludan con cierto temor. Intuyo que se ha ganado ese miedo a pulso, a punta de enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Me digo que su inteligencia también le sirve para defenderse, que con la misma agudeza con la que escribe debe herir a los otros.
Floricienta escribe, sí, poda las plantas del patio, sí, pero también sabe dónde cortar para que brote más sangre, dónde herir para que el otro quede fuera de combate. Flores y espinas, tinta y sangre, el arte y la muerte. Klauss hace equilibrio entre la literatura y el salvajismo más despiadado. Lo miro de reojo y, en efecto, mientras caminamos por los corredores, él no se sonríe y observa a los otros con ojos felinos, con el rictus de su rostro en una instantánea mueca animal.
Su celda es un hueco oscuro con dos camastros en forma de ele. Veo sus calcomanías de carros y motocicletas pegadas a la pared, sus escasos libros en un rincón, la cueva en la que gasta las horas y los días de su tiempo carcelario. Su compañero de celda no está y él agarra la carpeta, cierra la celda con candado y salimos. En el corredor, veo una serie de cambuches improvisados en el suelo. Es el hacinamiento de las cárceles en Colombia. Ya no hay espacio para más reclusos y entonces se acomodan como pueden en los pasillos o en cualquier rincón vacío disponible. Nos miran con curiosidad, pero ya saben que Klauss está trabajando en un proyecto literario y suponen que yo soy el maestro que lo acompaña. No hay frases insultantes, pero sí miradas de recelo y de cierto desdén.
Cuando alcanzamos el patio externo, Klauss respira, toma aire y vuelve a hacerme bromas y a reírse conmigo. Me gusta imaginar que este hombre empuña el lápiz como un arma y que su inteligencia corta la realidad como si fuera carne humana a punta de empezar a sangrar.

¿Tengo yo esta fuerza, este coraje? ¿Escribo mis libros así, como si mis palabras estuvieran a punto de herir al lector allí donde es más vulnerable? ¿Cuando estoy con el esfero en la mano lo agarro como si tuviera un cuchillo ensangrentado? ¿Tengo conciencia de que el lenguaje es un arma, quizás la más peligrosa de todas?

03/06/2013

La soledad y la terquedad





Entré al Museo Botero a las once de la mañana. La sola casa, con su patio central y su fuente, es ya en sí misma uno de los rincones más acogedores de Bogotá.
En la sala de impresionismo, en el primer piso a la izquierda, hay un cuadro de Toulouse-Lautrec llamado La bebedora de absenta. Es una mujer sola sentada a una mesa con un vaso de ajenjo frente a ella. Por su corpulencia e indumentaria podemos suponer que se trata de una trabajadora, de una mujer soltera y pobre que al final de una jornada dura decide buscar refugio en una taberna escondida. Mira hacia el frente ensimismada, sumida en sus pensamientos y sus recuerdos. Quizás añora un beso, una caricia, un poco de contacto humano.
Y es imposible no pensar que en la soledad de ella está también agazapada la soledad del propio Lautrec, quien era un bebedor solitario y compulsivo. La atrofia de sus piernas y su aspecto de enano lisiado convirtieron a este artista en un marginal que buscó en el alcohol una ayuda, un refugio para ese dolor que le causaba el ser un contrahecho. Hay algo en los bebedores solitarios que siempre me ha conmovido, es como si aceptaran de manera contundente una realidad que todos los demás ocultamos o disfrazamos: que nacemos y morimos solos, lejos de los otros y del mundo.
Y en el aislamiento espiritual de esta mujer, también, vi el final de Lautrec, alcoholizado hasta el delirium tremens, disparando contra las paredes de su estudio porque veía arañas recorriendo las telas de sus cuadros, recogido en la calle como cualquier beodo anónimo y arrastrado hasta un manicomio junto a otros marginales como él. Lautrec muere en 1901, justo cuando está empezando el siglo cuya impronta será la angustia y la desesperación.
En el segundo piso hay un dibujo a lápiz del maestro Fernando Botero que suele pasar desapercibido y que siempre me ha impactado sobremanera: Retrato de mi madre. Me quedé cerca de media hora frente al cuadro. Es claro que el pasado familiar de este artista no es la opulencia. La madre es retratada como una mujer que debe trabajar en la casa para sostener a su familia. Sentada frente a su máquina Singer pedaleando, con una mano en el rodillo y la otra en la prenda que está arreglando, intuimos con facilidad que pasa largas horas sentada en ese lugar sin ver la luz del sol. Es casi seguro que al final del día le duele la espalda, que no ve, que tiene los dedos pinchados, que sufre de calambres en las piernas. Es la imagen de la costurera pobre, un personaje recurrente en la historia de la pintura.
Lo curioso es que el óvalo del rostro de esta mujer y sus rasgos más sobresalientes nos recuerdan de inmediato al artista. Es decir, Botero se retrata a sí mismo en el rostro de su progenitora, como haciendo consciente una herencia invisible: que de la misma manera que su madre debía trabajar horas y horas en posiciones incómodas para su cuerpo, él también está destinado a ese rigor y esa disciplina férreos para construir su obra. Esto es, la clave de un artista no está sólo en su talento, sino en su terquedad, en su obstinación, en su capacidad de aguante. Por eso este dibujo hay que verlo una y mil veces: para recordarlo en los momentos de flaqueza, cuando bajamos la guardia de mala manera.

El artista siempre está solo y siempre está en pie de guerra. Por eso es un oficio de pocos.


28/05/2013

Proyecto Buda Blues





Hace unas semanas les dije a unos muchachos en Manizales que escribir es una de las infinitas bifurcaciones de la soledad. Poco a poco, sin darse cuenta, el escritor va ingresando en un territorio de nadie, en una estepa, en un desierto donde viaja sólo acompañado por sus personajes. Monologa, habla en voz alta, se transforma, delira, muta, y muchas veces termina ahogado en esa muchedumbre que lo habita. Es como un Robinson Crusoe que naufraga en una isla donde lo está esperando la inmensa vastedad de sí mismo. Y a veces, si la suerte está de su lado, entre guerreros y caníbales, desembarca Viernes para salvarlo de la locura, para recordarle que allá, al otro lado, aún hay alguien. En la literatura, ese hombre que pone su pie en la isla del solitario es el lector. Y es un encuentro mágico, increíble.
A lo largo de los últimos años he pensado una y otra vez en la debilidad, en la fragilidad, en la infinita vulnerabilidad de cada uno de nosotros frente a las trampas y sinuosidades de un sistema opresor y criminal. Y me he preguntado qué injerencia puede tener la obra literaria en un mundo así.
Yo me he ido quedando atrapado, aislado, exiliado en mi propio estudio, pero me doy cuenta de que no soy el único, de que afuera les está ocurriendo lo mismo a los otros. Nos han dicho que las autopistas de información nos han unido y que han creado lazos que nos vinculan en una nueva hermandad tecnológica. En apariencia, quizás. Pero en el fondo estamos más solos que nunca. Una ciudad es una suma de celdas en las que cada quien está cumpliendo su condena. Siete mil millones de personas es un número que ya sobresaturó el sistema, y eso significa que empieza la reversibilidad del mismo. Hay un número creciente de canales de comunicación, pero ya nadie puede confiar en los otros, no cree en ellos, no tiene ánimos ni ganas de entablar el contacto. Hemos quedado satelizados en nosotros mismos. Y la pregunta vuelve y se repite: ¿qué importancia puede tener la obra literaria en un mundo así?
A finales de 2010 un hombre humilde se incineró en Túnez y estalló la Revolución de los Jazmines, que dio origen a la Primavera Árabe. Recuerdo haber seguido por Internet cada nueva noticia al respecto. Sabía que era el comienzo de una emancipación que tarde o temprano se extendería vertiginosamente. Pero no sabía cómo sumarme a ella, cómo contribuir. Ese hombre llamado Mohamed Bouazizi murió el 4 de enero de 2011. Enseguida, lo único que se me ocurrió fue abrir un blog y empezar a pensar en qué significa resistir, por qué hacerlo, cómo lograrlo. Llamé a ese blog Proyecto Frankenstein porque se trataba de encontrar en la periferia a otros seres rotos como yo, aislados, marginados, inconformes, e intentar crear con ellos un cuerpo común para enfrentar una época tan perniciosa y perversa como la nuestra. En efecto, el blog me permitió ir hallando en el camino a unos pocos lectores con los cuales cada semana pensábamos y debatíamos ciertas temáticas que nos interesaban particularmente.
Poco a poco, en las ferias del libro, en conferencias o en seminarios académicos, empecé a tropezarme a los lectores de ese blog. Nos saludábamos, nos estrechábamos la mano, cruzábamos dos palabras, me memoricé algunos nombres. Eran encuentros que me dejaban siempre con una sonrisa en los labios y que me confirmaban que allá, al otro lado de los libros, estaban esos seres extraordinarios que los leían apasionadamente, que recreaban cada historia que yo había soñado, que le daban vida y sentido a la palabra escrita.
En septiembre de 2012, en el lanzamiento de La importancia de morir a tiempo, unos jóvenes me saludaron de paso y me hablaron de un proyecto que había surgido a partir de una de mis novelas: Buda Blues. Me encantó la idea, pero no alcanzamos a cruzar datos ni a ponernos de acuerdo para conversar más a fondo. Durante días me pregunté quiénes eran, qué hacían, cómo se habían ido encontrando los unos con los otros. No dejaba de fascinarme la idea de que ese grupo hubiera surgido, justamente, de una novela cuyo eje central es la idea de despertar. ¿Despertar de qué? De esta somnolencia idiota y repetitiva en la que estamos inmersos sin darnos cuenta. El sistema se alimenta de nuestra propia incapacidad para agruparnos y ser capaces de emprender campañas que cambien el mundo para beneficio de todos.
Oprimir o ser oprimido, ahorrar tres pesos, casarse, tener hijos, enfermarse y morir no es vida. Contar centavos para llegar a fin de mes, pagar facturas y tomarnos nuestros antidepresivos todos los días no es vida. Eso debería llamarse de otro modo. Vida es cuando somos capaces de transformar lo real mediante un ejercicio de la voluntad. Vida es caminar por la cornisa, jugarse el pellejo, entregar todo de sí, salir al campo de batalla y morir por unos ideales propios. Y eso sólo se logra con los otros, junto a los otros, abrazado a los otros. En un mundo que hace la apología de la individualidad y que enseña cursos de liderazgo para triunfar, es decir, que hace la apología del ego enfermizo y que nos enseña de un modo narcisista a cómo creernos superiores a los demás, regresar a los valores del equipo, de la comunidad, es regresar a las viejas reglas de la tribu. Por eso Proyecto Buda Blues me intrigaba tanto y me dije que ya me los tropezaría de nuevo.
Y así fue. En esta pasada Feria del Libro 2013 me contactaron y nos pusimos una cita en el stand de Arango Editores. Durante varios minutos me hablaron de cómo ese grupo base se había venido transformando en una red de más de seiscientos integrantes que venían conversando, intercambiando datos, planeando estrategias de resistencia común, colaborando con obras sociales, escribiendo y leyendo mucho. Había estudiantes de filosofía, de derecho, de periodismo, de cine, de psicología, cocineros, un poco de todo. Me dijeron que pronto el proyecto se concretaría en una revista digital que mantendría el nombre original, Proyecto Buda Blues, y que esperaban que yo estuviera cerca de él.
Y bueno, aquí estoy. Después de tantos años de vagabundeos solitarios por su isla, Robinson aún no se cree que Viernes haya desembarcado transformado en muchos rostros, en seres distintos, en otros de edades y géneros diversos. Espero que Proyecto Frankenstein y Proyecto Buda Blues conformen una hermandad que los fortalezca a ambos.
La muerte siempre está ahí, acechando, a la vuelta de la esquina, pero antes de que llegue es preciso afirmar este presente de una manera lúcida e irreverente. Carpe Diem. Esa será la consigna. El presente nos ha sido dado para moldearlo y transmutarlo en un grito de júbilo y de dicha compartida.

Que Hermes, el dios de los viajeros que van más allá de toda frontera, el dios de la astucia y de los sueños, el dios del lenguaje y de la fabulación, se apiade de nosotros y nos sea propicio.

19/05/2013

Rencor







A comienzos de los años ochenta la América Latina que se había hecho famosa era un continente idealizado, sublimado, un lugar exótico y mítico con el que soñaban los europeos y norteamericanos de un modo un tanto infantil. Mientras tanto, mi experiencia en las calles me mostraba un territorio muy distinto, duro, doloroso, cruel, atravesado por una violencia urbana cada vez más creciente. Empecé a rastrear relatos y novelas en donde apareciera esa nueva ciudad tercermundista cruzada por nuevos vértigos y nuevos peligros. El narcotráfico empezaba desde ese entonces a capturar a los muchachos de las barriadas y a conformar pandillas bien entrenadas que, al poco tiempo, eran verdaderos ejércitos armados hasta los dientes. Al mismo tiempo, la guerrilla hacía su propio trabajo de proselitismo y muchos de mis compañeros terminaron empuñando un fusil y lanzándose al monte detrás del mito del Che, de Camilo Torres o de Fidel Castro. Al otro lado, un Estado cada vez más corrupto y tramposo continuaba con su trabajo sucio de exterminio de cualquier idea de izquierda. Detenían estudiantes a la salida de las universidades, torturaban, desaparecían y asesinaban en medio de la más absoluta impunidad. Las grandes ciudades eran en realidad un campo de entrecruzamientos de nuevos vectores de violencia que anticipaban un horror por venir. ¿Quién estaba narrando esto? ¿Quién estaba atento a esta bomba de tiempo?
En 1981 le otorgaron el premio nacional de literatura a un libro de cuentos que creó toda una polémica: Gentecita del montón, de Roberto Rubiano Vargas. Muchos críticos salieron a decir que eso no era literatura de verdad, bien escrita, refinada, culta. Los jóvenes de la época nos devoramos ese libro con auténtico placer. Sus personajes eran como nosotros, no sabían qué hacer en la vida, a qué dedicarse, para dónde coger, estaban solos y desamparados, y se tragaban las calles con una botella de cerveza en una mano y un porro en la otra. Sin embargo, la oficialidad cultural colombiana, que siempre ha sido conservadora y atada a las estructuras de poder, lo atacó visceralmente y no quiso reconocer sus méritos tanto temáticos como formales, es decir, la búsqueda de estos nuevos universos urbanos sórdidos y melancólicos que sólo se podían narrar mediante un lenguaje escuálido y desprovisto de todo adorno inútil.
En 1985, Antonio Caballero publicó Sin Remedio, y de nuevo celebramos el ingreso en una Bogotá desolada, vacía, hueca, en donde cualquier afecto fracasaba y en donde era imposible hallar un sentido para las vidas de esos transeúntes que vagabundeaban de un lado para el otro sin saber muy bien adónde se dirigían. Una ciudad que era un agujero negro que estaba devorándonos de un modo siniestro sin que nos diéramos cuenta de ello.
Por estos mismos años leímos con verdadero asombro a un escritor que venía anunciando los submundos de estas hipermetrópolis caóticas y apocalípticas: Oscar Collazos. No era fácil enfrentar esos universos oscuros, esas zonas prohibidas que venían creciendo de una forma desmesurada y sin control, y que al poco tiempo convertirían nuestras ciudades en verdaderos campos de batalla. Sus cuentos y novelas anunciaban una catástrofe social que se cumplió de un modo inevitable.
En 1985, con la toma y retoma del Palacio de Justicia, la Plaza de Bolívar, el corazón de Bogotá, era un territorio de guerra atravesado por balas y rockets que iluminaban la noche de un modo mortuorio. En los días siguientes desaparecieron a los sobrevivientes de la cafetería del Palacio y empezaría el exterminio por parte del Estado de cualquier militante de los partidos de izquierda. Más de cinco mil personas fueron masacradas por fuerzas estatales. En los años por venir eliminaron a los candidatos de izquierda, a políticos como Galán y Álvaro Gómez, a médicos como Héctor Abad Gómez, a humoristas como Jaime Garzón. La debacle, el horror, el corazón de las tinieblas.
Medellín no fue ajena a este vértigo de muerte y destrucción. Las balaceras y las bombas se volvieron cotidianas, rutinarias, normales. Nos acostumbramos a la barbarie y sobrevivimos a ella sin saber las nefastas consecuencias psíquicas y sociales que estaba dejando en todos nosotros.
Es increíble que Collazos hubiera anunciado la hecatombe, la hubiera narrado mientras sucedía y continúe aún hoy en día muy atento a sus secuelas y a los nuevos focos de micro y macro-violencias que están germinando con el anhelo de convertirse en nuevos desastres. Cualquiera de sus libros es un anuncio, una advertencia. Literatura en la revolución y revolución en la literatura (un diálogo con Cortázar y Vargas Llosa) es el grito desesperado de un joven artista que sabe que la desigualdad social convertirá a nuestro continente en un campo de refugiados. Morir con papá es el testimonio íntimo, casi psicoanalítico, de la penetración del narcotráfico en nuestra cotidianidad familiar. Señor Sombra es la constatación de que el movimiento paramilitar creó un poder paralelo del que no fueron capaces de escapar nuestros empresarios, nuestros políticos ni nuestros medios de comunicación. Rencor, novela recién editada por Arango Editores, es una mirada lúcida de lo que significa ser mujer, ser pobre y ser negra en una sociedad clasista, racista y segregacionista hasta niveles criminales, como la nuestra. Y creo que este título es también una metáfora del sentimiento que va quedando agazapado en el fondo, en el inconsciente colectivo de un pueblo que ha sido pisoteado y despreciado de una manera delirante.
Collazos nunca ha bajado la guardia, y no sé cómo hace para continuar multiplicando esa fuerza que se necesita para seguir en pie de lucha frente a un sistema que siempre se las ingenia para atacar soterrada o abiertamente el trabajo de sus artistas más problemáticos e irreverentes. 
     En la pasada Feria del Libro de Bogotá 2013 tuve el privilegio de sentarme a su lado y de firmar con él algunos libros. Y, aunque lo conozco de tiempo atrás y hemos sido buenos colegas, no le dije todo lo que lo admiraba, todo lo que me ha enseñado, cómo lo he leído con fervor y con auténtica pasión. Y prometí decírselo algún día. Y bueno, aquí cumplo con esa promesa que me hice a mí mismo.
Gracias, Óscar, gracias por tanta valentía.

13/05/2013

San Brendan







Últimamente tengo la sensación de que toda la historia está mal contada. Las ciudades antiguas recién descubiertas en Turquía le han dado la vuelta por completo a los esquemas académicos. Lo que vi en Cuzco y en Machu Pichu no me cuadra para nada con lo que me enseñaron en el colegio y la universidad. El nivel de refinamiento y de perfección de los ingenieros y los médicos precolombinos nos demuestra que los bárbaros y atrasados eran los europeos.
Cuando estuve en Teotihuacán recordé que cuando Hernán Cortés entró a esta ciudad, la metrópoli más grande de la época era París, que con sus suburbios incluidos sumaba unos 20.000 habitantes. Teotihuacán tenía 150.000. Eso significa que los europeos jamás en su vida habían visto unas construcciones semejantes, un acueducto tan perfecto, unos geómetras de ese calibre, unos arquitectos tan refinados, unos astrónomos que al día de hoy no sabemos aún cómo armaron un calendario tan preciso y armonioso. Esta semana salgo para Tikal, en Guatemala, y seguro que volveré a sentir lo mismo: que el relato que nos han transmitido está equivocado, que es tendencioso y falaz. No sabemos aún lo poderosa y mágica que es América.
Por eso he vuelto a consultar el tema de San Brendan. En efecto, la historia existe y es apasionante. Encontré dos libros al respecto: la crónica medieval que hacía referencia al viaje de un monje irlandés hasta una Tierra Prometida, y la crónica de un marino llamado Tim Severin, quien, siguiendo paso a paso cada una de las indicaciones del texto original, había construido un barco, lo había forrado con cuero, le había untado grasa animal y se había lanzado al mar hasta llegar a Terranova y comprobar que el antiguo monje era el primer hombre que había llegado a América desde Europa atravesando el Atlántico Norte. Si la aventura medieval era cierta, como lo aseguraban Severin y varios expertos en viajes primitivos, San Brendan había llegado a América casi mil años antes que Colón y cuatrocientos antes que los vikingos.
La ruta elegida había sido la siguiente: salir de Irlanda hacia el norte y atravesar las Islas Hébridas; hacer una primera parada en las Islas Feroe; navegar hacia Islandia y hacer una segunda parada muy cerca de Reykiavik; cruzar el estrecho de Dinamarca y bordear la costa de Groenlandia; finalmente arribar a Terranova o a la península de Labrador en la costa canadiense. Esa era la ruta que había cumplido Severin en 1976 siguiendo las descripciones medievales y el éxito de su hazaña le había dado la vuelta al mundo. Había viajado desde Irlanda hasta América en una pequeña embarcación forrada con cuarenta y nueve cueros de buey, y cuyas correas, pellejos y madera habían sido protegidas con grasa de lana derretida. Un barco hecho a la medida exacta de la crónica medieval.
No es descabellado suponer, entonces, que San Brendan hubiera llegado a costas americanas muchos siglos antes que los datos oficiales que nos cuentan en los colegios y las universidades. Eso con respecto al Atlántico. Por el Pacífico parece que el intercambio comercial y cultural entre las islas de los Mares del Sur y América es inmemorial.
Todo está aún por descubrir. Tenemos un deber inexorable: reinterpretar el mundo. Y eso no sólo es magnífico, sino que nos conduce de un modo inevitable hacia el misterio.
Alúmbrame, América, donde quiera que estés…

06/05/2013

La cultura del odio





Hace poco, en una biblioteca de Bello, Antioquia, al finalizar una grata conversación en público con dos escritores de la región, se levantó un señor que estaba sentado en la primera fila del auditorio y pidió la palabra. Fue una intervención memorable. Habló de cómo, desde niño, le enseñaron a odiar. Creció en un hogar de católicos recalcitrantes y le enseñaron a odiar a los ateos, gente sin fe y sin Dios, sospechosa de llevar vidas licenciosas y desordenadas. Luego, en sus años de adolescente, unos tipos en Cuba hicieron una revolución, y entonces le enseñaron a odiar a los comunistas, gente rara que no creía en el trabajo ni en la propiedad privada. Más tarde, le enseñaron a odiar a los negros, una raza de perezosos y sinvergüenzas que si no la hacían a la entrada la hacían a la salida. Y así, a lo largo de su vida, toda su educación había sido siempre en contra de algo o de alguien, consejos para defenderse, para contraatacar, para no dejarse, para protegerse de los demás.
Esa lista, si empezamos a ampliarla, se vuelve infinita. Los cónclaves masculinos hablando en contra de las mujeres, las madres y abuelas previniendo a sus hijas y nietas contra los hombres, los de Santa Fe detestando a los de Millonarios y viceversa, cierta gente de la capital hablando en contra de “los paisas”, los de Cali hablando de “los rolos”, los del Caribe hablando de “los cachacos”, los de una creencia religiosa hablando en contra de las otras creencias o de los que no tienen ninguna, los conservadores hablando contra los liberales, los de izquierda hablando contra los liberales y los conservadores, los de tal universidad contra tal otra, los de una tribu urbana contra las otras, los del norte de Bogotá contra los del sur, los del sur contra los del norte, ciertos fanáticos religiosos alegando contra los gays, los bisexuales y los transexuales, ciertas pandillas de homofóbicos aborreciendo a sus colegas homosexuales, los flacos contra los gordos, los apologistas de las buenas costumbres contra los yonquis, a los que no les gusta el deporte contra los deportistas, los que se creen exitosos detestando a “los fracasados”, los resentidos en contra de los que hacen bien su trabajo, todos contra los judíos, todos contra los musulmanes, todos en contra de los extranjeros que practican costumbres raras, en fin, todos contra todos.
Así crecimos, así hemos vivido: aprendiendo siempre a odiar a alguien. El machismo, el maltrato infantil, la segregación social, el racismo, el clasismo, la violencia laboral, todas esas taras tienen su origen en una educación cuya base fundamental es el odio. Nos alimentamos de él, no sabemos vivir sin su influjo contaminante y nefasto. Y lo peor de todo es que es muy fácil de contagiar. Por eso algunos expertos en salud pública lo consideran hoy en día una pandemia, una enfermedad que se ha propagado a velocidades alarmantes. Las verdaderas consecuencias aún no las hemos medido.
Odiar va creando, además, una personalidad narcisista que se va anclando cada vez con mayor fuerza en el yo. Lo único importante es lo que me sucede a mí. Yo soy el centro del mundo. Yo tengo la razón. Nadie se da cuenta de la verdad, excepto yo. Nadie ha sufrido como yo. Es que nadie sabe por las que me ha tocado pasar a mí. Mi vida no ha sido cualquier cosa. Todo el mundo está muy mal, menos yo, que sí me doy cuenta de todo. Yo, yo, yo. Las consecuencias físicas y mentales de ese exceso de presencia en sí mismo son muy negativas. El sujeto no puede expandirse, explayarse, compartir, enriquecerse con las experiencias de los otros. Es difícil también que pueda darse a los demás, entregarse, disfrutar de la generosidad. Por ende, cada vez estará más atrapado, más encarcelado, y su odio se irá agigantando también. Es un círculo vicioso que se retroalimenta cada día. Odiar debilita mucho.
Las consecuencias económicas son también devastadoras. No logramos trabajar en equipo, no podemos cooperar, no sabemos hacer grupo para crecer como sociedad. El odio impide asociarse para alcanzar metas comunes.
     Darnos cuenta de esta educación perversa ya es un paso. Quizás el siguiente sea empezar a respetar y a estimar a aquéllos que, aunque sean diferentes en su raza, sus equipos de fútbol o sus creencias religiosas, pueden llegar a ser nuestros mejores amigos, nuestros socios o nuestras parejas sentimentales. Quizás allá, en donde me enseñaron que era territorio enemigo, me está esperando alguien para darme un abrazo.