26 ene. 2011

La última cena


Me gustaría que alguien se pusiera en contacto con Space Adventures o con Zero G, las dos empresas más importantes de viajes espaciales. Arreglado el asunto (es decir, cancelados los 200.000 dólares que cuesta el paquete turístico interestelar), preferiría viajar en la Enterprise, por aquello de la nostalgia adolescente. Su diseño es magnífico. Si puedo elegir, me gustaría despegar de Cabo Cañaveral, en Florida. Cuando la nave esté en ese punto en el que se ve América completa, desde Alaska hasta la Patagonia, descorchar una botella de buen vino tinto, calentar una lasaña boloñesa hecha por alguna abuela italiana, sacar un poco de pan con ajo, y hacer un picnic cósmico con Ray Bradbury al frente. Hablar de Orión, de Sirio, de Betelgeuse, de Crónicas Marcianas, y morirme mirando por la ventana. Eso es.

El pobre Mario Mendoza


Hace poco decidí abrir este blog, ingresar a Facebook y también a Twitter. Me dije que sólo estaba en contacto con los lectores muy de vez en cuando, cuando publicaba un libro, y que los tiempos han cambiado. En este caso, pensé, no me viene mal acoplarme a la velocidad de la época.
Para mi sorpresa, mi nombre ya estaba registrado. Y lo peor: tampoco pude usar mario-mendoza-escritor, ni escritor-mario-mendoza, pues también estaban en funcionamiento. No dejó de asombrarme la noticia: tengo un doble, un tipo que se llama como yo y que también es escritor, o que al menos pretende serlo. Y entonces me enternecí, me dio una tristeza tremenda. Pobre tipo. No tiene ni idea de lo que le espera, de lo que le corre pierna arriba.
Primero empezará controlando los horarios, muy disciplinado, muy concentrado en sus textos, asumiendo su trabajo con seriedad. Poco a poco, muy lentamente, será avasallado, dominado y subyugado por sus propias neurosis. Mirará el reloj mil veces al día, intentando repartir las horas con exactitud, con precisión meridiana: dos horas para trabajar en este texto, dos horas para tal otro, 45 minutos de almuerzo, dos horas para corregir, dos horas para leer.
Cuando llegue el insomnio y empiece a destrozarle la salud, el buen genio, las ganas de compartir con los demás, mirará entonces también el reloj en la noche, a la madrugada, en la mañana, siempre con la ilusión de que quizás sea posible dormir las ocho horas reglamentarias. En las citas con compañeros de trabajo, amigos o conocidos estará pendiente no del minutero, no, sino del segundero. Será puntual a unos niveles delirantes, obsesivos. Cuando en las hamburgueserías le digan que el pedido estará listo en ocho minutos, él empezará entonces a contar enseguida el tiempo con el reloj en la mano. A los ocho minutos y cinco segundos llamará al gerente y le dirá que no hagan eso, que no engañen así a la gente, que no le digan lo de los ocho o los doce minutos si no es cierto. Los clientes lo mirarán como si fuera un lunático desocupado a punto de estallar por una crisis existencial, y se sentarán en mesas retiradas para tenerlo lejos.
Pero eso no es nada. Durante los peores insomnios irá hasta el supermercado que tiene cerca, que atiende 24 horas, y a las tres o cuatro de la mañana deambulará por los corredores mirando marcas de galletas, chocolates, enlatados, ojeará las revistas y regresará a su apartamento con dos o tres cervezas en una bolsa, alguna empanada, una ensalada. Mirará noticieros internacionales mientras el día despunta y luego se dormirá unos minutos ojeando el periódico que le acaban de dejar por debajo de la puerta.
Cuando analice noticias se fijará en cosas absurdas que no conducen a ninguna parte. Por ejemplo se dirá que en los atentados del 9/11 en Nueva York el número que se congestionó fue, precisamente, el de emergencias, el 911. Contará las letras de la palabra Afghanistan en los diarios norteamericanos (11) y las letras de George W Bush (11), y esa simetría le parecerá curiosa, diciente, aunque no entienda el mensaje.
En los centros comerciales y los restaurantes será visitado por extrañas visiones: los meseros o la gente de las mesas vecinas estarán sangrando, o ahogados o quemados. Luego, pasadas ya las visiones, se sentirá que está hablando con zombis, con personas que ya están muertas.
Pobre Mario Mendoza. No tiene ni idea del problema en el que se metió. Pero allá él. Quién le manda andar llamándose así y decir que es escritor. Eso le pasa.

(Publicado en Revista Bacánika, No. 45)

22 ene. 2011

Encuentros en el fin del mundo




Una sociedad de soñadores que decidieron irse al fin del mundo, a la Antártida, en busca de una nueva realidad. Muchos de los temas tratados en el blog están presentes en esta aventura que registró Herzog con el acostumbrado cuidado poético de su cámara impecable.

17 ene. 2011

Universos Paralelos



Creo que todos hemos tenido alguna vez esa sensación de extrañeza, de no encontrarnos del todo cómodos en la realidad, de sospechar que lo que vemos y palpamos no necesariamente es cierto, o que lo es sólo en parte. ¿Cómo logra uno transmitir esa intuición a otros? Es imposible. Lo mirarían de manera rara, le recomendarían algún tratamiento o incluso lo mandarían a terapia. Sin embargo, esa impresión tarde o temprano regresa, nos atraviesa, invade todo lo que nos rodea y cuestiona incluso nuestra propia existencia.
Parece mentira, pero la ciencia contemporánea ya empieza a urdir teorías que confirman esa sensación. No hay sólo una realidad ni un universo. No hay sólo espacio y tiempo. Después de la teoría de las cuerdas vino la teoría de las supercuerdas, y luego la Teoría-M o Teoría-U, donde las membranas energéticas conforman once dimensiones y múltiples universos paralelos. Sí, así como suena, como si estuviéramos en una realidad creada por Terence McKenna, el padre de la ciencia psicodélica (dice él que, gracias al hecho de que en algún lejano día prehistórico probamos los hongos alucinógenos, pudimos finalmente modificar nuestro cerebro hasta el punto de ponerlo en contacto con ese holograma plural y palpitante que es el universo). La ciencia, por fortuna, se parece cada vez más a la ciencia ficción.
En uno de esos universos yo soy Mario Mendoza y he escrito unos cuantos libros de literatura. Mendoza se retiró de la vida académica y decidió dedicarse sólo a la escritura. Ha vivido encerrado muchos años y no sabe muy bien por qué hizo eso, en qué momento, cómo se gestó un proceso tan caótico y complejo. Bien, quizás Mendoza sea el tema más aburrido para este texto, el escalón más simple. Porque en otro universo paralelo están existiendo ahora, justo en este momento, los personajes de esos libros, las historias que allí se cuentan. Alguien viaja a la selva, alguien mata en un restaurante, alguien está preso durante muchos años, alguien decide descubrir quiénes conforman los grupos de “limpieza social” y termina muerto en las alcantarillas de Bogotá. Esos hechos están sucediendo en este preciso instante, como si habitáramos en un caleidoscopio múltiple con diversos lentes. El hecho de sólo ver por uno de los lentes no invalida lo que está pasando en los otros lentes. Los personajes de Mendoza en este momento están vivos, sufren, lloran, copulan, se alegran, celebran, y de alguna manera esas vidas se relacionan con él, lo alcanzan, lo rozan.
Una tarde él tiene un sueño, una visión: cree que está solo, atrapado en ese encierro de la escritura, pero no, allá, al otro lado, hay muchos como él, lectores suyos y no lectores, gente que está en bordes extraños, otras vidas que revolotean en las periferias de lo real, estudiantes, gente que trabaja y que, de alguna manera, se siente también extraña, como fuera de foco. Entonces decide comunicarse con esas personas, enviarles algún mensaje, y abre un blog en Internet. Lo bautiza como Proyecto Frankenstein imaginándose que entre todos pueden ser capaces de armar un cuerpo común, una especie de máquina independiente. Y empieza a escribirles para ver si de repente es posible salir de sí mismo y encontrarse con esas otras vidas. De algún modo, se siente como si fuera un preso que manda hojas de papel a las otras celdas para ver quién responde. ¿Cómo se llama esa otra gente? ¿Quiénes son? ¿Hombres o mujeres, jóvenes o viejos? No lo sabe. Pero los intuye, puede oírlos, husmearlos, sentirlos. Y sí, poco a poco, de las otras celdas, de los calabozos, van llegando voces, imágenes, palabras.
 Lo curioso es que al escribir, al comunicarse, esos otros también empiezan a imaginar cómo es ese sujeto que inició el contacto, ese tal Mendoza. E imaginan también a los otros compañeros. Mentes y mentes que multiplican velozmente universos paralelos. Y entonces, en esos diversos estados de lo posible, en esas membranas que conforman las once dimensiones, Mendoza ya no es autor de nada, sino un personaje más, un personaje incluso de sí mismo. Ya no hay una obra, ni un autor, ni unos lectores. Las fronteras se desvanecen. Hay una cosa amorfa, diversificada, maleable, creada por distintas mentes que sueñan vertiginosamente. En una de esas dimensiones yo estoy escribiendo esto y ustedes lo están leyendo (y al leerlo lo insertan en un mundo posible), pero en otras ustedes me están inventando a mí y yo los estoy leyendo (y al hacerlo los reinvento). Ninguna dimensión es más real que la otra ni más válida. Eso es para mí lo maravilloso de este ejercicio. Hemos empezado una sinergia: somos mucho más que la suma de las partes.

12 ene. 2011

Monstruos


La muerte es el motor de toda mi obra, el resorte, lo que realmente la impulsa. Pienso una y otra vez en mi transitoriedad, en lo efímero de todo, en la impermanencia de cada idea, de cada afecto, de cada acción. Mis libros no son más que una búsqueda constante por aprehender el tiempo, por dejar constancia para las futuras generaciones de la alucinada época en la que nos tocó vivir. Pero me angustia saberme tan intrascendente, tan poca cosa, tan sin sentido. Y sólo cuando escribo esa desesperación se desvanece, al menos momentáneamente. Luego regresa con toda su fuerza. Como no he tenido hijos, no tengo esa ilusión que es ver la vida prolongándose más allá de sí mismo. Cuando murió mi padre, me quedé en el aire: se supone que en ese momento uno lo reemplaza, es decir, uno es el padre ahora. ¿Pero cómo se llama un hijo al que se le muere su padre (es decir, un hijo que ya no es hijo), y que no desea reemplazarlo (es decir, que él no es padre)? Ya no soy un hijo y tampoco soy un padre. Entonces, en la filigrana biológica que teje el tiempo, ¿qué soy? Y mi única respuesta está en la escritura: soy un individuo que aprendió a reproducirse por otros medios, en otras matrices, en úteros que no son de carne y sangre. Soy un artista que procrea engendros, monstruos, y que espera que esos seres deformes e inmundos (seres del inframundo) lo emparienten con el resto de la humanidad.

9 ene. 2011

La Post Miseria




Esta es una de las entrevistas más reveladoras que he leído en el último tiempo. Supuestamente salió publicada en el periódico O Globo de Brasil, y el entrevistado, Marcos Camacho, líder del Primer Comando de la Capital (PCC), una banda brasileña, después la negó. Una hipótesis es que otro preso la hubiera contestado por teléfono haciéndose pasar por él. Y aunque algún periodista se la hubiera inventado con base en datos que tenía o en soplos de informantes, creo que señala una zona de sombra de la que no queremos saber nada. Nos muestra el surgimiento de una nueva realidad latinoamericana cuyo origen está en la segregación y la crueldad de un sistema que se sigue negando a una autocrítica profunda.




¿Usted es del PCC?
Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre “la belleza de esas montañas al amanecer”, esas cosas… Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de su conciencia social ¿Vio? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión.

Pero la solución sería…
¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de “solución” ya es un error. ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la parálisis burocrática secular... Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta “conference calls” entre presidiarios…) Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.

¿Usted no tiene miedo de morir?
Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva “especie”, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes, intelectuales, no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…! Yo leo mucho; leí 3000 libros y leo al Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo, como un Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas “con autorización” de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.

¿Qué cambió en las periferias?
Mangos. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio… ¿Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y “colocado en el microondas”. Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no le tememos a la muerte. Ustedes se mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos al ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transformaron en súper “stars” del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos “globales”. Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros “clientes”. Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que les provocamos.

¿Pero, qué debemos hacer?
Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a “los barones del polvo” (cocaína)! Hay diputados, senadores, hay generales, hay hasta ex presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas. ¿Pero, quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata? No tienen dinero ni para la comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 % al año, y Lula todavía aumenta los gastos públicos, empleando 40 mil sinvergüenzas. ¿El ejército irá a luchar contra el PCC? Estoy leyendo a Klausewitz, “Sobre la Guerra”. No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stinger. Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó? ¿Ipanema radiactiva?

Pero… ¿No habrá una solución?
Ustedes sólo pueden llegar a algún cambio si desisten en defender la“normalidad”. No hay más normalidad alguna. Ustedes necesitan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: “Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno”.

5 ene. 2011

El apóstol



A finales de 1978 apareció en todos los medios de comunicación la noticia de un suicidio colectivo en Guyana por parte del Templo del Pueblo, una iglesia fundamentalista dirigida por un drogadicto que se creía la reencarnación de Jesucristo: el reverendo Jim Jones. Recuerdo que me impactó ver por la televisión esa serie de tomas que mostraban cuerpos de adultos y de niños regados por el suelo. Las hipótesis principales de Jones para esa matanza fueron dos: que la muerte era un tránsito hacia otro estado, y, ante todo, que era un acto revolucionario.
Comenté el hecho con mi amigo adolescente de entonces, Eduardo Argüeyo, un jovencito medio genio que vivía siempre en otro planeta, un flaco melenudo que por esos años ya leía a Cortázar y escuchaba a Thelonious Monk. Eduardo, muy circunspecto, me dijo:
- Las dos hipótesis de Jim Jones las considero ciertas.
Los años corrieron y nos graduamos del colegio. Por su forma de ser y por sus gustos, siempre creí que Eduardo sería sacerdote. Hablaba desde esa época del fin del mundo, de cómo Jesús estaba pronto a reencarnar, de la lucha admirable del cura Camilo Torres, de Dios como una enorme fuerza cósmica que todo lo atravesaba con su bondad infinita. Alguna tarde le confesé a Eduardo que yo quería estudiar Filosofía y Letras. Recuerdo con exactitud su respuesta:
- Tú sospechas también que la realidad no es sólo esto. La filosofía, la literatura, la religión, la magia y la medicina tienen un origen común. Acude al llamado. Yo acudiré al mío.
Le pregunté entonces si se iba para el seminario. Me dijo que no, que se iría para la selva y que se convertiría en aprendiz de chamán. Me quedé de una sola pieza. Pensé que me estaba tomando el pelo. No, Eduardo se quedó inmóvil, serio, impertérrito. No lo podía creer.
Durante los años ochenta, en efecto, me matriculé en una facultad de literatura y me gradué con una tesis sobre Carlos Fuentes. Eduardo desapareció, no volví a saber nada de él. Yo hice un postgrado en España, luego trabajé en Israel, y a finales de la década regresé al país como profesor de literatura. Entonces, gracias a un amigo común que me encontré, supe que Eduardo vivía en el Amazonas, a varios días en lancha del pueblo más cercano, y que una tribu lo había adoptado como uno de los suyos. Tenía fama de ser un médico naturista que sanaba de manera extraña. Varios antropólogos se preciaban de conocerlo y de ser sus discípulos.
A mediados de los años noventa, en la Plaza de las Nieves, un tipo fornido y barbado de pronto me dio un abrazo del que no me pude soltar. Me costó trabajo reconocer allá, detrás de esa barba cerrada y de esa melena de hippie de los sesenta, al joven misterioso que siempre me había deslumbrado en la adolescencia. Era Eduardo, claro, con su eterna sonrisa de buenazo irredento.
 Le pregunté por la selva y por los rumores de que era un médico naturista poco común. Le restó importancia a ese pasado y me dijo que ahora estaba haciendo los trámites de visas y demás porque se iba con unos ingleses para Zaire, el antiguo Congo belga. Pensé que se trataba de seguir investigando el poder curativo de las plantas en la tradición africana, pero no, resulta que ahora Eduardo estaba metido en una congregación que aseguraba que Jesús acababa de nacer en la República Democrática del Congo, en las afueras de su capital, Kinshasa. Supongo que otra vez mi cara de estupefacción me traicionó, y entonces Eduardo me agarró del brazo y me condujo hasta un restaurante cercano donde pedimos dos cervezas.
Me aseguró que este grupo religioso venía estudiando el caso de cerca y que este niño prodigio hablaba en arameo, citaba las Sagradas Escrituras de memoria y hacía milagros a sus escasos seis años de edad. Me imaginé al nuevo Jesús color de chocolate y con el pelo quieto, y me pareció realmente una propuesta revolucionaria. Como siempre, yo miraba a Eduardo con esa sensación interna de no saber si uno está hablando con un adelantado o con un loquito que se acaba de fugar de una clínica psiquiátrica. Nos despedimos entre abrazos y con la promesa de escribirnos, cosa que jamás hicimos.
Hace un par de años lo vi en la Caracas con la Calle Diecinueve. Me bajé de uno de los buses de Transmilenio y me fui detrás de él. Dos tulas enormes le colgaban de los hombros. Lo alcancé y me pareció curioso el aspecto. Ahora la barba y el cabello largo estaban entrecanos, y su rostro reflejaba ya un cierto cansancio. Le pregunté qué diablos estaba haciendo en Bogotá. Me dijo que vendía pantalones, camisas y chaquetas con citas del Evangelio, y que sus principales clientes estaban en la zona de tolerancia.
- ¿Y qué pasó con la famosa reencarnación de Jesús en África? –le dije a bocajarro con una dureza de la que no me sabía capaz.
- Lo mataron. Sospechamos que el Vaticano estuvo involucrado.
Esta vez lo miré no con respeto y admiración, sino como quien está frente a un mitómano que se ha burlado de uno media vida. Una prostituta se acercó y le dijo:
- Apóstol, lo necesitan allí, en residencias Carimagua para que deje un saco de ésos con los salmos estampados.
- Ya voy, en cinco minutos estoy allá –respondió él con una seriedad que intimidó a la mujer.
Volvimos a quedarnos solos.
- ¿Y ahora qué va a hacer? –insistí con cierta ira contenida.
- Estoy recogiendo lo del tiquete porque me voy para Rusia. Jesús está allá. Vive dentro de un hombre común y corriente que antes se llamaba Sergei Torop. Ha venido a salvar este mundo de tanto horror. Por fin…
Me despedí con un gesto de incredulidad, me di la vuelta y me alejé cabizbajo y desilusionado. Al fin y al cabo, Eduardo siempre había sido para mí la prueba fehaciente de que era posible vivir según un alucinado código propio que le llevara la contraria a los demás.
Hace unos días vi un programa sobre la reencarnación de Jesús en un hombre que ahora se hace llamar Vissarion, “el que da nueva vida”. Tiene el cabello largo, la barba recortada y vive con sus discípulos en Siberia, en un lugar que bautizaron como Morada del Alba. Vissarion fue un agente de la policía soviética y su nombre de pila es Sergei Torop. En 1989, este hombre enigmático sintió de repente la transformación y la presencia de Jesús dentro de sí. Entonces fundó la Iglesia del Último Testamento y empezó a prepararse para el fin, para la salvación de la humanidad.
Lo que no podía creer es que en una de las tomas apareció al fondo un hombre fornido, de barba cerrada y cabello largo entrecano que contemplaba al Maestro con cierta beatitud infantil. Parecía uno de sus discípulos predilectos. Sonreí.

Resiliencia


 
Este ha sido uno de los conceptos más reveladores para mí en el último tiempo. La palabra inicialmente se usó para medir la capacidad que tenían ciertos materiales para soportar altas temperaturas y condiciones ambientales difíciles. Se trataba de cuantificar la resistencia, la maleabilidad, la flexibilidad de ciertos objetos antes de romperse o de perder su estructura inicial. Algunos cableados submarinos, por ejemplo, están hechos de plásticos y mezclas altamente resilientes, es decir, de materiales que aguantan bastante bien el frío, el calor o la descomposición por el agua marina y el salitre. De allí la palabra pasó a la psicología, a la ecología y a la antropología.
En la psicología me sorprendió gratamente Boris Cyrulnik, uno de los primeros teóricos y estudiosos del tema. Cyrulnik perdió a sus padres en un campo de concentración. Desde los seis años no hizo sino esconderse, huir de los controles policiales, vagabundear por la Europa arrasada posterior a la guerra y criarse en instituciones públicas y orfanatos. Gracias al apoyo de ciertas personas logró terminar el bachillerato y empezar a estudiar medicina y luego psiquiatría. La tesis central de Cyrulnik, producto de su propia experiencia, se podría resumir en que por muy fuerte que sea el sufrimiento padecido en la infancia no necesariamente éste condena al niño a una vida errática, torcida y atormentada. No, no siempre es así. Incluso puede suceder exactamente lo contrario: que el dolor sea materia útil para ahondar en la solidaridad, la jovialidad y la grandeza. En su caso, los libros, el afecto de sus amigos y el rugby lo fueron rescatando lentamente hasta dejarlo en la otra orilla. Estudió psiquiatría justamente para intentar comprender el horror que había tenido que vivir desde niño. En su libro Los patitos feos, en una clara cita del cuento de Andersen, hace alusión a esos niños maltratados y violentados que, de un momento a otro, logran extender toda la belleza de su plumaje y convertirse en cisnes. ¿Cómo sucede eso? Gracias al pensamiento resiliente, a una fuerza que está escondida en la profundidad de la mente, gracias a la plasticidad del cerebro. De todo dolor es posible extraer un renacimiento, detrás de toda desesperación hay una puerta que conduce a la vitalidad y la esperanza.
Otro ejemplo que siempre me ha fascinado es el de un niño en Brasil, Carlitos, que había perdido después de una avalancha a todos sus familiares. Los sobrevivientes estaban hacinados en un estadio y de pronto uno de los trabajadores sociales vio a Carlitos con un balón de fútbol haciendo una veintiuna. ¿Cómo era posible que después de una pérdida múltiple tan reciente uno fuera capaz de jugar, de divertirse? ¿Por qué hay personas que agarran su dolor y lo convierten en un tesoro, en algo único que los distingue de la otra gente, y se dedican a vivir hacia atrás, presos de ese pasado tormentoso? ¿Y, en cambio, por qué otros dejan pasar el maltrato sufrido, no se aferran a la memoria y se concentran más bien en el futuro, en lo que aún es posible construir? ¿Por qué después de una catástrofe es tan evidente en la población afectada la diferencia entre pro resilientes y no resilientes? ¿Por qué hay que trabajar tanto para que unos superen sus traumas mientras que los otros rápidamente son capaces de rehacer sus vidas?
Entre las muchas características del pensamiento resiliente hay una que me encanta: es el vínculo con los otros, los lazos que logro crear con los demás, la fuerza que me viene de una tribu sólida. Es lo que los psiquiatras y psicólogos llaman el paso de un yo a un nosotros. Y esto hay que entenderlo bien. No se trata de individuos gregarios que tienden a masificarse con facilidad. No. Es algo mucho más sutil: el resiliente, antes que concentrarse en un yo y en los avatares de ese yo, se piensa como parte de un colectivo. En lugar de considerar su dolor como único lo siente como una parte de la humanidad. No es que yo sufra, sino que se sufre, a todos nos toca, es una condición inevitable del hecho de estar vivo. Y visto de esa manera, de inmediato el dolor empieza a ser desarticulado, despersonalizado.
El mejor ejemplo que yo encuentro siempre de este pensamiento está en Muhammad Alí. En la legendaria pelea contra Foreman en Kinshasa era evidente la superioridad del segundo, su fortaleza desmedida, su vigor y su excelente condición boxística. Todos los comentaristas estaban de acuerdo en que Alí perdería. Entonces empieza éste a mezclarse con el pueblo de Zaire, a correr con sus seguidores en la mañana, a entrenar rodeado de niños y de jóvenes que lo admiraban. Empieza Alí a repetirse en voz alta una y otra vez a lo largo de esas semanas: soy un leñador que trabaja temprano en el bosque, soy una prostituta que recorre las calles en la noche, soy una aseadora que limpia todos los días, soy un presidiario encarcelado sólo por su color de piel, soy mi raza negra, mi gente, mi pueblo. Empieza a dejar de ser él, un yo, una identidad, y va construyendo poco a poco un nosotros que no deja de sorprender a su entrenador y a sus colaboradores. Y se sube al cuadrilátero convencido de que él es una multitud. Y gana, claro, y de qué manera. A este respecto, vale la pena ver el excelente documental de Leon Gast en el que sobresalen los comentarios de Norman Mailer, George Plimpton y Spike Lee, entre otros: Cuando éramos reyes (When We Were Kings). Quizás por esto mismo fue que Alí, unos años después, frente a un grupo de graduandos de Harvard, cuando le insistieron en que recitara un poema, él se limitó a decir: Yo, Nosotros. No dijo más, y no necesitaba hacerlo. En esas dos palabras estaba condensado el gran secreto de su vida, su potencia, su resiliencia, su sabiduría.

Hikikomori



La palabra hikikomori hace alusión al confinamiento solitario, al aislamiento voluntario. Se trata de una serie de muchachos y de adultos jóvenes que un buen día deciden no volver a salir de sus habitaciones y hacerse invisibles. La gran mayoría viven con sus padres o con algún pariente cercano, y de un momento a otro deciden recluirse y convertirse en solteros parásitos. Algunos de ellos llevan años ya sin ver la luz del sol.
El fenómeno empezó a presentarse en Japón y poco a poco se ha extendido ya por varios continentes. El porcentaje de hombres es mayor que el de mujeres. Viven dentro de sus televisores, sus computadores o sus videojuegos, pero algunos de ellos son capaces de quedarse meses viendo un punto en una pared o en el techo, en silencio, sin tener ningún contacto con otra persona. Se comunican con sus padres o parientes por medio de notas o de monosílabos que enuncian con desgano. Tienen una sexualidad virtual, en las pantallas de sus aparatos, o sencillamente son asexuados. Pueden pasar en el verano días y semanas desnudos en sus camas viendo películas. Duermen de día y viven de noche, cuando pueden ir al baño, sacar algo de la basura que los consume, cortarse el pelo ellos mismos, hacerse un sándwich o asearse un poco. Son muy cuidadosos con la higiene dental, pues le temen a que un dolor de muela los obligue a salir. Otros, más radicales, llevan dos o tres años viviendo entre sus propios desperdicios y sin permitir que nadie se les acerque o les hable.
Los encargados de re socializar a los hikikomori se preguntan siempre por qué hacen eso, qué les pasa, cómo interpretar el fenómeno, como explicarlo. Lograron ya diagnosticarlo como un trastorno mental, como un problema de algunos pocos individuos que no soportan la presión de la disciplina japonesa, cuando el hecho de que haya ya más de un millón de hikikomori en Japón, y que en todo el mundo vaya creciendo su aparición, demuestra que no es un asunto individual, sino social. Se habla incluso de una epidemia que puede convertirse en una pandemia. Y parece mentira la cantidad de giros psicológicos y de argumentos estúpidos que dan para intentar culpar a esos jóvenes de algo cuya responsabilidad le pertenece, realmente, al sistema. Un sistema que, como siempre, demuestra su incapacidad para revisarse, para auto-criticarse, y que se sigue rehusando a enfrentar una evaluación seria y a fondo. Como en el caso de muchos depresivos o suicidas, la responsabilidad no es del sujeto, sino del entorno.
Una prueba de ello es la fundación Turismo con Propósito, creada por un joven japonés, Kenji Jokoi Díaz, que trae a varios de estos jóvenes fronterizos a Ciudad Bolívar para que tengan una experiencia humana potente en medio de la pobreza y la necesidad. La idea le surgió después de que su mejor amigo se lanzó a los rieles de un tren en Japón. Kenji cuenta que el sólo hecho de abrazarse en Ciudad Bolívar con sus vecinos y conocidos les cambia la vida a sus amigos japoneses que vienen en busca de una cura para su desesperación.
A mí no me parece tan raro que unos jóvenes decidan no salir al mundo, no estudiar más, no trabajar. Lo que me parece raro es lo contrario: cómo millones de personas sí logran hacerlo. El mundo ya no es un lugar amable, plácido, justo, donde valga la pena luchar y hacer una vida. Más bien parece una trampa, una mentira, una emboscada en la cual iremos dejando en vano nuestras fuerzas y nuestras ilusiones a cambio de un sueldo miserable que escasamente nos dará para comer. Hemos construido una sociedad muy violenta, de doble moral, mafiosa, racista, segregacionista, clasista, cruel, y me parece apenas normal que alguien no quiera hacer parte de esto. Incluso me parece lúcido y ético. Y lo que deberían preguntarse todos esos analistas de pacotilla es con qué autoridad moral pueden decirles a esos jóvenes que salgan de sus encierros para que hagan parte del horror general.

Narcisismo centrípeto


Siempre he tenido problemas con esa competitividad malsana que nos enseñan desde niños: ser el mejor es superar a los otros, triunfar es desprenderse del grupo, ganar es dejar el pelotón aparte. El éxito es poner una enorme distancia con respecto a los demás. Yo, en el colegio, por fortuna, nunca fui el mejor en nada. Más bien todo lo contrario: era un joven rebelde que solía llevarle la contraria a los maestros y a muchos de mis compañeros. Más tarde, en la universidad, me pasó lo mismo: dudaba de la información dada, sospechaba de los juicios sobre los escritores, no me creía del todo lo que mis profesores presentaban como verdades irrefutables.
Elegí mi profesión no como una carrera, como una competencia, sino como una vocación, es decir, como un llamado. Uno siente esa voz o no la siente, y si la escucha es también libre de acudir a esa cita o de no presentarse. Yo oí esa voz con claridad y acudí al llamado. Por eso nunca me preocupé por el éxito, por el triunfo, por ascender, por trepar, por hacer relaciones públicas. Vi a muchos de mis compañeros hacer una carrera (ellos sí estaban corriendo), y contactar a intelectuales importantes para crear una plataforma sólida que los lanzara a la fama y al prestigio con los que tanto soñaban. Bien por ellos, que de alguna manera representan lo que el sistema nos ha enseñado: que tenemos que intentar ser los mejores, que tenemos que brillar, que tenemos que alcanzar las cumbres. De algún modo, son esclavos de las fuerzas centrípetas del establecimiento, los siervos de un narcisismo delirante y enfermizo. Porque detrás del éxito siempre hay alguien sometido y encadenado, alguien que no supo ni pudo liberarse.
Creo que el camino certero es el otro: el de saber acercarse a los otros, el de hermanarse, el de no sentirme mejor ni superior. En ese largo camino en solitario tarde o temprano nos espera la autodestrucción. Marlon Brando pedía en el verano varias pizzas a domicilio de distintos sabores. Salía a los enormes jardines de su mansión y le pedía al domiciliario que se las arrojara por encima de la barda. Luego, semidesnudo y sin bañarse, se atragantaba con ellas ahí mismo, sobre el césped, como un perro. Michael Jackson se dormía en el piso de la cocina de su palacio con una cobija encima, como si fuera un indigente. En el largo camino por querer ser los mejores no nos damos cuenta de la trampa que nos espera detrás de toda esa farsa: la trampa del ego henchido, de un ego que se desinfla al más mínimo pinchazo.
En 1987 llegué al kibbutz Mefalsim, al sur de Israel, en busca de una experiencia que me parecía fundamental: vivir en una comunidad verdaderamente socialista. Y fue magnífico. Dictaba algunas clases de español, pero también sembraba en el campo, recogía huevos en el gallinero y tenía que cocinar y limpiar en los comedores comunitarios. Lo mismo hacían todos los miembros del kibbutz. No había estratos sociales, nadie hacía ostentación de su riqueza ni alardeaba de cómo derrochar sus millones. Lo importante no era enriquecerse, sino buscar el bienestar de toda la comunidad.
Quizás lo que nos deberían enseñar es todo lo contrario de lo que nos enseñan ahora: cómo trabajar en equipo, cómo avanzar con el pelotón, cómo cooperar, como ser útil al grupo, cómo dar lo mejor de mí para fortalecer y engrandecer a un colectivo. Ya es hora de que dejen de dar más cursos de liderazgo y empiecen a dar cursos de trabajo grupal. Lo que nos falta no son líderes, sino personas que sepan funcionar en sociedad. Cada quien se siente superior a su vecino, busca la fila especial en el banco, cree que sus hijos son más inteligentes que los hijos de los demás, le dice a la cajera o al taxista: “Usted no sabe con quién está hablando”. Los militares violan los derechos humanos, los sacerdotes abusan de niños indefensos, los hombres del poder ordenan interceptar teléfonos sin órdenes judiciales, los policías y los políticos son socios de mafiosos y de narcos. Todos creen que la ley no es para ellos, que ellos son especiales, mejores, selectos. De pronto la clave está en justamente la actitud contraria: no soy nadie, soy igual a todos, la ley también es para mí. Esa sería una educación verdaderamente democrática.

2 ene. 2011

Proyecto Frankenstein


La hipótesis es la siguiente: la peor violencia no es la de los grupos terroristas, ni la de los narcos, ni la de las guerras declaradas. La peor violencia es la del propio establecimiento. Todo está diseñado para que la gran mayoría se sienta sola, abandonada, sin proyecto de vida, a la deriva. El mundo transcurre allá, detrás de un cristal, y no tiene nada que ver con nosotros. Abuelos adictos a los casinos y a las máquinas tragamonedas, adolescentes suicidas, yonquis, alcohólicos, adictos a la televisión, a internet, a los celulares, depresivos, insomnes, marginales de todo tipo que son expulsados a bordes de destrucción y aniquilación.
El problema es el siguiente: mientras nosotros vamos quedando en un rincón hechos una miseria, atomizados, los que están en el centro sí se unen y multiplican sus fortunas. Es decir, mientras usted se deprime, mientras usted pasa las noches en vela con la televisión encendida, alguien al otro lado está capitalizando su destrucción. Mientras usted bebe hasta quedar tirado en un parque al amanecer, alguien al otro lado está buscando alianzas para multiplicar su capital. La estrategia es disgregar, separar, alienar, acorralar, mientras los otros en el centro hacen negocios y se enriquecen.
Ahora, es claro que a nosotros no nos interesa matricularnos en las fuerzas centrípetas (las que van hacia el centro), sino cómo reforzar las fuerzas centrífugas (las que van hacia el borde) para posicionarlas, para generar bloques de resistencia que nos garanticen eficiencia y lucidez. Es una estrategia militar para impedir una derrota aplastante.
Desde esta perspectiva, la imagen es la siguiente: por separado estamos rotos, amputados, deprimidos, angustiados, estresados, alcoholizados, enajenados. Nos han obligado a estar con muletas, en sillas de ruedas, lisiados, disminuidos. Aún así, no hemos perdido del todo nuestra alegría y nuestra vitalidad. Y es gracias a ellas que podemos aunarnos, buscarnos por los márgenes, crear redes de contagio, tejer telarañas y planear formas de resistencia en donde lo minoritario sigue siendo minoritario pero con la conciencia de que es mayoría.
Podemos usar nuestros cuerpos heridos, nuestras sillas de ruedas, nuestras muletas, todas nuestras prótesis y nuestros muñones para conformar un enorme cuerpo grupal, un Transformer potente e indestructible, una nueva corporeidad en pie de lucha, un Frankenstein que suma nuestras debilidades para construir una gigantesca fortaleza. Eso es. Aún hay tiempo.
Como Martin Luther King, yo también he tenido un sueño, un sueño en el que una multitud de seres agotados, lisiados y fantasmales empiezan a acercarse los unos a los otros, a mezclarse, a fusionarse, a amalgamarse, hasta conformar una fuerza temeraria e indestructible. A ese sueño lo he llamado Proyecto Frankenstein.

Aquí y ahora



Es difícil imaginarnos una declaración de amor a una ciudad. Y en tal caso podríamos creer que se trata de París, Nueva York o Barcelona, ciudades preciosas, sin duda, encantadoras y con motivos más que suficientes para enamorarse de ellas. Pero el asunto se complica cuando uno tiene que confesar un amor por una ciudad como Bogotá, pobre, fría, sin mar, déspota, y, para empeorar las cosas, con fama de violenta. Es como estar enamorado de una cabaretera vulgar con una vida inconfesable.
Ése es mi caso. Cuando buena parte de mi generación se sorprendió con la Dublín de Joyce, con la París de Balzac o de Proust, o con la Nueva York de Dos Passos o de Auster, yo ya estaba enamorado de las casetas de discos y de libros de segunda de la Diecinueve, de las calles coloniales de La Candelaria, de los callejones oscuros de Usaquén, de las peregrinaciones todos los lunes a la tumba de Leonardo Kopp, de los desfiles gay que iban por la Avenida Caracas hasta el Cementerio Central en medio de grabadoras a todo volumen con canciones de Piero o de Sandro. Y entonces, cuando hablaban de viajar o de vivir en otra parte, yo me quedaba callado y no me atrevía a confesar que estaba enamorado de una fea, de una desprestigiada, de una violenta, de una de dudosa reputación.
Una ciudad como ésta no es para todo el mundo. Aquí estamos siempre en pie de guerra. Éste es un lugar para soldados, para gente entrenada en el combate cuerpo a cuerpo. Aquí el que no conoce de estrategias y de artimañas tarde o temprano es derrotado, se retira o sale corriendo hacia el exilio.
Con el paso de los años he venido confirmando una intuición que tuve desde muy joven, cuando me enamoré de este lugar: que si uno quería mirar hacia adelante, anticiparse, echar un vistazo desde la vanguardia, no había que viajar al Primer Mundo para ello, pues esas ciudades eran en realidad la retaguardia. Yo nunca creí que para ser escritor era necesario vivir en París, en Nueva York o en Barcelona. No. Lo que había que hacer era adentrarse aún más en el Tercer Mundo, ahondar en él, descifrarlo. Creemos, en un esquema que nos viene del progreso decimonónico, que nosotros, como países subdesarrollados, estamos atrasados. Es un error de óptica que nos viene de la técnica: alumbrado público, máquinas a vapor, aviones, computadores. Pero no, el esquema es caótico y por eso todo se da la vuelta.
Desde una lógica de la entropía, el mundo no está avanzando ni mejorando, sino aniquilándose, destruyéndose, haciéndose pedazos. Por primera vez hemos pasado la cifra de mil millones de personas con hambre, el cambio climático está generando huracanes y tsunamis, las guerras proliferan, las pandemias crecen a velocidades alarmantes, África es una llaga gimiente que cuestiona toda nuestra civilización, las otras especies están siendo diezmadas por nuestra mano asesina, la contaminación ensucia ya cualquier rincón del planeta (y en este punto no son los países subdesarrollados una amenaza, sino las principales potencias) y, como si esto fuera poco, en el 2008, desde su centro en Wall Street, el capitalismo ha dado un paso significativo: dejó de ser salvaje para convertirse en depredador.
Desde este punto de vista, el Tercer Mundo es la vanguardia, somos el futuro. No vamos hacia allá, hacia la Declaración de los Derechos Humanos, la Democracia, la Igualdad y la Solidaridad. Ellos vienen hacia acá. Seis mil autos quemados en las afueras de París, obreros echados a patadas de sus empresas en todos los países desarrollados, millones de inmigrantes recorriendo las calles en busca de un mendrugo de pan, miles de millones de dólares del erario (es decir, de los contribuyentes) entregados a los bancos y a las grandes compañías automotrices de Estados Unidos para hacer de las suyas: todo nos indica que ese Primer Mundo, tan admirado en el pasado, ha empezado un proceso de desmoronamiento que lo hará asemejarse, cada vez más, a su pariente pobre y maloliente: el Tercer Mundo.
Siempre me ha gustado estar aquí porque me siento en la proa del barco oteando el horizonte, un horizonte apocalíptico. Estar en Bogotá, en Calcuta, en Río de Janeiro, en Bangkok o en Ciudad de México, es un privilegio. Nuestro deterioro, al menos, es explícito. El del Primer Mundo es soterrado, ocultado, no aceptado, y precisamente por eso mismo es más demoledor. Y me alegra confirmar que esta intuición que tuve a los veinte años de edad fue correcta. Me quedé al lado de una frenética, de una indecente de mal gusto, y gracias a ello pude construir una obra literaria que fuera un testimonio honesto del lugar y de la hora en los que me tocó vivir.
Finalmente, quiero hacer una confesión: lo más difícil para mí, tanto en mi vida de escritor como de profesor o de conferencista ocasional, ha sido luchar en contra de una imagen que me persigue desde hace ya varios años: retirarme de todo, vivir lejos, en una isla o entre salvajes, sin afeitarme, descalzo, con unas bermudas y una camiseta rota, al margen de una sociedad que siempre he percibido como peligrosamente hipócrita y despiadada. Es decir que, si en lo más profundo de mi inconsciente yo escucho ese llamado desde hace tiempo, ir en la dirección contraria (dictar conferencias, escribir, publicar) me cuesta un trabajo enorme. Supongo que algún día tendré que irme, desaparecerme y cumplir con ese desafío que una voz desconocida me viene proponiendo desde hace años. Mientras tanto, cada palabra que escribo y publico es un enfrentamiento, una lucha constante en contra de ese salvaje que vive dentro de mí y para el cual una vida letrada y culta es un motivo de risa.

(Prólogo a La Locura de Nuestro Tiempo)

Anorexia



La celebre modelo francesa Isabelle Caro, que lideró una campaña contra la anorexia exponiendo su propio cuerpo, su propia enfermedad, murió en noviembre de 2010 a sus escasos 28 años de edad. En el año 2006 llegó incluso a pesar 25 kilos y entró en coma. Alguna vez afirmó: “Tengo psoriasis, el pecho caído y un cuerpo de persona mayor. La delgadez engendra la muerte y es todo salvo belleza. Es todo lo contrario”.
Desafortunadamente, el mundo de la moda le ha puesto poco caso. Siguen patrocinando a esas jovencitas que parecen insectos, cariacontecidas, depresivas, que parecen condenadas a desaparecer por fuerzas que ellas mismas desconocen.
Por un lado, me parece curioso que los diseñadores de moda hombres, muchos de ellos homosexuales, no se sientan inspirados por las curvaturas femeninas, por el volumen de las caderas, los senos y el culo, y que en consecuencia hayan decidido masculinizar esos cuerpos hasta convertirlos en cuerpos rectilíneos que evocan los de los adolescentes varones. Los transexuales que han soñado toda la vida con ser mujeres, jamás toman como modelos a seguir esta delgadez enfermiza. Antes bien, se rigen por los cuerpos de Brigitte Bardot, de Marilyn Monroe o de Jennifer López, cuerpos redondos, plenos de voluptuosidad. Es como si en la medida en que las mujeres se van convirtiendo en muchachitos hambrientos, los transexuales a su vez llegaran para recordarnos el poder de la Maja de Goya y de las mujeres de Rubens.
Por otro lado, es inevitable no pensar en dos imágenes cuyo paralelo es evidente: los campos de exterminio alemanes y los cuerpos africanos agonizando de hambre mientras los moscos revolotean a su alrededor. Es como si la Modernidad, que nos prometió la igualdad y la justicia, nunca se hubiera dado cuenta de que en su seno iba la Revolución Industrial, el capitalismo salvaje, y en consecuencia la animalidad voraz de media humanidad que iba a dejar a la otra media literalmente en los huesos. Los cuerpos de los campos de concentración y de la inanición africana, cuerpos masacrados por el capital, cuerpos traicionados por la Modernidad, parecen reaparecer misteriosamente, en un efecto especular, en las pasarelas de moda, en los afiches publicitarios o en las propagandas de ropa interior. Y quizás lo hacen para recordarnos algo fundamental, algo que no hemos querido reconocer y enmendar.

NB: La madre de Isabelle, la señora Marie Caro, se acaba de suicidar ahora, en enero de este 2011, y, según el diario The Times de Londres, estaba atravesada por una culpa atroz después de la muerte de su hija.

Resistencia interna



Mi padre era un tipo alto, fornido, de buen carácter, experto en crucigramas, hablaba cuatro idiomas, leía mucho, era sensible, introspectivo, había recibido una excelente educación y le gustaba estar solo, encerrarse, aislarse del resto de la gente. Fue profesor de la Universidad Nacional durante tres décadas y un buen día le llegó el turno de jubilarse. Siempre le había gustado beber whisky, pero quizás por sus obligaciones universitarias el trago había estado bajo control. Después de la jubilación, solo, sin horarios, sin jornadas laborales, sin compañeros de trabajo, sin tesis, sin estudiantes, sin clases, quedó a merced de sí mismo y empezó a buscar refugio en sus botellas de alcohol. Pésima estrategia. Se hundió en una maraña, en un laberinto sin salida, en un agujero negro que lo fue sofocando hasta quitarle todo el aire y asfixiarlo. Uno llamaba a las diez de la mañana y su voz gangosa, falsamente entusiasta, lo delataba. Ya estaba borracho. En la recta final de su vida no supo cómo escapar a esa trampa. Cuando llegó el cáncer ya estaba acabado: el trago había hecho mella y lo había reducido a su mínima expresión.
Mi madre, por su parte, ha sido una paciente bipolar que ha sobrellevado su enfermedad de una manera ambigua, a veces bien, con juicio, con seriedad, aguantando, y a veces de manera irresponsable, suprimiéndose ella misma los medicamentos, haciendo desastres y buscando la manía como una especie de juerga prolongada donde hace y deshace, siempre son la licencia de que se trata de la enfermedad, no de ella. Estudió Arte y Decoración y luego, a lo largo de su vida de adulta, se dedicó a la finca raíz, a construir y a vender inmuebles. Es una mujer de carácter fuerte, quizás de manera exagerada, y en los últimos años ha manifestado una tendencia al encierro, a la soledad, a no hablar ni ver a nadie. Se pasa los días viendo televisión, siempre el mismo canal, donde unos programas insulsos (recetas de cocina, cómo hacer vitrales, consejos caseros) se han convertido en su única compañía. En los cumpleaños o la Navidad, cuando nos reunimos, se queda mirando el suelo o el techo, suspendida en otro tiempo y otro espacio, muy lejos, inalcanzable, y todo lo que sucede a su alrededor le da igual. Ya casi ni habla cuando uno la llama por teléfono.
Bien, esos son mis dos 50%, mi información genética. Es imposible que con esos genes yo salga sociable, hablador, gregario. Sin embargo, desde joven me di cuenta de los peligros de esa herencia y empecé a luchar contra ella. La literatura ha sido una forma de rebelarme, de ir hacia afuera, de empezar una búsqueda de la alteridad, de saber que los otros no sólo me interesan, sino que me complementan. Mi otra trinchera ha sido el deporte, la conciencia de que no tengo un cuerpo, sino que soy cuerpo: la bicicleta, el atletismo, el squash como formas de negarme a las ganas que permanentemente tengo de irme en contra de mí. La primera resistencia es contra la genética, contra la información que nos han inoculado, contra papá y mamá, contra los cuatro abuelos, contra la familia. Mis verdaderas inclinaciones son hacia la soledad y la autodestrucción. Me encantaría irme a vivir a una isla, solo en una cabaña, y beber como un cosaco hasta matarme sin que nada de lo que le pase al mundo en general me importe un comino. Esa es mi verdadera naturaleza. Pero no, la primera resistencia es en contra de mí mismo. Primero hay que resistir hacia adentro, psíquicamente, corporalmente, para poder empezar a resistir hacia afuera, social, políticamente. Si no descendemos al inconsciente y aprendemos a manejar esos lúgubres pasadizos subterráneos, será muy difícil poder administrar arriba la vida consciente, la racional. Antes de vencer el entorno hay que vencerse a sí mismo. Cuando el yo es derrotado, quedamos libres para hacer con nuestra vida lo que realmente nos da la gana. Y lo que yo anhelo por encima de todo es seguir escribiendo y conectarme con otros focos de resistencia que, desde bordes semejantes, desde esquinas similares, desde fronteras hermanas, se niegan también a ser vencidos por esta atmósfera malsana y enferma que han generado sólo con el firme propósito de hacernos a un lado y de matarnos. No. Solos quizás somos débiles, pero unidos les será muy difícil borrarnos del mapa.

Libros

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1 ene. 2011

Resistencia


Hay que aceptar que algo está pasando, que por todos lados tenemos la sensación de desazón, de un mundo algodonoso, sin sustancia, que nos ha dejado a la intemperie y extraviados. Intentamos agarrarnos de las relaciones familiares, de las relaciones de pareja, de la eficiencia en el trabajo, de cierta fe absurda en las promesas incumplidas (igualdad, solidaridad, justicia), y nada tiene el suficiente peso como para regresarnos la estabilidad perdida. La gente busca en la gente un pilar sólido que impida la caída general, y, lo que está sucediendo en realidad es que nos estamos cayendo uno a uno en una especie de efecto dominó. Nadie podrá sostenerse en pie por mucho tiempo.
He visto que en las clínicas psiquiátricas, cada vez más, acuden jóvenes adolescentes deprimidos, hechos añicos, con dos o tres intentos de suicidio a cuestas. Muchos de ellos son adictos a Internet, a los teléfonos celulares, al porno o al sexo real, al alcohol o a ciertas drogas de última generación. Otros se cortan los brazos y las piernas como si sus propios cuerpos fueran un obstáculo, un objeto desagradable que hay que aniquilar. Buscan refugio en algo o en alguien y no lo encuentran, abren puertas que conducen a sótanos malolientes donde los espera la tristeza, la desesperación y la muerte.
Millones de personas alrededor del mundo pasan largas horas viendo televisión, sin poder desprenderse de sus pantallas, adictos a las noticias, a las novelas, a los concursos, a las películas o a cualquier imagen que los haga olvidarse, al menos por un cierto tiempo, de ese vacío, de ese sopor en el que se consumen día a día. Cada vez les cuesta más trabajo dormir, se descubren a las tres o a las cuatro de la mañana con el control de la televisión en la mano, rodeados por ese zumbido sepulcral que es su única compañía. Muchos otros más están atrapados en los correos electrónicos, en las redes sociales, en los chats, en busca de ese otro que los salve de sí mismos, ese otro impalpable, incorpóreo, gaseoso, que se desvanece en las pantallas de los computadores. Incluso han dejado atrás el sexo y se masturban con esas imágenes, presos de íncubos y súcubos que luego los vuelven a dejar solos, inmersos en los desiertos internos donde quedan convertidos en presas fáciles de la depresión y la melancolía.
Un amigo que acaba de llegar de Japón se tropezó de repente a unos muchachos cogidos de la mano y llorando en el zaguán de un edificio. Se imaginó un duelo o un grupo de oración, y siguió derecho. Días después vio a otros jóvenes llorando en una estación de metro. Una semana más tarde dos adolescentes y tres adultos, todos ellos abrazados, lloraban en un parque. No era casualidad. Se trata de los clubes de lloradores de Tokyo, agrupaciones que se ponen de acuerdo por Internet o por celular para reunirse en algún lugar y trenzarse en un llanto colectivo.
Estamos en la Era de la Vacuidad donde nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. La reversibilidad de las grandes autopistas de información, la sobresaturación de teléfonos celulares, buscapersonas, chats y correos electrónicos ha generado el proceso contrario: estamos enajenados, más solos que nunca, y en medio del ruido general, del parloteo que no dice nada, lo único que se siente es nuestro llanto, nuestra impotencia, nuestra imposibilidad para poder comunicarnos con los otros. Hermes nos ha abandonado y por ahora no piensa regresar.
Cuando alguno de nosotros logra sobreponerse a sí mismo y echar un vistazo afuera, el panorama no puede ser más desolador: exterminio de las otras especies, más de mil millones de personas con hambre, recalentamiento global, huracanes, tsunamis, plagas, masacres y genocidios, civiles asesinados en Afganistán, Irak o Colombia, millones de trabajadores expulsados de sus empresas, mujeres y niños golpeados en sus propios hogares muchas veces hasta quedar lisiados o muertos, y, como telón de fondo, como escenografía macabra, un capitalismo que hace malabares y miente a diestra y siniestra para continuar con su pantomima de mal gusto. Y bueno, estamos machacados, sí, es cierto, estamos reducidos al mínimo de nuestras fuerzas, pero no somos estúpidos. Esa prédica ya no nos cala, ya no nos convence, ya no engatusa a nadie. Que se trata sólo de una crisis, que nos amarremos el cinturón, que ya nos recuperaremos. No. Mentira. Se trata de quitarles a los trabajadores las conquistas sindicales de más de un siglo de luchas laborales, de empobrecer a una gran masa, de enviarlos a más villas miseria, de atracar el erario, el dinero de los impuestos, y de entregarles a los grandes consorcios económicos esa plata. Ya no les basta con lo que han amasado a costa de la miseria de millones de personas. Quieren más. Quieren los dineros públicos. Es lo que el profesor Chomsky ha llamado el paso del capitalismo salvaje al capitalismo depredador. No había dinero para las inversiones sociales pero ahora sí hay dinero para salvar a los bancos y a las compañías automotrices. Grandes condensaciones de capital y multiplicación de la miseria general. Estamos hechos pedazos, sí, estamos deprimidos, sí, pero no somos idiotas.
Por fortuna, empiezan a surgir voces de emancipación, por todas partes se levantan colectivos que están empezando a oponerse a este sartal de mentiras y de dobles intenciones. El grupo Anonymous publica en el periódico El País de España un texto en el que, entre otras cosas, dice:
Cuando los gobiernos controlan la libertad, lo están controlando a usted. Internet es el último bastión de la libertad en este mundo en constante evolución técnica. Internet es capaz de conectar a todos. Cuando estamos conectados somos fuertes. Cuando somos fuertes, tenemos el poder. Cuando tenemos el poder somos capaces de hacer lo imposible.
El Comité Invisible, un grupo de intelectuales franceses, publica un libro inquietante que ya ha producido algunas detenciones: La insurrección que viene. WikiLeaks filtra cables del servicio diplomático norteamericano y deja al Imperio en calzoncillos. Hasta el propio futbolista Eric Cantona llama a los franceses a una segunda revolución sacando el dinero de los bancos. Voces, voces, llamados, sublevaciones, trincheras, comunas, grupos de resistencia.
Entonces, por entre los agujeros que aún nos quedan, por entre los intersticios de la vigilancia y de la paranoia de los apologistas del sistema, aunémonos no para llorar en grupo, sino para evidenciar nuestra inconformidad y nuestra vitalidad. Propongo un recorrido por el pantano contemporáneo, una aventura que intente cruzar estas arenas movedizas, un salto que pretenda alcanzar el otro lado del hueco presente y que nos libere de la emboscada que nos han tendido. Propongo una emancipación desde el pensamiento, desde el debate, desde la argumentación. Levantémonos de las camas donde hemos estado enterrados estos últimos años, abramos las ventanas, tomemos aire, neguémonos a la corrosión general y enfrentemos una posibilidad extraordinaria: que hay muchos otros como nosotros dispuestos a emprender este viaje cuyo único propósito es reivindicar las promesas que la Modernidad nos incumplió (igualdad, justicia, fraternidad). Invoco en este momento único las fuerzas perdidas, nuestra antigua potencia que ahora está disminuida, nuestras ganas por construir un mundo mejor. Convirtamos nuestro aislamiento, nuestro silencio, nuestra mudez, nuestras noches en vela, en una ventaja. Levantémonos de nuestras sillas de ruedas, hagamos a un lado nuestras muletas, no nos tomemos más nuestros antidepresivos y empecemos a hacer mapas y a planear estrategias para no sucumbir. Propongo una expedición hacia lo más excelso de nosotros mismos.
 Que Hermes, el dios del lenguaje y de los viajeros, nos escuche y nos vuelva a ser propicio.

Robinson y Viernes


De un lado está todo lo que nos prometieron: el desarrollo, el progreso, la técnica, la asepsia de una civilización que ha logrado erradicar la inmundicia. Del otro, después del paso del huracán Katrina en New Orleans, exactamente en el mismo puente, está la realidad: el desastre, la destrucción, la inoperancia, el hambre, el desamparo, el camino equivocado (wrong way). Robinson y Viernes, con tablas de cama en la mano, reman e intentan sobreponerse a toda adversidad. Flacos, hambrientos y sin dormir, miran sin embargo hacia el mismo punto, hacia adelante, y luchan por llegar juntos a un lugar seguro. Más allá de nuestras diferencias de clase, de religión o de raza, tenemos que unirnos para sobrevivir. Resistir juntos, esa es la consigna.