5 ene. 2011

El apóstol



A finales de 1978 apareció en todos los medios de comunicación la noticia de un suicidio colectivo en Guyana por parte del Templo del Pueblo, una iglesia fundamentalista dirigida por un drogadicto que se creía la reencarnación de Jesucristo: el reverendo Jim Jones. Recuerdo que me impactó ver por la televisión esa serie de tomas que mostraban cuerpos de adultos y de niños regados por el suelo. Las hipótesis principales de Jones para esa matanza fueron dos: que la muerte era un tránsito hacia otro estado, y, ante todo, que era un acto revolucionario.
Comenté el hecho con mi amigo adolescente de entonces, Eduardo Argüeyo, un jovencito medio genio que vivía siempre en otro planeta, un flaco melenudo que por esos años ya leía a Cortázar y escuchaba a Thelonious Monk. Eduardo, muy circunspecto, me dijo:
- Las dos hipótesis de Jim Jones las considero ciertas.
Los años corrieron y nos graduamos del colegio. Por su forma de ser y por sus gustos, siempre creí que Eduardo sería sacerdote. Hablaba desde esa época del fin del mundo, de cómo Jesús estaba pronto a reencarnar, de la lucha admirable del cura Camilo Torres, de Dios como una enorme fuerza cósmica que todo lo atravesaba con su bondad infinita. Alguna tarde le confesé a Eduardo que yo quería estudiar Filosofía y Letras. Recuerdo con exactitud su respuesta:
- Tú sospechas también que la realidad no es sólo esto. La filosofía, la literatura, la religión, la magia y la medicina tienen un origen común. Acude al llamado. Yo acudiré al mío.
Le pregunté entonces si se iba para el seminario. Me dijo que no, que se iría para la selva y que se convertiría en aprendiz de chamán. Me quedé de una sola pieza. Pensé que me estaba tomando el pelo. No, Eduardo se quedó inmóvil, serio, impertérrito. No lo podía creer.
Durante los años ochenta, en efecto, me matriculé en una facultad de literatura y me gradué con una tesis sobre Carlos Fuentes. Eduardo desapareció, no volví a saber nada de él. Yo hice un postgrado en España, luego trabajé en Israel, y a finales de la década regresé al país como profesor de literatura. Entonces, gracias a un amigo común que me encontré, supe que Eduardo vivía en el Amazonas, a varios días en lancha del pueblo más cercano, y que una tribu lo había adoptado como uno de los suyos. Tenía fama de ser un médico naturista que sanaba de manera extraña. Varios antropólogos se preciaban de conocerlo y de ser sus discípulos.
A mediados de los años noventa, en la Plaza de las Nieves, un tipo fornido y barbado de pronto me dio un abrazo del que no me pude soltar. Me costó trabajo reconocer allá, detrás de esa barba cerrada y de esa melena de hippie de los sesenta, al joven misterioso que siempre me había deslumbrado en la adolescencia. Era Eduardo, claro, con su eterna sonrisa de buenazo irredento.
 Le pregunté por la selva y por los rumores de que era un médico naturista poco común. Le restó importancia a ese pasado y me dijo que ahora estaba haciendo los trámites de visas y demás porque se iba con unos ingleses para Zaire, el antiguo Congo belga. Pensé que se trataba de seguir investigando el poder curativo de las plantas en la tradición africana, pero no, resulta que ahora Eduardo estaba metido en una congregación que aseguraba que Jesús acababa de nacer en la República Democrática del Congo, en las afueras de su capital, Kinshasa. Supongo que otra vez mi cara de estupefacción me traicionó, y entonces Eduardo me agarró del brazo y me condujo hasta un restaurante cercano donde pedimos dos cervezas.
Me aseguró que este grupo religioso venía estudiando el caso de cerca y que este niño prodigio hablaba en arameo, citaba las Sagradas Escrituras de memoria y hacía milagros a sus escasos seis años de edad. Me imaginé al nuevo Jesús color de chocolate y con el pelo quieto, y me pareció realmente una propuesta revolucionaria. Como siempre, yo miraba a Eduardo con esa sensación interna de no saber si uno está hablando con un adelantado o con un loquito que se acaba de fugar de una clínica psiquiátrica. Nos despedimos entre abrazos y con la promesa de escribirnos, cosa que jamás hicimos.
Hace un par de años lo vi en la Caracas con la Calle Diecinueve. Me bajé de uno de los buses de Transmilenio y me fui detrás de él. Dos tulas enormes le colgaban de los hombros. Lo alcancé y me pareció curioso el aspecto. Ahora la barba y el cabello largo estaban entrecanos, y su rostro reflejaba ya un cierto cansancio. Le pregunté qué diablos estaba haciendo en Bogotá. Me dijo que vendía pantalones, camisas y chaquetas con citas del Evangelio, y que sus principales clientes estaban en la zona de tolerancia.
- ¿Y qué pasó con la famosa reencarnación de Jesús en África? –le dije a bocajarro con una dureza de la que no me sabía capaz.
- Lo mataron. Sospechamos que el Vaticano estuvo involucrado.
Esta vez lo miré no con respeto y admiración, sino como quien está frente a un mitómano que se ha burlado de uno media vida. Una prostituta se acercó y le dijo:
- Apóstol, lo necesitan allí, en residencias Carimagua para que deje un saco de ésos con los salmos estampados.
- Ya voy, en cinco minutos estoy allá –respondió él con una seriedad que intimidó a la mujer.
Volvimos a quedarnos solos.
- ¿Y ahora qué va a hacer? –insistí con cierta ira contenida.
- Estoy recogiendo lo del tiquete porque me voy para Rusia. Jesús está allá. Vive dentro de un hombre común y corriente que antes se llamaba Sergei Torop. Ha venido a salvar este mundo de tanto horror. Por fin…
Me despedí con un gesto de incredulidad, me di la vuelta y me alejé cabizbajo y desilusionado. Al fin y al cabo, Eduardo siempre había sido para mí la prueba fehaciente de que era posible vivir según un alucinado código propio que le llevara la contraria a los demás.
Hace unos días vi un programa sobre la reencarnación de Jesús en un hombre que ahora se hace llamar Vissarion, “el que da nueva vida”. Tiene el cabello largo, la barba recortada y vive con sus discípulos en Siberia, en un lugar que bautizaron como Morada del Alba. Vissarion fue un agente de la policía soviética y su nombre de pila es Sergei Torop. En 1989, este hombre enigmático sintió de repente la transformación y la presencia de Jesús dentro de sí. Entonces fundó la Iglesia del Último Testamento y empezó a prepararse para el fin, para la salvación de la humanidad.
Lo que no podía creer es que en una de las tomas apareció al fondo un hombre fornido, de barba cerrada y cabello largo entrecano que contemplaba al Maestro con cierta beatitud infantil. Parecía uno de sus discípulos predilectos. Sonreí.

3 comentarios:

  1. Sin palabras Mario, definitivamente este mundo, nosotros, todos, vivimos una realidad prestada. Menos mal existen personas como tu amigo que nos recuerdan la ilusión efímera que es lo real o lo palpable. Quizás él es Jesús, vaya uno a saber. Un abrazo

    Carlos Eduardo

    ResponderEliminar
  2. Mientras me adentraba en esta lectura, me iba sintiendo cada vez mas a gusto y experimentaba lo que para muchos es un Deja Vu... En algún momento, en algún lugar he leído algo similar. ¿Dónde? no tengo idea, pero lo que si puedo asegurar es que Eduardo es un ejemplo que todos y cada uno de nosotros debe seguir.
    "La vida es un ratico" y no podemos permitir que transcurra frente a nosotros sin que hagamos lo que nos dicte el corazón. A mi aun me falta valor para hacerlo, pero espero algún día tener la suficiente convicción de empezar de nuevo haciendo lo que realmente me hace feliz. Saludos!

    Luisa V.

    ResponderEliminar