5 ene. 2011

Narcisismo centrípeto


Siempre he tenido problemas con esa competitividad malsana que nos enseñan desde niños: ser el mejor es superar a los otros, triunfar es desprenderse del grupo, ganar es dejar el pelotón aparte. El éxito es poner una enorme distancia con respecto a los demás. Yo, en el colegio, por fortuna, nunca fui el mejor en nada. Más bien todo lo contrario: era un joven rebelde que solía llevarle la contraria a los maestros y a muchos de mis compañeros. Más tarde, en la universidad, me pasó lo mismo: dudaba de la información dada, sospechaba de los juicios sobre los escritores, no me creía del todo lo que mis profesores presentaban como verdades irrefutables.
Elegí mi profesión no como una carrera, como una competencia, sino como una vocación, es decir, como un llamado. Uno siente esa voz o no la siente, y si la escucha es también libre de acudir a esa cita o de no presentarse. Yo oí esa voz con claridad y acudí al llamado. Por eso nunca me preocupé por el éxito, por el triunfo, por ascender, por trepar, por hacer relaciones públicas. Vi a muchos de mis compañeros hacer una carrera (ellos sí estaban corriendo), y contactar a intelectuales importantes para crear una plataforma sólida que los lanzara a la fama y al prestigio con los que tanto soñaban. Bien por ellos, que de alguna manera representan lo que el sistema nos ha enseñado: que tenemos que intentar ser los mejores, que tenemos que brillar, que tenemos que alcanzar las cumbres. De algún modo, son esclavos de las fuerzas centrípetas del establecimiento, los siervos de un narcisismo delirante y enfermizo. Porque detrás del éxito siempre hay alguien sometido y encadenado, alguien que no supo ni pudo liberarse.
Creo que el camino certero es el otro: el de saber acercarse a los otros, el de hermanarse, el de no sentirme mejor ni superior. En ese largo camino en solitario tarde o temprano nos espera la autodestrucción. Marlon Brando pedía en el verano varias pizzas a domicilio de distintos sabores. Salía a los enormes jardines de su mansión y le pedía al domiciliario que se las arrojara por encima de la barda. Luego, semidesnudo y sin bañarse, se atragantaba con ellas ahí mismo, sobre el césped, como un perro. Michael Jackson se dormía en el piso de la cocina de su palacio con una cobija encima, como si fuera un indigente. En el largo camino por querer ser los mejores no nos damos cuenta de la trampa que nos espera detrás de toda esa farsa: la trampa del ego henchido, de un ego que se desinfla al más mínimo pinchazo.
En 1987 llegué al kibbutz Mefalsim, al sur de Israel, en busca de una experiencia que me parecía fundamental: vivir en una comunidad verdaderamente socialista. Y fue magnífico. Dictaba algunas clases de español, pero también sembraba en el campo, recogía huevos en el gallinero y tenía que cocinar y limpiar en los comedores comunitarios. Lo mismo hacían todos los miembros del kibbutz. No había estratos sociales, nadie hacía ostentación de su riqueza ni alardeaba de cómo derrochar sus millones. Lo importante no era enriquecerse, sino buscar el bienestar de toda la comunidad.
Quizás lo que nos deberían enseñar es todo lo contrario de lo que nos enseñan ahora: cómo trabajar en equipo, cómo avanzar con el pelotón, cómo cooperar, como ser útil al grupo, cómo dar lo mejor de mí para fortalecer y engrandecer a un colectivo. Ya es hora de que dejen de dar más cursos de liderazgo y empiecen a dar cursos de trabajo grupal. Lo que nos falta no son líderes, sino personas que sepan funcionar en sociedad. Cada quien se siente superior a su vecino, busca la fila especial en el banco, cree que sus hijos son más inteligentes que los hijos de los demás, le dice a la cajera o al taxista: “Usted no sabe con quién está hablando”. Los militares violan los derechos humanos, los sacerdotes abusan de niños indefensos, los hombres del poder ordenan interceptar teléfonos sin órdenes judiciales, los policías y los políticos son socios de mafiosos y de narcos. Todos creen que la ley no es para ellos, que ellos son especiales, mejores, selectos. De pronto la clave está en justamente la actitud contraria: no soy nadie, soy igual a todos, la ley también es para mí. Esa sería una educación verdaderamente democrática.

2 comentarios:

  1. Lo que dices es muy cierto, estoy de acuerdo con que en vez de clases de liderazgo nos enseñaran a trabajar en grupo...en serio es algo que falta en una sociedad como la nuestra. Dios te bendiga Mario, te admiro mucho.

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  2. Sería encantador que el Kibutz Mefalsim se extendiera sin fronteras... pero para eso el ser humano debe entender que es eso de "ser"...
    Ojalá algún día nos enseñen que Todos Somos...

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