5 ene. 2011

Resiliencia


 
Este ha sido uno de los conceptos más reveladores para mí en el último tiempo. La palabra inicialmente se usó para medir la capacidad que tenían ciertos materiales para soportar altas temperaturas y condiciones ambientales difíciles. Se trataba de cuantificar la resistencia, la maleabilidad, la flexibilidad de ciertos objetos antes de romperse o de perder su estructura inicial. Algunos cableados submarinos, por ejemplo, están hechos de plásticos y mezclas altamente resilientes, es decir, de materiales que aguantan bastante bien el frío, el calor o la descomposición por el agua marina y el salitre. De allí la palabra pasó a la psicología, a la ecología y a la antropología.
En la psicología me sorprendió gratamente Boris Cyrulnik, uno de los primeros teóricos y estudiosos del tema. Cyrulnik perdió a sus padres en un campo de concentración. Desde los seis años no hizo sino esconderse, huir de los controles policiales, vagabundear por la Europa arrasada posterior a la guerra y criarse en instituciones públicas y orfanatos. Gracias al apoyo de ciertas personas logró terminar el bachillerato y empezar a estudiar medicina y luego psiquiatría. La tesis central de Cyrulnik, producto de su propia experiencia, se podría resumir en que por muy fuerte que sea el sufrimiento padecido en la infancia no necesariamente éste condena al niño a una vida errática, torcida y atormentada. No, no siempre es así. Incluso puede suceder exactamente lo contrario: que el dolor sea materia útil para ahondar en la solidaridad, la jovialidad y la grandeza. En su caso, los libros, el afecto de sus amigos y el rugby lo fueron rescatando lentamente hasta dejarlo en la otra orilla. Estudió psiquiatría justamente para intentar comprender el horror que había tenido que vivir desde niño. En su libro Los patitos feos, en una clara cita del cuento de Andersen, hace alusión a esos niños maltratados y violentados que, de un momento a otro, logran extender toda la belleza de su plumaje y convertirse en cisnes. ¿Cómo sucede eso? Gracias al pensamiento resiliente, a una fuerza que está escondida en la profundidad de la mente, gracias a la plasticidad del cerebro. De todo dolor es posible extraer un renacimiento, detrás de toda desesperación hay una puerta que conduce a la vitalidad y la esperanza.
Otro ejemplo que siempre me ha fascinado es el de un niño en Brasil, Carlitos, que había perdido después de una avalancha a todos sus familiares. Los sobrevivientes estaban hacinados en un estadio y de pronto uno de los trabajadores sociales vio a Carlitos con un balón de fútbol haciendo una veintiuna. ¿Cómo era posible que después de una pérdida múltiple tan reciente uno fuera capaz de jugar, de divertirse? ¿Por qué hay personas que agarran su dolor y lo convierten en un tesoro, en algo único que los distingue de la otra gente, y se dedican a vivir hacia atrás, presos de ese pasado tormentoso? ¿Y, en cambio, por qué otros dejan pasar el maltrato sufrido, no se aferran a la memoria y se concentran más bien en el futuro, en lo que aún es posible construir? ¿Por qué después de una catástrofe es tan evidente en la población afectada la diferencia entre pro resilientes y no resilientes? ¿Por qué hay que trabajar tanto para que unos superen sus traumas mientras que los otros rápidamente son capaces de rehacer sus vidas?
Entre las muchas características del pensamiento resiliente hay una que me encanta: es el vínculo con los otros, los lazos que logro crear con los demás, la fuerza que me viene de una tribu sólida. Es lo que los psiquiatras y psicólogos llaman el paso de un yo a un nosotros. Y esto hay que entenderlo bien. No se trata de individuos gregarios que tienden a masificarse con facilidad. No. Es algo mucho más sutil: el resiliente, antes que concentrarse en un yo y en los avatares de ese yo, se piensa como parte de un colectivo. En lugar de considerar su dolor como único lo siente como una parte de la humanidad. No es que yo sufra, sino que se sufre, a todos nos toca, es una condición inevitable del hecho de estar vivo. Y visto de esa manera, de inmediato el dolor empieza a ser desarticulado, despersonalizado.
El mejor ejemplo que yo encuentro siempre de este pensamiento está en Muhammad Alí. En la legendaria pelea contra Foreman en Kinshasa era evidente la superioridad del segundo, su fortaleza desmedida, su vigor y su excelente condición boxística. Todos los comentaristas estaban de acuerdo en que Alí perdería. Entonces empieza éste a mezclarse con el pueblo de Zaire, a correr con sus seguidores en la mañana, a entrenar rodeado de niños y de jóvenes que lo admiraban. Empieza Alí a repetirse en voz alta una y otra vez a lo largo de esas semanas: soy un leñador que trabaja temprano en el bosque, soy una prostituta que recorre las calles en la noche, soy una aseadora que limpia todos los días, soy un presidiario encarcelado sólo por su color de piel, soy mi raza negra, mi gente, mi pueblo. Empieza a dejar de ser él, un yo, una identidad, y va construyendo poco a poco un nosotros que no deja de sorprender a su entrenador y a sus colaboradores. Y se sube al cuadrilátero convencido de que él es una multitud. Y gana, claro, y de qué manera. A este respecto, vale la pena ver el excelente documental de Leon Gast en el que sobresalen los comentarios de Norman Mailer, George Plimpton y Spike Lee, entre otros: Cuando éramos reyes (When We Were Kings). Quizás por esto mismo fue que Alí, unos años después, frente a un grupo de graduandos de Harvard, cuando le insistieron en que recitara un poema, él se limitó a decir: Yo, Nosotros. No dijo más, y no necesitaba hacerlo. En esas dos palabras estaba condensado el gran secreto de su vida, su potencia, su resiliencia, su sabiduría.

5 comentarios:

  1. Multiplicarnos en vez de dividirnos Mario, enfrentar el dolor y equilibrarlo para que, en vez de olvidarlo, habite en nosotros como un despertador. Es, en últimas, convencernos de que no elegimos vivir así: nos obligaron; y solamente juntos podemos caminar y existir... Juntos.

    Un abrazo

    Carlos Eduardo

    ResponderEliminar
  2. Esta es una de las palabras que se quedaron incrustadas en mi pensamiento después de leer Buda Blues (gran libro MM), un gran aporte realmente, la resiliencia se ve en cada rincón de las calles atestadas de personas que se esfuerzan por no caer, personas que no quieren que ese mundo engañoso y nublado que les venden los derrote, dejan de vivir sus tristezas del pasado y de imaginar el futuro atormentado, para vivir un presente a plenitud, ofreciendo todo de si.
    ¿Si todos fuéramos resilientes?...

    JS

    ResponderEliminar
  3. El escrito me hizo recordar a Eduardo Galeano, quisiera compartirlo con ustedes se llama Defensa de la palabra:

    "Uno escribe a partir de la necesidad de comunicación y de comunicación con los demás, para denunciar lo que duele y compartir lo que da alegría.

    Uno escribe para combatir la propia soledad y la soledad de los otros.

    Uno supone que la literatura transmite conocimiento y actúa sobre el lenguaje y la conducta de quien la recibe; que nos ayuda a conocernos mejor para salvarnos juntos. Pero “los demás” y “los otros” son términos demasiado vagos; y en tiempos de crisis, tiempos de definición la ambigüedad puede parecerse demasiado a la mentira. [...]

    Uno escribe para despistar a la muerte y estrangular los fantasmas que por dentro lo acosan; pero lo que uno escribe puede ser históricamente útil sólo cuando de alguna manera coincide con la necesidad colectiva de conquistar la identidad. Esto, creo, quisiera uno: que al decir: “Así soy” y ofrecerse, el escritor pudiera ayudar a muchos a tomar conciencia de lo que son. [...]

    Creo en mi oficio, creo en mi instrumento…La palabra es un arma, y puede ser usada para bien o para mal: la culpa del crimen nunca es el cuchillo.

    Creo que una función primordial de la literatura latinoamericana actual consiste en rescatar la palabra, usada y abusada con impunidad y frecuencia para impedir o traicionar la comunicación. [...]"

    Eduardo Galeano - Contraseña
    * Artículo reeditado luego en “Nosotros decimos no”,
    publicado tres años después (1988).

    Gracias Mario por tu tipo de resiliencia, es un acto de darse a la colectividad que día a día resistimos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Resiliencia Y muchos otros conceptos en Buda Blues y en general en la obra de MM me han transfomado . Mario es mucho más q un buen escritor

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Para eso son los libros, Hernán, para que nos ayuden a ver y nos multipliquen nuestra fuerza interior... Saludos, MM...

      Eliminar