2 ene. 2011

Resistencia interna



Mi padre era un tipo alto, fornido, de buen carácter, experto en crucigramas, hablaba cuatro idiomas, leía mucho, era sensible, introspectivo, había recibido una excelente educación y le gustaba estar solo, encerrarse, aislarse del resto de la gente. Fue profesor de la Universidad Nacional durante tres décadas y un buen día le llegó el turno de jubilarse. Siempre le había gustado beber whisky, pero quizás por sus obligaciones universitarias el trago había estado bajo control. Después de la jubilación, solo, sin horarios, sin jornadas laborales, sin compañeros de trabajo, sin tesis, sin estudiantes, sin clases, quedó a merced de sí mismo y empezó a buscar refugio en sus botellas de alcohol. Pésima estrategia. Se hundió en una maraña, en un laberinto sin salida, en un agujero negro que lo fue sofocando hasta quitarle todo el aire y asfixiarlo. Uno llamaba a las diez de la mañana y su voz gangosa, falsamente entusiasta, lo delataba. Ya estaba borracho. En la recta final de su vida no supo cómo escapar a esa trampa. Cuando llegó el cáncer ya estaba acabado: el trago había hecho mella y lo había reducido a su mínima expresión.
Mi madre, por su parte, ha sido una paciente bipolar que ha sobrellevado su enfermedad de una manera ambigua, a veces bien, con juicio, con seriedad, aguantando, y a veces de manera irresponsable, suprimiéndose ella misma los medicamentos, haciendo desastres y buscando la manía como una especie de juerga prolongada donde hace y deshace, siempre son la licencia de que se trata de la enfermedad, no de ella. Estudió Arte y Decoración y luego, a lo largo de su vida de adulta, se dedicó a la finca raíz, a construir y a vender inmuebles. Es una mujer de carácter fuerte, quizás de manera exagerada, y en los últimos años ha manifestado una tendencia al encierro, a la soledad, a no hablar ni ver a nadie. Se pasa los días viendo televisión, siempre el mismo canal, donde unos programas insulsos (recetas de cocina, cómo hacer vitrales, consejos caseros) se han convertido en su única compañía. En los cumpleaños o la Navidad, cuando nos reunimos, se queda mirando el suelo o el techo, suspendida en otro tiempo y otro espacio, muy lejos, inalcanzable, y todo lo que sucede a su alrededor le da igual. Ya casi ni habla cuando uno la llama por teléfono.
Bien, esos son mis dos 50%, mi información genética. Es imposible que con esos genes yo salga sociable, hablador, gregario. Sin embargo, desde joven me di cuenta de los peligros de esa herencia y empecé a luchar contra ella. La literatura ha sido una forma de rebelarme, de ir hacia afuera, de empezar una búsqueda de la alteridad, de saber que los otros no sólo me interesan, sino que me complementan. Mi otra trinchera ha sido el deporte, la conciencia de que no tengo un cuerpo, sino que soy cuerpo: la bicicleta, el atletismo, el squash como formas de negarme a las ganas que permanentemente tengo de irme en contra de mí. La primera resistencia es contra la genética, contra la información que nos han inoculado, contra papá y mamá, contra los cuatro abuelos, contra la familia. Mis verdaderas inclinaciones son hacia la soledad y la autodestrucción. Me encantaría irme a vivir a una isla, solo en una cabaña, y beber como un cosaco hasta matarme sin que nada de lo que le pase al mundo en general me importe un comino. Esa es mi verdadera naturaleza. Pero no, la primera resistencia es en contra de mí mismo. Primero hay que resistir hacia adentro, psíquicamente, corporalmente, para poder empezar a resistir hacia afuera, social, políticamente. Si no descendemos al inconsciente y aprendemos a manejar esos lúgubres pasadizos subterráneos, será muy difícil poder administrar arriba la vida consciente, la racional. Antes de vencer el entorno hay que vencerse a sí mismo. Cuando el yo es derrotado, quedamos libres para hacer con nuestra vida lo que realmente nos da la gana. Y lo que yo anhelo por encima de todo es seguir escribiendo y conectarme con otros focos de resistencia que, desde bordes semejantes, desde esquinas similares, desde fronteras hermanas, se niegan también a ser vencidos por esta atmósfera malsana y enferma que han generado sólo con el firme propósito de hacernos a un lado y de matarnos. No. Solos quizás somos débiles, pero unidos les será muy difícil borrarnos del mapa.

1 comentario:

  1. Mis 50/50 son los mismos pero no he contado con tu determinación para evitar las salidas extremas. Por el contrario, he entrado al fondo del 50 bipolar y he huido del 50 alcohólico. Mi yo ha sido derrotado infinidad de veces pero no las suficientes para lograr saber qué es lo que me da la gana hacer. Todo me gusta y ya el sufrimiento no me asusta.

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