1 ene. 2011

Resistencia


Hay que aceptar que algo está pasando, que por todos lados tenemos la sensación de desazón, de un mundo algodonoso, sin sustancia, que nos ha dejado a la intemperie y extraviados. Intentamos agarrarnos de las relaciones familiares, de las relaciones de pareja, de la eficiencia en el trabajo, de cierta fe absurda en las promesas incumplidas (igualdad, solidaridad, justicia), y nada tiene el suficiente peso como para regresarnos la estabilidad perdida. La gente busca en la gente un pilar sólido que impida la caída general, y, lo que está sucediendo en realidad es que nos estamos cayendo uno a uno en una especie de efecto dominó. Nadie podrá sostenerse en pie por mucho tiempo.
He visto que en las clínicas psiquiátricas, cada vez más, acuden jóvenes adolescentes deprimidos, hechos añicos, con dos o tres intentos de suicidio a cuestas. Muchos de ellos son adictos a Internet, a los teléfonos celulares, al porno o al sexo real, al alcohol o a ciertas drogas de última generación. Otros se cortan los brazos y las piernas como si sus propios cuerpos fueran un obstáculo, un objeto desagradable que hay que aniquilar. Buscan refugio en algo o en alguien y no lo encuentran, abren puertas que conducen a sótanos malolientes donde los espera la tristeza, la desesperación y la muerte.
Millones de personas alrededor del mundo pasan largas horas viendo televisión, sin poder desprenderse de sus pantallas, adictos a las noticias, a las novelas, a los concursos, a las películas o a cualquier imagen que los haga olvidarse, al menos por un cierto tiempo, de ese vacío, de ese sopor en el que se consumen día a día. Cada vez les cuesta más trabajo dormir, se descubren a las tres o a las cuatro de la mañana con el control de la televisión en la mano, rodeados por ese zumbido sepulcral que es su única compañía. Muchos otros más están atrapados en los correos electrónicos, en las redes sociales, en los chats, en busca de ese otro que los salve de sí mismos, ese otro impalpable, incorpóreo, gaseoso, que se desvanece en las pantallas de los computadores. Incluso han dejado atrás el sexo y se masturban con esas imágenes, presos de íncubos y súcubos que luego los vuelven a dejar solos, inmersos en los desiertos internos donde quedan convertidos en presas fáciles de la depresión y la melancolía.
Un amigo que acaba de llegar de Japón se tropezó de repente a unos muchachos cogidos de la mano y llorando en el zaguán de un edificio. Se imaginó un duelo o un grupo de oración, y siguió derecho. Días después vio a otros jóvenes llorando en una estación de metro. Una semana más tarde dos adolescentes y tres adultos, todos ellos abrazados, lloraban en un parque. No era casualidad. Se trata de los clubes de lloradores de Tokyo, agrupaciones que se ponen de acuerdo por Internet o por celular para reunirse en algún lugar y trenzarse en un llanto colectivo.
Estamos en la Era de la Vacuidad donde nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. La reversibilidad de las grandes autopistas de información, la sobresaturación de teléfonos celulares, buscapersonas, chats y correos electrónicos ha generado el proceso contrario: estamos enajenados, más solos que nunca, y en medio del ruido general, del parloteo que no dice nada, lo único que se siente es nuestro llanto, nuestra impotencia, nuestra imposibilidad para poder comunicarnos con los otros. Hermes nos ha abandonado y por ahora no piensa regresar.
Cuando alguno de nosotros logra sobreponerse a sí mismo y echar un vistazo afuera, el panorama no puede ser más desolador: exterminio de las otras especies, más de mil millones de personas con hambre, recalentamiento global, huracanes, tsunamis, plagas, masacres y genocidios, civiles asesinados en Afganistán, Irak o Colombia, millones de trabajadores expulsados de sus empresas, mujeres y niños golpeados en sus propios hogares muchas veces hasta quedar lisiados o muertos, y, como telón de fondo, como escenografía macabra, un capitalismo que hace malabares y miente a diestra y siniestra para continuar con su pantomima de mal gusto. Y bueno, estamos machacados, sí, es cierto, estamos reducidos al mínimo de nuestras fuerzas, pero no somos estúpidos. Esa prédica ya no nos cala, ya no nos convence, ya no engatusa a nadie. Que se trata sólo de una crisis, que nos amarremos el cinturón, que ya nos recuperaremos. No. Mentira. Se trata de quitarles a los trabajadores las conquistas sindicales de más de un siglo de luchas laborales, de empobrecer a una gran masa, de enviarlos a más villas miseria, de atracar el erario, el dinero de los impuestos, y de entregarles a los grandes consorcios económicos esa plata. Ya no les basta con lo que han amasado a costa de la miseria de millones de personas. Quieren más. Quieren los dineros públicos. Es lo que el profesor Chomsky ha llamado el paso del capitalismo salvaje al capitalismo depredador. No había dinero para las inversiones sociales pero ahora sí hay dinero para salvar a los bancos y a las compañías automotrices. Grandes condensaciones de capital y multiplicación de la miseria general. Estamos hechos pedazos, sí, estamos deprimidos, sí, pero no somos idiotas.
Por fortuna, empiezan a surgir voces de emancipación, por todas partes se levantan colectivos que están empezando a oponerse a este sartal de mentiras y de dobles intenciones. El grupo Anonymous publica en el periódico El País de España un texto en el que, entre otras cosas, dice:
Cuando los gobiernos controlan la libertad, lo están controlando a usted. Internet es el último bastión de la libertad en este mundo en constante evolución técnica. Internet es capaz de conectar a todos. Cuando estamos conectados somos fuertes. Cuando somos fuertes, tenemos el poder. Cuando tenemos el poder somos capaces de hacer lo imposible.
El Comité Invisible, un grupo de intelectuales franceses, publica un libro inquietante que ya ha producido algunas detenciones: La insurrección que viene. WikiLeaks filtra cables del servicio diplomático norteamericano y deja al Imperio en calzoncillos. Hasta el propio futbolista Eric Cantona llama a los franceses a una segunda revolución sacando el dinero de los bancos. Voces, voces, llamados, sublevaciones, trincheras, comunas, grupos de resistencia.
Entonces, por entre los agujeros que aún nos quedan, por entre los intersticios de la vigilancia y de la paranoia de los apologistas del sistema, aunémonos no para llorar en grupo, sino para evidenciar nuestra inconformidad y nuestra vitalidad. Propongo un recorrido por el pantano contemporáneo, una aventura que intente cruzar estas arenas movedizas, un salto que pretenda alcanzar el otro lado del hueco presente y que nos libere de la emboscada que nos han tendido. Propongo una emancipación desde el pensamiento, desde el debate, desde la argumentación. Levantémonos de las camas donde hemos estado enterrados estos últimos años, abramos las ventanas, tomemos aire, neguémonos a la corrosión general y enfrentemos una posibilidad extraordinaria: que hay muchos otros como nosotros dispuestos a emprender este viaje cuyo único propósito es reivindicar las promesas que la Modernidad nos incumplió (igualdad, justicia, fraternidad). Invoco en este momento único las fuerzas perdidas, nuestra antigua potencia que ahora está disminuida, nuestras ganas por construir un mundo mejor. Convirtamos nuestro aislamiento, nuestro silencio, nuestra mudez, nuestras noches en vela, en una ventaja. Levantémonos de nuestras sillas de ruedas, hagamos a un lado nuestras muletas, no nos tomemos más nuestros antidepresivos y empecemos a hacer mapas y a planear estrategias para no sucumbir. Propongo una expedición hacia lo más excelso de nosotros mismos.
 Que Hermes, el dios del lenguaje y de los viajeros, nos escuche y nos vuelva a ser propicio.

4 comentarios:

  1. El sólo hecho de contestar este artículo, es una demostración de que tu mensaje no ha caído en el vació. A veces nos sentimos impotentes porque las demás personas no ven lo que nosotros vemos y no comprenden lo que para nosotros es tan evidente: que el mundo tal y como está, está mal. Pero también ocurre con frecuencia que cuando menos esperamos nos sorprenden positivamente de maneras que no lo habíamos esperado.

    Soy docente de filosofía y durante tres años y medio trabajé en un colegio privado, del cual me retiré para vincularme hace un año al sector público. Unos mese después de haberme retirado de este colegio, me invitaron a la fiesta de quince años de una de mis ex alumnas. Lo más emocionante que me sucedió ese día es que una de ellas, posiblemente la estudiante más brillante de este grupo se acercó y me dijo: “Profe, espero que allá en el otro colegio donde está, siga adelante con nuestra revolución”. Yo no sé lo que esta niña entienda por revolución o si tal vez el mensaje se lo habré transmitido inconscientemente, pero me sorprendió mucho que me dijera eso, en primer lugar porque nunca había visto en ella nada relacionado directamente con una actitud “revolucionaria” y además porque aunque me considero de izquierda, no acostumbro decírselos explícitamente a mis estudiantes, más bien lo que hago es mostrarles ciertas problemáticas sociales e invitarlos a que las analicen y saquen sus propias conclusiones.

    El simple hecho de que las personas vean que actuamos diferente a los demás, a veces es más poderoso que el discurso político. El ejemplo educa mientras que el discurso aburre. Después de todo enseñarle a la gente a pensar por sí misma, a razonar y a sacar sus propias, suele ser bastante subversivo. Un abrazo Mario.

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  2. Sí, así es, la resistencia es algo que se hace, es una acción, no sólo un discurso. Es la única manera de que prospere y se expanda. Saludos, MM.

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  3. A propósito del descalabro del sistema criminal de salud en Colombia, ahora que han descubierto los desfalcos billonarios que han provocado las EPS, están buscando la manera de “salvar” a estas empresas. ¿Salvar a las empresas? Qué raro, ¿No sería mejor salvar a las personas?

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  4. Te leo como solo se lee a alguien que puede salvarte. Debe haber muchos que creen parecerse a ti, pensar parecido, poder convivir contigo; yo solo vengo a decir que me gustaría aprender(te); que soy cobarde pero me gusta saber, que entre más sé, más dejo de saber, que tengo miedo y que leerte hace que tenga aún más miedo pero que de alguna manera eso me impulsa a seguir. He soñado la última semana contigo, que te visito, te escucho, como si fuéramos una novela en la que el escritor experimentado acoge a alguien con poco talento pero muchas ganas; como si fuera un libro en el que te vuelves mi salvavidas. Ojalá pudieras ser mi salvavidas, aunque pocas veces acepto que necesito ser salvada.

    Abrazos,

    Leidy.

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