19 feb. 2011

La banalidad de la crueldad



El psicólogo social Stanley Milgram diseñó un experimento en el cual una especie de maestro-director tenía bajo su control a un discípulo-subalterno. Ambos roles estaban bajo el mando de él, del experimentador, el cual se hacía totalmente responsable por lo sucedido. Ofreció un dinero y buscó colaboradores a los que les llamara la atención la convocatoria. El maestro-director, si el otro no respondía a discreción un cuestionario, tenía que enviar una descarga eléctrica y castigarlo. Todo se hizo en un laboratorio de la Universidad de Yale y bajo supervisión de las autoridades. Mucha gente respondió al aviso y quiso participar.
Milgram convocó antes a una serie de psiquiatras expertos en conducta humana y les dijo que arriesgaran una predicción: ¿cuántos ciudadanos norteamericanos promedio serían capaces de enviar descargas eléctricas suficientes como matar al otro participante? Los psiquiatras afirmaron que personas no sádicas no podían disfrutar de la violencia ni del dolor ajeno. Predijeron que menos de un 1% llegaría hasta el final del experimento. Los grandes expertos no podían estar más equivocados y lo único que demostraron es que no tenían ni idea de cómo actuaban las personas en ciertos roles de obediencia.
El resultado fue abrumador: un 65% llegó hasta el final e hizo descargas de 450 voltios sobre el otro participante, que  se contorsionaba de dolor y suplicaba detener el experimento. Lo que nadie sabía es que ese alumno-subalterno era un actor que dramatizaba la acción, que fingía estar recibiendo las descargas. En realidad se trataba de un experimento para medir los niveles de salvajismo bajo las órdenes de una gran autoridad.
El 65% por ciento de los que asumieron el rol de castigadores mataron en teoría al otro participante. Entre esa gente había de todo: comerciantes, abuelas desocupadas, religiosos, jóvenes impetuosos, maestras de escuela. Era una gama de individuos de distintos oficios, de edades disímiles y de estratos sociales variados. La gran mayoría torturó y asesinó sin ningún reparo. Cuando se les preguntó por qué habían hecho algo así, por qué no paraban, por qué no se apiadaban, por qué no se rebelaban ante los aullidos de dolor del otro, todos contestaron que ese no era su problema porque la que estaba a cargo era la Universidad de Yale. Es decir que, ante una gran autoridad que asume la responsabilidad por lo sucedido, que libera al individuo de toda culpa, la gran mayoría dejamos salir una corriente subterránea de bestialidad y somos capaces de grandes atrocidades sin inmutarnos siquiera.
Este experimento presentó distintas variantes, y entre ellas hay unas en las cuales se le dice al hipotético torturador que el otro es un violador de varios niños, o un criminal, o un terrorista que mató a muchas personas poniendo una bomba. Es decir, introduciendo una información que disminuye al otro moralmente frente al maestro-director, se introduce una variante interesante que aumenta aún más la cifra de sádicos potenciales dentro de nuestra sociedad. En muchos de esos experimentos la cifra llegó hasta el 90% de torturadores asesinos.
Alguien sugirió que el nombre de la Universidad de Yale de por medio era lo que generaba esa cifra. Milgram realizó entonces los experimentos en una compañía privada, lejos de los predios de la universidad. Los resultados fueron los mismos. Incluso se llevó a cabo una variante al interior de un hospital con 22 enfermeras a las cuales se les ordenó inyectarles a ciertos pacientes una alta dosis de un medicamento que los mataría enseguida (en realidad, se trataba de un placebo, pero ninguna de las enfermeras lo sabía). Los resultados de enfermeras asesinas fueron increíbles: 21 mataron sin hacer preguntas. Sólo una se resistió y prefirió ser despedida (lo cual, por supuesto, no se llevó a cabo). Cuando les preguntaron por qué habían sido capaces de matar con esa sangre fría, todas se limitaron a responder que la clínica lo había ordenado así, que médicos expertos lo habían decretado, no ellas.
Después hubo experimentos en institutos, en centros comerciales, en escuelas, en almacenes donde llamaban a una empleada y le decían que uno de sus clientes era un terrorista y que tenía que ayudar a detenerlo y a torturarlo. En todos ellos, la obediencia llevó a la gran mayoría de los sujetos a comportarse de una manera brutal e irracional.
Esto demostró el poder de las circunstancias sobre los sujetos y la importancia de la obediencia en procesos límites. Sólo los desobedientes pueden dudar, reflexionar y resistirse. La desobediencia, en este caso en particular, es un valor, una virtud.
La cantante norteamericana Donna Summers, que estuvo en una de las tantas variantes de este experimento que se llevó a cabo en un McDonald’s de Mount Washington, Kentucky, resumió su experiencia con claridad: Lo ves desde fuera y te dices “yo nunca lo habría hecho”. Pero si no has estado en esa situación y en ese preciso momento, no tienes ni idea de lo que harías. Ni idea.
Esto me condujo al estudio de Hannah Arendt sobre Eichmann, después de que los servicios de inteligencia judíos lo raptaran de Buenos Aires y lo llevaran a Jerusalén para ser juzgado por sus crímenes de lesa humanidad durante la Segunda Guerra. Ya prisionero en esa ciudad, Eichmann fue entrevistado en distintas oportunidades por seis psiquiatras distintos, esperando que alguno de ellos, por supuesto, diera con las claves de ese comportamiento asesino que llevó a millones de judíos a morir en los campos de exterminio. Se esperaba que en las capas más profundas de la psicología de este nazi apareciera un sadismo extremo que les permitiera a los médicos investigar las causas de un comportamiento anormal semejante.
Los seis psiquiatras dieron un veredicto similar: Eichmann no sólo era completamente normal, sino incluso un tipo aburrido. Sus relaciones familiares, tanto con sus hijos como con sus propios padres, eran modélicas, impecables. No había ningún rasgo violento o psicopático, como creyeron los analistas al principio. Durante los años de exilio en Argentina jamás había presentado inclinaciones extrañas o tendencias a agredir a otros. Su trabajo en la Mercedes Benz y su vida familiar eran reposados, rutinarios, como los de cualquier trabajador común y corriente. Incluso sus familiares y sus compañeros de trabajo lo recordaron siempre con afecto, como un tipo decente, respetuoso y afectuoso con los demás. Algo de no creer.
Eso llevó a Hannah Arendt a acuñar un término terrible: la banalidad del mal. Es decir, Eichmann no disfrutaba con las masacres, ni era un megalómano enfurecido, ni era el típico individuo que había sido maltratado en su infancia, nada de eso. Era un funcionario que estaba cumpliendo a cabalidad con su trabajo, con lo que sus superiores le habían encargado, nada más. Quería ser eficiente, anhelaba hacer las cosas bien para que luego le dieran una palmada en la espalda y lo ascendieran. No era un genocida, era un burócrata. Es posible incluso que solucionar tantos problemas en los campos de exterminio le pareciera tedioso, pero se esforzó al máximo para no pasar por un funcionario perezoso y negligente. De eso se trataba su historia.
Me parecieron tremendas estas conclusiones. Revisé también otros materiales sobre terrorismo internacional, en las cuales las ideas eran similares: los suicidas que hacen explotar bombas en sitios públicos eran individuos comunes y corrientes, sin ninguna patología sobresaliente. También el gran experto en estos temas, el psicólogo Philip Zimbardo, explicaba que no de otra manera se puede explicar que los soldados arrasen poblaciones civiles enteras, lancen bombas y masacren ciudadanos sin pensar, sin detenerse un segundo a reflexionar sobre lo que están haciendo.
¿Acaso los pilotos del Enola Gay, cuando lanzaron las dos bombas atómicas sobre Japón y chamuscaron a miles de civiles, estaban en un trance de sadismo incontenible? No, estaban cumpliendo órdenes. ¿Y Vietnam? ¿Y ahora las matanzas de civiles en Irak? ¿Y las torturas de Guantánamo y de tantas otras prisiones? ¿Y la cantidad de atropellos que cometen en contra de individuos inocentes los servicios de inteligencia de todos los estados del globo? ¿Y los muchachos de Soacha sacrificados como falsos positivos (eufemismo que evita la palabra masacre)? ¿Y nuestros cuatro millones de desplazados que caminan por las montañas colombianas con sus bártulos al hombro en busca de un techo, de una guarida para pasar la noche? ¿Y los hornos crematorios de nuestros paramilitares, sus fosas comunes, sus fusilamientos sistemáticos de campesinos en todos los departamentos de nuestro país? ¿Y los ajustes de cuentas de nuestros narcos, sus lugartenientes acribillando a jóvenes de barriadas en Medellín o en Bogotá? ¿Y los secuestros de las Farc, esos hombres y esas mujeres amarrados a un árbol durante cinco o seis o diez años? ¿Todos esos individuos son psicópatas, personalidades fronterizas, trastornados, alucinados que están ejecutando actos despiadados y malévolos en nombre de una maldad suprema? ¿Cada uno de estos sujetos es un sádico, un desviado, un enfermo mental que necesita un tratamiento psiquiátrico con urgencia? No, son empleados que reciben órdenes, gente común y corriente, y es aquí cuando la expresión de la Arendt alcanza su máximo grado semántico: se trata de un mal banal, sin mayor hondura, y quizás por eso mismo el horror se agiganta y nos incrimina.
Cualquiera de nosotros es capaz de ajustarse a situaciones malsanas y de actuar no contra la corriente, sino a favor de ella. Los torturadores y los genocidas no son gente especial: pueden ser nuestros vecinos, gente con la que nos tropezamos en la peluquería o en el supermercado, antiguos compañeros de clase, nosotros mismos. He ahí el espanto.

8 comentarios:

  1. Exacto, Mario, tienes toda la razón. El espanto es ése.
    (Me encanta leerte)

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  2. ¿Será posible leerte a favor de la bondad que aún queda o todo es banalidad? Cada crueldad por ti expuesta me asusta más que la anterior. Es como convivir bajo el miedo y perder la esperanza de que algún día se irá. No todo es cruel, no todo son órdenes y por fortuna: el amor aún no ha sido sistematizado. Simplemente sucede y con efectos multiplicadores más grandes.

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  3. No hay la menor duda que es espantoso saber que detrás de cada individuo “bueno” hay uno potencialmente “malo”. En el libro “El efecto Lucifer: entendiendo cómo la gente buena se vuelve mala”, el Dr. Zimbardo ve los paralelos entre sus experimentos de 1971 en Stamford cuando tomó estudiantes voluntarios para actuar como presos y guardianes en una falsa cárcel y los hechos ocurridos en Abu Ghraib.
    Para Zimbardo las horribles acciones de Abu Ghraib tuvieron que ver con el aburrimiento en el que vivían los soldados en sus horas nocturnas de vigilancia y la creencia de que sus acciones permanecerían en el anonimato. El efecto Lucifer es esa situación social abrumadora que pone de lado la moralidad, la compasión, la justicia y la honestidad. Para el profesor Zimbardo el contrapunto a la “banalidad del mal” es “la banalidad del heroísmo’, lo que él describe como acciones buenas fuera de lo común que no implican reconocimiento o ganancia. A lo mejor…. todavía hay esperanza!

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  4. Sí,exactamente, la tesis de Zimbardo es impecable. Ese libro debería estudiarse en colegios y universidades.

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  5. También escribí sobre los experimentos de Milgran en mi Blog , aunque con una pluma menos ágil ..... Lo utilice para rechazar el concepto de psicopatía al menos tal como este se entiende este actualmente. Pienso incluir un comentario en el que hable sobre tu reflexión, recomiende tu entrada y el libro del que hablas...

    Gracias por tu posts!

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  6. "la maldición de la humanidad consiste en que varios seres incongruentes habitan dentro de el" Robert Louis Stevenson
    No he encontrado mejor frase para expresar la multiplicidad que habita dentro del ser humano, y que tu expones en muchos de tus libros.
    Somos impredecibles,animales con costumbres que dicen haber evolucionado.(aunque en verdad no creo que ni los mismos animales puedan llegar a actuar con tal crueldad :c)
    Se dice que siempre hay que tener un maestro.. y creo que tu inconscientemente eres el mi :)
    No sabes cuanta admiración te tengo :)

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  7. Definitivamente cautivante cada uno de sus escritos....

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  8. Nada que hable más claro de cómo me ha dejado pensando el experimento de Milgram, nada que resuma más cómo me ha impresionado el hecho de que seamos asesinos en potencia tanto como bondadosos en potencia, dependemos tanto de las circunstancias que es abrumador.

    Increíble texto,
    Abrazos

    Leidy

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