24 mar. 2011

El monje y el muro


Apenas me enteré del terremoto en Japón, del tsunami y de la posterior fuga radiactiva de la planta de Fukushima, recordé que justo en esa semana acababa de viajar al monasterio de Antaiji mi amigo y monje zen Densho Quintero. No sabía si tenía Internet o no disponible, pero aún así le escribí una nota preguntándole por su situación y recomendándole que saliera de ese país cuanto antes.
Él me contó que, en efecto, acababa de aterrizar cuando el terremoto sacudió el lugar. Desde la ventanilla del avión, mi amigo vio cómo el aeropuerto se mecía de un lado para otro. Fueron dos minutos eternos. Por fin se detuvo la sacudida principal. La aerolínea dejó a los pasajeros dentro de la nave durante seis horas como medida de precaución. Luego les permitieron salir y mi amigo se instaló en una sala especial con muchos otros pasajeros provenientes del mundo entero. Los encargados del aeropuerto repartieron unas mantas térmicas y él buscó un rincón para intentar descansar un poco.
Yo le insistí en que la fuga de radiación era más peligrosa incluso que el terremoto y el tsunami juntos, y que buscara un cupo en el primer vuelo que encontrara y saliera de la isla. Su respuesta no dejó de conmoverme. Me explicó que había esperado mucho tiempo para volver a ese monasterio, que la tradición Soto Zen, quizás la más rigurosa del mundo en esta disciplina, le otorgaría este año una especie de certificado de enseñanza del budismo zen, una acreditación que le permitiría ser un maestro zen en regla, con todos los requisitos necesarios cumplidos. Me dijo que ese era el verdadero sentido de su vida, enseñar la práctica a otros, servir, y que el resto era irrelevante, ilusorio, fantasmagórico. Me explicó que de allí en adelante no tendría conexión a Internet, que intentaría viajar como pudiera hasta el monasterio, que cuando llegara estaría incomunicado, y que me deseaba lo mejor, que siempre me recordaba con cariño y respeto.
Durante días lo imaginé atravesando Japón hacia el sur, donde está Antaiji, siendo testigo de la tristeza de sus habitantes, del temor, de los operativos de los organismos de socorro para prevenir más calamidades. Y después, y ahora mismo, mientras escribo estas palabras, lo he imaginado sentado en el monasterio durante horas en posición de meditación (zazén), inmóvil, con la mirada fija en la pared, mientras afuera miles de personas se desplazan hacia los aeropuertos buscando una forma de escapar del país. Es posible que un segundo terremoto acabe con todo o que la planta de Fukushima estalle, y él continuará ahí, quieto, vigilando su postura.
A lo largo de los años he recibido de Densho unas lecciones implacables, y lo que más me sorprende es que han sido lecciones no por medio de grandes discursos, no, sino a través de acciones, de ejemplos directos. Quizás la más importante ha sido la lección del no ego, de la nula importancia personal. He visto a mucha gente caer en la trampa de la pedantería, del engreimiento y de la vanidad justamente por no desactivar a tiempo ese ego que siempre se inventa nuevas estrategias para enredarnos la vida. La inteligencia muy segura de sí misma se llama arrogancia. La inteligencia sin ego se llama sabiduría.
Durante muchas semanas más, el monje Densho seguirá allá, en el lugar que le corresponde, con la mirada fija en uno de los muros de su monasterio, con frío o con calor, con comida o sin ella, sano o enfermo, sin yo, suspendido en una dimensión propia, y no sé cómo transmitirles a otros la profunda admiración que semejante actitud me genera.



11 mar. 2011

La alegría de la vida



Hace muchos años un amigo mayor que yo me invitó un fin de semana a acompañarlo en el hospital  donde estaba haciendo su rural. Llegué a las ocho de la noche y la idea era seguir derecho hasta las seis de la mañana. Hubo un par de heridos leves por emergencias, una señora intoxicada y un hombre al que tocó coserle la cabeza después de un accidente automovilístico. Nada grave. Yo miraba todo con cierta curiosidad distante.
A eso de las once de la noche mi amigo me sirvió una taza de café humeante y me condujo hasta la sala de partos. Varias mujeres gemían y gritaban desde sus camillas. Unas luces agónicas iluminaban el lugar a medias. Me puse una bata y un tapabocas, me lavé las manos, me desinfecté y me preparé para un momento esplendoroso y lleno de júbilo: la llegada de una nueva vida. Al menos eso era lo que creía. Mi amigo me dijo guiñándome un ojo:
- Hay varias porque es septiembre… Ya sabes, quedan preñadas durante las fiestas de fin de año y vienen a parir en este mes…
Asentí con una sonrisa cómplice. Las enfermeras hicieron seguir a una mujer que ya estaba en trabajo de parto. Le abrieron bien las piernas y se las sujetaron a unas varillas que estaban a los lados. La mujer aullaba, suplicaba ayuda, se contorsionaba, sudaba a chorros. Una enfermera le dio la mano y le dijo que pujara, que todo iba a salir bien. La luz era tenue y la sordidez del lugar me llevó a imaginar un sótano de torturas. La mujer pujaba con todas sus fuerzas. Los esfínteres estallaron y chorros de orines y de materias fecales salpicaron la cama, el suelo y parte de nuestras batas. Una enfermera limpió como pudo.
- No dilata lo suficiente, hay que cortar –dijo mi amigo.
No tenía ni idea de qué estaba hablando. A estas alturas ya sentía mareo y todo me daba vueltas. Sin embargo, mantuve la compostura y fingí concentración. Le inyectaron a la mujer una dosis de anestesia local. Luego le pasaron unas tijeras enormes a mi amigo y él cortó los labios de la vulva como si fuera un carnicero experimentado. Borbotones de sangre mancharon las sábanas, las manos de mi amigo y los ángulos de nuestras batas. La mujer seguía gritando y las babas le escurrían por la barbilla.
- Listo, aquí viene –dijo mi amigo mientras cogía una cabecita manchada de sangre, le daba la vuelta para que los hombros quedaran paralelos a la vagina y la ayudaba a salir.
Una masa amorfa, peluda y cubierta por un moco gris emergió al fin de la cavidad vaginal. Mi amigo cortó el cordón umbilical y le entregó el bebé a la enfermera. Ella lo limpió y le puso una especie de aspiradora en la cara para extraerle los líquidos apelmazados. Al fin el niño estalló en un llanto ensordecedor y llenó los pulmones de aire. Miré a la madre y estaba exhausta, llorando de dolor, a punto de desmayarse.
Mi amigo se concentró en el alumbramiento y extrajo la placenta. Dijo algo sobre el peligro de este paso, pero yo no comprendí nada. Escasamente podía sostenerme en pie. Luego cosió la vulva para darle de nuevo la forma inicial. Una enfermera dijo con regocijo:
- Es una niña y está perfectamente sana –e intentó mostrársela a la madre para que la tuviera cerca.
La mujer la rechazó, y, ahogada en llanto, escupió unas palabras impregnadas de un rencor sordo:
- ¡No, quítenmela! Queríamos con mi marido un varón, no una mujer…
No pude más y, trastabillando y con la bata toda manchada de heces, orines y sangre, me retiré hacia el baño para vomitar.
(Publicado en Revista Bacánika No. 48)



5 mar. 2011

Gentecita del montón



Leí Gentecita del montón, de Roberto Rubiano Vargas, en 1982, recién graduado del colegio. Recuerdo bien el impacto que me causó este libro de cuentos: descubrí esa tarde que el mundo cercano, el mío, era susceptible de convertirse en literatura. Hasta ese momento yo creía que el verdadero arte era algo lejano, elevado, aéreo, necesariamente sublimado. Había leído ya literatura de la contracultura, claro, pero no había visto aún en esas páginas el mundo próximo y atroz que nos rodeaba, su atmósfera pesada y gris, su desaliento, su impotencia. Por otro lado, en la literatura que nos proponían los representantes de la cultura oficial no aparecía el Parque Tayrona, las colinas de Suba o el parque de los hippies de Chapinero. Y por primera vez leía a un escritor que se adentraba en ese universo que a mis escasos 18 años ya me parecía asfixiante.
Unos años atrás yo había vivido en la casa de mi abuela en Palermo y varios primos mayores que yo, melenudos y rockeros, pasaban a veces con sus amigos a visitarla. Hablaban de hongos alucinógenos, de La Miel, de recorridos iniciáticos por Perú o México, lamentaban los suicidios de Hendrix, de Janis Joplin o de Morrison, e incluso algunos de ellos terminaron yéndose al monte a servir de carne de cañón en las huestes guerrilleras. Nosotros, los jóvenes de comienzos de los ochenta, no éramos muy distintos. Habíamos heredado esa desesperación intacta.
Esta colección de relatos ganó el Premio Nacional de Cuento en 1981 y desató una gran polémica. Ciertos funcionarios conservadores que posaban de intelectuales lo atacaron con ferocidad y se indignaron por el premio. Nosotros, los muchachos que recorríamos las calles con las manos entre los bolsillos, que nos sentíamos vacíos y a la deriva, no sólo lo defendíamos en nuestras largas conversaciones de adolescentes desocupados, sino que nos empezamos a pasar el voz a voz, lo empezamos a comprar y a recomendar. Lo sentimos como un símbolo propio, como una bandera que nos querían arrebatar, como un aullido de angustia (el nuestro) que querían acallar a toda costa.
Ahora que lo pienso con cierta distancia, esa polémica ha estado siempre vigente en este país. La cultura oficial prefiere la literatura, el cine o la pintura que exalten una belleza ascendente, poco problemática, pacífica y contemplativa. Una cultura que deje el establecimiento en paz y que no ahonde mucho en nuestras miserias más íntimas. Rubiano, como un cirujano diestro, metía el bisturí allí donde el establecimiento sentía más miedo: en el vacío de varias generaciones en cadena que veían cómo la ilusión de un mundo mejor se desvanecía en medio del consumismo, la hipocresía de los políticos y la doble moral de una sociedad que permitía la corrupción y la codicia mientras pregonaba valores que jamás practicaría. Esas promesas de la Modernidad incumplida (justicia, equidad, solidaridad, fraternidad) estaban arrinconando a varios jóvenes que empezábamos ya a descubrir que la realidad era una trampa. Y los personajes de Rubiano eran como nosotros, estaban perdidos, callejeaban sin rumbo fijo, bebían o fumaban marihuana porque sentían la ciudad como un enorme desierto sin oasis a la vista. Y claro, esa escritura quirúrgica que abría heridas en cada relato era peligrosa, había que detenerla, prohibirla, descalificarla. Pero sobrevivió, y puedo decir con orgullo que sobrevivió gracias a nosotros, sus lectores.
Unos años después yo empezaría a calentar la mano en mis primeros cuentos, y no me sentí cómodo. Había entrado por la puerta de la literatura fantástica y descubrí que no era lo mío. Entonces volví a recorrer las calles por enésima vez, a buscar, a preguntarme dónde estaría mi verdadera voz como escritor. Una tarde recordé con cariño mi viejo ejemplar de Gentecita del montón, lo saqué de la biblioteca y lo releí. La revelación fue máxima. Ahí estaba la puerta abierta esperándome, el vacío, la decepción, el fracaso total, el rock, el nomadismo, nuestro extravío más profundo y sincero.
Por eso me gusta tanto ver a los jóvenes de hoy con los libros de Rubiano bajo el brazo. Porque en lugar de mejorar, la realidad ha empeorado notablemente. Aislamiento, depresión, desempleo, suicidio, corrupción, violencia física y psicológica, abatimiento, desmoralización, pesimismo, desarraigo, mentiras a diestra y siniestra, en fin, la lista de horrores es larga. La realidad continúa siendo una trampa y eso significa que, de alguna manera, Rubiano fue un precursor. Uno inmejorable.