25 abr. 2011

EL HOMBRE DEL TARRO DE GALLETAS



Hace unos años compré en Buenos Aires un libro de navegación extraordinario. Se llamaba “Los Cuarenta Bramadores” y estaba escrito por un marino argentino que había navegado en su pequeño velero a mediados del siglo XX: Vito Dumas. Lo sorprendente del caso es que Dumas le dio la vuelta al mundo solo, sin ayuda, en 1942, justo en plena Segunda Guerra Mundial, cuando todos los océanos estaban infestados de barcos de guerra. Su historia es la de un hombre cualquiera, de un hombre común que, sin embargo, se propone algo impresionante: navegar alrededor del globo en solitario.
Desde las primeras páginas quedé atrapado y no pude soltar el libro. Dumas confiesa que desde niño se sintió atraído por el mar porque en ese espacio inconmensurable se experimenta una de las sensaciones más aleccionadoras para cualquier hombre: la pequeñez, la fragilidad, la nimiedad de toda existencia. Dumas bautiza a su barco LEHG II. El nombre aparece en antiguos relatos escandinavos, pero él decide que es una sigla cuyo significado lo entusiasma: Lucha, Entereza, Hombría, Grandeza. ¿Por qué, por qué decide navegar bajo esas palabras, bajo ese oráculo secreto? Porque desde niño Dumas tuvo que cumplir con los oficios más degradantes: barrer y trapear pisos, hacer mandados, limpiar las fachadas de los almacenes… Eso generó en sus compañeros de escuela la burla, el sarcasmo, ciertos insultos que buscaban humillarlo. No obstante, la regla interior de Dumas, la actitud que gobierna el resto de sus actos, no es el resentimiento ni la amargura, sino todo lo contrario: la lucha, la entereza, la fidelidad a unos ideales.
Para poder partir, tiene que arreglar primero lo de los víveres, el agua y algunos medicamentos. Un tendero vecino suyo decide ayudarlo y le empaca en una caja grande algunos enlatados, galletas marineras, garrafas de agua. Es una ayuda rara, una especie de fe ciega por parte de un hombre que Dumas apenas conoce, una solidaridad nacida de un espíritu generoso que no espera nada a cambio. Dumas no olvidará nunca ese gesto.
El LEHG II parte de Montevideo y se lanza a cruzar el Atlántico hacia África. Es una época de tormentas y monzones que atacan la nave desde los primeros días. Cuando está a punto de navegar por los 40º de latitud sur, aparecen Los Cuarenta Bramadores o Los Cuarenta Rugientes, unos vientos despiadados que llegan acompañados de nubes bajas, olas descomunales, granizo y un sonido ensordecedor que recuerda el ruido de una sierra cortando madera. Dumas está fuera de forma, no ha entrenado ni se ha preparado para el viaje, y sospecha que no va a lograrlo y que su pequeña embarcación naufragará. Para empeorar aún más su situación, sufre un accidente y se lesiona en el brazo, que con el paso de los días empieza a infectarse y termina convertido en una masa que hiede y supura todo el tiempo. Dumas se recuesta en un rincón de su barco y sabe que si la infección no se detiene tendrá que amputárselo. Una noche duerme con un hacha bajo la almohada. Ora, se encomienda, suplica desde el fondo de su embarcación, que se bambolea al ritmo frenético de la tormenta. Al día siguiente, milagrosamente, la infección cede y Dumas deja el hacha a un lado. Así, enfermo y maltrecho, logra llegar a Ciudad del Cabo y hacer la primera parada. El Atlántico ha sido vencido.
Dumas descansa unos días y continúa hacia el sur. Cruza el Cabo de Buena Esperanza y se enrumba hacia Nueva Zelanda por el Océano Índico, lo que llaman los marinos “la ruta imposible”. Navega a todo trapo, exigiendo su barco al máximo. Lleva días de soledad, de silencio, de concentración monacal. Y de pronto, del fondo de una lata de galletas, surge un papelito escrito con unas líneas temblorosas: “Le deseo un feliz viaje. Su amigo: Inocencio. 22 de junio de 1942”. Es el tendero, que decidió dejar allí una misiva que lo acompañe en medio del viaje. Dumas se conmueve hasta las lágrimas. Para no dar rienda suelta a su emoción, se pone a fregar el piso del LEHG II. Unos días más tarde descubrirá una mosca revoloteando en el interior del barco. Una mosca en alta mar… Es su única compañía. Hace amistad con ella, la deja comer, le permite que se pose a veces sobre su mano.
Cuando está atravesando los 120º de longitud este, en los antípodas de su hogar, como lo dice él mismo, Dumas siente que todo a su alrededor está muerto, el paisaje, el barco, él mismo, el mundo en general. Es la locura de la soledad, que empieza a hacer mella en él y que lo arrastra a los abismos más insondables de una mente que desvaría. Hace esfuerzos por controlar su cabeza y por encontrar de nuevo el equilibrio psicológico que le permita seguir adelante. Al fin, y luego de haber luchado contra olas de diez y doce metros de altura, agotado de tanto silencio, con el cuerpo hecho pedazos, Dumas y el LEHG II llegan a Nueva Zelanda y vencen el Océano Índico.
Dumas toma aire en Nueva Zelanda, descansa y, apenas siente que las fuerzas regresan a su cuerpo, se lanza en pos de Valparaíso, su siguiente parada en América. Esa travesía está llena también de peligros, de aguaceros torrenciales y de vientos caóticos que mecen el oleaje en ritmos impredecibles, de ballenas que navegan muy cerca de su embarcación y la rozan al punto de hacerla naufragar. Dumas aguanta. En los ratos de descanso, cuando hace sol y todo marcha con tranquilidad, se dedica a leer. Es increíble esa imagen: un tipo solo sobre la cubierta de un pequeño barco, lejos de todo contacto con lo humano, barbado, despeinado, sin bañar, sentado en la proa con un libro en la mano. Ese gesto es el único cordón umbilical que lo mantiene unido a su especie. Hasta que al fin logra llegar a Chile. La foto de Dumas entrando al puerto, que ocupaba una página entera del libro, era extraordinaria: tenía su vestido de marinero hecho pedazos, con jirones colgándole a ambos lados, la pipa en la boca, los ojos mirando hacia el horizonte y la mano en la cintura. Parecía un indigente callejero, un vagabundo miserable, y, sin embargo, en la actitud de su cuerpo había una seguridad extraña, una especie de certeza de su propia fortaleza tanto exterior como interior.
La última parte del camino era la peor, la más dura por las trampas de los oleajes submarinos y los vientos traicioneros: el temido Cabo de Hornos, donde tantos barcos de tantas banderas distintas a lo largo de los siglos han naufragado, el cementerio marino de América. Dumas se lanza en pos de la muerte, pues sabe que cualquier error lo pagará con su propio pellejo. Se concentra al máximo, revisa sus velas una y otra vez, procura comer un poco mejor para aguantar el cansancio y los calambres, pasa noches enteras sin dormir, atento al timón, hasta que por fin logra dar la vuelta y regresar a su patria.
Ha pasado más de un año y siente dentro de sí que el que conduce la nave a puerto seguro, obviamente, ya no es el mismo hombre del comienzo. El viaje ha operado dentro de él un cambio sustancial: se siente ahora más cerca de los otros, más unido a ellos, parte integral de la humanidad. Los periodistas y los fotógrafos lo buscan en el muelle para entrevistarlo y retratarlo. Hay una muchedumbre esperándolo y cuando lo ven gritan su nombre y lo vitorean. Una banda del ayuntamiento toca fanfarrias para homenajearlo.
Dumas no habla con nadie cuando desciende, rehúye a los reporteros y sus ojos buscan sólo a un hombre. Al fin lo descubre entre la multitud. Se acerca a él y se inclina hasta ponerse de rodillas. Es Inocencio, el tendero, el único hombre que había creído en él desde un principio, el hombre que le entregó los víveres y que le dejó una nota amistosa en un tarro de galletas.

11 comentarios:

  1. Hermosa historia señor Mendoza.
    Mas aún extraída de mi país.
    Buen relato, excelente final.
    Felicitaciones

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  2. Como siempre, usted lo atrapa a uno desde el primer parrafo.

    Gracias por tener este espacio para compartir con sus lectores.

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  3. Gracias a ustedes por mantener su curiosidad intelectual viva y activa. Sin lectores no hay literatura. Saludos, MM.

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  4. muchas veces sus sus libros hacen el papel del mensaje que dejo el tendero en el tarro de galletas, gracias por escribir, por ayudarnos a mantenernos vivos despiertos.

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  5. Valentina...

    ¿Que harías con alguien que no quisiera de tu ayuda?
    ¿Porque siempre hablas de ayudar a los demas en tus escritos?
    Son simples preguntas..
    me gusta mucho tu forma de escribir y los mensajes transmitidos, aveces las personas no saben cuanto puede significar un gesto de afecto por mas pequeño que sea.

    ¿Cuando vas a volver a hacer algún conservatorio o charla?

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  6. Las preguntas del comentario anterior son interesantes. Posiblemente el autor me corrija, no soy especialista, pero veo que algunos de los personajes en la obra de MM se rebelan fundamentalmente contra el establecimiento, la masa, el pedagogo, Dios, la ley, etc. Esos “alienados” deciden no someterse más a la sociedad aborregada, de ahí que resuelven hacer cosas extremas. Obviamente, están los otros que los miran con respeto, con miedo, con espanto y hasta con admiración. Algunos los ayudan en su partida, en ese despertar de la voluntad única, pero son muy pocos los que les pondrán una nota en su tarro de galletas; tal vez uno o dos, máximo.
    Gracias Mario, llegas muy hondo a estos lectores que luchamos permanentemente por no dejar que encadenen nuestra voluntad más profunda.

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  7. El sistema está diseñado de una manera que aplasta a una gran mayoría de gente espléndida. La literatura es una forma de mirar por los intersticios, por los agujeros, por los bordes. Y en esa mirada va toda una actitud de rebeldía que libera y emancipa. Una actitud que me parece cada vez más necesaria.

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  8. Es como esa vez en que queremos hacer algo novedoso, diferente y hasta fantástico, pero en realidad el mundo se voltea dando la espalda en nuestra misma cara, y quizás dentro de sus cabezas se esten riendo, ja !que ignorancia¡, lo bueno es cuando no nos importa y aún así nos lanzamos en esa búsqueda, en eso que realmente deseamos hacer,así sea mucho o poco lo que tengamos, y lo mejor está en el momento en que lo hemos logrado y que habrá alguien que siempre estuvo ahí, que si creyó en nuestros sueños e ideales, ¡y es lo que realmente vale, que alguien crea que si soy capaz!.

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  9. Mario, estoy seguro de que la gran mayoría no son conscientes del poder que tienen un abrazo, una sonrisa, un saludo sincero o un mensaje en un tarro de galletas. La historia que relatas tiene tantos matices y me llegó muy hondo, especialmente porque me veo reflejado en la actitud de aquel marinero. Como él también quiero salir al mundo, llegar a mi un puerto, viajar, hacerme hombre de verdad. Y hay muchas personas en este planeta que día a día luchan, se desesperan, a veces se sienten derrotados, pero permanecen ahí, dando la pelea. De nuevo bienvenido al ciber espacio, además con este proyecto, cuyo nombre: Frankestein, es la suma de voluntades no reconocidas, anónimas, quizás ansiosas pero jamás derrotadas. Un abrazo amigo

    Carlos Eduardo Rojas Arcinegas

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  10. Estimado Mario,

    Por mi trabajo tengo el privilegio de visitar Colombia con cierta frecuencia. Recuerdo en particular uno de estos viajes, en Setiembre del año pasado: cuando estaba por volver a Lima, antes de cruzar Migraciones, ingresé a la Librería El Dorado buscando algo que me distrajera de la monotonía del vuelo: un autor colombiano con un libro breve, que pudiera acabar antes de aterrizar. Así llegué a La Locura de Nuestro Tiempo. Debo reconocer que no apliqué el criterio más halagador para un escritor, pero no quiero dejar de ser sincero de cómo lo conocí: a veces los afectos más intensos surgen en las circunstancias menos auspiciosas.
    El libro me absorbió inmediatamente, y en efecto lo terminé de leer cuando todavía estábamos en el aire, pero muchas de las ideas expuestas ahí seguían dando vueltas en mi cabeza en los días sucesivos. Incluso escribí la frase del Poema Navajo en la pizarra de mi oficina, donde permanece desde entonces como una ilusión que no quiero perder, a pesar de ser un asalariado con familia y niños pequeños, para quien saltar sin saber si hay piso puede resultar muy irresponsable.
    Poco después, me pidieron que tuviera un breve conversatorio con los alumnos de penúltimo año del colegio donde yo estudié, pues es tradición que los "viejos" (tengo casi 43) compartamos con las nuevas generaciones acerca de nuestras experiencias y la visión que tenemos del mundo. Al final de esa conversación, luego de preguntas sobre mi vida escolar, cómo había influido el colegio en mi formación y si aún veía a mis compañeros de carpeta, quise darles algo diferente, novedoso, desafiante: decidí leerles el texto del Poema Navajo, con la secreta esperanza de que se despierte en alguno (al menos uno) algún sentimiento que vaya más allá de la indiferencia, como cuando un profesor de álgebra nos leyó Las Ruinas Circulares de Borges.
    Ahora estoy en un proceso de ponerme al día en su bibliografía, Mario, y si no encuentro algún libro en Lima, felizmente sé que estará en Bogotá, una ciudad que ahora me doy cuenta que conozco sólo en la epidermis . La semana pasada fue Apocalipsis que, al igual que Buda Blues y Satanás, han sido experiencias intensas, agotadoras pero ineludibles. Gracias por todo esto, por lo que he leído y por lo que vendrá.

    Elmer Farro Peña

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  11. Es increíble leer la forma como los lectores llegan a un libro de uno, los extraños caminos que recorren. Creo en la literatura como una forma de resistencia civil, como una forma de decir no a la masificación y al horror que nos circunda. Me honra tener lectores de este calibre, y me alegra, y me renueva las fuerzas y la fe en la biblioteca. MM.

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