9 abr. 2011

Templanza



Pertenezco a una generación que se hizo a sí misma afuera, en la calle. De niños recorríamos los alrededores del barrio explorando, poníamos monedas en la carrilera para que las aplastara el tren, nos metíamos en un caño cercano a matar ratas con nuestros rifles de aire, cogíamos ranas en invierno y nos gustaba dejarnos picar por las abejas para ver si dolía tanto como decían o no. También montábamos en bicicleta durante horas enteras, coleccionábamos cómics con mucho esfuerzo, practicábamos distintos deportes y crecimos en grupo, en pandilla, como los cachorros de una manada.
Más adelante, durante la adolescencia, mantuvimos esos lazos firmes. Vinieron las pruebas características de todo varón joven: las peleas, las trompadas, los enfrentamientos hombre a hombre o contra grupos o equipos de otros barrios. A veces uno ganaba y entonces quedaba toda la semana feliz, sacando pecho y hacía alarde de su temple cada vez que podía. Pero a veces las cosas salían mal, se ponían feas y había que ponerse hielo en los moretones o incluso ir hasta el centro de salud a que le cosieran la ceja o la mejilla. Y había que aguantar los chistes de los amigos, las burlas en el colegio, los regaños en casa. Pero uno sabía que la herida cicatrizaría y que ya pasaría.
Los que éramos de clase media media no teníamos cómo comprar ropa de marca, ni tenis costosos, ni teníamos equipo de sonido propio, ni televisor en el cuarto, ni nada. Con suerte, si acaso, una grabadora cualquiera comprada en San Victorino. Los tenis eran Croydon, Pro-Keds o Hevea, todas marcas nacionales. Y la ropa era de la sección rebajas o de almacén de cadena. Una comida en un restaurante elegante era un lujo, algo que sólo se podía hacer, con suerte, una vez al año. Y el dinero que a uno le daban escasamente alcanzaba para ir a comer pan con gaseosa a la panadería, nada más. La necesidad fue nuestra educación. Uno vivía mal trajeado, contando monedas y sobre una bicicleta destartalada.
Luego, durante la juventud, nos arrojaron a la vida sin consentimiento alguno. Había que trabajar en lo que fuera, ganarse el sustento, hacerse responsable. No siempre corría uno con suerte. Muchas veces fue necesario tragar entero y aguantar.
Hoy en día percibo en muchos jóvenes una fragilidad extrema, una debilidad psicológica que los disminuye de mala manera, una depresión permanente por una cosa o por la otra, una incapacidad para enfrentar la dureza del mundo. Lo más seguro es que hayan pasado buena parte de su vida encerrados, viendo televisión, chateando, metidos en videojuegos durante horas o escuchando música en sus MP4 o en sus iPod, arrojados en sus camas con los audífonos puestos. Son sujetos digitales, muy hábiles en la red, de una agudeza sorprendente para bajar música, para bajar películas, para montar imágenes, para navegar en general. Pero hay algo por allá, al fondo, que hace falta: la templanza para sobreponerse a toda adversidad, la capacidad de lucha, el coraje que se necesita para vivir.
Es muy posible también que esta sociedad haya empeorado de manera notable y que la asfixiante sobrepoblación nos esté afectando de una manera invisible. Si uno es un adolescente y sabe desde antes de entrar al cuadrilátero que todo está arreglado, que la pelea será un juego tramposo y amañado, pues lo más seguro es que no quiera ni subirse al ring siquiera. Lo cierto es que la esperanza cada vez es más escasa y el futuro no parece muy alentador. Pero precisamente por eso mismo tenemos que renovar nuestras estrategias de combate y de resistencia.

10 comentarios:

  1. Mario, una pregunta y ¿qué cuando se está en el punto medio? Entre la templanza y la desazón; en medio de la madurez impuesta y la inmadurez anhelada. ¿Qué hacer cuando sabes que tienes las herramientas para vencer al enemigo pero no estás persuadido de subirte al ring pues la desesperanza te está invadiendo?

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  2. La templanza es la virtud que permite dominar racionalmente los apetitos y moderar la atracción hacia los placeres sensibles y el uso de los bienes creados. La disposición natural al gozo puede hacer obrar desordenadamente al ser humano. Existe en él una rebelión de los diferentes egos contra el dominio del propio espíritu, contra el vivir consciente y el obrar adecuado.

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  3. Cuando uno es joven necesita por lo menos a una persona que le abra las puertas al mundo. La curiosidad siempre esta ahi en los jovenes, pero es tal vez nuestra responsabilidad mostrarles el mundo y ayudarles a conectar con aquello que los mueve a seguir adelante con templanza

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  4. Cuando la desesperanza nos invade hay que atacar, hay que ingeniar estrategias. La vida es un problema militar. Y casi siempre es el cuerpo el que está involucrado. Hay que entrenarlo, obligarlo, disciplinarlo. No tenemos cuerpo, somos cuerpo. MM.

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  5. Cuando el enemigo eres tu mismo no hay estratégias de incógnito, todas deben ser de frente. Escribir literatura debe ser la más certera de todas,porque para derrotar al yo, asumes la presencia de muchos "yo" en tu interior. Que peligroso.

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  6. Como lo describes en Perdedores en “La Locura de nuestro tiempo” hay una presión muy fuerte para los jóvenes en la actualidad que lleva al facilismo y a la superficialidad. Para mí lo más polémico es observar cómo la tecnología no es siempre la mejor ayuda para que los jóvenes desarrollen habilidades con la memoria, la creación o la crítica. Un simple ejemplo son los celulares. Los jóvenes de mi generación, -la misma tuya- nos sabíamos de memoria teléfonos, direcciones y no necesitábamos anotar todo en un BlackBerry. Se usaba más la memoria. También, como no había computadoras para hacer tareas,ibamos a la biblioteca, leíamos libros y enciclopedias, analizábamos, criticábamos antes de pasar “a limpio” las ideas usando la máquina de escribir. Muchos jóvenes de hoy copian y pegan, bajan todo del internet: son incapaces de tener ideas propias, plagian textos e imágenes, se van por lo fácil. De tiempo atrás los peligros de la técnica han sido anunciados, ojala recapacitáramos sobre ellos una vez más.

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  7. Pienso que no somos cuerpo, que hay algo más que materia en nosotros: existe la imaginación que, por mucho que se investigue, se forjar en parajes distintos a las cisuras del cerebro; tenemos amor que, por mucho que lo repitan, es más que una amalgama de caldos hormonales y, si esto no les convence, tenemos esperanzas que se alojan en las praderas del alma…

    Saludos desde la fría, y no pocas veces lluviosa, Bogotá

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  8. Además Mario los adolescentes de esta generación se enfrentan a un ideal de éxito que los bombardea permanentemente. Se enfrentan a una sociedad totalmente mercantilista que los obliga a consumir, a ser otros, a no reconocerse, a aislarse. Y las nuevas tecnologías, con internet a la cabeza, crean una sensación de inmediatez, de ruptura de fronteras, de un mundo al alcance de la mano aunque, paradógicamente, parecieramos vivir todos en una especie de soledad colectiva y en un no lugar permanente. Un abrazo

    Carlos Eduardo

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  9. Soy una joven de esta generación que vive el día a día luchando con su propio cuerpo y con una bomba de información que no da paso a la claridad y a la creatividad.

    Mario, quisiera saber qué consejo le darías a una joven que quiere escribir una novela corta y no ha estudiado literatura pero ama la lectura ¿Cómo se empieza?


    N.

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  10. Cuando no se tiene ni la templanza para enfrentarse a la calle ni se es lo suficientemente hábil como para considerarse un sujeto digital, es entonces cuando estás en un limbo, cuando no tienes para dónde coger, dónde refugiarte. Es entonces cuando la depresión ataca aunque te resistas por todos los medios.

    Abrazos,

    Leidy.

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