27 may. 2011

De presidiarios y de insectos




Cuando tenía como cinco años mis padres decidieron construir una casa nueva y, mientras terminaban la obra, se mudaron a vivir a la casa de mi abuela materna, en la Calle 44 con la Carrera Octava, en Chapinero. En un mundo de adultos que siempre estaban ocupados en sus asuntos, el único que andaba por ahí saltando, jugando, haciendo preguntas, leyendo o dibujando, era yo.
Como me sentía tan solo y estaba harto de andar por toda la casa monologando con mis historietas bajo el brazo, decidí entablar amistad con los insectos: arañas, moscas, zancudos y pulgas que lograba cazar de vez en cuando en los cuartos de esos adultos cuyas vidas no tenían nada que ver con la mía. Cogía de la cocina los frascos de salsa de tomate y de mermeladas que sobraban, les quitaba los empaques, los marcaba con etiquetas que yo mismo escribía y metía allí a mis nuevos amigos. Los bautizaba con nombres de personas: Pablo, Ricardo, María. El género lo dictaminaba yo según mi imaginación. Ya que no podía relacionarme con mi propia especie, quizás, en un acto de suerte, las otras especies estuvieran más dispuestas a un intercambio amistoso.
 Lo curioso de esa soledad infantil es que me llevó a situaciones delirantes: para que mis nuevos amigos no murieran por inanición, les permitía picarme de vez en cuando. A las moscas les ponía restos de comida entre los frascos, a las arañas les cazaba yo mismo las moscas para sus telarañas, pero a los zancudos y a las pulgas les permitía picarme metiendo los dedos entre el frasco por unos cuantos minutos. Sentía que, al alimentarlos con mi propia sangre, se creaba entre nosotros un vínculo sagrado. No éramos sólo amigos que se hacían compañía, éramos una sociedad secreta cuyos lazos nos emparentaban en corrientes que atravesaban nuestros propios cuerpos. El señor de las moscas.
Algunas veces, en las plantas del pequeño jardín de la abuela, cacé también orugas, caracoles y babosas. Pero descubrí que se morían con facilidad y que el olor que despedían en los frascos era insoportable. Una tarde capturé una rana que tuve como compañía durante semanas, hasta que la encontré aplastada en un rincón de la cocina. La abuela y su empleada del servicio habían movido la nevera de lugar y no vieron a mi pequeña amiga descansando en una esquina muy tranquila. Le hice un funeral y la enterré debajo de una de las rosas del jardín. Le escribí un epitafio en una hoja de cuaderno y se lo puse en su tumba: “Feliz viaje al paraíso de las ranas”.
Una tarde sonó el timbre y salí corriendo a abrir la puerta. Era un tipo enorme, barbado, con un atado de ropa en una mano, y cuando habló me di cuenta de que le faltaban varios dientes. Los colmillos afilados lo hacían parecer un vampiro vagabundo.
- ¿Quién eres tú? –preguntó con un vozarrón que me dio miedo.
- Mario Simón –respondí, haciendo alusión a ese doble nombre con el que me conocen en mi familia.
- Ah, mi primito –asintió él, y enseguida me agarró con un solo brazo, me alzó en el aire, cerró la puerta con un pie y entró a la casa con propiedad. Yo no lloré ni pedí ayuda. Recuerdo que me sonreí con el hecho de ir alzado en el aire por ese gigantón.
Se trataba de un sobrino de mi abuela que había pertenecido a movimientos políticos de izquierda y que había sido capturado y procesado. Acababa de salir de La Picota gracias a una amnistía política. Mi abuela no encontró ningún lugar dónde ubicar a esa especie de Conde de Montecristo, y, en últimas, después de una larga plática con mis padres, decidieron ponerle un colchón en el piso de mi cuarto. A mí me pareció perfecto.
Recuerdo que durante varios días ese barbudo y melenudo hippy, que parecía más un guitarrista de un grupo de rock que un ex presidiario, se dedicó a contarme su vida carcelaria con unos detalles que me hacían estremecer. No sé cómo se le ocurrió a ese salvaje contarle semejantes historias a un niño de escasos cinco o seis años, pero en las horas de la noche no hacía sino evocar la vida de las celdas, los castigos en los calabozos o los enfrentamientos en los distintos patios con los otros reclusos. Yo no hacía sino escuchar asombrado cada anécdota y pedía detalles todo el tiempo: cuánto medía la celda, cómo eran los calabozos, si las peleas eran a trompadas o a cuchillo… Finalmente, ese primo lejano consiguió un asilo político en Francia y se fue del país. Durante meses yo no hice sino recordar sus historias y le escribí una carta que le entregué a mi abuela. Supongo que ella nunca se la envió y que la debió esconder en algún cajón o la arrojó a la basura.
Muchos años después, en una novela llamada Cobro de Sangre, yo mezclaría los recuerdos carcelarios del personaje con los de ese primo medio loco que había sido mi compañero de cuarto durante la infancia. Creo que a él jamás se le ocurrió pensar que, ese niño que se la pasaba coleccionando insectos y comiendo helados, algún día sería un escritor.

16 may. 2011

Fantasmales




Hace poco estuve revisando por enésima vez dos fotos del exterminio nazi que siempre me han impactado. En la primera se veía a un hombre barbado y con el cabello cortado a ras, muy delgado, con la estrella de David cosida en un costado de su uniforme de prisionero, y antes de que los soldados alemanes lo subieran a uno de los camiones militares (seguramente para conducirlo a alguno de los campos de concentración) él le entrega un libro a otro hombre: un amigo, un hermano, un primo o un conocido cualquiera, no se sabe. La foto es el instante exacto en que la mano del recluso deja el libro sobre la mano del desconocido. El gesto es de una dulzura triste porque se trata de una despedida y de la entrega de un testamento al mismo tiempo. Lo único que tiene el prisionero judío en su vida, su única pertenencia, su único bien, es ese libro.
Es fácil imaginar a ese hombre muerto de frío en el invierno, hambriento, leyendo su libro en alguna guarida, en algún sótano maloliente mientras afuera se está llevando a cabo el fin del mundo. ¿La Torá, una novela, un libro de poemas, una biografía? No se alcanza a ver el título ni el autor. Lo que estremece es el gesto de entregar un libro antes de morir, dejar un mensaje que se considera importante a las generaciones venideras antes de ser gaseado o cremado. Y también podemos imaginarnos al que recibe el libro leyéndolo después ansioso, expectante, a altas horas de la noche, huyendo de las requisas y los allanamientos, y preparándose para que cuando llegue el momento tenga que entregárselo a otro de los sobrevivientes. ¿No es eso, acaso, la literatura, un regalo hecho sólo de palabras que pasa de mano en mano, de generación en generación, mientras la muerte nos acecha a todos y nos extermina?
La segunda fotografía era aterradora: alguien que lleva una cámara consigo captura ese instante cuando los sobrevivientes están formados en línea. Es un grupo de prisioneros hambrientos que no pueden moverse debido a la debilidad física, inclinados hacia adelante porque la columna vertebral no puede sostenerse a sí misma erguida, amarillos, delgados hasta el punto de que a varios de ellos se les marca la calavera en el rostro, el hueso muy pegado a la piel, alucinados, y algunos de ellos mirando a la cámara con un gesto de incredulidad, de estupefacción, de no estar entendiendo qué es lo que está pasando en la realidad. Es una escena macabra, deprimente, que uno preferiría no haber visto nunca. Sin embargo, sorprende la dignidad extrema de ese puñado de reos que logra, contra todos los pronósticos, mantenerse de pie.
Ese grupo de hombres desnudos parecen seres de otro planeta, o una especie aparte, distinta de la humana, más fantasmal, como si nosotros hubiéramos sido capaces de engendrar vampiros o roedores humanos. Y lo espeluznante se agrava cuando uno se da cuenta de que esa mutación ha sido generada por un exceso de proximidad con la muerte, es decir, que esos individuos no están entre la vida y la muerte, sino que están más muertos que vivos, la muerte se ha tomado ya sus ojos, la palidez de sus rostros, la mirada perdida en la nada. Son distintos porque están pegados a la muerte, rozándola, y suponemos que muchos de ellos, incluso, no podrán ya sobrevivir, no alcanzarán a salvarse aunque los soldados aliados los inyecten y hagan hasta lo imposible por revivirlos. Y tal vez lo mejor sí sea morirse, porque vivir el resto de la vida con esos recuerdos adentro es aún peor, obliga a una vergüenza máxima: la vergüenza de haber sobrevivido al Apocalipsis mientras los demás han entregado su vida a cambio.
Tuve que ir hasta la cocina y prepararme una taza de té. Regresé al computador y eché un segundo vistazo a la foto. Entonces me dije que esos hombres, también, habían visto morir a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres, a sus amigos más cercanos, a sus esposas que eran conducidas a las cámaras de gas desnudas y con los cráneos rapados. Y ese testimonio lo llevaban en sus propios cuerpos, en sus miradas, en esa piel apergaminada que se les pegaba a los huesos como papel celofán.
Finalmente imaginé la vida futura del hombre que había tomado esa foto, la culpa atroz que tuvo que haber sentido por haber retratado ese reducto de zombis aún con vida. Si logró sobrevivir a la guerra, durante años tuvo que levantarse a la madrugada ahogado, temblando de pánico, con los ojos llenos de lágrimas, espantado por ese pasado que lo perseguía sin darle tregua alguna. Quizás, como muchos otros soldados de otras guerras, no pudo soportar esos recuerdos y terminó alcoholizado en un bar, con la ropa sucia, sin afeitar, o colgado de un lazo en una habitación miserable donde ya no podía aguantar más el peso de esas imágenes. Porque ser testigo de una atrocidad pesa, resta velocidad, paraliza, hunde, precipita la conciencia hacia unos agujeros negros de los cuales es imposible escapar.

6 may. 2011

EL MARINERO BUDISTA




La historia de Bernard Moitessier es formidable, magnífica y alentadora. Moitessier nació en Hanoi y desde pequeño estuvo influenciado por el budismo y por ciertas prácticas ascéticas del lejano oriente. Su formación occidental era sólo aparente, la fachada de su personalidad, pero en su interior existió desde siempre una duda acerca de esa prestancia exagerada que suelen otorgarse los occidentales a sí mismos. Hablaba a la perfección el vietnamita, y había asimilado bien la filosofía y la literatura de los países vecinos. Cuando Japón invadió Vietnam en 1940, él y su familia fueron encarcelados. Es de suponer que, de niño, Moitessier aguantó los rigores de la vida en prisión gracias a su aprendizaje oriental, a su mesura, a su disciplina contemplativa. A la salida de la cárcel decidió que el mar era lo suyo y que las reglas de los hombres de tierra no eran de fiar. Desde entonces se dedicó a navegar y era un piloto diestro y audaz.
 Ya para 1968 Moitessier había navegado por todos los océanos del mundo y sabía a la perfección los trucos del oficio. Había escrito un libro sobre sus aventuras, “Un vagabundo de los Mares del Sur”, y en el gremio era reconocido y respetado. Se presentó ese mismo año para darle la vuelta al mundo en solitario y sin escalas, y lo hizo con un barco llamado Joshua, cuyo nombre era un homenaje a Joshua Slocum, un viejo capitán muy conocido por los marineros solitarios. Y desde las primeras semanas quedó claro que Moitessier estaba no sólo preparado para el reto, sino que de lejos era el mejor. Las marcas que impuso en cada trayecto eran fantásticas, de un marino curtido que se sentía en casa cuando llegaban las tormentas y el barco se bamboleaba de lado a lado.
Se dejó de cortar el pelo y la barba, andaba descalzo y a veces desnudo por la cubierta del barco, como un santón oriental ejercitándose lejos de la mirada de los otros hombres. Poco a poco esa íntima relación con el mar fue creciendo hasta conducirlo a un estado de éxtasis, de suprema empatía con los elementos. Mientras los otros navegantes se descomponían, lloraban, extrañaban a los suyos o se esforzaban en resistir hasta el límite de sus fuerzas, el vietnamita francés estaba en trance, viajando a grandes velocidades en posición de meditación, comulgando con el océano, con el tiempo y consigo mismo. Hasta que Moitessier atravesó los límites y se fue más allá que todos los otros, su ego fue superado, traspasado hasta el punto de desvanecerse en el aire. ¿Ganar? ¿Qué es eso? ¿Para qué la fama y la fortuna? ¿Es realmente importante el reconocimiento ajeno? Cuando uno esta solo en alta mar durante meses enteros, sentado en la cubierta viendo el sol hundirse en el horizonte, con el viento rozándole el cuerpo y el tiempo suspendido en un ritmo imposible de medir, ¿qué sentido pueden tener la celebridad, el prestigio y la ambición? Las palabras que anotó en su diario son explícitas:
 El Joshua avanza hacia el Cabo de Hornos bajo la luz de las estrellas y la distante ternura de la luna… Ya no sé lo lejos que he llegado, sólo sé que hace tiempo que he dejado atrás los límites de lo excesivo”.
Creo que la distancia a la cual alude no es una distancia física, de millas, sino una distancia interior, donde está en juego el yo y toda la codicia que nuestra cultura nos enseña. Somos una masa de apetitos, aspiraciones y pretensiones que nos banalizan hasta el punto de impedirnos avanzar realmente en el profundo conocimiento de nosotros mismos. Estamos tan ocupados por cumplir la vastedad de nuestros anhelos, que nos extraviamos en un laberinto de espejos que nos regresan nuestra imagen deformada e irreconocible. Y lo maravilloso de la frase, su lucidez implacable, está en que no es suficiente con pisar los límites, con ir hasta situaciones excesivas, no, hay que dar un paso más allá y liberarse definitivamente y para siempre. Y Moitessier lo da cuando el Joshua pasa cerca del buque petrolero inglés British Argosy, y, en una pequeña lata de comida, mete el siguiente mensaje para el Sunday Times y lo arroja sobre la cubierta de ese buque:
 Mi intención es seguir el viaje, sin parar, hacia las islas del Pacífico, donde el sol luce radiante y hay más paz que en Europa. Por favor, no piensen que estoy intentando establecer un récord. Récord es una palabra muy estúpida en el mar. Continúo sin parar porque me siento feliz en el mar, y quizás porque quiero salvar mi alma”.
El público y los periodistas  que seguían la hazaña no podían entender que el hombre más capaz, el mejor de todos, el más rápido y perseverante, y el que ya estaba de regreso para recibir los homenajes, los premios, las condecoraciones y los aplausos, estuviera abandonando para seguir derecho y largarse a vivir a las Islas de los Mares del Sur. ¿Se había enloquecido Moitessier? ¿Cómo era posible que rehusara ser una celebridad?
 Sí, él era feliz siendo un vagabundo del mar, libre, sin ataduras, sin las presiones terribles de un ego insatisfecho. El no-ego conquistado a lo largo del viaje era ya en sí mismo una bendición. La ambición corroe, lesiona, resiente al sujeto. Liberarse de ella es alcanzar una higiene cercana a la beatitud. Y lo hizo: Moitessier vivió años entre los nativos de los Mares del Sur, dichoso sobre la cubierta del Joshua, barbado, sin cortarse el pelo ni las uñas, gozando como un niño su condición de salvaje travieso y anarquista.