6 may. 2011

EL MARINERO BUDISTA




La historia de Bernard Moitessier es formidable, magnífica y alentadora. Moitessier nació en Hanoi y desde pequeño estuvo influenciado por el budismo y por ciertas prácticas ascéticas del lejano oriente. Su formación occidental era sólo aparente, la fachada de su personalidad, pero en su interior existió desde siempre una duda acerca de esa prestancia exagerada que suelen otorgarse los occidentales a sí mismos. Hablaba a la perfección el vietnamita, y había asimilado bien la filosofía y la literatura de los países vecinos. Cuando Japón invadió Vietnam en 1940, él y su familia fueron encarcelados. Es de suponer que, de niño, Moitessier aguantó los rigores de la vida en prisión gracias a su aprendizaje oriental, a su mesura, a su disciplina contemplativa. A la salida de la cárcel decidió que el mar era lo suyo y que las reglas de los hombres de tierra no eran de fiar. Desde entonces se dedicó a navegar y era un piloto diestro y audaz.
 Ya para 1968 Moitessier había navegado por todos los océanos del mundo y sabía a la perfección los trucos del oficio. Había escrito un libro sobre sus aventuras, “Un vagabundo de los Mares del Sur”, y en el gremio era reconocido y respetado. Se presentó ese mismo año para darle la vuelta al mundo en solitario y sin escalas, y lo hizo con un barco llamado Joshua, cuyo nombre era un homenaje a Joshua Slocum, un viejo capitán muy conocido por los marineros solitarios. Y desde las primeras semanas quedó claro que Moitessier estaba no sólo preparado para el reto, sino que de lejos era el mejor. Las marcas que impuso en cada trayecto eran fantásticas, de un marino curtido que se sentía en casa cuando llegaban las tormentas y el barco se bamboleaba de lado a lado.
Se dejó de cortar el pelo y la barba, andaba descalzo y a veces desnudo por la cubierta del barco, como un santón oriental ejercitándose lejos de la mirada de los otros hombres. Poco a poco esa íntima relación con el mar fue creciendo hasta conducirlo a un estado de éxtasis, de suprema empatía con los elementos. Mientras los otros navegantes se descomponían, lloraban, extrañaban a los suyos o se esforzaban en resistir hasta el límite de sus fuerzas, el vietnamita francés estaba en trance, viajando a grandes velocidades en posición de meditación, comulgando con el océano, con el tiempo y consigo mismo. Hasta que Moitessier atravesó los límites y se fue más allá que todos los otros, su ego fue superado, traspasado hasta el punto de desvanecerse en el aire. ¿Ganar? ¿Qué es eso? ¿Para qué la fama y la fortuna? ¿Es realmente importante el reconocimiento ajeno? Cuando uno esta solo en alta mar durante meses enteros, sentado en la cubierta viendo el sol hundirse en el horizonte, con el viento rozándole el cuerpo y el tiempo suspendido en un ritmo imposible de medir, ¿qué sentido pueden tener la celebridad, el prestigio y la ambición? Las palabras que anotó en su diario son explícitas:
 El Joshua avanza hacia el Cabo de Hornos bajo la luz de las estrellas y la distante ternura de la luna… Ya no sé lo lejos que he llegado, sólo sé que hace tiempo que he dejado atrás los límites de lo excesivo”.
Creo que la distancia a la cual alude no es una distancia física, de millas, sino una distancia interior, donde está en juego el yo y toda la codicia que nuestra cultura nos enseña. Somos una masa de apetitos, aspiraciones y pretensiones que nos banalizan hasta el punto de impedirnos avanzar realmente en el profundo conocimiento de nosotros mismos. Estamos tan ocupados por cumplir la vastedad de nuestros anhelos, que nos extraviamos en un laberinto de espejos que nos regresan nuestra imagen deformada e irreconocible. Y lo maravilloso de la frase, su lucidez implacable, está en que no es suficiente con pisar los límites, con ir hasta situaciones excesivas, no, hay que dar un paso más allá y liberarse definitivamente y para siempre. Y Moitessier lo da cuando el Joshua pasa cerca del buque petrolero inglés British Argosy, y, en una pequeña lata de comida, mete el siguiente mensaje para el Sunday Times y lo arroja sobre la cubierta de ese buque:
 Mi intención es seguir el viaje, sin parar, hacia las islas del Pacífico, donde el sol luce radiante y hay más paz que en Europa. Por favor, no piensen que estoy intentando establecer un récord. Récord es una palabra muy estúpida en el mar. Continúo sin parar porque me siento feliz en el mar, y quizás porque quiero salvar mi alma”.
El público y los periodistas  que seguían la hazaña no podían entender que el hombre más capaz, el mejor de todos, el más rápido y perseverante, y el que ya estaba de regreso para recibir los homenajes, los premios, las condecoraciones y los aplausos, estuviera abandonando para seguir derecho y largarse a vivir a las Islas de los Mares del Sur. ¿Se había enloquecido Moitessier? ¿Cómo era posible que rehusara ser una celebridad?
 Sí, él era feliz siendo un vagabundo del mar, libre, sin ataduras, sin las presiones terribles de un ego insatisfecho. El no-ego conquistado a lo largo del viaje era ya en sí mismo una bendición. La ambición corroe, lesiona, resiente al sujeto. Liberarse de ella es alcanzar una higiene cercana a la beatitud. Y lo hizo: Moitessier vivió años entre los nativos de los Mares del Sur, dichoso sobre la cubierta del Joshua, barbado, sin cortarse el pelo ni las uñas, gozando como un niño su condición de salvaje travieso y anarquista.

10 comentarios:

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  2. Hoy asistí al lanzamiento de Apocalipsis y qué manera de sentir las palabras y la belleza de lo cotidiano. Gracias Mario.

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  3. Los Tuareg, “los abandonados”, los hombres azules. No hay edad exacta para sus cuerpos, cuando se comprende la atemporalidad del espíritu la edad es algo intrascendental. Su ropa teñida de índigo suelta tintas que con el paso del tiempo tiñe sus pieles y entonces, el mundo es azul, el techo de su colosal casa es homogéneo a sus cuerpos, dentro y fuera, todo es azul. Es un hogar infinito, de un aparente silencio y de un sutil, lento y constante movimiento. Habla la voz del Tuareg como habla la voz de su corazón, con la voz del que sabe escuchar. Entre las olas de arena, la voz del viento, los lejanos siseos de la tetera hirviendo y uno que otro balar del rebaño, oye la voz de su propio corazón. Allí, en el sonido del mundo, pueden oír con claridad esa voz interior que en otros espacios, muy lejos de su hogar, bajo la conmoción, el movimiento acelerado, las fuerzas que se agitan y luchan por la acción de hacerse notar, los pastores anhelando rebaños, los rebaños sin pastor, no se puede oír… Si no puedes oír el corazón del mundo, no puedes oír tu voz interior, entonces, no puedes oír ‘al mundo'.

    El hombre Tuareg está diseñado para oír, oírse, porque resumiendo, todo es saber oír. Así fue el abuelo, así el padre, así él.
    … Y desde pequeño sabe leer las estrellas, narrar historias, entender la voz del viento, distinguir los sabores del aire, atesorar la sensación de la arena entre sus pies, deleitarse con la leche de camella; concebir el sol como mapa, el desierto como compañero, el camello como brújula; sentir un profundo y sagrado respeto por la naturaleza, por el agua, por los otros, por el tiempo. “Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas ¡y cada una tiene enorme valor!”.

    No buscan llegar a SER, no buscan alcanzar un objetivo, un permio, un ‘algo’, no están en ‘una búsqueda’. El oír la voz interior y la voz del mundo, no se da para llegar a ser alguien, para sentir la exclamación de los otros o la exclamación interior; para sentir el afecto de los otros, para que las voces se den en torno a méritos que no merecen, para recibir premios que no han ganado, pues el Tuareg sabe que ES, que los otros ya SON, y no hay búsqueda o premios cuando ya se ES.

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  4. Impresionante historia Mario. En lo personal me llegó muy hondo por mi búsqueda personal, mi sensibilidad y mis deseos de conocer el mar. Aunque sea difícil de enteder y de creer, a mis 42 años nunca he pisado una playa, ni experimentar la sensación de inmensidad del océano. Deudas que tengo con la vida Mario, retazos de ilusiones, de tantos viajes postergados y desfiladeros que mis pies no se atreven a desafiar. En ese sentido, y abusando de este espacio, quiero compartir contigo - y con todos tus visitantes- el siguiente documental en el que se proyecta parte de mi cotidianidad. Un abrazo enorme, felicitaciones por el lanzamiento de Apocalipsis y muchos éxitos en todo.

    SOY: DOCUMENTAL

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  5. Disculpa, aquí el enlace: http://elmagodetucorazon.blogspot.com/2011/05/soy_07.html

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  6. Algo alucinante ese viaje interior de Bernard Moitessier Más aún cuando MM escribe sobre este personaje. Me gustó tanto el texto que empecé a leer “La Longue Route” de Moitessier. Un abrebocas:
    “Hace ya muchos meses que sueño mi vida, por eso la estoy viviendo plenamente”.
    “Todo los que los humanos han hecho de bello y bueno, ha sido construido en sus sueños….”
    “Me pregunto si mi ausencia de cansancio aparente no será más bien una clase de anestesia hipnótica por el contacto con este mar de donde se desprenden tantas fuerzas puras, murmullos de fantasmas de todos los bellos navíos muertos en los parajes que nos rodean. Estoy lleno de vida como el mar que contemplo intensamente. Siento que él también me mira, y que somos los mejores amigos”.

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  7. Alejandra, que buen abrebocas: "Hace muchos meses que sueño mi vida..."
    Yo sueño con ella medio perdida.
    Los hombres de mar me causan intriga
    A veces temor
    A veces fatiga.

    ¿Qué puede ofrecerle una mujer a un hombre tan pleno de sí?

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  8. Soñar es una forma de resistencia. Mejor aún: en el fondo, toda resistencia se origina en un sueño. MM.

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  9. Amistad, Claus, amistad y buenos vientos.

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  10. Quede fascinado realmente. Aquí se muestra la única forma de llegar al limite de la humanidad, de desprendernos de una de las ataduras más grandes que tiene nuestro ser. Entender que después de no desear nada encontramos la paz interior con nosotros mismos y más importante aún podemos empezar a descubrir quienes somos en realidad. Definitivamente es en estas lecturas y en la lectura en general donde puedo encontrar historias tan valiosas como estas. Muchas gracias Mario.

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