16 may. 2011

Fantasmales




Hace poco estuve revisando por enésima vez dos fotos del exterminio nazi que siempre me han impactado. En la primera se veía a un hombre barbado y con el cabello cortado a ras, muy delgado, con la estrella de David cosida en un costado de su uniforme de prisionero, y antes de que los soldados alemanes lo subieran a uno de los camiones militares (seguramente para conducirlo a alguno de los campos de concentración) él le entrega un libro a otro hombre: un amigo, un hermano, un primo o un conocido cualquiera, no se sabe. La foto es el instante exacto en que la mano del recluso deja el libro sobre la mano del desconocido. El gesto es de una dulzura triste porque se trata de una despedida y de la entrega de un testamento al mismo tiempo. Lo único que tiene el prisionero judío en su vida, su única pertenencia, su único bien, es ese libro.
Es fácil imaginar a ese hombre muerto de frío en el invierno, hambriento, leyendo su libro en alguna guarida, en algún sótano maloliente mientras afuera se está llevando a cabo el fin del mundo. ¿La Torá, una novela, un libro de poemas, una biografía? No se alcanza a ver el título ni el autor. Lo que estremece es el gesto de entregar un libro antes de morir, dejar un mensaje que se considera importante a las generaciones venideras antes de ser gaseado o cremado. Y también podemos imaginarnos al que recibe el libro leyéndolo después ansioso, expectante, a altas horas de la noche, huyendo de las requisas y los allanamientos, y preparándose para que cuando llegue el momento tenga que entregárselo a otro de los sobrevivientes. ¿No es eso, acaso, la literatura, un regalo hecho sólo de palabras que pasa de mano en mano, de generación en generación, mientras la muerte nos acecha a todos y nos extermina?
La segunda fotografía era aterradora: alguien que lleva una cámara consigo captura ese instante cuando los sobrevivientes están formados en línea. Es un grupo de prisioneros hambrientos que no pueden moverse debido a la debilidad física, inclinados hacia adelante porque la columna vertebral no puede sostenerse a sí misma erguida, amarillos, delgados hasta el punto de que a varios de ellos se les marca la calavera en el rostro, el hueso muy pegado a la piel, alucinados, y algunos de ellos mirando a la cámara con un gesto de incredulidad, de estupefacción, de no estar entendiendo qué es lo que está pasando en la realidad. Es una escena macabra, deprimente, que uno preferiría no haber visto nunca. Sin embargo, sorprende la dignidad extrema de ese puñado de reos que logra, contra todos los pronósticos, mantenerse de pie.
Ese grupo de hombres desnudos parecen seres de otro planeta, o una especie aparte, distinta de la humana, más fantasmal, como si nosotros hubiéramos sido capaces de engendrar vampiros o roedores humanos. Y lo espeluznante se agrava cuando uno se da cuenta de que esa mutación ha sido generada por un exceso de proximidad con la muerte, es decir, que esos individuos no están entre la vida y la muerte, sino que están más muertos que vivos, la muerte se ha tomado ya sus ojos, la palidez de sus rostros, la mirada perdida en la nada. Son distintos porque están pegados a la muerte, rozándola, y suponemos que muchos de ellos, incluso, no podrán ya sobrevivir, no alcanzarán a salvarse aunque los soldados aliados los inyecten y hagan hasta lo imposible por revivirlos. Y tal vez lo mejor sí sea morirse, porque vivir el resto de la vida con esos recuerdos adentro es aún peor, obliga a una vergüenza máxima: la vergüenza de haber sobrevivido al Apocalipsis mientras los demás han entregado su vida a cambio.
Tuve que ir hasta la cocina y prepararme una taza de té. Regresé al computador y eché un segundo vistazo a la foto. Entonces me dije que esos hombres, también, habían visto morir a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres, a sus amigos más cercanos, a sus esposas que eran conducidas a las cámaras de gas desnudas y con los cráneos rapados. Y ese testimonio lo llevaban en sus propios cuerpos, en sus miradas, en esa piel apergaminada que se les pegaba a los huesos como papel celofán.
Finalmente imaginé la vida futura del hombre que había tomado esa foto, la culpa atroz que tuvo que haber sentido por haber retratado ese reducto de zombis aún con vida. Si logró sobrevivir a la guerra, durante años tuvo que levantarse a la madrugada ahogado, temblando de pánico, con los ojos llenos de lágrimas, espantado por ese pasado que lo perseguía sin darle tregua alguna. Quizás, como muchos otros soldados de otras guerras, no pudo soportar esos recuerdos y terminó alcoholizado en un bar, con la ropa sucia, sin afeitar, o colgado de un lazo en una habitación miserable donde ya no podía aguantar más el peso de esas imágenes. Porque ser testigo de una atrocidad pesa, resta velocidad, paraliza, hunde, precipita la conciencia hacia unos agujeros negros de los cuales es imposible escapar.

6 comentarios:

  1. Mientras leí tu entrada, me imaginé tu voz y la manera en la que lograbas escribir con tanto fervor sin equivocarte de la palabra exacta para describir la situación. Y sí que lo haces de manera exacta, no pudo ser mejor. Buen escrito, Mario.
    Ahh, estuve en la Feria del Libro y me firmaste Apocalipsis el día sábado; buen libro, me faltan pocas páginas, no puedo esperar a terminarlo, me ha encantado.
    ¡Buena semana!

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  2. "Mario, cómo hacer que los ciudadanos lean?"... Gracias Mario por la información de este blog y el Proyecto Frankenstein. Pues que interesante tu interprestación de la primera foto que comentas puesto que lo que finalmente le queda al hombre es el LIBRO en este momento y, seguramente en todos los demás. Y que sea lo único que le queda a este hombre frente a las puertas de la muerte, me recuerda una conferencia tuya cuando hablabas de tu resistencia y oposición a la misma: tu obra; tus libros.

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  3. Creo que mucho del Apocalipsis actual está capturado en esta canción, escuchenla:
    http://www.youtube.com/watch?v=yPvqnZFec60

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  4. Como siempre, los artículos en este blog logran su cometido: ponernos a reflexionar; aunque no solo ello, creo que el autor Mario Mendoza está logrando aquí lo que posiblemente buscaron Primo Levi y Varlam Shalamov con sus escritos sobre “el campo” (Leger): quiere hacernos gritar!
    Levi y Shalamov que sobrevivieron a los verdugos y sus colaboradores, al mundo de los truhanes y sus secretarios, a los pederastas; se deciden un día a narrar lo inenarrable. Para mí, la única manera de entender lo humano y lo inhumano que hay en lo humano, es leyéndolos. Dejando que sus palabras sobre la peor violencia en el siglo XX nos acuchillen, de otro modo no podríamos seguir viviendo.

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  5. Qué tristeza que hoy el Estado de Israel esté repitiendo en contra de los palestinos, el mismo trato que hace medio siglo los nazis les aplicaron a sus antepasados. El pueblo judío merece nuestro respeto y solidaridad por lo ocurrido en el Holocausto, pero las acciones del Estado israelí, no corresponden con los nobles ideales de grandes judíos que han construido puentes para conectarnos unos a otros, en vez de muros que nos dividan. De Auschwitz a la Franja de Gaza, las víctimas claman justicia, no venganza.

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  6. En un futuro apocalíptico, 30 años después del "resplandor" que aniquiló la casi totalidad de la sociedad civilizada, unos pocos humanos sobreviven en un ambiente increíblemente hostil y árido. Violaciones, canibalismo y salvajismo imperan en unas derruidas ciudades donde el más fuerte y el que posee el agua y los pocos libros que quedaron , textos en donde reposan la historia, la cultura y la esencia del ser: ESE ES el que impone su ley y tiene el poder.
    Vagando por la carretera, un guerrero solitario se dirige al oeste con una sola misión: proteger un misterioso libro que lleva en su mochila y lo hace tan apasionadamente como si fuera su propia vida. Eso son los libros, la posibilidad de vivir lo que queramos y como queramos, la “vida” en esencia. La lectura un elemento vital para poder sobrevivir en este mundo.
    Les recomiendo esta película “ El libro de Eli” de Albert y Allen Hughes, protagonizado por Denzel Washington, que puede ilustrar el significado profundo y sublime que le damos a la lectura aquellos a los que nos apasiona leer y escribir , además de la trascendencia histórica que tienen los libros para la sobrevivencia de una cultura o de la misma humanidad.

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