27 jun. 2011

Batman no vendrá a ayudarte



A los siete años sufrí una peritonitis que terminó en una peritonitis aguda, y que desembocó al final en una peritonitis gangrenosa. Los médicos me desahuciaron y me salvé de milagro. Pasé varios meses en la clínica y tuve que aprender a caminar de nuevo porque las piernas se me atrofiaron. Como todos los seres enfermos, yo odiaba los espejos, esos objetos abyectos que me regresaban mi figura inmunda y repulsiva. Nunca pude identificarme con mi verdadera imagen. A diferencia de ciertas mujeres hermosas que siempre buscan vitrinas o ventanales en los cuales puedan apreciar sus cuerpos esbeltos y esculturales, yo rehuía los objetos construidos en metales brillantes, los vidrios o cualquier espejo que estuviera en los baños de la casa. Ese niño inclinado y desproporcionado que era yo no sólo me avergonzaba, sino que me indignaba, como si una parte de mí se negara a aceptar la realidad rechazándola de manera vehemente y creyendo en su fuero interno que merecía un cuerpo y un rostro normales, como los de la mayoría de las personas. Como es obvio, vivir de esa manera, negándose, esquivándose, huyendo de sí mismo, no sólo es dañino, sino en cierta forma patológico: crea una división, un otro que habita dentro de uno pero que no tiene nada que ver con su cuerpo enfermo.
El retrato que intento hacer de mí no estaría completo si no contara que a un niño como yo no se le ocurrían las mismas ideas ni los mismos intereses que a los demás. Nunca soñé con una mujer para casarme con ella, ni unos hijos ni una vida familiar. Desde muy niño tuve claridad de que ese universo conyugal y paternal no era para mí, me había sido negado desde el mismo instante en que la vida me había malformado. Yo había sido concebido al margen, lejos de los otros, y por lo tanto no me era permitido compararme con ellos ni soñar con vidas similares a las suyas. Por eso mis héroes siempre fueron hombres solitarios, como yo.
De ahí mi atracción desmedida por los personajes de los cómics, esos superhéroes que no hacen mercado, ni salen con sus mujercitas de vacaciones ni tienen que ir a la escuela de sus hijos a entrevistarse con maestros sonsos y estúpidos. No, los superhéroes andan solos o con otros como ellos, y recorren sus caminos sin mezclarse con los individuos familiares. Son animales salvajes, agrestes, que no anotan en sus calendarios los cumpleaños de sus abuelitos ni tienen que asistir a fiestas sociales con sus suegras o sus tíos. ¿Se imaginan a Batman haciéndoles la lonchera a su hijos o a Supermán pagando la renta de una casa junto a una esposa encantadora y abnegada? ¿Qué tal que Tarzán estuviera endeudado con las cuotas de su carro o que viéramos a Linterna Verde pagando en un supermercado con su tarjeta de crédito al lado de una mujer exitosa y dos niños adictos a los bizcochos? Imposible. Una de las condiciones indispensables para ser lo que son es la soledad: el calor de hogar y las felicidades familiares son para los otros, los seres gregarios, los de la manada. Ellos constituyen una casta aparte que busca en los confines de lo humano. Y hay una actitud que los caracteriza: no los vemos haciendo mercado ni endeudándose en los bancos porque están ocupados salvando el mundo.
Una noche, una vecina mucho mayor que yo que me veía siempre leyendo mis historietas en las escaleras de la fachada de mi casa, me preguntó con mirada inquisitiva:
- ¿Por qué te gustan tanto los superhéroes?
- Porque son como Jesucristo –contesté sin dudarlo.
La estudiante me miró con sorpresa, se tomó unos segundos para procesar mi respuesta, y volvió a preguntarme:
- ¿Quieres decir que son mejores que nosotros?
-  Mientras nosotros nos encargamos de destruir el mundo, ellos se encargan de salvarlo –dije sin levantar los ojos de mi historieta, sin inmutarme.
- No todos somos tan malos –aseguró la estudiante con una vocecita empalagosa y una sonrisa fingida.
- Tú perteneces al bando de los ingenuos. Ése es uno de los peores. Permiten que los otros hagan todas las atrocidades y no hacen ni dicen nada. Hasta que los destruyen a ellos –dije levantándome y dando los primeros pasos hacia la puerta-. El problema es que cuando te hagan pedazos, no estará Batman allí para defenderte. Por eso tendrás que ir a la iglesia o al psicoanalista a pedir ayuda.
Y entré a mi casa dando un portazo.



12 comentarios:

  1. Vuelvo a pensar en el cuento sin U....de Bucay. Sin U no existes tu, ni lo tuyo, ni lo nuestro...

    Pero la ingenuidad,el candor, la fé en los héroes de ese pequeño es lo que ha salvado a nuestro escritor favorito que sin esas experiencias, tan duras, a lo mejor no habría llegado a donde está... a tener la capacidad de llevarnos a lo más profundo de nuestro ser a bucear en los otros que somos, en nuestra parte oscura. No te gustan los espejos pero nos los presentas en cada página de lo que escribes...Esas son paradojas que, a veces, me cuesta entender de esta simple vida que vivo.

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  2. Me gusta tu comentario Ruta Natural. También creo en la U, sin la utopía no existiría el Aprendizaje, ni la Enseñanza, ni la Ilusión y todo sería Oscuridad.
    Si Batman es como los dioses, entonces sí escucha y atiende a quienes creen en él. El nombre de la deidad es lo de menos. El estilo de vida que llevemos también. Lo que no hay que perder de vista es la causa, el efecto y la reacción en el mundo que elegimos vivir.
    Mario: ¿has notado las regresiones que has hecho a la infancia desde que abriste el blog? Me parecen fenomenales. Pasaste de Auschwithz a una lona, del recolector de bichos al océano y ahora a Batman...
    ¡Qué multiplicidad más fascinante!

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  3. Leí varias veces esta entrada. Tuve que hacerlo porque, lo confieso, me impactó muchísimo. Al igual que tú Mario yo también le huía a los espejos. Y no me gustaba que me fotografiaran. De cierta forma me identifiqué con tu relato, pues durante muchos años miraba mi pierna más corta que la otra y no lo aceptaba. Más adelante emprendí el camino de la escritura y pude, de alguna manera, hacer muchas catarsis. Es verdad amigo, Batman no estará allí para salverlos. Un abrazo

    Carlos Eduardo

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  4. Mario, quiero compartir algo que escribí hace un par de años sobre mi cojera. Aquí está el enlace:

    PASOS EN FALSO

    Otro abrazo,

    Carlos Eduardo

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  5. una pregunta Mario, ¿usted oye o lee a Joaquín Sabina? En su texto hay una frase muy parecida a una de él.

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  6. Excelente historia, pero nunca entenderé porque no le gusta su imagen, a mi me parece francamente encantadora, en fascina.

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  7. Buen texto, Carlos. Me identifico plenamente contigo... Tengo que revisar tu blog con más calma... Y no, no leo ni escucho a Sabina... Una coincidencia... Y no me gusta mi imagen porque hay algo de mi interioridad que no logro hacer cuerpo, que no logro hacer rostro... Saludos a todos, MM.

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  8. Tu artículo me recordó una bella película de dibujos animados que se llama “los superhéroes”, cuyo argumento central es que la sociedad se ha cansado de los destrozos que causan tratando de salvar al mundo y los obligan a ser personas “normales”. El resultado es que su vida se convierte en un sinsentido, un círculo vicioso y vació encerrado en una vida rutinaria de familia. Al fin y al cabo, como afirma Dostoievski en “crimen y castigo” sólo hay dos clases de personas: las ordinarias y las extraordinarias, las que se conforman con el mundo tal y como es y los que intentan cambiarlo, a veces arriesgando su propio pellejo. Pero eso no significa que las personas que tenemos una vida “familiar” seamos necesariamente parte de “la manada”, seres gregarios y conformistas. El reto es también luchar por convertir a nuestras familias en cómplices de la causa, de otro modo no tiene sentido que queramos cambiar el mundo si no podemos ni siquiera cambiar un poco nuestro mundo más cercano. Pienso que la soledad de los superhéroes no es tanto física sino espiritual, al fin y al cabo la peor manera de estar solo es no tener nada en común con las personas que tenemos cerca.

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  9. Todos llevamos un héroe dentro.
    Las utopías son caminos deseados, algo se podrá cambiar en la medida que tengamos nuestra casa en ordén.
    Cuando el espejo refleja mi imagén, se me viene a la mente ésta pregunta.
    -¿que ves cuando te ves?
    Excelente relato señor Mendoza.
    Desde Argentina-Pergamino

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  10. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  11. Pues dándole un giro femenino a tu escrito, siento una semejanza infinita, pues no sueño con una familia, ni una hipoteca; cosa compleja para la sociedad actual que aún cree fielmente en estás conductas. a las mujeres de mi generación nos educaron con regalos que iban desde electrodomésticos, planchas y demás, hasta bebés. Cosa que produce escozor, pues la vida no es solo ese principio que habla de la familia nuclear como el circulo perfecto de la sociedad, la vida es algo más que un hermoso instante que puede irse en un segundo, disfrutarlo es vivirlo en primera persona, como una instancia verdadera.

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  12. jajajaj.....simpatico, la verdad siempre pense mal de los super heroes, creo que hay varias especies, esta el zoofilico que es tarzan me recordaba a los costeños, los maricas batman y robin,recordaba a norberto el peluquero y a toño su gigante marido,el impotente del superman recordaba a samuel moreno, la frigida de la mujer maravilla recordaba a la margaret tacher toda UNA SAGA DE ENFERMOS SEXUALES, jajajaja.....

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