6 jul. 2011

El Factor Ulises




El Factor Ulises corresponde a una manera de ser especial, alejada de los otros, con tendencia a los riesgos y a traspasar los límites, introspectiva, aventurera, que no puede adaptarse con facilidad a las reglas comunitarias. Es un impulso que está en todas las personas dormido, agazapado, y que sólo en algunos se manifiesta con la fuerza suficiente como para sacar al sujeto de su rutina, de su vida familiar y social, y lo lanza en pos de una obsesión que no puede controlar. Ese impulso es una mezcla de inconformidad, de necesidad de riesgo, de deseos profundos de ir más allá de lo establecido y conocido, y el que lo padece sabe que necesitará una gran disciplina para no perecer durante su aventura.
Los individuos que logran cumplir estos objetivos suelen ser también solitarios, egoístas, imaginativos y muy necesitados de ponerse a prueba, de examinarse para estar seguros de sus virtudes y de sus falencias. No saben por qué, pero escapan de una vida rutinaria para aguantar hambre, para caminar durante días y semanas en condiciones climáticas que asustarían a cualquier otro y lo harían regresarse, para pasar noches en vela, para acercarse a la muerte y coquetear con ella como único antídoto para poder valorar la vida en su más extrema intensidad.
Bien sean marinos, escaladores de montañas, expedicionarios o pilotos de aeroplanos, estos Ulises necesitan ir al otro lado de la realidad para desplazar los horizontes del resto de los mortales. Porque algo está claro: gracias a ellos es que la humanidad avanza, que descubre nuevos territorios y nuevas culturas, que es capaz de vencer sus miedos para atreverse a mirar hacia donde hasta entonces estaba prohibido. Sin esos hombres no seríamos más que repetición y costumbre. Pero gracias a ellos la historia se fractura y un acontecimiento irrumpe para modificar la existencia de todos nosotros de ahí en adelante. Son seres indispensables, claves, y soportamos sus excentricidades con tal de que nos abran los ojos a nuevas dimensiones de nuestras conciencias amodorradas y mediocres.
Creo que es posible ampliar esta definición e incluir en ella el arte y la literatura, es decir, el deseo profundo de vivir poéticamente. El artista también sabe desde niño que no encaja en el diseño general y que algo lo llama desde lejos, que algo le exige un viaje, una ruptura, una misión.
Esa actitud la encuentro perfectamente definida en Turner, el pintor inglés que se amarraba a los mástiles de las naves para sentir las tormentas en su propio cuerpo y después llevarlas a la tela. En el cuadro “Tormenta de Nieve”, Turner no pintó una tormenta de nieve, sino un estado del espíritu. Sus palabras me parecen la confesión de un gran descubrimiento. Dice Turner:
“No lo pinté para que fuera entendido, sino porque quería mostrar cómo luce semejante espectáculo. Hice que los marineros me ataran al mástil para poder observarlo. Cuatro horas seguidas me mantuvieron atado. Creí que iba a morir. Pero yo quería fijar su imagen en caso de sobrevivir”.
Al final, creo que lo que Turner pintó no fue ese espectáculo exterior, sino el espectáculo interior, lo que le pasó a su cerebro después de estar cuatro horas enteras soportando los embates de una tormenta en alta mar. Lo que hay en la pintura no son objetos, cosas, materia, sino la psique durante un estado alterado de conciencia.
      Así se siente siempre un artista. No es más que fuerzas desplegadas en un caos cuyo centro escasamente se sostiene.

(Próximamente publicada en Revista Bacánika No. 53)


3 comentarios:

  1. Me gustaría como se ve el alma de Mario Mendoza cuando escribe estos maravillosos textos, cuando la realidad del mundo en que vive se estrella de frente con las palabras y nos transporta a ese mundo. Gracias Mario!!

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  2. Y yo agregaría lo que dice, palabras más palabras menos, Gabriel García Márquez: "Narrar por el sólo placer de hacerlo, es el estado más parecido a la levitación". Un abrazo

    Carlos Eduardo

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  3. Después de leer el Factor Ulises cómo no recordar a esos experimentados alpinistas que murieron en 1996 escalando el monte Everest luego de una inesperada tormenta, o a Chris McCandless, el joven aventurero que murió de inanición en un viaje sin retorno a Alaska.
    Ellos, quienes en los libros de Jon Krakauer, (Mal de altura y Hacia rutas salvajes), dejan de ser el objetivo de una noticia mediática, y se les percibe más por su deseo de salir de la zona de confort y de la facilidad que conlleva una vida llena de lujos y valores tradicionales. Ellos, testarudos e impetuosos se empecinaron en sus aventuras y se sumergieron en una pasión que los desbordó. Ellos, quienes asumieron todos los peligros más allá de la racionalidad.
    Al final, lo que contó fue su búsqueda, eso a lo que tú llamas Mario, la fractura, la ruptura con la realidad.
    Aparentemente, hay mucho egoísmo en esas obsesiones de los escaladores, artistas o escritores pero sin ellas seria todavía más difícil entender nuestras propias obsesiones.
    Gracias Mario, con tus escritos creas fracturas en la realidad.

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