26 ago. 2011

Kalimán





Una tarde cualquiera caminando por Chapinero con las manos entre los bolsillos. Martes después de un puente, el cielo nublado, las calles mal pavimentadas, varias tiendas a pocos metros en diagonal, las casas oscuras y tristes del Siete de Agosto, el heroísmo de la clase media venida a menos, la zona de tolerancia varias calles más abajo. Veo de repente el letrero: Kalimán. Tarot, carta astral, vidas pasadas. Me hago al frente y vigilo un rato ese garaje destartalado donde los clientes tocan el timbre con suspicacia, con la cabeza baja, como si tuvieran miedo de que alguien los vaya a fotografiar. Cae la tarde. La clientela se dispersa. Me animo. Timbro.
Kalimán tendrá unos cincuenta años. Es un tipo de un metro ochenta, de musculatura recia, de ojos vivaces y sonrisa fácil, narizón, con el cabello canoso hasta la nuca y una barba insinuada le sombrea las mejillas. No es un embaucador que busca timar a sus adeptos, ni un vividor que se aprovecha de los ingenuos para convertirlos en sus víctimas. No, Kalimán es un cincuentón solitario, un tipo que se ha dado cuenta de que el mundo normal de los salarios, los empleos, los ahorros y el estrés laboral no son para él. Le gustan los libros que explican las profecías antiguas, la astrología, la magia, la simbología nazi, el tarot, la quiromancia y está seguro de que seres extraterrestres viven camuflados entre nosotros desde hace mucho tiempo. Lo veo como una especie de brujo quijotesco que intenta con sus libros y sus estudios darle un sentido profundo a una vida tediosa y chata en la que chapoteamos los demás. Si yo tuviera que elegir entre la realidad de un hombre de negocios y la realidad esotérica de Kalimán, no tendría que pensarlo demasiado.
Pasamos cerca de una hora conversando. Kalimán me contó que estaba investigando acerca de un hecho que cambiaría la historia moderna. Según él, en 1945, en Berlín, mientras el ejército ruso se tomaba la ciudad, un doble de Hitler y una doble de Eva Braun (los nazis, durante años, se encargaron de generar dobles de los principales dirigentes como una medida de seguridad) se suicidaron dentro del búnker. Los verdaderos personajes lograron llegar hasta un puerto y tomaron un submarino que los condujo hasta las costas chilenas con todo el tesoro nazi (el famoso Santo Grial). En las décadas siguientes, muchos dirigentes cercanos al Führer lograron llegar a Chile, a Argentina o a Brasil, huyendo de los juicios de Nuremberg y de las persecuciones desatadas por organizaciones judías, entre ellos el famoso Mengele, el médico de los experimentos genéticos. Patrocinaron las dictaduras militares en la zona (Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Brasil, y muy especialmente la dictadura de Paraguay con el general Stroessner a la cabeza, que era descendiente de alemanes y que durante años los escondió en momentos donde su seguridad peligraba), las apoyaron a nivel económico y de inteligencia militar, y convirtieron el Cono Sur en un paraíso para el renacimiento del Cuarto Reich. América Latina como una especie de sueño nazi…
El tiempo se acaba. Pago la consulta, le doy las gracias a Kalimán por recibirme sin cita previa, y regreso ya de noche a las calles del Siete de Agosto. Qué maravilla de ciudad, me digo, sale uno a darse una vuelta y termina en el consultorio de un mago hablando sobre el Cuarto Reich. Puertas a otros mundos, pasadizos a dimensiones desconocidas, viajes fractales… 

(Próximamente en Revista Bacánika No. 56)

15 ago. 2011

El jardinero extraterrestre



Cuando leí varios de los relatos que habían sido enviados desde distintas cárceles de la ciudad, me sorprendí con unos fragmentos escritos a mano, en una caligrafía cuidadosa, por un recluso de La Picota de Bogotá. Habían sido elaborados en las horas de la noche, a la tenue luz de una linterna, en un rincón de la celda, mientras los demás reclusos dormían. El hombre se llamaba Klauss Salcedo y su tono me impactó, me conmovió.
Klauss afirmaba ser el jardinero de la penitenciaría, escribía novelas de ciencia ficción en unos cuadernos viejos de colegio, era el único gay declarado en los patios, había prestado servicio militar y se enorgullecía de su buena puntería, era estilista profesional graduado en una academia de belleza del sur de la ciudad, tenía fama de ser un lector temible de cartas del tarot, y, como si esto fuera poco, había sido abducido por naves extraterrestres y conducido a través del espacio interestelar hasta otros mundos aún desconocidos por nosotros.
Nuestro primer encuentro fue amistoso e impregnado por una camaradería inusual. Klauss se mostró simpático, hablador, con buen humor, muy entusiasmado con la idea de escribir su historia bajo mi supervisión y de publicarla en las páginas de EL TIEMPO. Me enteré de que había sido condenado por el crimen de un familiar desaparecido cuyo cadáver no se encontró nunca. Klauss se había cortado el cabello a ras y ese estilo militar contrastaba con sus gestos amanerados y sutiles, con su voz femenina y gentil, y con una sonrisa infantil que le iluminaba el rostro entero.
Empezamos a trabajar una semana después. Lo primero que me impresionó fue la relación de Klauss con su jardín. En el centro del patio de entrada de la prisión, con gran esfuerzo, a punta de azadón y de cuidados elementales como desyerbar y regar todos los días, este prisionero había logrado sostener con vida algunas plantas cuyas flores decoraban un lugar tan sombrío como La Picota. Los paramilitares salían al patio y, en un gesto de homofobia declarada, solían orinarse en las plantas. Lo mismo hacían los guerrilleros, en una demostración de desprecio por ese recluso afeminado que seguía defendiendo sus flores. 
En secreto, esos mismos hombres que posaban de tales habían intentado violar a Klauss en los baños varias veces. Él no se dejaba intimidar: con unas regaderas plásticas continuaba transportando agua hasta su jardín, les hablaba a las plantas, les quitaba la maleza, les cantaba en voz baja. 
Entendí enseguida que esas flores eran más que eso, eran el símbolo de una lucha, de un batalla que ese hombre libraba solo y en silencio.
Un día le pregunté por sus viajes interplanetarios. Me contó que había sido secuestrado por un platillo volador y conducido a un mundo que funciona en el planeta Marte, en unos subterráneos bien protegidos. Allí lo habían estudiado estos seres avanzados que después le hicieron una cirugía para ponerle un implante en su cerebro. 
Gracias a ese dispositivo, que estaba conectado a sus ojos, ellos podían monitorear todo lo que Klauss observaba diariamente. El objetivo principal era analizar la injusticia humana, la capacidad de los hombres para masacrar a otros hombres y causarles dolor. Klauss era el vehículo por medio del cual esos seres que habitan en el corazón de Marte podían vigilar de cerca la crueldad de nuestra especie. Le pregunté entonces si ya en los laboratorios marcianos sabían de mi existencia y del texto que estábamos escribiendo.
-Claro que sí -me respondió él con seriedad y mirándome a los ojos-. Si quiere, salude.
Saludé, en efecto, y esa mañana, desde una cárcel perdida en el sur de la ciudad, envié mi primer mensaje cósmico, mis primeras palabras verdaderamente universales. Lamenté que Ray Bradbury, el gran escritor norteamericano de ciencia ficción, no estuviera allí para registrar el hecho.
Supe después que cuando Klauss era llevado a una celda de castigo o aislado por algún motivo, se sentaba en posición de meditación y, gracias al implante cerebral, entraba en contacto con su gente, con ese otro mundo al que tarde o temprano regresaría para nunca más volver.
Klauss escribía novelas de ciencia ficción en cuadernos viejos. Aprovechaba sus viajes interplanetarios como material literario. También le gustaba, en breves fragmentos, narrar momentos reveladores de su vida, que no podía olvidar desde su ahora vida carcelaria. Eran párrafos de una sinceridad estremecedora, una escritura que apelaba a los hechos de manera directa y con una ingenuidad casi infantil. Eso los convertía en confesiones de una pureza que dolía.
Un día, gracias a un permiso que le habían dado para ingresar unos vestidos, Klauss se cambió de ropa varias veces para encarnar a algunas de sus personalidades. Travestido, con minifalda y tacones, y con una colombina en la boca, posó ante la cámara en medio de risas y chistes que se le iban ocurriendo. Fue también un brujo que leía las cartas, profesión que, en efecto, había desempeñado durante varios años para ganarse la vida y en la cual había alcanzado cierto prestigio. Mientras lo veía pasar de una personalidad a otra recordé esa magnífica frase de Don Quijote cuando un vecino lo reconoce y le dice que él no es más que el miserable granjero Alonso Quijano. Don Quijote, muy indignado, responde elevando la voz:
-Yo sé quién soy y quién puedo llegar a ser.
Una mañana, Klauss me dijo que quería leerme las cartas. Sabía por otros presos que en todos los patios le tenían miedo cuando leía el tarot porque era implacable y había acertado profetizando asuntos macabros. Klauss nunca lo supo porque nunca se lo dije, pero ese día me anunció uno de los sucesos más tristes que me han dicho en mi vida: me dijo que moriría en el extranjero, lejos de mi país y mi gente. Cuando salí de La Picota, recordé lo que el oráculo le dice a Ulises en La Odisea: morirás lejos del mar, en un país donde los hombres comen su pitanza sin sal. No hay nada que me haya causado a mí tanta tristeza. Espero de corazón que Klauss se equivoque y que mi destino sea menos injusto. Desde entonces, para mí viajar se convirtió en sinónimo de muerte.
Una tarde, en la biblioteca, me presentó a un profesor universitario que había llegado de una beca en Europa sin un peso y que había decidido robarse unos libros en un almacén de cadena. Lo habían agarrado y el tipo había terminado en La Picota. Me pareció un disparate. En una sociedad como la nuestra, que bordea el analfabetismo funcional (es decir, gente que sabe leer y escribir en teoría, pero que nunca compra un libro), un ladrón de libros debería ser castigado de otra manera: con trabajo comunitario, entusiasmando a otros a leer, contándoles por qué ese amor por los libros es tal que incluso lo llevó a convertirse en un delincuente. Seguramente la gente, al escucharlo, entendería cuál es la magia de leer, la maravilla de ingresar en otras realidades a través de las palabras. Esa tarde hablamos de literatura Klauss, el ladrón de libros, otros presos que se fueron sumando y yo hasta que la guardia me anunció que ya tenía que salir. No recuerdo ningún otro lugar donde la gente lea con tanta intensidad. Quizás porque en esa situación se evidencia una de las características sublimes de la literatura: que quien lee nunca está preso.
Entonces comprendí que los viajes cósmicos, la jardinería, el travestismo, el tarot o la literatura eran para Klauss estrategias de libertad, formas de resistencia civil. Y el día que lo abracé para despedirme, como un escudero que se despide de un caballero andante, alcancé a decirle al oído: gracias por recordarme el poder de las palabras, la fuerza infinita y también peligrosa del lenguaje.

Desde el jardín

Hace tiempo que quería subir al blog el texto de Klauss Salcedo, mi pupilo en La Picota. Trabajé con él en la cárcel durante varias semanas en el año 2007, y su texto me parece no sólo impactante y revelador, sino de una sinceridad conmovedora. El proyecto se llamaba La Ciudad Jamás Contada, se publicó en un apartado especial del periódico El Tiempo, y creo que sus protagonistas nos mostraron, en efecto, dimensiones desconocidas de esta ciudad misteriosa y recóndita. Espero que lo disfruten.





DESDE EL JARDÍN
Klauss Salcedo



Nací en la clínica San Pedro Claver, el esclavo de los esclavos, el 31 de diciembre a las tres de la tarde. Mi padre, José Guillermo Salcedo Gómez, era de una familia millonaria. Mi madre, Blanca Eloísa Buitrago García, era de una familia paupérrima, de campesinos. Se amaron, se casaron, pero sus padres los maldijeron por ser primos hermanos, y a mí me cayó esa maldición. Vine al mundo con el cabello largo y crespo. Inicialmente me llamaron Sansón. Tengo el signo zodiacal de Nuestro Señor Jesucristo, capricornio, que por su situación astral encarna a los seres juzgados, señalados, mártires, dignos, inteligentes, que buscan la perfección en Dios. Me bautizaron en la iglesia de los 12 apóstoles en el barrio Trinidad y Galán. Mi nombre iba a ser Yesid, pero a mis padres se les olvidó el papelito donde habían anotado el nombre. Una tía dijo que me pusieran Klauss, como Papá Noel, el que da los regalos. Luego me crié en el barrio Venecia, la ciudad italiana que permanece sobre el agua. Viví mi niñez en un pesebre que mi madre hizo con hortalizas, y en compañía de un ratón, un gato y un perro, por temor a que mi padre me hiciera daño. Una vecina que me quiso mucho, Ligia, me regalaba la ropa y los pañales de su hijo. A cambio, mi mamá le lavaba la ropa a ella. ¿Quién soy? Klauss, el otro Jesús.

Mi padre llegó a la clínica, me alzó y se puso dichoso porque fui su primer hijo varón. Pero observó que yo tenía un pie deforme y me maldijo. Le gritó a mi madre que si me llevaba a la casa me asesinaba. Un tiempo después, él murió en el río Caquetá. Se lo comieron las pirañas. Yo tenía tres años y lo comencé a ver cómo descendía del cielo con un látigo a golpearme. Me volví loco. Mi madre, preocupada, me llevó a varios hospitales, pero le dijeron que yo estaba bien. Aconsejada por una vecina, María, mi madre me llevó donde un sacerdote, que dijo: como el padre no lo quería, Dios envió por él. Mi madre, llorando, dijo que si eso era cierto se mataba con sus dos hijas. El sacerdote le dijo entonces que me hiciera un exorcismo que consistía en un conjuro realizado por ella misma para sacarme ese espíritu maligno y desligarme del sortilegio, embrujo, encantamiento, hechizo y magia al que me tenían sometido. A pesar de que mi madre es muy miedosa, me llevó al cementerio a las doce de la noche, me aprisionó en un brazo y trepó la gigantesca reja con candado. Fue hasta las fosas comunes, donde están enterrados los NN. Ella iba vestida de blanco y yo de negro. Me desnudó, me aplicó unos ungüentos con siete hierbas amargas y unas esencias, hizo los rezos tragetai, tosadra y amencla, prendió velones negros, puso una cruz de acero y el cuadro de las tres potencias (Indio Guaicapuro, Negro Felipe y la Reina María Lionza), y me enterró entre la osamenta, entre aquella mucosa putrefacta con moscos y gusanos. ¿Quién soy? Klauss, el milagroso.

Me encontraba entre dormido y despierto. En la ventana apareció una nave espacial ovalada con siete anillos luminosos y destellantes de diferentes matices. Tenía alrededor miles de ventanales y, de repente, en su centro se abrió una compuerta y de una escalerilla descendieron unos marcianos cristalizados de tres metros de altura con un solo ojo en el rostro. Me amarraron a una camilla y me llevaron a Marte. Viajé en una sala inmensa con sistemas científicos computarizados y pantallas gigantescas mucho más avanzadas que las de la Tierra. Ellos tienen cuartos en forma de estrella catalizadores de energía, los objetos tienen vida, se alimentan con cargas solares, hacen el amor volando, son hermafroditas y se procrean ellos mismos. El líder me explicó que me habían enviado a estudiar la Tierra, que ésa era mi misión, que en mi mente había un dispositivo satelital ultravioleta para enviarles información a través del espacio, que iba a tener marido, que sería parapsicólogo, que entraría a la cárcel y que en mí habitarían muchas personas. Me pusieron tres inyecciones y me regresaron a la Tierra. Lo más asombroso es que todo lo que me dijeron me sucedió. ¿Quién soy realmente? Klauss, el extraterrestre.

A los 9 años estaba jugando frente a la casa y vi cómo un camión atropellaba a un niño unas calles más abajo. Comencé a gritar, mi mamá salió y le conté. Ella fue a chismosear, se devolvió y me pegó porque no vio nada. Al otro día cruzó el camión y sucedió el accidente de verdad. Volví a gritar pero nadie salió. Corrí a mirar y cuando me di cuenta estaba parado encima de los sesos del muerto. Ésa fue mi primera videncia. A los 12 años me encontraba jugando a las cartas en el patio del colegio. Se me acercó una compañera, La Caleña, que no me quería, y delante de todos los estudiantes me gritó: fuera que es raro, también es bruja. Como yo la odiaba a muerte, le dije: pues si es tan macha venga y se las leo. Todos comenzaron a chiflar y a palmotear. Le empecé a decir que el sábado se iría para Villavicencio en un Renault 4 azul, que se caería por un abismo, que se mataría y que le quedaría una mano por fuera con unos anillos de oro colgando. El lunes La Caleña llegó vestida de negro, se me arrodilló y llorando me pidió perdón. Luego me confesó: No fui porque me dio miedo. Envié a mi tía. Todo lo que usted me dijo le pasó a ella. Con los años, estudié metafísica en la Avenida Caracas con la Calle Tercera, comía muchos vegetales, no fumaba ni bebía, no hacía el amor para limpiar mi cuerpo y mi espíritu, estudié cienciología, dianética, cartomancia, quiromancia y espiritismo. Llegué a tener cinco mil pacientes. ¿Quién soy? Klauss, la bruja.

Me puse el vestido rojo bien ceñido al cuerpo, los zapatos de tacón siete y medio, y me maquillé con el maquillaje de mis hermanas. Mi primer amor, Alex, un oficial de la policía, me acababa de invitar después de tres meses de relación a una cafetería gay, "Criollitas". Luego me llevó a comer a un restaurante chino y por la noche a bailar a una discoteca gay, "Tasca Santamaría", que tiene unas palmas a la entrada, unas escaleras con mangueras de colores y cuadros de Marilyn Monroe por todos lados. Alex pidió una botella de whisky y me preguntó: ¿Bailamos, Lindsay? Me sentí emocionada. En la pista sonaba una canción del Binomio de Oro. A la una de la mañana me llevó a una residencia gay, me comenzó a quitar prenda por prenda hasta que llegamos a la habitación, me alzó en sus brazos, me colocó encima de la cama, me llenó el cuerpo de frutas y trago, me acarició suavemente, hicimos el amor y me hizo sentir como toda una mujer. Jamás lo olvidaré porque él me ayudó a definir mi sexo y mis sentimientos.¿Quién soy? Klauss, la mujer.

Estudié belleza durante dos años en la academia Oscus, en una fundación de monjas españolas. Aprendí manicure, pedicure, corte de cabello unisex, ondulados, tinturas, maquillaje facial, mascarillas y peinados. Es una escuela inmensa llena de árboles y jardines, con cursos en diferentes áreas. Hacíamos paseos a clubes muy baratos por fuera de Bogotá. Cuando me gradué, con mis ahorros puse un salón de belleza muy pobre. Sólo tenía una silla de barbería antigua y un espejo pegado a la pared. El equipo de belleza, que no era profesional, era el mismo con el que me había graduado. Se me quemaba a toda hora el secador y duraba veinte minutos arreglándolo. Los clientes me tenían paciencia. Una amiga, Marina, de otro salón de belleza, me prestó los cuadros, las matas y las cortinas. Al principio no me entraba clientela, me desesperaba, pero luché, fui persistente y al final alcancé mis sueños. Le pedía a Dios que me diera la oportunidad de tener un salón de belleza fino, de mármol, con dos tocadores, dos sillas giratorias, un lava-cabezas y cinco sillas de espera verdes, y así fue. ¿Quién soy? Klauss, el esteticista.

Desilusionado de la vida por no haber terminado una profesión, me presenté como homosexual al distrito militar 52 para hacer la carrera de suboficial. Tanto los que se inscribieron como los militares se burlaban de mí. Me citaron a tres exámenes médicos. Salí bien pero el día del ingreso me dijeron que no era apto. Llegó un coronel y dijo que el que quisiera regalarse diera un paso al frente. Yo lo hice. Comenzó mi infierno en la escuela de Tolemaida: por la noche me bajaban la pijama, me introducían palos por detrás, me arrojaban objetos y no me dejaban dormir. En el día me robaban, me pegaban, me torturaban y muchas veces trataron de violarme. Me ponía el uniforme bien ajustado y me cuidaba mucho la cara con cremas. Lo único que me gustó fue disparar. Ocupé el primer puesto en el polígono de diez disparos a quinientos metros. Hacía siete dianas a la cabeza y al corazón. Cuando ascendí a cabo, mi capitán me dijo que no me dejaba en las filas porque no tenía voz de mando, y que por eso me enviaría para el B2 de inteligencia a cumplir ciertas misiones. Pero pedí la baja por amenazas de un sargento llamado Báez, que me había empezado a acosar sexualmente y que me dijo que si no accedía me asesinaba a mi madre y a mis hermanos. Por evitarme problemas y por temor, yo me la pasaba en la escuela de suboficiales de mujeres. ¿Quién soy? Klauss, el recluta.

Cuando entré a la cárcel, tocaba pagar la entrada al patioy comprar celda, camarote o plancha. Los negocios se llamaban "caspetes", se movía la plata por millones, se consumía drogas, trago y toda clase de pepas. Había celulares, cuchillos, granadas, pistolas y era posible también encontrar fusiles que ingresaban al penal en las visitas o con la complicidad de los guardianes. Los castigos eran promovidos por algunos internos llamados caciques, que tenían guardaespaldas y que metían a los otros presos en túneles, en jaulas y huecos subterráneos bajo tornillo, o en tanques de agua donde los sumergían. A los violadores los torturaban y los asesinaban. Eran comunes los amotinamientos, las tomas y la desobediencia en el penal. Lo más difícil de mis primeras reclusiones fue acostumbrarme a una celda oscura salpicada de sangre con olor a muerte. Los otros presos decían que a esa celda eran llevados los internos de la lista negra, los que eran informantes o sapos. Según ellos, primero los torturaban con corriente 220, luego les quitaban por pedazos los dedos de las manos y los pies, y les cortaban el pene con un cuchillo mata-ganado. Por último, los descuartizaban en ocho partes con una sierra manual, los tiraban en ollas inmensas de la cocina, los hervían toda la noche y a la madrugada despellejaban la carne y molían sus huesos con piedras. Finalmente, desaparecían todo por las alcantarillas. ¿Quién soy? Klauss, el sobreviviente.

Durante la época estudiantil jamás me gustó escribir. Me gustaban los números, las matemáticas. Pero al pasar unos meses en prisión empecé a despegarme del mundo material, buscando un camino espiritual. Una noche fría, mirando las estrellas a través de las rejas, me puse a llorar por mi soledad. Tuve sentimientos encontrados, saqué un cuaderno viejo y sucio que me había encontrado con un pedazo de lápiz, y empecé a escribir de manera automática, sin buscar ningún sentido. Poco a poco le fui cogiendo cariño a la escritura, a pesar de que tengo una letra muy fea y una regular ortografía. He escrito tres libros y le pido a Dios que me ayude económicamente para publicarlos. Un día me entregaron en el patio varias convocatorias para participar en La Ciudad Jamás Contada. Escribí más de treinta crónicas. Mi compañero de celda se dormía y empezaba a roncar. Era la señal de luz verde. Encendía el foco en silencio, sin que sonara una hoja para no despertarlo, y comenzaba a escribir tres crónicas por noche. Escribir se me convirtió en un vicio. Descubrí que la literatura tiene poder porque ayuda a superar la soledad.¿Quién soy en el fondo? Klauss, el escritor.

El primer contacto que tuve con la naturaleza fue a mis nueve años, en el parque Timiza. Me impresionaron los árboles gigantescos de eucalipto. ¿Cómo olvidar su aroma y el aire fresco que despedían? En complicidad con mi madre, y a escondidas de mi padrastro, vendí después pequeños atados de eucalipto por la calle. Ahora, aquí, en la cárcel, tengo dalias de diferentes colores, margaritas blancas con corazón amarillo, rosas de exquisita fragancia con tallos de espinas agudas, y a pesar de que los internos las maltratan y se orinan en ellas, yo las considero mis hijas y las amo mucho. Ellas hablan y pelean unas con las otras, les gusta que las acaricien, que les pongan música y que les den amor. Por eso los otros presos me dicen La Floricienta. Las corto, las trasplanto, las consiento, las baño, les canto y les hablo mucho. Pero desafortunadamente estoy solo porque nadie me colabora con semillas, ni abonos, ni tierra, ni dotación ni herramienta. Hace un tiempo le escribí al Jardín Botánico. Vinieron, me entrevistaron, tomaron fotos y me prometieron una ayuda que todavía estoy esperando. Las plantas son catalizadores de energía, son curativas y las mejores amigas. Si se nos muere una planta que amamos es porque ella nos salvó de algo malo que nos iba a suceder. Si queremos vivir más tiempo, debemos abrazar un árbol. ¿Qué sabiduría es ésta? La de Klauss, el jardinero.

Cuando vine al mundo, Bogotá era más pequeña. El aire, el agua y la tierra estaban menos contaminados. No había tanta violencia, ni tanto secuestro, ni tantos desplazados, ni tanta corrupción ni tanta pobreza. Un día la delincuencia, el narcotráfico y los grupos armados ilegales nos robaron y nos saquearon nuestra ciudad. Y pesar de todo, después de cinco años de cautiverio, todavía extraño el parque Timiza, el Tunal, el Parque Nacional, El Salitre. Extraño el Museo del Mar de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el Museo del Oro y el Museo del 20 de Julio en la Plaza de Bolívar. Extraño el puente de la Avenida 68 con Autopista Sur, cerca adonde iba a comprar los productos esotéricos en la fábrica El Porvenir. También extraño las construcciones coloniales de La Candelaria, La Catedral, el Coliseo Cubierto El Campín porque parece una nave espacial, los toboganes de El Salitre, El Palacio del Terror, el Planetario, y, por encima de todo, extraño mi casa y mi perro. Cómo me gustaría subirme a Transmilenio (que no conozco) y poder recorrer esa ciudad que imagino allá, detrás de los barrotes. ¿Quién soy? Klauss, el que añora una ciudad perdida.

A pesar de mi lucha diaria en este lugar, no tengo derecho a la visita conyugal, ni a tener un amante dentro del penal, ni a vestirme de mujer, ni al maquillaje ni al libre desarrollo de mi personalidad. Como consecuencia de esto, he perdido mis instintos y mis emociones consumiéndome en la soledad. Al principio se me ocurrió suicidarme con un cuchillo cortándome las venas, colgándome de una cuerda o envenenándome con unas pastillas para dormir. Pero no fui capaz. Muchas veces intenté pagarle a un sicario para que lo hiciera, pero no me alcanzaba la plata. No me daban ganas de hablar ni de vestirme. Y ahora me siento como un gorila atrapado en una jaula. Me hace falta mi novio, el cine, los paseos, un poco de intimidad. Hay internos homosexuales no declarados, traumatizados, que se vuelven homofóbicos conmigo que sí soy declarado. Entonces me tratan mal tanto verbal como físicamente. Por eso recae todo el peso sobre mí y me siento muy aislado. Me hace falta el amor de un hombre para que no se vaya a morir esta mujer que llevo dentro de mí. ¿Al final quién soy? Klauss, la ermitaña.

9 ago. 2011

El famoso paseo del doctor Hofmann



En medio de la Segunda Guerra Mundial, el 19 de abril de 1943, el doctor Hofmann ingiere en su laboratorio una dosis de LSD. El mundo a su alrededor era un infierno de muerte y devastación: bombas, masacres, genocidios, torturas, hambrunas... Sin embargo, ese día, el Día del Ingreso en Otra Realidad, el doctor Hofmann ingiere la dosis y sale de su laboratorio en bicicleta. En ese famoso paseo, mientras pedalea hacia su casa, este psiconauta abre las puertas de la percepción y viaja a través del mundo fractal. Mientras  unos científicos trabajan en el Proyecto Manhattan, que desembocaría en ese genocidio que fue Hiroshima y Nagasaki; y mientras otros desequilibrados ponían a trabajar a tope los campos de exterminio nazis, el simpático doctor Hofmann inauguraba un nuevo viaje para los occidentales: la aventura de la conciencia, la precipitación a los abismos de la mente irracional, al inconsciente, a los sótanos desconocidos de nuestro cerebro. Ese famoso día, el Día de la Bicicleta, la realidad se abre, se fractura, se diluye, y ya jamás volverá a ser la misma. Por fortuna...