15 ago. 2011

Desde el jardín

Hace tiempo que quería subir al blog el texto de Klauss Salcedo, mi pupilo en La Picota. Trabajé con él en la cárcel durante varias semanas en el año 2007, y su texto me parece no sólo impactante y revelador, sino de una sinceridad conmovedora. El proyecto se llamaba La Ciudad Jamás Contada, se publicó en un apartado especial del periódico El Tiempo, y creo que sus protagonistas nos mostraron, en efecto, dimensiones desconocidas de esta ciudad misteriosa y recóndita. Espero que lo disfruten.





DESDE EL JARDÍN
Klauss Salcedo



Nací en la clínica San Pedro Claver, el esclavo de los esclavos, el 31 de diciembre a las tres de la tarde. Mi padre, José Guillermo Salcedo Gómez, era de una familia millonaria. Mi madre, Blanca Eloísa Buitrago García, era de una familia paupérrima, de campesinos. Se amaron, se casaron, pero sus padres los maldijeron por ser primos hermanos, y a mí me cayó esa maldición. Vine al mundo con el cabello largo y crespo. Inicialmente me llamaron Sansón. Tengo el signo zodiacal de Nuestro Señor Jesucristo, capricornio, que por su situación astral encarna a los seres juzgados, señalados, mártires, dignos, inteligentes, que buscan la perfección en Dios. Me bautizaron en la iglesia de los 12 apóstoles en el barrio Trinidad y Galán. Mi nombre iba a ser Yesid, pero a mis padres se les olvidó el papelito donde habían anotado el nombre. Una tía dijo que me pusieran Klauss, como Papá Noel, el que da los regalos. Luego me crié en el barrio Venecia, la ciudad italiana que permanece sobre el agua. Viví mi niñez en un pesebre que mi madre hizo con hortalizas, y en compañía de un ratón, un gato y un perro, por temor a que mi padre me hiciera daño. Una vecina que me quiso mucho, Ligia, me regalaba la ropa y los pañales de su hijo. A cambio, mi mamá le lavaba la ropa a ella. ¿Quién soy? Klauss, el otro Jesús.

Mi padre llegó a la clínica, me alzó y se puso dichoso porque fui su primer hijo varón. Pero observó que yo tenía un pie deforme y me maldijo. Le gritó a mi madre que si me llevaba a la casa me asesinaba. Un tiempo después, él murió en el río Caquetá. Se lo comieron las pirañas. Yo tenía tres años y lo comencé a ver cómo descendía del cielo con un látigo a golpearme. Me volví loco. Mi madre, preocupada, me llevó a varios hospitales, pero le dijeron que yo estaba bien. Aconsejada por una vecina, María, mi madre me llevó donde un sacerdote, que dijo: como el padre no lo quería, Dios envió por él. Mi madre, llorando, dijo que si eso era cierto se mataba con sus dos hijas. El sacerdote le dijo entonces que me hiciera un exorcismo que consistía en un conjuro realizado por ella misma para sacarme ese espíritu maligno y desligarme del sortilegio, embrujo, encantamiento, hechizo y magia al que me tenían sometido. A pesar de que mi madre es muy miedosa, me llevó al cementerio a las doce de la noche, me aprisionó en un brazo y trepó la gigantesca reja con candado. Fue hasta las fosas comunes, donde están enterrados los NN. Ella iba vestida de blanco y yo de negro. Me desnudó, me aplicó unos ungüentos con siete hierbas amargas y unas esencias, hizo los rezos tragetai, tosadra y amencla, prendió velones negros, puso una cruz de acero y el cuadro de las tres potencias (Indio Guaicapuro, Negro Felipe y la Reina María Lionza), y me enterró entre la osamenta, entre aquella mucosa putrefacta con moscos y gusanos. ¿Quién soy? Klauss, el milagroso.

Me encontraba entre dormido y despierto. En la ventana apareció una nave espacial ovalada con siete anillos luminosos y destellantes de diferentes matices. Tenía alrededor miles de ventanales y, de repente, en su centro se abrió una compuerta y de una escalerilla descendieron unos marcianos cristalizados de tres metros de altura con un solo ojo en el rostro. Me amarraron a una camilla y me llevaron a Marte. Viajé en una sala inmensa con sistemas científicos computarizados y pantallas gigantescas mucho más avanzadas que las de la Tierra. Ellos tienen cuartos en forma de estrella catalizadores de energía, los objetos tienen vida, se alimentan con cargas solares, hacen el amor volando, son hermafroditas y se procrean ellos mismos. El líder me explicó que me habían enviado a estudiar la Tierra, que ésa era mi misión, que en mi mente había un dispositivo satelital ultravioleta para enviarles información a través del espacio, que iba a tener marido, que sería parapsicólogo, que entraría a la cárcel y que en mí habitarían muchas personas. Me pusieron tres inyecciones y me regresaron a la Tierra. Lo más asombroso es que todo lo que me dijeron me sucedió. ¿Quién soy realmente? Klauss, el extraterrestre.

A los 9 años estaba jugando frente a la casa y vi cómo un camión atropellaba a un niño unas calles más abajo. Comencé a gritar, mi mamá salió y le conté. Ella fue a chismosear, se devolvió y me pegó porque no vio nada. Al otro día cruzó el camión y sucedió el accidente de verdad. Volví a gritar pero nadie salió. Corrí a mirar y cuando me di cuenta estaba parado encima de los sesos del muerto. Ésa fue mi primera videncia. A los 12 años me encontraba jugando a las cartas en el patio del colegio. Se me acercó una compañera, La Caleña, que no me quería, y delante de todos los estudiantes me gritó: fuera que es raro, también es bruja. Como yo la odiaba a muerte, le dije: pues si es tan macha venga y se las leo. Todos comenzaron a chiflar y a palmotear. Le empecé a decir que el sábado se iría para Villavicencio en un Renault 4 azul, que se caería por un abismo, que se mataría y que le quedaría una mano por fuera con unos anillos de oro colgando. El lunes La Caleña llegó vestida de negro, se me arrodilló y llorando me pidió perdón. Luego me confesó: No fui porque me dio miedo. Envié a mi tía. Todo lo que usted me dijo le pasó a ella. Con los años, estudié metafísica en la Avenida Caracas con la Calle Tercera, comía muchos vegetales, no fumaba ni bebía, no hacía el amor para limpiar mi cuerpo y mi espíritu, estudié cienciología, dianética, cartomancia, quiromancia y espiritismo. Llegué a tener cinco mil pacientes. ¿Quién soy? Klauss, la bruja.

Me puse el vestido rojo bien ceñido al cuerpo, los zapatos de tacón siete y medio, y me maquillé con el maquillaje de mis hermanas. Mi primer amor, Alex, un oficial de la policía, me acababa de invitar después de tres meses de relación a una cafetería gay, "Criollitas". Luego me llevó a comer a un restaurante chino y por la noche a bailar a una discoteca gay, "Tasca Santamaría", que tiene unas palmas a la entrada, unas escaleras con mangueras de colores y cuadros de Marilyn Monroe por todos lados. Alex pidió una botella de whisky y me preguntó: ¿Bailamos, Lindsay? Me sentí emocionada. En la pista sonaba una canción del Binomio de Oro. A la una de la mañana me llevó a una residencia gay, me comenzó a quitar prenda por prenda hasta que llegamos a la habitación, me alzó en sus brazos, me colocó encima de la cama, me llenó el cuerpo de frutas y trago, me acarició suavemente, hicimos el amor y me hizo sentir como toda una mujer. Jamás lo olvidaré porque él me ayudó a definir mi sexo y mis sentimientos.¿Quién soy? Klauss, la mujer.

Estudié belleza durante dos años en la academia Oscus, en una fundación de monjas españolas. Aprendí manicure, pedicure, corte de cabello unisex, ondulados, tinturas, maquillaje facial, mascarillas y peinados. Es una escuela inmensa llena de árboles y jardines, con cursos en diferentes áreas. Hacíamos paseos a clubes muy baratos por fuera de Bogotá. Cuando me gradué, con mis ahorros puse un salón de belleza muy pobre. Sólo tenía una silla de barbería antigua y un espejo pegado a la pared. El equipo de belleza, que no era profesional, era el mismo con el que me había graduado. Se me quemaba a toda hora el secador y duraba veinte minutos arreglándolo. Los clientes me tenían paciencia. Una amiga, Marina, de otro salón de belleza, me prestó los cuadros, las matas y las cortinas. Al principio no me entraba clientela, me desesperaba, pero luché, fui persistente y al final alcancé mis sueños. Le pedía a Dios que me diera la oportunidad de tener un salón de belleza fino, de mármol, con dos tocadores, dos sillas giratorias, un lava-cabezas y cinco sillas de espera verdes, y así fue. ¿Quién soy? Klauss, el esteticista.

Desilusionado de la vida por no haber terminado una profesión, me presenté como homosexual al distrito militar 52 para hacer la carrera de suboficial. Tanto los que se inscribieron como los militares se burlaban de mí. Me citaron a tres exámenes médicos. Salí bien pero el día del ingreso me dijeron que no era apto. Llegó un coronel y dijo que el que quisiera regalarse diera un paso al frente. Yo lo hice. Comenzó mi infierno en la escuela de Tolemaida: por la noche me bajaban la pijama, me introducían palos por detrás, me arrojaban objetos y no me dejaban dormir. En el día me robaban, me pegaban, me torturaban y muchas veces trataron de violarme. Me ponía el uniforme bien ajustado y me cuidaba mucho la cara con cremas. Lo único que me gustó fue disparar. Ocupé el primer puesto en el polígono de diez disparos a quinientos metros. Hacía siete dianas a la cabeza y al corazón. Cuando ascendí a cabo, mi capitán me dijo que no me dejaba en las filas porque no tenía voz de mando, y que por eso me enviaría para el B2 de inteligencia a cumplir ciertas misiones. Pero pedí la baja por amenazas de un sargento llamado Báez, que me había empezado a acosar sexualmente y que me dijo que si no accedía me asesinaba a mi madre y a mis hermanos. Por evitarme problemas y por temor, yo me la pasaba en la escuela de suboficiales de mujeres. ¿Quién soy? Klauss, el recluta.

Cuando entré a la cárcel, tocaba pagar la entrada al patioy comprar celda, camarote o plancha. Los negocios se llamaban "caspetes", se movía la plata por millones, se consumía drogas, trago y toda clase de pepas. Había celulares, cuchillos, granadas, pistolas y era posible también encontrar fusiles que ingresaban al penal en las visitas o con la complicidad de los guardianes. Los castigos eran promovidos por algunos internos llamados caciques, que tenían guardaespaldas y que metían a los otros presos en túneles, en jaulas y huecos subterráneos bajo tornillo, o en tanques de agua donde los sumergían. A los violadores los torturaban y los asesinaban. Eran comunes los amotinamientos, las tomas y la desobediencia en el penal. Lo más difícil de mis primeras reclusiones fue acostumbrarme a una celda oscura salpicada de sangre con olor a muerte. Los otros presos decían que a esa celda eran llevados los internos de la lista negra, los que eran informantes o sapos. Según ellos, primero los torturaban con corriente 220, luego les quitaban por pedazos los dedos de las manos y los pies, y les cortaban el pene con un cuchillo mata-ganado. Por último, los descuartizaban en ocho partes con una sierra manual, los tiraban en ollas inmensas de la cocina, los hervían toda la noche y a la madrugada despellejaban la carne y molían sus huesos con piedras. Finalmente, desaparecían todo por las alcantarillas. ¿Quién soy? Klauss, el sobreviviente.

Durante la época estudiantil jamás me gustó escribir. Me gustaban los números, las matemáticas. Pero al pasar unos meses en prisión empecé a despegarme del mundo material, buscando un camino espiritual. Una noche fría, mirando las estrellas a través de las rejas, me puse a llorar por mi soledad. Tuve sentimientos encontrados, saqué un cuaderno viejo y sucio que me había encontrado con un pedazo de lápiz, y empecé a escribir de manera automática, sin buscar ningún sentido. Poco a poco le fui cogiendo cariño a la escritura, a pesar de que tengo una letra muy fea y una regular ortografía. He escrito tres libros y le pido a Dios que me ayude económicamente para publicarlos. Un día me entregaron en el patio varias convocatorias para participar en La Ciudad Jamás Contada. Escribí más de treinta crónicas. Mi compañero de celda se dormía y empezaba a roncar. Era la señal de luz verde. Encendía el foco en silencio, sin que sonara una hoja para no despertarlo, y comenzaba a escribir tres crónicas por noche. Escribir se me convirtió en un vicio. Descubrí que la literatura tiene poder porque ayuda a superar la soledad.¿Quién soy en el fondo? Klauss, el escritor.

El primer contacto que tuve con la naturaleza fue a mis nueve años, en el parque Timiza. Me impresionaron los árboles gigantescos de eucalipto. ¿Cómo olvidar su aroma y el aire fresco que despedían? En complicidad con mi madre, y a escondidas de mi padrastro, vendí después pequeños atados de eucalipto por la calle. Ahora, aquí, en la cárcel, tengo dalias de diferentes colores, margaritas blancas con corazón amarillo, rosas de exquisita fragancia con tallos de espinas agudas, y a pesar de que los internos las maltratan y se orinan en ellas, yo las considero mis hijas y las amo mucho. Ellas hablan y pelean unas con las otras, les gusta que las acaricien, que les pongan música y que les den amor. Por eso los otros presos me dicen La Floricienta. Las corto, las trasplanto, las consiento, las baño, les canto y les hablo mucho. Pero desafortunadamente estoy solo porque nadie me colabora con semillas, ni abonos, ni tierra, ni dotación ni herramienta. Hace un tiempo le escribí al Jardín Botánico. Vinieron, me entrevistaron, tomaron fotos y me prometieron una ayuda que todavía estoy esperando. Las plantas son catalizadores de energía, son curativas y las mejores amigas. Si se nos muere una planta que amamos es porque ella nos salvó de algo malo que nos iba a suceder. Si queremos vivir más tiempo, debemos abrazar un árbol. ¿Qué sabiduría es ésta? La de Klauss, el jardinero.

Cuando vine al mundo, Bogotá era más pequeña. El aire, el agua y la tierra estaban menos contaminados. No había tanta violencia, ni tanto secuestro, ni tantos desplazados, ni tanta corrupción ni tanta pobreza. Un día la delincuencia, el narcotráfico y los grupos armados ilegales nos robaron y nos saquearon nuestra ciudad. Y pesar de todo, después de cinco años de cautiverio, todavía extraño el parque Timiza, el Tunal, el Parque Nacional, El Salitre. Extraño el Museo del Mar de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el Museo del Oro y el Museo del 20 de Julio en la Plaza de Bolívar. Extraño el puente de la Avenida 68 con Autopista Sur, cerca adonde iba a comprar los productos esotéricos en la fábrica El Porvenir. También extraño las construcciones coloniales de La Candelaria, La Catedral, el Coliseo Cubierto El Campín porque parece una nave espacial, los toboganes de El Salitre, El Palacio del Terror, el Planetario, y, por encima de todo, extraño mi casa y mi perro. Cómo me gustaría subirme a Transmilenio (que no conozco) y poder recorrer esa ciudad que imagino allá, detrás de los barrotes. ¿Quién soy? Klauss, el que añora una ciudad perdida.

A pesar de mi lucha diaria en este lugar, no tengo derecho a la visita conyugal, ni a tener un amante dentro del penal, ni a vestirme de mujer, ni al maquillaje ni al libre desarrollo de mi personalidad. Como consecuencia de esto, he perdido mis instintos y mis emociones consumiéndome en la soledad. Al principio se me ocurrió suicidarme con un cuchillo cortándome las venas, colgándome de una cuerda o envenenándome con unas pastillas para dormir. Pero no fui capaz. Muchas veces intenté pagarle a un sicario para que lo hiciera, pero no me alcanzaba la plata. No me daban ganas de hablar ni de vestirme. Y ahora me siento como un gorila atrapado en una jaula. Me hace falta mi novio, el cine, los paseos, un poco de intimidad. Hay internos homosexuales no declarados, traumatizados, que se vuelven homofóbicos conmigo que sí soy declarado. Entonces me tratan mal tanto verbal como físicamente. Por eso recae todo el peso sobre mí y me siento muy aislado. Me hace falta el amor de un hombre para que no se vaya a morir esta mujer que llevo dentro de mí. ¿Al final quién soy? Klauss, la ermitaña.

9 comentarios:

  1. Bajo el eco platónico una bella historia de arquetipos a lo C.G. Jung. Todos somos un poco reinas, travestis, escritores, artistas, floristas, brujos, militares, niños, prostitutas, saboteadores y más. Esas formas de nuestra psique están presentes siempre y en todas partes. Nacemos, vivimos y morimos atados a esos arquetipos que forman el inconsciente colectivo. Bella historia!!

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  2. Totalmente de acuerdo. Arquetipos del inconsciente colectivo... Saludos, MM.

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  3. Me parece una gran demostración de coraje, a decir verdad no puedo imaginar el calvario de aquella mujer en el cuerpo de un hombre, marginada por una sociedad conservadora y con una serie de tabúes, esta clase de gente con tal valentía son dignas de admirar, es una de las pocas veces que me he maravillado con un relato y hasta he sentido alegría por un escrito, una asombrosa historia.

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  4. Felicitaciones por mostrar ese lado humano de ese atormentado Ser...
    Conmovió mis sentimientos....

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Muchas gracias Maesto Mario Mendoza y a Klaus el escritor por describir a los otros Klaus, me recordo el poema Muchos Somos de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto
    DE tantos hombres que soy, que somos,
    no puedo encontrar a ninguno:
    se me pierden bajo la ropa,
    se fueron a otra ciudad.
    Cuando todo está preparado
    para mostrarme inteligente
    el tonto que llevo escondido
    se toma la palabra en mi boca...

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    1. Qué buena cita. La multitud que nos habita...
      Saludos, MM.

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  7. Somos tantas personas al mismo tiempo. Somos un infinito universo de personalidades. Sin palabras y con mucho respeto a Klauss.

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    1. Sin duda. Respetos para él, así es.
      Saludos, MM.

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