28 sept. 2011

El pensamiento se hace cuerpo



Hacia 1937, Antonin Artaud se ingenia una extraña forma de leer el Tarot, una serie de combinaciones e interpretaciones curiosas, poderosas, penetrantes, muy inquietantes. Al poco tiempo, lo deportarán por sobrepasar los límites de la marginalidad. Así decía el informe: por sobrepasar los límites de la marginalidad... Y sería recluido entonces en una clínica psiquiátrica durante años. Mientras afuera estallaba la Segunda Guerra Mundial y el mundo occidental se venía abajo, este hombre permanecería en un sanatorio viendo desde su cuarto, desde su celda, una realidad insulsa que ya no le decía mucho... De algún modo, toda esa hondura se hizo rostro... Hay personas que llevan sus decisiones radicales en sus ojos, en su boca, en sus manos... Que los dioses nos ayuden a elegir así, no con la razón, sino con el cuerpo, con la materia entera que nos compone, con nuestro delirio, con toda nuestra locura...

23 sept. 2011

No más cigüeñas



Hace unos días visité la casa de un amigo que acaba de ser padre con su esposa. La escena, por supuesto, siempre es conmovedora. Admiro la fe en la vida que tienen aquéllos que deciden procrear, la confianza en que las nuevas generaciones podrán continuar con lucidez la aventura humana. Además, me encantan los niños, su irreverencia, su falta de diplomacia, su desparpajo, su sinceridad.
Sin embargo, más allá de las sensaciones positivas que me generan, tengo claro que el problema más importante que enfrentamos en este momento como especie es, justamente, el de la superpoblación mundial. Hace sólo doscientos años éramos 650 millones de personas. En 1950 éramos 2.500 millones de personas, una cifra manejable. Y en escasos 50 años hemos duplicado la cifra y seguimos creciendo. En el 2010 la ONU calculó 6.500 millones de personas y se supone que en este octubre del 2011 alcanzaremos el escandaloso número de 7.000 millones. La FAO alertó ya que, por primera vez en la historia de la humanidad, sobrepasamos los 1.000 millones de personas muriendo de hambre. Cada hora nacen 11.000 bebés y venimos creciendo, más o menos, unos 100 millones de personas cada año. En poco tiempo estaremos rozando los 10.000 millones de personas. Un infierno.
Las consecuencias de una tasa de reproducción tan vertiginosa son evidentes. La explosión demográfica es, hoy por hoy, un problema de seguridad mundial. Hemos contaminado todo el planeta, el agua de los ríos y de los océanos, el aire, modificamos el clima, destruimos la capa de ozono, somos los principales responsables de la extinción de las otras especies. Sólo entre 1990 y 1995 desaparecieron 65 millones de hectáreas de bosques.
Como si esto fuera poco, en el año 2010 los mayores de 65 años eran el 7.6% del total de la población. En sólo cincuenta años serán el 22%. Para entonces, los sistemas pensionales serán insostenibles, imposibles de manejar para cualquier democracia moderna. Si a esto le sumamos la producción de las basuras y la escasez del agua, la imagen es aterradora: no tendremos qué beber y nos moriremos aplastados bajo el peso de nuestra propia inmundicia.
Es importante, entonces, que las distintas sociedades empiecen desde ya unas políticas de educación al respecto. Necesitamos con urgencia cuatro o cinco generaciones hacia adelante que decidan no reproducirse, que entiendan que tener hijos o no tenerlos es un problema ecológico. China e India vienen trabajando arduamente en esta línea. La educación sobre el uso del condón y demás métodos anticonceptivos no sólo es urgente, sino que es, literalmente, de vida o muerte. La mojigatería y la santurronería de cierta educación tradicional en asuntos tan serios sólo acarreará más caos, más irresponsabilidad. Hay que tener claro que como se trata de temas de salud pública, la religión no tiene nada que ver en este asunto.
Si durante milenios reproducirse fue una moral correcta y garantizaba la supervivencia de la especie, es preciso entender que ya no lo es. En estos tiempos aciagos lo correcto es lo contrario: no pensar en mi felicidad personal, sino en la de la humanidad, y abstenernos de tener hijos. El planeta nos lo agradecerá.

(Próximamente en Revista Bacánika 59)

14 sept. 2011

Rompiendo piedra



Muchas veces me he preguntado por qué hay gente tan inteligente llevando una vida triste, angustiada o llena de errores. Uno ve gente brillante, con varios títulos universitarios, simpática, escondiendo en la sombra una existencia atroz, unos vicios que los consumen o una desidia que no los deja hacer nada. Muchos de ellos, por ejemplo, eligen relaciones de pareja espantosas, donde sufren, donde no son felices, y continúan con ellas como si se tratara de una condena, de un destino inevitable. ¿Por qué?
En la madeja caleidoscópica que nos compone, la razón, la inteligencia, sólo ocupa un breve espacio en la superficie. Significativo, sin duda, pero superficial. El resto se pierde hacia adentro en capas más profundas que definen nuestro carácter. Y buena parte de ese carácter lo hemos heredado, está en papá y mamá, en este o aquel abuelo, aunque nos disguste reconocerlo. Por eso es fundamental, desde muy joven, navegar por esas aguas, descender al inconsciente, bajar a las profundidades de sí mismo para desactivar ciertos mecanismos autodestructivos que más adelante pueden echar por tierra una vida valiosa. El problema es que a la gente no le gusta hacer ese viaje. Y en el fondo es comprensible: no es fácil, toca ir a tientas, entre la penumbra, tropezándose con situaciones desagradables que apestan y hieden, con dolores terribles, con heridas que aún están sangrando. Pero quien no conoce el sótano de sí mismo, las cañerías, los subterráneos, está condenado más tarde a perecer en ellos.
Alguna vez, en una conversación entre dos psicoanalistas amigos, escuché que el uno le decía a la otra refiriéndose a un paciente conocido muy inteligente que pronto empezaría terapia:
- Sí, el tipo es brillante. Tocará a cincel –y se sonrió con cierta picardía.
Entendí sin que me explicaran el chiste. Claro, entre más inteligente es la gente, peor, porque hay una capa de argumentos y lecturas que arman un ego potente que cree que puede solo, que no necesita ayuda, que se las sabe todas y que desprecia aquello que no tenga que ver con la erudición y la inteligencia racional. En consecuencia, desprecia el inconsciente o lo mira de reojo, con cierta soberbia muy segura de sí misma. Y justamente ése es el problema: que para llegar al inconsciente hay que ir más allá del ego y de la razón. Por eso, con esos pacientes, toca a cincel, como rompiendo piedra, como abriendo a mazazo limpio esos egos sólidos y monolíticos.
La pereza, la dejadez, la depresión, la baja autoestima, la ansiedad, la vanidad, la crueldad sentimental, la permanente victimización, la hipocondría, las adicciones, la culpa o la imposibilidad para relacionarse con los demás nos pueden lesionar gravemente una vida que hubiera podido ser esplendorosa y magnífica. Es preciso descubrirlas a tiempo y desactivarlas. Y eso no se logra a punta de ideas ni de argumentos.
Finalmente, uno no es lo que quiere ser, sino lo que puede. Y la distancia que hay entre lo que desea ser y lo que es se llama el inconsciente.

(Próximamente en Bacánika 58)

2 sept. 2011

El vendedor Mohamed Bouazizi



1989 fue un año en el cual cambiaron las coordenadas de ese mundo que hasta entonces había estado definido por las líneas capitalismo-comunismo. La caída del muro de Berlín implicó un cambio de perspectiva, de distribución de las fuerzas en el tablero. El capitalismo se fortaleció, se hizo cada vez más sólido y eso lo fue conduciendo a una soberbia que sería su talón de Aquiles.
2001 fue el siguiente cambio en el juego. Estados Unidos, saltándose todas las resoluciones de las Naciones Unidas, invadió salvajemente a un pueblo que no tenía nada que ver con el ataque a las Torres Gemelas. Hoy en día sabemos que Bush y su pandilla mintieron, acomodaron, inventaron, chantajearon sentimentalmente a los estadounidenses, y al final se salieron con la suya y cometieron un genocidio como pocos: sacrificar a la población civil de un país indefenso que tuvo que recoger a sus niños bombardeados, a sus mujeres baleadas, a sus abuelos fusilados. Incendiaron política y militarmente la zona. Empeoraron el conflicto y se enriquecieron con esa guerra.
Hace exactamente tres años, en 2008, los dueños del capitalismo occidental, desde Wall Street, llevaron a cabo uno de los peores ataques que hemos visto en siglos. Según el profesor Noam Chomsky, este ataque lo venían planeando desde los gobiernos de Reagan y Tatcher, pero no habían podido cumplirlo. Como si no hubiera sido ya excesiva la acumulación de riqueza por parte de unos pocos en contra de la gran mayoría, ahora se trata de ir por los dineros públicos, por el erario. No había subsidios para las madres cabeza de familia, para los inmigrantes, para la universidad pública, para la población vulnerable, pero sí hay ahora plata para las grandes empresas automotrices y para los banqueros. ¿Cómo es eso posible? ¿850.000 millones de dólares para la General Motors? ¿Qué es eso? ¿Dinero para los terratenientes ricos en Agro Ingreso Seguro mientras les niegan los préstamos a los campesinos para financiar sus cosechas? ¿Los grandes empresarios saltándose los impuestos y agarrando a manos llenas los dineros de los contribuyentes? ¿Qué está pasando? ¿El mismo sistema patrocina y financia a ladrones y pícaros de la peor calaña?
Ese ataque del año 2008 me cogió por azar en Calcuta, en la India. Es una ciudad de unos ocho millones de habitantes, de los cuales la mitad, es decir, unos cuatro millones más o menos, son indigentes. Las familias andan todo el día por ahí, rebuscándose algún mendrugo de pan entre las basuras y los desperdicios. Y en la noche arman sus cambuches en los andenes y duermen sobre el cemento abrigándose con una manta cualquiera o con plásticos y papel periódico. Y mientras yo leía los periódicos con avidez, lo que estaba a mi alrededor me daba la respuesta: esto es lo que buscan, me dije, convertir al mundo entero en una Calcuta gigantesca. Y, en efecto, las cifras de los últimos tres años así lo confirman.
Pero resulta que un vendedor de fruta se inmoló en Túnez, Mohamed Bouazizi, y estalló la Revolución de los Jazmines, que ha llevado a varios dictadores corruptos a renunciar. Y los estudiantes chilenos han salido a la calle y han exigido un cambio en las políticas educativas. Y el movimiento de los Indignados en España se tomó varias plazas públicas y sigue en pie de lucha. Y los jóvenes ingleses se enfrentaron a la policía a garrote limpio. No van a llevar ese ataque impunemente. No es tan fácil. Por todas partes empiezan a surgir voces de oposición, de resistencia, voces que están dispuestas a todo con tal de no permitir semejante horror. Y esas voces son necesarias e indispensables, pues sin ellas es imposible rescatar el poco de humanidad que nos queda.

(Próximamente en la revista Bacánika 57)