25 oct. 2011

El filo de la navaja



Creo en el derecho a la lectura y a la escritura como bases fundamentales de la democracia participativa. No me basta con escribir libros y lanzarlos cada año o cada dos años. Creo que el tiempo contemporáneo se ha acelerado vertiginosamente y que la literatura ya no puede guardar esa distancia que le dio tanta elegancia en el pasado, cierto glamour, cierta sofisticación al no regalarse de mala manera a los ritmos de la televisión, de los periódicos y de la publicidad. No, la literatura ha sido un reducto que no se deja contaminar ni prostituir. Y está bien, hay que aceptar que eso la salvó de cierto mercantilismo vulgar. Pero ése ha sido también su talón de Aquiles.
Hoy en día la velocidad ha creado no sólo nuevas dinámicas comunicativas, sino nuevas realidades que, al mezclarse y amalgamarse, conforman un caleidoscopio mutante que reinterpreta lo real a cada segundo. La literatura, al seguir guardando su ritmo decimonónico, tiende a quedarse por fuera de una de sus funciones más inquietantes: la de crear resistencia, la de oponerse a todo establecimiento, a todo intento de institucionalización. Hay algo subversivo al interior de la imaginación literaria, algo que siempre se opone, que siempre dice no. Por algo le queman los libros a Don Quijote: porque los libros son peligrosos.
Creo profundamente en la peligrosidad de la literatura. Si no hay algo filoso, el libro ingresa en lo acartonado, en la comodidad, en el confort que entretiene pero que no cuestiona, ni revisa, ni se subleva. Y como escritor me angustia que la escritura me haya aislado de ese propósito, me haya recluido en mi estudio durante años y me haya impedido salir a encontrarme con los lectores a crear focos de resistencia civil que se opongan a este delirio general que poco a poco va confirmando con mayor claridad nuestra miserable condición humana.
No se trata sólo de contar buenas historias, no. Eso lo puede hacer cualquiera que redacte bien y ya está. Es preciso que el escritor ingrese en realidades inéditas, que ahonde, que penetre y que agudice de tal manera su forma de percibir que los demás podamos después de leerlo modificar y reinventar el mundo que nos rodea. Y para eso es preciso que el artista esté enchufado a dimensiones curiosas de lo real, que haya vivido a fondo, que conozca los límites de la euforia, de la desdicha, de la locura, de la bondad y de la entrega. Escribir es un acto de generosidad excesiva y de plenitud delirante, por eso es tan exigente. Y en ese aullido que es un relato o una novela se esconde un cuchillo, una navaja, un machete con el que debe cortarse el lector y sangrar. Y esa sangre nos purifica a todos, nos ayuda a celebrar, nos une en una comunión sagrada.
Por fortuna, el camino es largo. Creo que hay que seguir creando trincheras de pensamiento, lugares para la resistencia y la emancipación. Cuando el establecimiento se encuentra tan corrupto, tan podrido, tan sucio, es cuando más se necesita de la educación, de la cultura, del arte. No hay democracia participativa real, auténtica, sin derecho a pensar o a soñar por medio de la filosofía, de la novela, de la poesía o del cine.

9 comentarios:

  1. Ya subí la entrada a la página que administra Adriana. Es una verdadera lástima que la balsa de facebook que administrabas haya sido atacada por piratas.

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  2. Como extrañaba este tipo de escritos... Que agradable saber que aun estás ahí!!!

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  3. Estoy de acuerdo con la peligrosidad literaria de la que hablas. La buena literatura no es una historia con principio, nudo y todos felices, cerremos el libro y a seguir con las lecturas en serie que a dos pasos olvidaremos. La literatura tiene que ser nuestra catarsis, que sus filosas garras nos atrape. Hay que escribir para lectores activos y evitar que las letras se las lleve el viento sucio de la capital.

    Ya que es la primera vez que visito este blog, me tomaré tiempo en seguir las lecturas anteriores. Un placer leerte,

    Jéssica Vilardi.

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  4. Ya estoy en Google+. Los invito a que empecemos a crear de nuevo la telaraña. Aquí parece que hay más seguridad. Les agradecería mucho si le avisan a la gente de Facebook a través de la página de Adriana Rubiano.
    Se inicia una nueva trinchera... Enhorabuena...
    MM.

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  5. Querido Mario, una entrada muy pertinente. El mundo va muy rápido, es verdad y la realidad nos sobrepasa. Por eso es necesario seguir creando esas trincheras. No sé cómo se utiliza Google más (no encontré el signo en mi teclado, jejejej) Me encantaría seguirte allá.
    Mario, comparto contigo y con todos tus visitantes, un relato que nació de algo mágico que me sucedió por estos días. Un abrazo enorme

    Carlos Eduardo

    A dúo con Vicente Feliú

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  6. El enlace quedó debajo de mi nombre en el anterior comentario. Otro abrazo

    Carlos Eduardo

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  7. Lo he buscado en Google+ pero no lo encuentro, cómo hago?

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  8.   Creo que las preguntas  que se hizo Sartre en Qué es la literatura?  -ese libro escrito como una resistencia a la guerra, a la ocupación  nazi, al colonialismo francés -, siguen siendo relevantes  aún  en nuestro  tiempo y espacio porque
    por lo mismo que tu dices  Mario, el escritor tiene que mantener una especie 
    de pacto con el lector  para que en esa medida la obra se instale e incisivamente corte alguna parte del cuerpo.'¿por qué escribir? ¿para quién se escribe? Lo que viene  después  ojalá sea el combate, la resistencia, la resonancia. Necesitamos fugarnos por algún intersticio. Gracias por el blog.

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  9. Como educador de básica secundaria, entiendo la importancia y la dificultad (dos caras de la misma moneda) del reto que nos plantea Mario Mendoza de convertir a la literatura y a la educación en general, en una navaja filosa. Estos días les preguntaba a unos estudiantes en una exposición: ¿por qué si sabemos leer y escribir desde que estábamos en primero de primaria, somos analfabetas funcionales? Desde luego que hay múltiples factores que ayudarían a entender este fenómeno, pero me aventuro a dar una hipótesis: faltan maestros que entiendan que la educación es un acto subversivo; y no me refiero a la idea tradicional que hay muy marcada en la izquierda colombiana de “concientizar a los muchachos de los problemas sociales”, que paradójicamente ese tipo de “educación política” suele ser a veces más conservadora de lo que parece. Me refiero a cuestionar la idea misma de educación, de disciplina y autoridad en los colegios; pero no con carreta, con hechos. Ya basta de seguir criticando a los jóvenes porque son “apáticos”, “perezosos”, o “rebeldes”, si los maestros a veces somos peores. Hace poco en plena clase de filosofía, un estudiante se paró y me dijo: “oiga profe, usted debería darle esta clase a los profesores de este colegio y a nuestros papás” ¡Sabia observación! somos los maestros y los padres de familia, los que en muchos aspectos debemos ser reeducados.

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