17 nov. 2011

Apología de la muerte súbita



El avión ingresó en una zona de fuertes turbulencias y las azafatas dieron la orden de ajustar los cinturones de seguridad y de doblarnos sobre nuestras rodillas. Todo se sacudía, se movía de un lado para el otro, temblaba. La gente empezó a gritar, a suplicar, a rezar en voz alta. Recordé que ya dos veces antes había pasado por esta experiencia. Mi compañera de silla, una señora de unos sesenta años, oraba entre murmullos y noté de reojo que las lágrimas le escurrían por las mejillas. El avión se agitaba y subía y bajaba como un juguete en medio de la tormenta.
Suspiré y mi memoria me trajo a la cabeza la imagen de mi abuelo materno, agobiado por un cáncer de estómago, dando alaridos en su vieja casa de Chapinero para que le trajeran su revólver porque se quería pegar un tiro. Pensé también en mi padre, postrado en una cama durante meses, intentando al final una sobredosis de morfina sin lograrlo. Y me llegó también la escena de ese personaje de London, un indígena norteamericano que se baja de su caballo y prefiere morirse entre la nieve enfrentando los lobos que seguir envejeciendo de mala manera y retrasar a la tribu con sus achaques. Me dije: sí, qué carajo, una muerte súbita es bienvenida, que se caiga este trasto. Cerré los ojos, me sonreí con cierta dicha contenida y me dispuse a aguantar la caída.
Pero no, el avión logró estabilizarse y logramos pasar la turbulencia sin mayores tropiezos. La gente se abrazaba, se felicitaban unos a otros, hablaban de peregrinaciones a Nuestro Señor de Monserrate o al Divino Niño. Hubo pasajeros que no dejaron de rezar el resto del trayecto. Yo, la verdad, me sentí algo raro, como si la realidad me hubiera defraudado.
Entonces recordé a mi amigo y colega Carlos Framb, quien una noche decidió ayudar a morir a su madre y de paso decidió morirse él mismo. Lo hizo con yogur y morfina. Su madre murió en calma, dormida, pero el cuerpo de Framb presentó más tolerancia a la morfina y despertó a la mañana siguiente para enfrentar un proceso jurídico e incluso la cárcel. Muchas personas lo atacaron de criminal, de asesino, de despiadado.
También evoqué la figura de Kevorkian, el Doctor Muerte, ayudando a varios enfermos terminales a suicidarse ellos mismos con sus inventos y sus máquinas tanáticas.
Creo que no sólo no estamos preparados para la muerte, sino que no tenemos una educación al respecto. Creemos que hay que prolongarla a toda costa, a cualquier precio. No estoy tan seguro de que así sea. Si la vida es algo digno, si es una lucha en la que vale la pena dar lo mejor de sí todos los días, bienvenida sea. Pero si es una situación indigna, sucia, humillante, tortuosa, y no tiene marcha atrás, no veo por qué hay que afirmarla. Aferrarse al sufrimiento tiene algo de masoquista, algo patológico, cierta perversidad en donde la situación de víctima es ensalzada, celebrada. Hay un comportamiento insano mentalmente en defender el dolor para sí mismo y para nuestros parientes y amigos más cercanos.
No le temo a morir. Toda la vida he estado acompañado por la muerte, he pensado en ella, la he escrito, la he soñado. Ha sido una compañera permanente y fiel. Le temo a la postración, al dolor inútil, a la indignidad. Por fortuna, siempre nos queda la clínica Dignitas, en Suiza, donde uno puede llegar a que lo inyecten después de atragantarse de una buena dosis de chocolates Lindt. La otra es irse a un buen hotel con los amigos de toda la vida, enrumbarse a fondo y reírse del mundo y de sí mismo hasta la saciedad. Y en un colchón de inflar, en la piscina, mientras amanece por última vez, y mientras suena al fondo la guitarra inconfundible de David Gilmour, meterse una sobredosis de lo que sea y mandar al quinto infierno todo esto que llamamos la realidad.

4 comentarios:

  1. Mario: Creo que el tema es complicado. Según entiendo en Dignitas no inyectan, no pueden hacerlo, la ley Suiza sólo permite un “suicidio asistido”, te dan los barbitúricos necesarios y te ponen música de fondo para que te relajes y te los tomes tu mismo, lo otro es considerado un asesinato, como le paso a tu amigo. Que ironía, nadie nos mata para aliviarnos del dolor pero si por cosas mas banales.
    En todo caso, cuando los seres amados han muerto consumidos por una dolorosa y terrible enfermedad pensamos que nada sería más horrible que morir de igual manera. La pregunta es si vamos a tener la fuerza de suicidarnos con una sobredosis cuando llegue el momento. Ojala las leyes sobre la Eutanasia cambien y para aquellos con miedo a morir haya una manera más digna de volar.
    Buen tema, gracias por seguir alimentando a tus lectores.

    ResponderEliminar
  2. Es el derecho que tiene cualquier ser humano el de decidir acabar con su vida. Más si se trata de una existencia, como tu dices, llena de dolor, angustia, desesperanza cuando sabemos que, de todas formas, vamos a morir. Las imágenes del avión, el desespero de los pasajeros y la impotencia contrastan con tus pensamientos. No sé cómo reacionaría en una situación de esas, pero me dejaste pensando amigo. Un abrazo enorme

    Carlos Eduardo

    ResponderEliminar
  3. Bueno, sin inyección es aún mejor. Le tengo pánico a las agujas. Me quedó desde niño, desde una peritonitis gangrenosa en la que me inyectaron hasta la saciedad. Chocolates y barbitúricos es una buena mezcla... Saludos, MM.

    ResponderEliminar
  4. Eres un escritor de temas polémicos, eso es lo que me seduce.
    La visión de la vida la tienes tan clara, que haces pensar, como lectora me encanta.
    Se que no te gusta que te adulen, pero te lo ganas Mario- ¿que culpita?
    Abrazo de Argentina -Pergamino
    chely

    ResponderEliminar