5 dic. 2011

Jossimar Calvo




“Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país. Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quién sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.”
Inscripción de una lápida de la Abadía de Westminster

A veces, cuando todo está negro a nuestro alrededor, cuando no vemos ninguna salida, cuando sentimos que hemos perdido la fe y la esperanza en el mundo y en nosotros mismos, empezamos a ser visitados por espejismos, por fantasmagorías, y esas visiones nos indican que no vale la pena seguir luchando, que cualquier intento por mejorar es inútil, que hacer planes es un acto no sólo banal, sino incluso estúpido. Y entonces cerramos la celda, nos hundimos en la oscuridad y empezamos a convivir con esas alimañas inmundas que desde siempre han proliferado en nuestro interior.
En momentos así, los espejismos nos hacen ver el mundo como un lugar ruin, despiadado, injusto hasta niveles delirantes. Y qué duda cabe de que la humanidad y las sociedades que hemos construido son la demostración más exacta de nuestra miserable condición humana. Difícil defender este mundo cuando no sólo hemos masacrado a nuestros congéneres, sino que también hemos torturado y desaparecido de la faz del planeta a las demás especies. No somos ninguna maravilla y eso no es un secreto.
Ahora, ¿saber eso nos autoriza a seguir la corriente, a repetir los errores grupales que tanto nos disgustan, a bajar la guardia, a resignarnos, o a decir que no tenemos que cambiar nada en nosotros mismos porque el mundo es una porquería? ¿Puede un obrero explotado, con ese argumento, llegar a su casa borracho y golpear a sus hijos y a su mujer a altas horas de la madrugada? ¿El hecho de vivir en un mundo cruel e injusto nos exime de toda responsabilidad con nosotros mismos? ¿Por el hecho de vivir en una sociedad tan déspota y segregacionista como ésta ya puedo recostarme en un rincón, no hacer nada, maldecir y justificarme diciendo que soy una víctima de un sistema que no me permite realizarme a plenitud?
Creo que el comienzo del cambio, y lo más difícil de todo, es modificarnos a nosotros mismos. La gran batalla es esa. Y la enorme mayoría de personas claudican rápidamente, no se revisan, o si lo hacen es de un modo superficial y continúan igual, pareciéndose cada vez más a sí mismas. En uno de los primeros textos de este blog hablé de resistencia interna, es decir, de cómo la información de papá y mamá, los maltratos recibidos, los abandonos, el desprecio, todo eso configuran mi mente, mis gustos, mis estados de ánimo. Si yo no soy capaz de transformar ese horror que me han inoculado, terminaré hundido en mí mismo, deprimido, desesperanzado, sin salida, en una celda donde lo único que puedo hacer es dar golpes en la oscuridad. Y ganan ellos, los que me abandonaron, los que me humillaron, los que me pegaron, los que jamás creyeron en mí. Ganan los maltratadores, los brutos, los incompetentes.
Ahora, ¿modificarme a mí mismo cambia la situación de Irak, de Somalia, de Bolivia? Quién sabe. ¿Transformar esa información personal malsana y dañina les sirve a los enfermos de sida, o a los trabajadores explotados o a los niños desnutridos de África? Tal vez, quizás sí quizás no. Pero es el comienzo, es el primer paso sin el cual es imposible transformar el mundo. Sin ese primer peldaño es imposible ganar terreno. La primera guerra es contra uno mismo, y es, curiosamente, la más difícil. Luego se van conquistando, poco a poco, y muy lentamente, las otras batallas. Y es un deber. Al final de la vida es muy posible que uno no haya logrado cambiar el mundo, pero sí tendrá que responder esa pregunta: ¿Pudiste cambiarte a ti mismo? Esa es la primera responsabilidad, y solemos eludirla con mil argucias que sólo demuestran nuestro miedo y nuestra falta de perseverancia. Y gracias a que aún hay personas que comprenden la importancia de este primer paso imprescindible es que el mundo tiene rincones maravillosos que se llaman arte, cine, danza, poesía, arquitectura, ciencia, filosofía, deporte. Detrás de un gran deportista o de un gran actor siempre hay un soldado que se venció a sí mismo.
Hace poco vi la noticia del gimnasta colombiano Jossimar Calvo en los Juegos Panamericanos. Tiene 17 años, vive en un rancho miserable donde comparte la cama con su madre, no tiene un centavo ni siquiera para transportarse cuando va a entrenar y no le gusta que le pregunten por su familia (qué le va a gustar). El país no le ha dado nada, la sociedad no le ha dado nada sino desprecio y dolor, y aún así, con todo en contra, este muchacho tiene su rancho atiborrado de medallas de oro. Y ahora acaba de darle al país otra medalla de oro en los Panamericanos (ese país que no ha hecho nada por él). Uno ve su miseria, su exclusión, su gigantesca soledad, y esas medallas y esos trofeos sobre una tabla de madera en esa casa que se cae a pedazos demuestran una templanza interna muy poco común, un coraje, un aguante, un heroísmo sin el cual el mundo sí sería, realmente, un infierno. Detrás de ese muchacho hay grandes batallas y grandes conquistas de sí mismo. ¿Ha cambiado Jossimar Calvo el mundo? Sí, sin la menor duda. Y todos estamos en deuda con él y deberíamos darle las gracias. Nos ha brindado no sólo un ejemplo tremendo, sino que nos ha dado, quizás, la lección más dura que alguien nos puede dar: tener que preguntarnos: ¿hemos hecho nosotros, así como él, lo que nos corresponde? ¿Hemos, desde nuestra trinchera, combatido como él? ¿Hemos aguantado como él? Esa es la lección. Ese joven nos ha puesto la vara muy alta y va a ser muy difícil siquiera igualarlo. Es decir, Jossimar Calvo nos ha hecho mejores personas a todos.
Gente así es la imprescindible. Gente así es la que necesitamos en horas tan aciagas como las presentes. Gente así es la que cambia el mundo.


3 comentarios:

  1. Como lo dijiste, es un heroísmo vivir en este pais dando la cara día a día y sí el cambio que hagamos en nosotros mismos, genera un entorno diferente, estimulando el cambio en los otros.
    Esa es la primera tarea, luego vendrán las otras...

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  2. De nada nos sirve intentar cambiar el mundo si, primero no intentamos salvarnos. Leí Sunset Park y volvemos a lo mismo.... vivencias intensas que nos devuelven al principio.... cuándo no somos capaces de reconocer una situación que nos llevará a otra peor....En un mundo tan ingrato personas como éstas nos hacen reflexionar sobre lo lisiados que estamos espiritualmente. Querer es poder y no hay más excusas. SuperMario, eres genial.

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