20 ene. 2012

LA ESTEPA



Una noche, después de una discusión con mi madre, empaqué dos mudas de ropa, mis libros, una grabadora destartalada, y me fui de mi casa para siempre. Tenía 19 años recién cumplidos. Vivía en un buen barrio del norte de la ciudad y tenía todos los privilegios de una clase media ilustrada. Hasta ese entonces había cumplido con las expectativas de mis padres y familiares cercanos: era un gran estudiante, un buen atleta, un muchacho al que nunca le había gustado el alcohol ni el cigarrillo. Sin embargo, en el fondo de mí existía una rebeldía que me había traído varios problemas: era siempre el joven indisciplinado que no aceptaba las normas, el que se metía en problemas y llegaba a veces a altas horas de la noche con la cara rota. Por eso me habían expulsado del colegio cuando estaba ya a punto de graduarme. Y el problema era que ahora, caminando con una maleta por las calles del centro de Bogotá en busca de una pieza barata, ese temperamento mío indómito me había conducido a una aventura de la que no estaba seguro si iba a salir bien librado.
Qué extraño… Ahora que recuerdo esa primera noche de fuga y que veo a ese muchacho melenudo e imberbe caminando por La Candelaria con sus libros metidos en una tula militar, me inunda una emoción profunda: lo veo tan solo, tan desamparado, tan increíblemente expuesto a las trampas de una ciudad despiadada y brutal… No obstante, recuerdo que caminé con seguridad, con un aplomo que no sabía de dónde me venía. Me hice una promesa: no regresar. Y la cumplí.
Viví en Las Cruces, en el Quiroga, en la última cuadra de La Candelaria (Calle de La Agonía), en Chapinero, en La Calera, en una cabaña campesina en las montañas de Sopó, en todas partes. Iba y venía con mis libros y mis escasas pertenencias. Fue una época dura, de hambre, de enormes necesidades, de largas caminatas por la ciudad sin un centavo entre el bolsillo. Pero algo en mí se fue endureciendo, se templó, se fortaleció para siempre.
Hay artistas que fluyen bien acatando las reglas sociales, que se sienten a gusto respetando los patrones establecidos, y que construyen grandes obras en medio de ambientes hogareños e hijos amorosos. Sus revoluciones y aventuras se dan en el arte, allá, al otro lado del cuadro o de la página escrita. Muy bien. Respetable. Ni más faltaba. Pero también están los otros, los que desde muy jóvenes están diseñados para la estepa, los lobos, el frío y la espesura de la noche. Los que duermen a la intemperie. Yo supe desde siempre que pertenecía a este bando, el de los renegados. Ni modo. Eso no se elige. Se es así y punto. Y hay que pagar el precio, que no es barato. Al final hay que apretar la mandíbula, tomar aire y seguir aguantando. Es imposible regresarse. No hay camino de retorno. Si uno camina hacia atrás sólo hallará más estepa.
Lo curioso es que si uno saca de su ambiente al hombre hogareño, y lo deja a la intemperie en medio del desierto unos pocos días, se morirá en condiciones infrahumanas: de hambre, de sed, de frío, de tristeza. Y al revés es igual: si uno le otorga al hombre salvaje una esposa fiel y unos niños dulces y cariñosos, cualquier noche, a escondidas, se escapará al sótano o al garaje y se ahorcará de una viga o se pegará un tiro mientras los demás duermen apaciblemente.

4 comentarios:

  1. Los esquemas tan innamovibles y absolutos no me parecen reales. Siempre hay grietas por donde se cuelan sentimientos diferentes y remueven algunas capas de la cebolla, que desconocemos. Las dificultades tiemplan el alma tal como se fabrica el acero. Pero en algún lado,en el fondo siempre quedan ternezas y blanduras que pueden aflorar del mismo modo que afloran las fortalezas en las dificultades.

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  2. Tu fuga de casa me hizo recordar las mías, la primera a los ocho años, cansada de la tiranía de mi hermana mayor tome mi morral del colegio, metí alguna ropa, mis cuadernos y el uniforme del colegio, intento fracasado pues me alcanzaron en el camino cuando me senté a llorar y a pensar para donde ir, la segunda a los quince años, después de fuertes problemas familiares que no pude arreglar ni a través del dialogo ni de tribunales, aquí no me alcanzó nadie pues me vine con la excusa de visitar una tía, desde entonces no he vuelto a quedarme, ahora planeando mi tercera fuga, esta vez no de mi familia ni de alguien en particular, solo del país y la necesidad de experimentar cosas nuevas y de conocer otros lugares.

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  4. Es bueno escaparse de si mismo, encontrar distintas maneras de enfrentar a la sociedad. No obstante, debemos entender que no somos uno y en ese camino en la búsqueda de lo absoluto, podemos herir a las personas cercanas, por culpa de nuestra arrogancia y orgullo. La personalidad se forma, a partir de las experiencias y de las formas que se afrontan las situaciones, escapar es un reflejo innato de un ser humano que ayuda a protegernos de las adversidades, pero cuando se evita ya se debe mirar desde otra perspectiva...

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