30 ene. 2012

Vagabundear



En Un fragmento de vida de Arthur Machen, un personaje se encuentra, en las primeras páginas de la novela, asfixiado con su vida rutinaria y mediocre. Y decide aventurar. Pero no tiene dinero para financiarse un viaje a regiones distantes. Decide entonces aprovisionarse de agua y de víveres, y salir al azar a recorrer la ciudad en la que siempre ha vivido. Viajar por ella sin proponerse objetivos específicos; ir por las calles sin saber adónde pero atento, lúcido, sin perder detalles, exigiéndose al máximo para percibir el nuevo cúmulo de sensaciones. Este viaje a la deriva es también, claro está, un viaje de autoconocimieto. Al término de su recorrido el personaje no sólo ha descubierto “otro” espacio (“otro” en el “mismo”): ha descubierto a su vez un “otro” que lo habita, que ha estado “ahí” desde siempre.
     En la novela Hambre de Knut Hamsun, un joven padece la miseria y el aislamiento absoluto sin saber cómo, ni por qué, sin emitir una queja, sin culpar a nadie. La novela es el itinerario de un vagabundo que va y viene por la ciudad de Cristianía, entregado por completo a la urgencia de la necesidad. Esa inmediatez del hambre y de la sed abre en el personaje el olfato, el gusto, y por un lado es un sufrimiento desmedido, pero por otro el personaje va viendo también algo positivo: una especie de complacencia en el deterioro corporal que multiplica los sentidos. Esa hipersensibilidad sensorial que va desarrollando lo hace dudar en un momento dado de su cordura. “¿Es un síntoma de locura observar y recoger las cosas tan minuciosamente como tú lo haces?”. Al final se hará a la mar para escapar a esa demencia que lo ronda y lo persigue. Y se va en el primer barco que encuentra, sin preocuparse por el destino de la embarcación. De la misma forma que ha recorrido Cristianía, el neonómada de Hambre  se lanza al mar en busca de una aventura gratuita, sin razones predeterminadas.
     El último ejemplo que quiero citar es la novela El defensor tiene la palabra, del rumano Petre Bellú. La narración sucede en Bucarest, y, como en los ejemplos anteriores, el lector recorre un espacio determinado a través de un viajero que camina al azar. La particularidad del texto de Bellú radica en la crudeza del ambiente elegido para ello: la prostitución. El personaje central nace en un prostíbulo, vagabundea por la ciudad intentando escapar a una vida de miseria y de sufrimiento, y en las últimas páginas termina regresando a la zona de tolerancia a cumplir un crimen inevitable. El burdel como origen y  destino del nuevo viaje citadino, como espacio público donde el nuevo Ulises puede encontrar, así sea fugazmente, un contacto real con sus semejantes. Al respecto dice Pierre Drieu La Rochelle: “Es que no sé nunca a dónde ir, si no es el burdel; es el único lugar donde la humanidad se calla y ofrece un trato amable. Después del burdel lo que prefiero es la calle”.
     Este viajero que es puro nomadismo urbano nos anuncia una nueva forma de aventura: el recorrido azaroso, el viaje vectorial abierto que descoloniza los espacios. Acaso el único desplazamiento válido que nos queda: sin metas, sin propósitos, sin reglas preestablecidas. Como dice Panait Istrati en su ensayo sobre la obra de Bellú: “Lo que el mundo llama con desprecio vagabundeo. Es en realidad el único género de vida que merece ser vivido”.

2 comentarios:

  1. Muy buen texto. Un viaje de autoconocimiento puede mostrarnos cosas tan lúcidas y tan aterradoras a la vez. Nuevas sensaciones y nuevas perspectivas del mundo.

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  2. Paradójico como el ser humano en esencia. Siglos de nomadismo, para terminar en asentamientos humanos, cada vez más "estables" y "organizados" y luego descubrir que nuevamente ser nómada podría ser una respuesta a nuestras inquietudes y sensibilidades. Hay que hacer planes para tener la libertad de desbaratarlos. Hay que estar con todos y en todas partes, para saber que siempre estamos solos. Hay que sentir el dolor y el desamparo, para saber que existe la felicidad y la plenitud. Al final.... estamos vivos a pesar de todo

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