16 feb. 2012

Entrevista a Densho Quintero



En esta ocasión nos encontramos para conversar unos minutos alrededor de su nuevo libro, El despertar Zen.
- ¿Cuáles fueron esas primeras lecturas que lo acercaron al descubrimiento de Oriente?
 DQ - Los primeros libros que ejercieron una fuerte influencia en mi vida fueron los de Herman Hesse. Sin embargo, esta semilla quedó ahí dormida y aunque seguí leyendo libros de Hesse y de otros autores, sólo fue algunos años después que se revivió este anhelo. A partir de una crisis personal muy profunda a comienzos de la década de los ochenta, lo abandoné todo para emprender mi camino. El libro de D.T. Suzuki, Introducción al budismo zen, fue el que me reveló la dirección que quería seguir.
- ¿Cómo fue su ordenación en París?
 DQ - Yo me había enterado de que en París había un importante centro zen fundado por Taisen Deshimaru y decidí viajar e ir en busca de una práctica seria y rigurosa. Luego me di cuenta de que no sólo quería practicar zen, sino que quería que el zen fuera la dirección de mi vida y decidí hacerme monje. En Francia estuve practicando algunos años, pero sospechaba que mi formación era insuficiente. Aunque había recibido la ordenación, mi proceso estaba inconcluso, y, como no obtenía respuestas satisfactorias de mi maestro en Francia, sentí la necesidad de acercarme al zen japonés tradicional. 
- ¿Luego vino su experiencia con el maestro español Dokusho Villalba, verdad?
 DQ - Él estaba vinculado al zen japonés y en conversaciones que sostuvimos durante su visita a Colombia, decidí que quería irme a España y continuar con él un proceso de entrenamiento más formal y recibir una ordenación que estuviera registrada en la escuela japonesa. Luego de un año en España, las cosas empezaron a tomar un curso diferente y una crisis familiar me obligó a regresar a Colombia. Como él ya empezaba a dar señales de que quería separarse de la escuela japonesa en la cual yo quería formarme, mi relación con este maestro se rompió.
- Fueron sus años más difíciles…
 DQ – Sí, al regresar a Colombia las cosas empezaron a ir mal. La falta de un maestro, la dificultad de tener una práctica regular en un lugar estable, la imposibilidad de continuar un entrenamiento formal, me fueron sumiendo progresivamente en una depresión. En algún momento, me encontré en la calle, separado de mi pareja, no encontraba trabajo para sostenerme y sostener a mi hijo que por aquella época tenía dos años. Me pasaba los días caminando, “midiendo calles” sin rumbo y sin tener a veces dónde pasar la noche. En medio de tanta incertidumbre, un día me pregunté qué estaba haciendo con mi vida. Por el zen yo había aprendido que dependiendo de la manera como percibimos la realidad y cómo nos relacionamos con ella, construimos las condiciones de nuestra vida futura. De qué me habían servido todos esos años de práctica si no era capaz de actualizarla en mi vida. Decidí entonces que yo tenía en mis manos una poderosa herramienta para transformar mi sufrimiento y empecé a modificar mi actitud y retomé la práctica en solitario.
- En su libro hay una bella alusión a su hijo.
 DQ - Cuando nació mi hijo yo había decidido que había dos cosas que no iba a hacer con respecto a la educación que quería darle: ni lo mismo que hicieron conmigo, ni todo lo contrario. Es decir, quería tener una relación sin condicionamientos que  partiera sobre todo de la honestidad y la humildad. No iba a tratar de mostrarme como un padre “perfecto”, sino de mostrarme tal como yo era, con mis virtudes y defectos. He procurado guiarlo en los principios fundamentales de respeto, tolerancia y responsabilidad frente a las consecuencias de las propias acciones, que aprendí en el budismo.
- Usted ha practicado también en muchos otros países…
 DQ - El maestro Shohaku Okumura me ayudó a viajar al templo Antaiji en Japón donde finalmente pude recibir la ordenación formal. Ahí empezó mi proceso como monje de la escuela y, como parte del requerimiento para recibir la certificación para enseñar es practicar un tiempo mínimo en monasterios oficiales, tuve que  realizar retiros de tres meses en Francia y California, al mismo tiempo que pude visitar otros templos en Japón y en otras partes del mundo. En Brasil, gracias a la ayuda del representante oficial de la escuela para Suramérica, pude realizar la ceremonia de “Combate en el Dharma” que es un paso indispensable para la Transmisión del Dharma, que finalmente recibí del maestro Okumura. Esta es el culmen del proceso de entrenamiento para poder empezar a enseñar formalmente.
- Usted recibió su certificación como maestro zen. ¿Lo compromete aún más este nuevo paso?
DQ - Siempre pensé que todos los requerimientos que debía cumplir eran para poder empezar a enseñar con sinceridad y honestidad. Ser maestro es tan sólo el comienzo para cumplir mi voto de convertirme en puente para que otros conozcan la enseñanza. Gracias a que me acerqué a maestros íntegros, aprendí que el estudio es esencial si uno no quiere tergiversar la tradición que se viene transmitiendo desde el Buda.

- Este nuevo libro tiene una forma de escritura muy curiosa, una especie de texto sin género preciso…

DQ - Mis primeros escritos evidenciaban mis años de estudio, pero aún fallaban en manifestar una comprensión desde el corazón, desde la experiencia profunda. Poco a poco fui depurando mi escritura con mucho trabajo. Me acerqué un poco más al estilo tradicional de la pintura (sumi-e) y de la poesía zen (el haikú), en textos breves y respetando el silencio de espacios vacíos. Mi deseo es interactuar con el lector para que, en el momento en el que está leyendo uno de mis textos, pueda sentir que se abre una puerta que le permite entrar a su propia realidad inmediata y encontrar la luz que es inherente a la vida misma que bulle en el presente.

Este libro, El despertar Zen, me ha recordado una máxima fundamental: la inteligencia muy segura de sí misma se llama arrogancia. La inteligencia sin ego se llama sabiduría.


(Publicada en El Tiempo)

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