13 mar. 2012

Antropofobia



Empieza siendo un sudor frío que recorre el cuerpo cuando presentimos a los otros a nuestro lado en un cine, en la iglesia, en un centro comercial. Basta con que un pequeño grupo de personas nos mire o tengamos que pasar a su lado para que un cierto temblor nos recorra el cuerpo y empecemos a sudar sin poder controlarnos.
Más tarde la sensación crece y se generaliza. Nos disgusta cualquier persona, creemos que los otros nos miran a toda hora, que nos juzgan, que están pendientes de nuestra ropa o nuestro corte de cabello. Luego desarrollamos un temor a comer en público, nos da taquicardia hablarles a los otros, reunirnos con ellos en una fiesta o en un salón de clase. Por ende, no podemos exponer un tema en una clase del colegio o de la universidad, no somos capaces de realizar una entrevista de trabajo y mucho menos de cumplir con una cita amorosa. Los otros nos disgustan, les tememos, nos acechan. No somos bellos, no nos vestimos bien, estamos muy gordos o muy delgados, no tenemos dinero, no somos de buena familia, somos poca cosa…
Lo que nadie explica es que las nuevas tecnologías están generando en los jóvenes tendencias fuertemente antropofóbicas. Creemos que el uso de un correo electrónico o de una red social es un procedimiento inofensivo, y no, el niño o el adolescente poco a poco van reemplazando la realidad externa por la virtual y pueden llegar a quedar atrapados en la segunda en detrimento de la primera. Es el caso de los hikikomori japoneses, que pasan hasta siete o diez años sin salir de sus habitaciones.
Miedo a los otros, terror a nuestros congéneres… Visto desde otro ángulo no parece un trastorno. Basta ver a unos cazadores degollando un venado, a un grupo de marinos acuchillando una ballena o abriendo el cráneo de una foca para empezar a tener miedo. Si a eso le sumamos imágenes de pesticidas, ríos contaminados, toneladas de basuras malolientes, pueblos enteros diezmados por las hambrunas en África, por el sida, por el Ébola, por las fiebres tropicales, ya el sudor frío empieza a tener un sentido profundo. Para rematar, basta cualquier escena de guerra (los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, los campos de exterminio nazis, las masacres de Vietnam, los bombardeos en Irak o en Afganistán) para que la posible enfermedad se transforme en un rechazo inteligente.
Por ello, una pequeña dosis de antropofobia es un acto de lucidez. La mentalidad gregaria, obediente, de rebaño, siempre será sospechosa. Quien respeta en exceso las reglas de la manada descubre tardíamente una verdad que le puede costar la vida: que estamos rodeados de bestias y caníbales de nuestra propia especie.

(Próximamente en Bacánika. com)

3 comentarios:

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  2. Volví a leer “Una escalera al cielo” en días pasados. Percibí mucha antropofobia en los cuentos, mucho desarraigo, un extremo dolor y una aterradora soledad. Una Bogotá llena de esos seres que no se tocan la piel, que no se miran a los ojos. Seres que se odian y se aman pero que siempre están cerca del abismo. También percibí mucha ternura. Hermoso libro. Espero nos regales otro próximamente. Saludos de una lectora.

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  3. Tal vez la naturaleza que algunos hemos desarrollado, la fobia a las instituciones y a la extrema organización, lo agreste de nuestros comportamientos, nuestra actitud reacia hacia una vida líneal y convencional sea ese rasgo que nos separa de la destrucción. Me explico, es tal vez eso en nuestro ADN que nos impide la reproducción. Y por lo tanto, consciente o inconscientemente, estamos saliéndonos de esa cadena de depredación delirante y macabra en que se ha convertido esta sociedad. Un abrazo, Mario, y aún recuerdo nuestra conversación en la Fiesta del Libro en Medellín, fue grandioso.

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