30 abr. 2012

Plegarias Nocturnas




Un acierto indudable de la novela Plegarias Nocturnas, la más reciente publicación de Santiago Gamboa, es su fuerza, su fluidez narrativa, su corriente ininterrumpida de voces que hablan y piensan y nos cuentan qué fue lo que sucedió. Una polifonía rítmica de la que ya hizo alarde este autor en su anterior novela, Necrópolis. Hay algo musical en este libro, una cierta obsesión coral. A Gamboa no le interesa un punto de vista, sino una visión caleidoscópica que gire, que viaje de sujeto en sujeto, un narrador que se desdobla, que es muchedumbre. Esa melodía multiplicada en varias voces está muy bien lograda. Parecería que detrás de esta polifonía hay un interés político. La voz única le parece al autor demasiado tiránica, militar, megalómana. Y entonces la subdivide en busca de una auténtica democracia participativa, de voces que son la voz del pueblo, la voz de ella, de él, de ti, de nosotros, de ustedes. Y en esa multiplicación se logra cruzar una sociedad de manera transversal, desde los jóvenes de la Universidad Nacional hasta los asesores presidenciales, pasando por escorts, ex reinas de belleza y tránsfugas entre los agentes estatales de seguridad. Lo musical es en Gamboa un asunto político.
La página en nuestra tradición hispanoamericana ha estado siempre muy vigilada moralmente. Se espera de una persona culta que sea decente, que no vaya a salir con groserías o vulgaridades de mal gusto. ¿Cómo liberar el cuerpo de esa vigilancia moral, cómo emanciparlo? Y aquí volvemos a una idea que nos conecta con la anterior. Para Gamboa el sexo no es sólo una gimnasia sensorial, un alarde de sibaritismo, sino un ejercicio político: ¿Cómo quitarle las cadenas a ese lenguaje mojigato, constreñido y apolillado para que pueda nombrar la fuerza libertaria del cuerpo emancipado? ¿Cómo se lleva a cabo esa sublevación? Y creo que es algo que el colombiano tiene muy arraigado como narrador y como artista: el sexo como praxis revolucionaria, como instante privilegiado en el cual escapa a toda restricción, a toda prohibición, a todo encarcelamiento. Las orgías con los agentes de seguridad, los encuentros sexuales juveniles, los moteles, la prostitución en Japón, los capítulos llamados Inter-Neta son instantes privilegiados en los cuales el lenguaje conquista el cuerpo, sus gemidos, sus fluidos, sus olores, y lo nombra. La democracia del músculo y el nervio. Nombrar el cuerpo en medio de una religión que ha quemado gente por eso no es fácil aún hoy en día. Ya no hay hogueras, pero sí hay un establecimiento social conservador que va a misa y que continúa haciendo la apología del cuerpo virtuoso, limpio, higiénico, casto, la apología de la conyugalidad y la familia. Y en medio de esas restricciones, de esa vigilancia, de ese espionaje delirante y obsesivo, los personajes de este escritor son admirables momentos de libertad, instantes en los cuales la mojigatería bienpensante no puede meter en cintura a esas voces concupiscentes y lujuriosas.
En una propuesta que viene desde el Síndrome de Ulises, en el sentido de contar el viaje de un Odiseo tercermundista que atraviesa un reino que se desmorona (el Primer Mundo), ahora, en Plegarias Nocturnas, asistimos al viaje de Penélope, de una Molly Bloom que cuando sale de casa deviene escort, dama de compañía, puta, esclava, meretriz torturada. Si el viaje de este nuevo Ulises termina en un sótano lavando platos a la madrugada o en un centro de salud convulsionando, el de esta Penélope africana, rumana o latinoamericana termina en el burdel, en la calle buscando clientes o en moteles malolientes ebria, intoxicada de cocaína y heroína, rociada de semen.
 Finalmente, creo que esta novela propone algo que no hemos querido aceptar como sociedad: el origen de nuestra violencia no está afuera, en el narcotráfico o el terrorismo, sino adentro, en el establecimiento mismo, en la familia, en la política, en el colegio, en el Estado. El arribismo, el clasismo, la segregación social, el racismo, la envidia, todas esas son las verdaderas fuerzas oscuras que están aniquilando civilmente a la sociedad contemporánea, y que no queremos reconocer por el simple hecho de que deberíamos hacer un examen de conciencia y llegar a una conclusión tremenda: el origen de la violencia somos nosotros mismos. La voz coral de Plegarias Nocturnas termina con un estribillo que nadie quiere escuchar: todos somos responsables.

(Próximamente en Bacánika.com)



Primer Encuentro de Narradores en la Universidad Javeriana 
Homenaje a R. H. Moreno-Durán
Mayo 2-3-4
Coordinación: Luz Mary Giraldo
Mayo 2, miércoles: Lina Maria Perez, Roberto Burgos, Mario Mendoza
Mayo 3, jueves: Parra Sandoval, Miguel Mendoza, Sergio Ocampo
Mayo 4, viernes: Guido Tamayo, Antonio García, Ricardo Silva, Mónica Sarmiento
De 11 AM- 13 PM
Entrada libre
Edificio 2 (Baron) Sala 209

23 abr. 2012

Superhéroes




Son gente del común, ciudadanos que estudian, que trabajan, que hacen turnos en una librería o en un almacén de ropa. Un día, cansados de la rutina, de cierta frivolidad que se va imponiendo de mala manera en las acciones más cotidianas como cocinar, ir al baño, o pagar las facturas, estas personas deciden convertirse en otras, inventarse un alter ego, transformarse en un superhéroe que, de alguna manera, es superior a ese ser banal y miserable de la vida rutinaria de todos los días.
Por ejemplo, Phoenix Jones es un muchacho de 22 años que vive en Seattle. En el día trabaja en una tienda de cómics y se la pasa leyendo historietas y hablando sobre ellas con los clientes. En la noche, entonces, se transforma en el gran Phoenix Jones y sale a vigilar las calles a ver quién necesita una ayuda. Se mandó hacer un traje de goma a prueba de balas y anda armado con una pistola de descargas eléctricas y un spray de gas mostaza.
Pero Jones no es el único. Están también DC Guardian, Citizen Prime, Knight Vigil o el antiguo y flacuchento toxicómano Crimson Fist. Algunos de ellos han recibido entrenamiento militar, defensa personal e incluso hay expertos en artes marciales mixtas. Viven en apartamentos con escasa luz, son gente de clase media que cuenta monedas a finales de cada mes y ninguno de ellos es un yuppie exitoso ni un hombre de negocios adinerado. Es la clase trabajadora dura que tiene problemas en los bancos para pedir un préstamo y que los últimos días de mes no tiene con qué hacer mercado. Sin embargo, más allá de esa crudeza y de esa escasez que los atosiga sin descanso, ellos han logrado ir un paso más allá y convertirse en seres que antes sólo habitaban en los cómics. Incluso varios se han agrupado en una legión: Real Life Super Heroes (súper héroes de la vida real), y se reúnen cada mes para intercambiar estrategias, ideas y proyectar ataques conjuntos al hampa de sus respectivas ciudades.
Me encantan. Escribir un libro sobre ellos sería algo fascinante. Saber cómo fue su niñez, quiénes eran sus padres, cómo los trataban en el colegio, cuándo y cómo y de quién se enamoraron la primera vez. Saber cuánto ganan, quiénes son sus jefes en el trabajo, de qué enfermedades sufren, qué les gusta cocinarse cuando están solos en sus apartamentos, en pijama, recién levantados un sábado o un domingo después de una noche intensa de patrullaje.
Imposible no recordar a Don Quijote en los primeros capítulos, cuando un vecino lo recoge todo apaleado y le dice que sabe quién es él, el granjero Alonso Quijano. Y Don Quijote responde con mucha dignidad:
- No me diga quién soy, que yo sé muy bien quién soy y quién puedo llegar a ser.

(Próximamente en Bacánika.com)

16 abr. 2012

FERIA DEL LIBRO DE BOGOTÁ 2012




Una invitación muy especial para todos a la feria del libro de Bogotá, que empieza esta semana. Les anexo los días y las horas en que estaré en presentaciones de libros, mesas redondas, o en firmas de libros, por si quieren pasar en algún momento y que nos saludemos.

Firmas de Libros: 

Sábado 21 de abril. Pabellón 6, Stand 1, Editorial Planeta, de 5:00 pm a 6:00 pm.

Sábado 28 de abril: Pabellón 6, Stand 1, Editorial Planeta, de 3:00 pm a 4:00pm. Y Pabellón 6, Stand 3, Editorial Planeta, de 4:00 pm a 5:00 pm.

Domingo 29 de abril: Pabellón 6, Stand 1, Editorial Planeta, de 2:00 pm a 3:00 pm. Y Pabellón 6, Stand 3, Editorial Planeta, de 3:00 pm a 4:00 pm.

Presentaciones de Libros.

Densho Quintero, El despertar Zen, Sábado 21 de abril, 1:00 pm, Salón León de Greiff. Estaremos conversando con Densho sobre budismo zen y su nuevo libro. Los que no alcanzaron a ir a la Javeriana, ésta puede ser una buena oportunidad para escucharlo.

Roberto Ampuero, El último tango de Salvador Allende, Sábado 21 de abril, 3:15 pm, Salón Manuel Mejía Vallejo. Estaré conversando con Ampuero, quien ahora está de embajador de Chile en México, sobre su más reciente novela.

María Paz Ruíz, Soledad (Una colombiana en Madrid), Domingo 22 de abril, 2:00 pm, Salón Jorge Isaacs. Esta es la primera novela de esta escritora y será un verdadero placer conversar con ella acerca de esa protagonista suya que recorre las calles españolas mientras a su alrededor todo un mundo se desmorona.

Samanta Schweblin, Pájaros en la boca, Viernes 27 de abril, 6:00 pm, Salón María Mercedes Carranza. Este es el primer libro de esta escritora argentina en Colombia. Hablaremos sobre sus cuentos y su particular estilo.

Mesas Redondas:

Lunes 30 de abril, 6:00 pm, Salón José Eustasio  Rivera. La literatura y los bajos fondos. Con Tabajara Ruas y Marcel Ventura.

El tedio, el hastío




 Con el Romanticismo aparece una ruptura, una fragmentación de la conciencia que se prolonga hasta nuestros días. Algo se quiebra en el espíritu del hombre moderno occidental, algo se resquebraja para siempre. Nunca más volveremos a ser los mismos. La formación de los Estados modernos europeos, la negación de los derroteros que trazaba la revolución industrial, Napoleón y sus campañas, o la pérdida de una amistad entre artista y sociedad, son algunos de los sucesos que rodearon este movimiento. Pero esa ruptura de conciencia ha sido el legado más cruel y duradero que nos ha dejado el Romanticismo. Lo percibimos en Ernest Theodor Amadeus Hoffman o en “Marginalia” de Edgar Poe. Y fue necesario que creáramos formas literarias que expresaran esa ruptura, como el poema en prosa o el fragmento.
     En El Spleen de París de Baudelaire, el poema en prosa adquiere una connotación significativa. El libro de Baudelaire busca una forma que se adapte a los avatares de la vida moderna, y sobre todo una forma que pueda aprehender la experiencia de la ciudad. Dice Baudelaire: “De la frecuentación de las ciudades enormes, del encuentro de sus innumerables relaciones, es de donde nace este ideal  obsesionante”. El poema en prosa baudelairiano nos habla del recorrido a través de la ciudad, de múltiples instancias que se relacionan todas ellas entre sí sin perder cada una su propia independencia. Es el testimonio de un ciudadano que ha entrenado sus facultades hasta alcanzar una delicada percepción con respecto al entorno urbano. 
Entre otras razones, la modernidad literaria se inaugura con Baudelaire no sólo por sus nuevos postulados estéticos, sino también por la particular relación que hay entre el sujeto y la ciudad en este texto. Podríamos distinguir una poesía del aquí y ahora en El Spleen de París. Esto es, lo urbano obliga a una reflexión sobre el instante, sobre la discontinuidad de la ciudad. Es por ello que Baudelaire se ve obligado a fragmentar el discurso poético para que la ciudad pueda hablar, expresarse en la discontinuidad verbal. Así, tenemos una emoción poética enfrentada a una temporalidad urbana.
     Lo angustioso es que la discontinuidad (tanto urbana como formal en los poemas) nos expresa una fragmentación de la conciencia. La pregunta es: ¿Qué hay entre fragmento y fragmento? ¿Qué hay entre pensamiento y pensamiento? ¿Qué hay entre mí y mí? La respuesta de Baudelaire: el spleen, el ennui, el tedio, el cansancio, el hastío, la fatiga de sí mismo. Las grietas, las hendiduras de la conciencia baudelairiana nos hablan de algo que más tarde se llamaría “el mal del siglo”, es decir, el hombre que se convierte en nadie para sí mismo y para los otros, el hombre de la multitud, el ninguno, el extranjero. 
El siglo XX le dará verdadera carta de identidad a este pathos: personajes amnésicos, catatónicos, sin nombre, sin proyecto de vida. Hemos perdido el rostro: estoy por fuera de la rostridad, eres nadie, somos cualquiera. Ya no estamos ni en un lenguaje unívoco, ni en un lenguaje multívoco o polisémico, ni tampoco en una relación sublime donde el sujeto está atrapado en el objeto. Estamos frente a una conciencia que deriva de significante en significante sin alcanzar nunca un significado. Ya no hay una travesía hacia el sentido. El sujeto contemporáneo vagabundea sin hallar nunca el sentido. Es una mirada que no tiene a dónde ir o que va a todas partes. Estamos extraviados y nadie quiere reconocerlo…

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10 abr. 2012

Una sociedad enferma




Hace poco los usuarios del sistema de transporte TransMilenio, desesperados de tantos atropellos, destrozaron algunas de las estaciones. Los medios y la intelectualidad de clase media y media alta, que nunca viajan en transporte masivo, salieron a decir que era el colmo que estudiantes salvajes y enfurecidos destruyeran de esa manera bienes públicos. Sí, tienen razón, no hay duda: esa situación es inadmisible. Pero lo curioso es que se fijen sólo en ese lado del asunto y no en el otro: una administración urbana que durante años ha ejercido violencias exageradas en contra de los ciudadanos. Basta usar TransMilenio un día en la hora pico para llegar a la casa exhausto, manoseado, insultado, atracado, agredido de manera brutal. Los trabajadores y los estudiantes han soportado esa situación durante semanas, meses y años. Son humillaciones diarias, atropellos, pérdidas de la dignidad personal sin que nadie repare a las víctimas, que no sólo soportan los sueldos de hambre y la violencia laboral, sino que encima de eso tienen que aguantar la falta de aire dentro de los buses, a los ladrones que meten mano en los bolsillos y los morrales, a los pervertidos que se masturban restregándose contra los cuerpos de secretarias y estudiantes. ¿Y eso no nos parece brutal y salvaje? ¿Por qué eso no nos indigna, por qué no lo denunciamos, por qué no protestamos en artículos y columnas en contra de un sistema que les hace eso a sus ciudadanos todos los días?
No me canso de decirlo: uno de los mayores problemas que enfrenta en este momento la sociedad occidental es creer que la violencia viene de afuera, que se encuentra allá, al otro lado del muro, donde unos marginales resentidos, unos bárbaros o unos fanáticos religiosos están agazapados esperando para atacarnos. Basta pasar por cualquiera de los controles de seguridad de un aeropuerto internacional para percibir de inmediato el miedo, la paranoia general con respecto a unos terroristas invisibles que, se supone, están camuflados entre nosotros aguardando el momento oportuno para masacrarnos. Gran error. La violencia más efectiva y peligrosa está aquí, entre nosotros mismos, y precisamente por no saber detectarla, por no percibirla de manera correcta, por negarnos a hacer un examen de conciencia, es que está empezando a extenderse de manera indiscriminada. Nuestro mayor peligro no es un ataque terrorista, sino la violencia cotidiana que ejercemos sobre los otros: el racismo, la segregación, la violencia intrafamiliar, el desempleo, el estrés laboral, el clasismo, la arrogancia y la pedantería, el desprecio. Son miles las formas de micro-violencias que nuestra sociedad practica día a día sin el menor reparo. Sumado a ello está el hecho de que la apología del éxito y la presión que soportan los estudiantes y los empleados por ser triunfadores y adinerados es tal, que muchas veces les castran sus mayores habilidades y les impiden liberarse del yugo esclavista del sistema.
Como si esto fuera poco, las autopistas de información, que en un principio nos dieron la impresión de que estábamos comunicados con el mundo entero, han empezado a presentar un proceso de reversibilidad, es decir que, a mayores posibilidades de comunicación, menos nos comunicamos y más encerrados y más solos estamos. Miles de jóvenes adolescentes son adictos a los celulares y a Internet, y les cuesta trabajo socializar, relacionarse con los otros, conversar, abrazar, amar. ¿Y quién nos explica que pertenecemos a un sistema que es violento desde sus entrañas mismas? ¿Quién nos está dando una voz de alerta? ¿Cuándo aceptamos que nosotros mismos practicamos en nuestra cotidianidad estas formas de violencia y de crueldad? ¿No tenemos que vivir todos los días en medio de las agresiones y los insultos de una sociedad enferma y déspota?

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5 abr. 2012

El príncipe despierto




Dos noches fueron las definitivas en la vida del príncipe Siddharta Gautama, quien luego la posteridad llamaría el Buda, el iluminado, el resplandeciente, el despierto. Durante toda su niñez y su juventud el príncipe vivió en el palacio de su padre, se dedicó al gozo alejado de todo sufrimiento, a la dicha, al placer de los sentidos y al aprendizaje de las antiguas tradiciones. El rey, temiendo una profecía que decía que su hijo podía llegar a ser un gran líder religioso, lo alejó de la realidad externa, del mundo de los hombres, y le brindó un paraíso artificial al interior del palacio donde no le faltó nada, donde nada lo entristeció jamás.
No es difícil imaginar al joven Siddharta feliz, sonriente, atlético, caminando por los corredores del palacio, por los jardines, disfrutando de manjares y baños aromáticos. Luego llegaría el deseo, la fuerza de la carne, el sexo. Seguramente tuvo para sí a las mujeres más bellas del reino, que estarían felices de compartir la cama del príncipe las veces que él así lo solicitara. Pero la piel es tramposa, construye celadas, crea cercos, asfixia. Siddharta debió refinar sus sentidos día tras día, debió entrenar su cuerpo en todas las técnicas amatorias posibles, debió despertar miles de madrugadas entre pieles acaneladas, entre cabelleras exuberantes, entre sonrisas femeninas perfectas y deslumbrantes. Al principio quizás le pareció un juego, un deporte sensorial, una gimnasia para mantenerse en forma y con el ánimo entusiasta. Luego es fácil imaginarlo satisfecho, saciado, pleno hasta el hastío, ahogado en el exceso de placer, mirando por la ventana del palacio en busca de algo más que estaba allá, detrás de esos muros imponentes y magníficos. Porque la carne esconde detrás de su magnificencia una fatiga que acorrala y que quita el aliento.
Entonces llegó el amor, la obsesión por una sola mujer, el sueño de una dicha más plena y completa. El joven príncipe se casó, se entregó a la rutina conyugal, a la costumbre. Se domesticó. Dio un pasó más allá y dejó a su amada embarazada. Tuvo un hijo y conoció la alegría de la paternidad, esa especie de tierna embriaguez que emociona al padre hasta el llanto cuando tiene a su hijo bebé entre los brazos. Tal vez por esta época de comodidad casera el antes esbelto príncipe se convirtió en un aristócrata barrigón, perezoso y complaciente consigo mismo.
Y entonces llega la primera noche magnífica, esa que partiría su vida en dos de un modo irremediable: se acercó a una de las innumerables ventanas del palacio y depositó su mirada otra vez allá, al otro lado de las murallas, al otro lado de esas enormes paredes que ahora le parecieron las rejas de una prisión. Y decidió salir, decidió cruzar ese útero que era el reino familiar, decidió nacer. Benditas sean todas aquellas noches en que los hombres deciden ir más allá de los límites establecidos.
Y Siddharta da la orden de que le abran las puertas de la fortaleza que rodea el palacio y sale al encuentro con los otros. El golpe es brutal, demoledor. Ni los placeres conocidos, ni el amor conyugal, ni la poderosa empatía que siente por su hijo se comparan con ese dolor que le atraviesa el cuerpo y la psique cuando conoce la pobreza, la necesidad, la escasez, la ceguera, la parálisis, la lepra, la vejez, la muerte.
Siddharta no volverá nunca más a ser el príncipe feliz, el privilegiado, el sibarita. Decide abandonarlo todo: el palacio, a su esposa, a su hijo, a su padre. Tiene 29 años y ya sabe que al otro lado de la auto-satisfacción hay algo más: los otros. A la mañana siguiente se rapará la cabeza y cruzará la fortaleza arropado únicamente con la túnica amarilla de los mendicantes. Conmovido por la fuerza de los humildes, dirá entonces con la voz apagada:
- No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.
Durante varios años Siddharta buscará afanosamente cómo escapar de los apegos. Será un asceta, un santón, un melenudo y barbado que recorre los caminos en busca de esa fuerza que lo saque de sí mismo, que lo lleve más allá del cuerpo y de una psique engañosa, falible, atrapada en la ilusión. ¿No hemos sentido todos, acaso, el cansancio de ser nosotros mismos, la extrema fatiga de permanecer en la misma persona, de tener siempre el mismo rostro, la misma voz, los mismos gestos? El ahora príncipe mendigo, Siddharta El Menesteroso, se sentará durante horas en posición de meditación a la espera de esa liberación. Y así pasará varios años entre ascetas y maestros espirituales buscando esa zona de indeterminación que lo atraviesa y lo supera. A los que quieran escucharlo, les dirá:
- Por pequeño que sea un apego, te mantiene atado.
Un día, cuando ya se encuentra muy débil, somnoliento, ido, escucha a un maestro de cítara decirle a su estudiante que debe tener cuidado con las cuerdas del instrumento, porque si están muy flojas no suenan, y si están muy tensas se rompen y todo se echa a perder. Para que aparezca la música, para que el instrumento alcance su plenitud, la cuerda debe estar templada en su punto. Siddharta se da cuenta de que el exceso de ascetismo es similar al exceso de placer: los extremos se parecen, se rozan, se reflejan el uno al otro. Hundirse en la vida es similar a negarla: en ambos costados está uno atrapado en aquello que afirma o que niega, depende de, está sujeto a, permanece encarcelado.
Y viene la segunda noche extraordinaria de Siddharta. Decide sentarse debajo de un árbol sagrado y quedarse allí inmóvil hasta hallar la respuesta. Morir no le preocupa. Es una ilusión más. Pasan los días y las noches, hace sol, llueve, la gente va y viene, y él permanece quieto debajo de las ramas, ahondando, atravesando, cruzando las barreras más recónditas de ese hombre que se llama Siddharta Gautama. Bienaventurados todos aquellos que van más allá de sí mismos.
El hambriento y sediento Siddharta intuye una verdad revelada y por fin despierta, se ilumina, escapa a la rueda de la vida y la muerte, halla el camino del medio, se convierte en el Buda. Ni afirmar ni negar, ni aferrarse ni escapar, ni el placer excesivo ni el ascetismo, ni el hambre ni la saciedad, ni identificarse consigo mismo ni huir de sí mismo. La vía del medio.
Despertar es un estado súbito, es algo que se intuye, es una epifanía que no se logra mediante inducciones, ni largos estudios, ni complicadas teorías. Es un instante privilegiado en el que el aprendiz capta el vacío de todo, incluso de sí mismo. Piensa, sí, está atravesado por sensaciones, sí, oye, siente frío, recuerda, suspira, desea, pero no niega ni se identifica con esos pensamientos, con esas sensaciones, con esos recuerdos, con esos deseos.
Si no hay apego no hay sufrimiento, si se acepta la impermanencia todo se percibe como movimiento y transformación, todo es tránsito, caducidad, finitud y metamorfosis. Es así como el príncipe Siddharta, después el mendigo Siddharta y finalmente el asceta Siddharta se convirtió en el Buda. Tenía entonces 35 años y dedicó el resto de su vida a enseñar que toda vida es insatisfactoria, y que el origen de esa insatisfacción es el anhelo, la ilusión, el apego. Por lo tanto, la desactivación del sufrimiento está en no aferrarse, en disfrutar la música de la existencia sin soltar ni templar la cuerda en exceso. En repetidas ocasiones les dijo a sus discípulos:
- El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.
Después de las tribulaciones del sabio príncipe Siddharta muchos otros han sido Budas también. Él fue el primero, el que mostró el camino, pero no el único. Desde entonces, a lo largo de los siglos, varios otros buscadores, sentados en posición de meditación, han hallado la budeidad, el despertar. Bella búsqueda y muy noble destino, quizás el más excelso de todos.

4 abr. 2012

Entrevista a Antanas Mockus




Es una tarde gris y lluviosa. Antanas da la impresión de un individuo atrapado en una mente brillante que suele jugarle malas pasadas. Empezamos a hablar de cómo se ve Colombia desde el extranjero, cuando uno está lejos, cuando le hace falta. Me cuenta que cuando regresó de Francia duró un año y medio desubicado sin saber muy bien qué hacer, a qué dedicarse. Dirigió un coro, un grupo de baile lituano, montó una obra de teatro para niños y averiguó para irse de maestro a un pequeño municipio. Poco a poco la conversación llega a un problema que me interesa sobremanera: el de una sociedad colombiana en la cual los hijos crecen con sus padres hombres ausentes.

- ¿Por qué hay una obsesión en usted con la autoridad y la ley?

AM – Recuerdo una de mis peores noches en Francia: había utilizado el baño y olvidé bajar el agua, y un empleado de la universidad me dijo “usted allá en su país puede dejar el baño así, pero aquí no”. Y yo lloré humillado en mi nacionalidad. Como colombiano sentí que había hecho quedar mal a mi país. Pero también me dije: cuántos años pasarán en Colombia hasta que un trabajador de una universidad se atreva a decirle a un muchachito “baje el agua que yo no estoy aquí para bajarla por usted”. Más tarde, cuando ya estoy en la Universidad Nacional, leo a Foucault y sus análisis críticos de la disciplina me parecen muy adaptados al mundo francés, donde hay un control social excesivo. Y mi impresión franca y sincera es que en Colombia estamos a kilómetros luz de necesitar una crítica radical de la omnipresencia del Estado, de su omnipotencia o de su carácter insidiosamente autoritario. Y es entonces cuando formulo una idea que será clave a todo lo largo de mi carrera: que yo voy a ayudar a fortalecer el Estado colombiano para que mis hijos, o mis nietos, puedan ser anarquistas. Cuando hay un Estado generalizado de poca obediencia a la ley, la desobediencia civil se vuelve un chiste.

- ¿Sí hay una relación, como afirman muchos psicoanalistas, entre el padre ausente y la incapacidad para aceptar la ley del Estado?

AM - Estudié en la Francia de Mayo del 68, en el corazón de la contracultura. Pertenezco a una generación que tiene una relación ambivalente con el matrimonio. Vivíamos muertos del susto de casarnos algún día, y algunos nos casamos hasta dos veces. Nos valíamos de lecturas extrañas de la antipsiquiatría para justificar algo que otros podían leer como formas sofisticadas de machismo. En el ambiente en que yo me moví la forma convencional de la familia estaba en crisis. Y crecí con una madre con una personalidad muy fuerte. No hay que generalizar. Hay madres que asumen responsabilidades de un modo más estricto que los hombres. Y no hay que olvidar la consigna: quien da el amor está más cerca de poder dar más fácilmente la norma.

Lo que más sorprende de Antanas son sus largos silencios, en los cuales parecería que el pensamiento cuaja, que madura, que termina de completarse a sí mismo. Son silencios dicientes, lúcidos, muy reflexivos. Su transparencia es conmovedora. Recuerdo que es hijo de una artista y que creció entre bocetos, pinturas, arcillas y cerámicas.

- ¿Una educación estética ayuda a sensibilizar al ciudadano, lo convierte en un individuo más cuidadoso con el otro, más amoroso, menos agresivo, más solidario?

AM – El ser humano es integral, pero es multidimensional. La pelea que libra un joven para construirse una identidad en el terreno amoroso es clave. Mientras uno no ha pasado por una relación amorosa intensa es como un papel fotográfico al que nunca han pasado por un revelador. Uno no sabe bien quién es hasta que no ama. En la pareja, muchas veces, se pone en juego el destino social. Aunque en algo hemos cambiado, seguimos siendo una sociedad mojigata. Y hay que encontrar un lenguaje respetuoso, pero no apolillado, para hablar de los afectos y los amores. Cuando me dieron el doctorado en París Honoris Causa propuse algo que puede sonar descabellado: hay una cantidad de gente que está en la cárcel desesperada con esa condición, entonces que las autoridades permitan reemplazos, pero sólo por estudiantes de filosofía. Que la práctica de un estudiante de filosofía pueda ser dos semanas, o dos meses de cárcel para descontarle la pena a otro recluso.

- ¿Cómo llega un hombre como Luis Carlos Restrepo, experto en este tema y cuyos libros fueron tan reveladores, a ser un perseguido por la justicia?

AM - Aquí se ve el vértigo de la cultura del atajo en Colombia. El tema de los resultados. Yo mismo fui educado en una bajísima tolerancia a la frustración, pero a veces toca aguantársela. Uno quiere algo, y no, la vida le dice que no. Tocaba mostrar que había una desmovilización de las FARC y se estuvo dispuesto a simularla. Cuando apareció el escándalo de la Yidis-política, en una carta que no era ni siquiera hiriente, yo le pedí la renuncia a Uribe. Le escribí algo así como: con el testimonio tan nítido de Yidis, usted le haría un enorme favor al país diciendo: ya hice la mayor parte de mi tarea. Mis colaboradores me han puesto en una situación incómoda. Me doy cuenta de que estoy aquí por medio de una maniobra ilegal. Tiro honestamente la toalla, y así en Colombia nunca más habrá oferta de puestos para que un congresista vote de un modo u otro. Uribe tuvo entre sus manos la cura definitiva del clientelismo.

La contradicción de Antanas salta la vista: es un humanista de la contracultura de Mayo del 68, un pensador acostumbrado a los bordes, a los márgenes, que sin embargo está atravesado por fuerzas que van hacia el centro, hacia el poder, hacia el corazón del establecimiento. Quizás por eso elude todo el tiempo ciertas responsabilidades que tiene como líder, como dirigente político.

- La Ola Verde, un movimiento de gran envergadura en su momento, ya no está liderado por el Partido Verde. Y usted se niega a aceptar esa dirigencia. ¿Por qué? ¿Qué pasa entonces con esos 3.5 millones de votantes?

AM – Hay algo raro, humillante, en que uno diga que es el mejor durante semanas y meses. La innovación que logramos con Peñalosa y con Lucho fue proponer que ninguno saliera a hacerse campaña a sí mismo. Tener que participar en una conversación con tiempos cronometrados, y pitos y luces que se encienden, es, por lo menos, un comportamiento que busca infantilizar. Ese trabajo en equipo es muy distinto del debate televisivo, que es como gallitos de pelea, cada uno con su grupo de asesores. Yo tuve, entonces, una especie de pre-primera vuelta ideal e innovadora, algo que no se repitió después. Con respecto a Peñalosa, por ejemplo, creo que él nunca asimiló cuánto lo he admirado y cómo esa absurda historia de Uribe nos envenenó el vínculo.

- Pero usted aceptó las reglas del juego. Y fue elegido. ¿Entonces?

AM - Ya inmerso en la segunda vuelta me asusta que en mi campaña hay una actitud, que yo comparto racionalmente, en el sentido de que debo ser más agresivo. Y Santos, que de algún modo se las huele, o su equipo las adivina o se informa bien, me responde inteligentemente sobre ese punto diciéndome que prefiere el Mockus I (el pedagogo, el humanista) al Mockus II (el candidato agresivo). Y está el episodio instantáneo de 10 o 15 segundos en el cual tengo la mente en blanco, y me dejo asustar por mi propio silencio. También hay peleas que entablo con Santos a medias. En el mismo debate en que me quedo callado mencionan las conversaciones donde él había defendido a ultranza los diálogos con las FARC. Yo quería aludir a ese hecho, no para descalificarlo, sino para decirle al electorado que podía estar tranquilo porque yo sería más firme con las FARC que lo que había sido Santos.

- ¿No cree usted que cuando pasó a la segunda vuelta hizo falta un discurso serio, un saludo amistoso y democrático a Santos y a los electores de él? ¿No era el momento de demostrar afecto y respeto por los otros, en lugar de esos cantos y esas arengas que lo ponían a usted en la posición de un gurú y no de un estadista?

AM - Sí. Lo que pasa es que una de mis colaboradoras me dice que la gente está muy achantada y que le levante el ánimo. Entonces yo me concentro mucho en el público que está presente en el Centro de Convenciones y desconozco el público más reflexivo, más frío o más expectante que está a lo lejos. El respaldo a un candidato tiene componentes muy racionales, pero tiene también componentes muy emotivos. A mí, le confieso, llega a asustarme ese grado de empatía. Que la gente lo quiera a uno tanto es maravilloso, pero también es peligroso.

- ¿Se arrepiente de haber perdido?

AM - Yo tendría un gran cargo de conciencia si el gobierno de Santos fuera malo. Creo que la sociedad piensa que es un gobierno bueno. Seguramente hay cosas por mejorar, obviamente. Frente a las opciones que traíamos ha significado una mejora de la institucionalidad. Si fuera un gobierno desastroso, yo estaría sufriendo montones.

Al final, sospecho que perder en la segunda vuelta de las elecciones a la Presidencia de la República fue una decisión, conciente o inconsciente, que lo atravesó de un modo tan contundente, que no le dejó un margen para maniobrar. Pero que le regresó, al mismo tiempo, su imagen más preciada: la del Mockus I.



2 abr. 2012

El cuerpo grotesco




Mijaíl Bajtín nos pone en contacto con el cuerpo de las carnestolendas medievales. Cuerpo-juerga, cuerpo de la plaza pública, cuerpo-disfraz. Bien sea en la fiesta del asno, en las fiestas de la vendimia o en las carnestolendas propiamente dichas, el hombre medieval sale a las callejuelas, a la plaza, e instaura una no-oficialidad opuesta a la iglesia y al estado feudal. Lo importante es que el carnaval ignora toda distinción entre actores y espectadores. Como lo dice el propio Bajtín, el carnaval no es una representación, sino una vivencia, se ubica en el umbral entre el arte y la vida. Es la vida misma sin fronteras espaciales, pues no hay un escenario que lo delimite: acontece en la vía pública, en la plaza. Ya no se es funcionario, clérigo o sabio: devenimos “otro” en el ámbito del cuerpo carnavalesco. Ese cuerpo que está acostumbrado a entonar el canto gregoriano en la oficialidad medieval, de pronto, en el carnaval, deviene cuerpo-sonrisa, cuerpo-travesti que ríe, cuerpo-ebrio que se mueve a trompicones, cuerpo saturado de grasa y alcohol que instaura una democracia inapelable: la democracia de la carne, la igualdad del músculo y el nervio.
     Este principio renovador del cuerpo lo llama Bajtín el principio de la vida corporal y material. En el carnaval, una de sus características principales son las imágenes libres del cuerpo, de orinar, de defecar y de la vida sexual. No ya el cuerpo en secreto reconciliándose con sus humores y sus líquidos, el cuerpo en la intimidad y la prohibición, sino el cuerpo ejecutando esa reconciliación afuera, en la calle, junto a otros cuerpos. Se rompe la frontera entre lo privado y lo público, y en esas imágenes ve Bajtín un carácter positivo y afirmativo de la vida. Luego ese principio corporal y material se exagerará, se agigantará y crecerá desmesuradamente en busca de una “abundancia utópica”. Glúteos enormes, senos grandes y voluminosos, penes largos y rollizos... Comienza entonces lo que Bajtín denomina el realismo grotesco.
     Este cuerpo del carnaval no está aún jerarquizado ni gobernado por políticas que pretenden someterlo y esclavizarlo. Por ejemplo, hay una degradación de lo sublime por medio de la cual lo alto y lo bajo, en su sentido topográfico, se unen. Lo alto, imagen del cielo dice Bajtín, de lo sublime, está representado en el cuerpo por el rostro (lo alto del cuerpo y única parte donde se permite la desnudez); lo bajo, imagen de la tierra y de la tumba, está representado por el vientre, los órganos genitales, lo glúteos y el ano. En la degradación del realismo grotesco se entra en comunión con la vida gracias a la parte inferior del cuerpo.
     Pero este cuerpo que aún no ha sido censurado y dividido, después del Renacimiento será un cuerpo pulido y limpio, cuantificado con pulcritud, medido, estructurado minuciosamente. Los cuerpos de los desnudos del Renacimiento no huelen, no conocen la embriaguez, no fornican, son geometría, matemática, pura abstracción. Cuerpos para moralistas. La estética de la belleza aérea y casta reemplaza la estética de lo grotesco que apelaba a la vida y a la muerte en medio de la risa. Ese cuerpo virginal e inmaculado, aséptico, es el cuerpo de la publicidad, el cuerpo soft, el cuerpo light de la pantalla televisiva, de la pasarela y del gimnasio. Sublimación, cobardía, anorexia, pura depresión. Sospechoso.
Por eso hay que evocar con mayor frecuencia el cuerpo grotesco y magnífico del carnaval medieval.

(Próximamente en Bacánika.com)