4 abr. 2012

Entrevista a Antanas Mockus




Es una tarde gris y lluviosa. Antanas da la impresión de un individuo atrapado en una mente brillante que suele jugarle malas pasadas. Empezamos a hablar de cómo se ve Colombia desde el extranjero, cuando uno está lejos, cuando le hace falta. Me cuenta que cuando regresó de Francia duró un año y medio desubicado sin saber muy bien qué hacer, a qué dedicarse. Dirigió un coro, un grupo de baile lituano, montó una obra de teatro para niños y averiguó para irse de maestro a un pequeño municipio. Poco a poco la conversación llega a un problema que me interesa sobremanera: el de una sociedad colombiana en la cual los hijos crecen con sus padres hombres ausentes.

- ¿Por qué hay una obsesión en usted con la autoridad y la ley?

AM – Recuerdo una de mis peores noches en Francia: había utilizado el baño y olvidé bajar el agua, y un empleado de la universidad me dijo “usted allá en su país puede dejar el baño así, pero aquí no”. Y yo lloré humillado en mi nacionalidad. Como colombiano sentí que había hecho quedar mal a mi país. Pero también me dije: cuántos años pasarán en Colombia hasta que un trabajador de una universidad se atreva a decirle a un muchachito “baje el agua que yo no estoy aquí para bajarla por usted”. Más tarde, cuando ya estoy en la Universidad Nacional, leo a Foucault y sus análisis críticos de la disciplina me parecen muy adaptados al mundo francés, donde hay un control social excesivo. Y mi impresión franca y sincera es que en Colombia estamos a kilómetros luz de necesitar una crítica radical de la omnipresencia del Estado, de su omnipotencia o de su carácter insidiosamente autoritario. Y es entonces cuando formulo una idea que será clave a todo lo largo de mi carrera: que yo voy a ayudar a fortalecer el Estado colombiano para que mis hijos, o mis nietos, puedan ser anarquistas. Cuando hay un Estado generalizado de poca obediencia a la ley, la desobediencia civil se vuelve un chiste.

- ¿Sí hay una relación, como afirman muchos psicoanalistas, entre el padre ausente y la incapacidad para aceptar la ley del Estado?

AM - Estudié en la Francia de Mayo del 68, en el corazón de la contracultura. Pertenezco a una generación que tiene una relación ambivalente con el matrimonio. Vivíamos muertos del susto de casarnos algún día, y algunos nos casamos hasta dos veces. Nos valíamos de lecturas extrañas de la antipsiquiatría para justificar algo que otros podían leer como formas sofisticadas de machismo. En el ambiente en que yo me moví la forma convencional de la familia estaba en crisis. Y crecí con una madre con una personalidad muy fuerte. No hay que generalizar. Hay madres que asumen responsabilidades de un modo más estricto que los hombres. Y no hay que olvidar la consigna: quien da el amor está más cerca de poder dar más fácilmente la norma.

Lo que más sorprende de Antanas son sus largos silencios, en los cuales parecería que el pensamiento cuaja, que madura, que termina de completarse a sí mismo. Son silencios dicientes, lúcidos, muy reflexivos. Su transparencia es conmovedora. Recuerdo que es hijo de una artista y que creció entre bocetos, pinturas, arcillas y cerámicas.

- ¿Una educación estética ayuda a sensibilizar al ciudadano, lo convierte en un individuo más cuidadoso con el otro, más amoroso, menos agresivo, más solidario?

AM – El ser humano es integral, pero es multidimensional. La pelea que libra un joven para construirse una identidad en el terreno amoroso es clave. Mientras uno no ha pasado por una relación amorosa intensa es como un papel fotográfico al que nunca han pasado por un revelador. Uno no sabe bien quién es hasta que no ama. En la pareja, muchas veces, se pone en juego el destino social. Aunque en algo hemos cambiado, seguimos siendo una sociedad mojigata. Y hay que encontrar un lenguaje respetuoso, pero no apolillado, para hablar de los afectos y los amores. Cuando me dieron el doctorado en París Honoris Causa propuse algo que puede sonar descabellado: hay una cantidad de gente que está en la cárcel desesperada con esa condición, entonces que las autoridades permitan reemplazos, pero sólo por estudiantes de filosofía. Que la práctica de un estudiante de filosofía pueda ser dos semanas, o dos meses de cárcel para descontarle la pena a otro recluso.

- ¿Cómo llega un hombre como Luis Carlos Restrepo, experto en este tema y cuyos libros fueron tan reveladores, a ser un perseguido por la justicia?

AM - Aquí se ve el vértigo de la cultura del atajo en Colombia. El tema de los resultados. Yo mismo fui educado en una bajísima tolerancia a la frustración, pero a veces toca aguantársela. Uno quiere algo, y no, la vida le dice que no. Tocaba mostrar que había una desmovilización de las FARC y se estuvo dispuesto a simularla. Cuando apareció el escándalo de la Yidis-política, en una carta que no era ni siquiera hiriente, yo le pedí la renuncia a Uribe. Le escribí algo así como: con el testimonio tan nítido de Yidis, usted le haría un enorme favor al país diciendo: ya hice la mayor parte de mi tarea. Mis colaboradores me han puesto en una situación incómoda. Me doy cuenta de que estoy aquí por medio de una maniobra ilegal. Tiro honestamente la toalla, y así en Colombia nunca más habrá oferta de puestos para que un congresista vote de un modo u otro. Uribe tuvo entre sus manos la cura definitiva del clientelismo.

La contradicción de Antanas salta la vista: es un humanista de la contracultura de Mayo del 68, un pensador acostumbrado a los bordes, a los márgenes, que sin embargo está atravesado por fuerzas que van hacia el centro, hacia el poder, hacia el corazón del establecimiento. Quizás por eso elude todo el tiempo ciertas responsabilidades que tiene como líder, como dirigente político.

- La Ola Verde, un movimiento de gran envergadura en su momento, ya no está liderado por el Partido Verde. Y usted se niega a aceptar esa dirigencia. ¿Por qué? ¿Qué pasa entonces con esos 3.5 millones de votantes?

AM – Hay algo raro, humillante, en que uno diga que es el mejor durante semanas y meses. La innovación que logramos con Peñalosa y con Lucho fue proponer que ninguno saliera a hacerse campaña a sí mismo. Tener que participar en una conversación con tiempos cronometrados, y pitos y luces que se encienden, es, por lo menos, un comportamiento que busca infantilizar. Ese trabajo en equipo es muy distinto del debate televisivo, que es como gallitos de pelea, cada uno con su grupo de asesores. Yo tuve, entonces, una especie de pre-primera vuelta ideal e innovadora, algo que no se repitió después. Con respecto a Peñalosa, por ejemplo, creo que él nunca asimiló cuánto lo he admirado y cómo esa absurda historia de Uribe nos envenenó el vínculo.

- Pero usted aceptó las reglas del juego. Y fue elegido. ¿Entonces?

AM - Ya inmerso en la segunda vuelta me asusta que en mi campaña hay una actitud, que yo comparto racionalmente, en el sentido de que debo ser más agresivo. Y Santos, que de algún modo se las huele, o su equipo las adivina o se informa bien, me responde inteligentemente sobre ese punto diciéndome que prefiere el Mockus I (el pedagogo, el humanista) al Mockus II (el candidato agresivo). Y está el episodio instantáneo de 10 o 15 segundos en el cual tengo la mente en blanco, y me dejo asustar por mi propio silencio. También hay peleas que entablo con Santos a medias. En el mismo debate en que me quedo callado mencionan las conversaciones donde él había defendido a ultranza los diálogos con las FARC. Yo quería aludir a ese hecho, no para descalificarlo, sino para decirle al electorado que podía estar tranquilo porque yo sería más firme con las FARC que lo que había sido Santos.

- ¿No cree usted que cuando pasó a la segunda vuelta hizo falta un discurso serio, un saludo amistoso y democrático a Santos y a los electores de él? ¿No era el momento de demostrar afecto y respeto por los otros, en lugar de esos cantos y esas arengas que lo ponían a usted en la posición de un gurú y no de un estadista?

AM - Sí. Lo que pasa es que una de mis colaboradoras me dice que la gente está muy achantada y que le levante el ánimo. Entonces yo me concentro mucho en el público que está presente en el Centro de Convenciones y desconozco el público más reflexivo, más frío o más expectante que está a lo lejos. El respaldo a un candidato tiene componentes muy racionales, pero tiene también componentes muy emotivos. A mí, le confieso, llega a asustarme ese grado de empatía. Que la gente lo quiera a uno tanto es maravilloso, pero también es peligroso.

- ¿Se arrepiente de haber perdido?

AM - Yo tendría un gran cargo de conciencia si el gobierno de Santos fuera malo. Creo que la sociedad piensa que es un gobierno bueno. Seguramente hay cosas por mejorar, obviamente. Frente a las opciones que traíamos ha significado una mejora de la institucionalidad. Si fuera un gobierno desastroso, yo estaría sufriendo montones.

Al final, sospecho que perder en la segunda vuelta de las elecciones a la Presidencia de la República fue una decisión, conciente o inconsciente, que lo atravesó de un modo tan contundente, que no le dejó un margen para maniobrar. Pero que le regresó, al mismo tiempo, su imagen más preciada: la del Mockus I.



2 comentarios:

  1. Me uno a la propuesta de Antanas de cambiar la tesis de grado por unos días de cárcel en reemplazo de algún reo, eso me parece más productivo que entregar un trabajo para que lo devore la polilla en los anaqueles de alguna biblioteca universitaria. Sin embargo, se necesitaría que la cárcel cumpliera con ciertas condiciones entre las que estaría que me dejen tener libros y un cuaderno para poder leer y escribir el tiempo que quiera. A no ser porque nuestras cárceles están atestadas de gente, ese sería un buen lugar para dedicarse a la intelectualidad, así si no nos volvemos escritores allí, al menos tendremos mucho material para cuando salgamos de este lugar.

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