28 may. 2012

Crisis en la educación (2)



La academia fue la vanguardia del pensamiento desde los años sesenta hasta los noventa. Si uno quería saber en qué iban las humanidades o la ciencia, bastaba con echar un vistazo al mundo universitario y quedaba enterado por completo. De repente, después de las presiones de organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, las universidades empezaron a ser tratadas como empresas: había que generar dinero por un lado, crecer, producir, y por otro obligar a los obreros (en este caso los profesores) a que estuvieran cada vez más cualificados. Entre una fábrica de autos y una universidad no había ninguna diferencia. Si un mecánico o un ensamblador quieren ganar más, que entonces tomen cursos y se cualifiquen para ascender en la empresa. De igual manera, los profesores universitarios empezaron una larga competencia entre ellos por demostrar quién tenía más cartones o títulos (preferiblemente adquiridos en el extranjero) para poder ascender en la nueva fábrica-universidad.
Fue así como el capitalismo ingresó a la academia y empezó a propiciar la competencia entre los profesores, el arribismo, el deseo de escalar y de triunfar. En lugar de profesores consagrados al conocimiento porque sí, porque eso era lo que amaban, lo que le daba sentido a sus vidas, empezaron a surgir las nuevas castas de trepadores, de alpinistas, de individuos que sólo publicaban sus artículos en revistas indexadas que les dieran puntos para su ya muy planeada carrera académica. Y las maestrías y los doctorados se convirtieron en títulos nobiliarios que indicaban si uno estaba entre los elegidos o no. Una nueva nobleza que quedaba empeñada durante años para poder pagar esos títulos que le permitían sentarse junto a los poderosos.
Y, como siempre la maledicencia tergiversa lo que uno dice, quiero aclarar a qué me estoy refiriendo. No estoy diciendo que estudiar sea malo ni reprochable. No estoy diciendo que hacer maestrías y doctorados sea un error. Estoy diciendo que hacerlos por el sólo hecho de escalar, de ganar mejores sueldos, de ingresar al podio de los exitosos, no sirve para nada. Esa es la razón por la cual hay tanto inepto lleno de títulos. Esa es la razón por la cual las facultades están llenas de tesis que no sirven para nada. Montañas y montañas de hojas inútiles escritas con el único objetivo de alcanzar un cartón para obtener estatus social y más dinero.
Se estudia por amor, por obsesión, porque uno está seguro de que su trabajo iluminará a otros, porque los años de lectura y de escritura le dan sentido a esta miserable condición humana que nos avasalla día a día.
Fue así como la academia se convirtió en un basurero de montañas y montañas de desechos, de tesis acumuladas que nadie volverá a leer, de páginas escritas en medio del vacío, páginas sosas y tediosas que no le dicen nada a nadie, ni siquiera al que las escribió. La universidad no como vanguardia ni creación de pensamiento, sino como cloaca, como alcantarilla, como bodega donde se guarda lo inservible.
El verdadero pensamiento cuestiona, indaga, interroga a una sociedad, la incomoda, la pone contra las cuerdas para que se revise, la obliga a ir siempre un paso más allá de sí misma. Y es imposible que esta nueva nobleza trepadora, práctica y acomodada en una academia clasista y perversa, pueda cumplir con un objetivo semejante. Por eso siempre me han parecido muy superiores los estudiantes a sus maestros. Porque esos jóvenes aún no se han vendido, aún no han acatado las reglas de la fábrica, aún creen que pensar, investigar y escribir pueden transformar el mundo.

(Próximamente en Bacánika.com)

22 may. 2012

Educación en crisis




Profesores que llegan a charlar en clase acerca de su vida doméstica, de los problemas con su mujer o su esposo, de sus vacaciones, de su vida privada. Profesores que leen toda la clase y que se la pasan repitiendo lo que tienen anotado en un cuaderno o una libreta. Profesores que el primer día reparten exposiciones por grupos y se desentienden de la clase el resto del semestre. Profesores que se roban las investigaciones de sus alumnos y luego, en reuniones oficiales, las presentan como suyas. Profesores que presionan a los estudiantes de últimos semestres para que hagan una tesis práctica, la que ellos imponen y no la que el estudiante quiere. Profesores que llegan media hora tarde, una hora después de lo acordado o que jamás llegan. Profesores que llevan años y años repitiendo la misma clase, los mismos conceptos, los mismos puntos de vista; lo que ellos llaman “poner el casete”. Profesores que nunca entregan notas, que no leen los trabajos de sus estudiantes, que no tienen tiempo para corregir, sugerir, discutir. Profesores que se la pasan bebiendo con sus estudiantes frente a las universidades o rumbiando con ellos los fines de semana, jugando a ser adolescentes otra vez o creando cortes donde ellos son reyes a los que es imposible destronar. Profesores que no son profesores, que no aman su trabajo…
La lista es larga. Cada vez que algún estudiante me cuenta algo sobre los problemas que tiene en clase me parece inverosímil, como si fuera mentira, como si eso fuera imposible de llevarse a cabo. Luego constato que todo es cierto, que sí es así, que Fulano o Mengana llega a clase siempre con dolor de cabeza, habla sobre su vida hogareña media hora, lee de una libreta otra media, reparte unas exposiciones para la clase siguiente, se excusa por irse temprano porque se siente mal de salud, y se marcha como si tal, como si no hubiera pasado nada. Luego esos mismos sinvergüenzas se quejan de los estudiantes en las reuniones de profesores, dicen que son unos vagos, que no leen, que nada les gusta. Lo sé porque los vi muchas veces en reuniones hablando sobre la mediocridad estudiantil con el mayor descaro. Cuando lo cierto es que lo que sucede en una clase es un espejo del maestro.
Entre los muchos problemas que agobian a la educación (falta de inversión, políticas equivocadas impuestas por organismos internacionales, privatización soterrada e inmoral, ausencia de una bolsa de empleo sólida que proteja a los recién egresados, etc…) hay dos que a mí siempre me han preocupado sobremanera porque dependen directamente del maestro, del que entra al salón a dictar la materia: una ausencia absoluta de cariño por la clase y la incapacidad para generar pensamiento creativo en los discípulos. Sé que los problemas de la educación son diversos, múltiples y muy graves. Pero estos dos que a mí me obsesionan no dependen de dinero ni de cambiar grandes directrices pedagógicas. Son simples y por eso mismo tan difíciles de asimilar por los maestros de turno.
El primero de ellos es fundamental: hay que amar lo que uno enseña y el mismo hecho de enseñarlo, de transmitírselo a otros. Siempre he afirmado que el pensamiento es como la gripa: si uno no está contagiado no puede transmitir el virus. Y hay mucho maestro estornudando en vano. Uno no sólo enseña contenidos, sino ante todo una actitud, una pasión, un modo comprometido y obsesivo de estudiar y de saber. Ser maestro no es un trabajo, sino una vocación, un llamado, un ministerio, una milicia.
El segundo problema es muy grave: cómo enseñar a pensar creativamente. Y es imposible que una persona acartonada, tediosa, repetitiva, instalada en la costumbre y la comodidad mental, pueda generar dinámicas creativas en su clase. Es al revés: termina por imponer su cansancio y su hastío, aburre a todos y al final termina por cogerle fastidio incluso a su misma clase, la cual enfrenta como si fuera una tortura. Pensar creativamente implica un grado de rebeldía, de sano anarquismo, de duda permanente. Y para transmitir una actitud semejante hay que ser un perpetuo insatisfecho, un cuerdo  delirante, un soñador al acecho y en vigilia; lo cual, hay que admitirlo, es bastante inusual.

(Próximamente en Bacánika.com)

14 may. 2012

La caja final



Para este 20 de mayo de 2012, día en que se producirá un eclipse anular de sol, miles de personas alrededor del mundo esperan una catástrofe de gran envergadura. El año pasado, el reverendo y ex ingeniero norteamericano Harold Camping profetizó que el desastre se llevaría a cabo en mayo de 2011. Luego aceptó haber cometido algunos errores matemáticos y ahora asegura que la fecha ineludible es el 20 de mayo de 2012. Camping ha difundido sus interpretaciones bíblicas a través de una emisora radial que le ha dado la vuelta al mundo.
A esta voz se suman los seguidores de Nostradamus, los estudiosos de los dibujos geométricos en las plantaciones europeas y los expertos en los calendarios mayas, que hablan ese día del regreso de Quetzalcóatl. Algunos aseguran que en la primera semana de junio el planeta Venus entra en un tránsito especial también, y que esa fecha marca entonces otro hito, otra señal que debemos atender. Eso significaría que entre el 20 de mayo y el 6 de junio, más o menos, habrá dos semanas catastróficas, infernales, donde terremotos y tsunamis arrasarán con países enteros. Hablan de Chile, de Italia, de otra vez Japón, de una sacudida en la mitad del Océano Pacífico que generará un tsunami que llegará hasta las costas norteamericanas y borrará de la faz del globo ciudades como Los Ángeles y San Francisco.
En consecuencia, miles de personas se están preparando en este justo instante para la gran hecatombe que empezará este 20 de mayo, seguirá en junio y quizás termine con todo el 21 de diciembre de 2012. Y cuando uno piensa en agrupaciones de este estilo se imagina a unos hippies trasnochados fumando marihuana y contemplando el firmamento con los ojos enrojecidos y una sonrisa beatífica en sus rostros iluminados. No, en esta fiebre apocalíptica hay de todo: organizaciones muy bien armadas en Estados Unidos que viven en granjas autosuficientes y que están listos para defender a bala sus víveres y su agua purificada; familias que cultivan tomates y algas en sus piscinas caseras, que tienen máscaras antigases debajo de las camas de sus hijos y que guardan en sus armarios mochilas con equipos completos de supervivencia; millonarios italianos que están construyendo una comuna de búnkeres resistentes a desastres nucleares en el pueblo de Xul, en México, y que esta semana empezarán a llegar en helicópteros a sus refugios con sus mujeres y sus niños. Hay de todo y por todas partes. En el sur de Francia, en las afueras de Moscú, donde hay construidos más de cinco mil búnkeres, y en Argentina, donde seguidores de Solari Parravicini y del ocultista Acoglanis tienen ya muy bien organizadas comunas que funcionan sin teléfono, sin gas y sin luz eléctrica.
Todos le apuestan a que en el 2012, comenzando este 20 de mayo y finalizando el 21 de diciembre, nuestra civilización, por un motivo o por otro, se extinguirá. Eso significa que mientras nosotros continuamos leyendo la prensa, desayunando como si nada, viendo nuestros programas favoritos de televisión o saliendo a teatro o a cine, otros están bajando enlatados y alimentos en conserva a refugios subterráneos donde familias enteras se preparan para el fin del mundo.
Y no deja de ser inquietante saber que en este justo instante alguien baja a uno de esos búnkeres una caja de libros también, unos pocos textos que sobrevivirán al caos final. ¿Cuáles serán?


(Próximamente en Bacánika.com)

11 may. 2012

Gabrielle Andersen



Así es la vida... Hay que sostenerse en pie cuando ya no se puede más... Hay que recordar a la Andersen más a menudo... Buen fin de semana para todos, MM.

7 may. 2012

Amor Capital



Recuerdo la noche que escuché y vi Amores Invisibles, del grupo bogotano Ciegossordomudos. La canción sonaba con una melodía apacible, sin mayores sobresaltos, con cierta dulzura contenida, pero el video era impactante: se trataba del día final de un travesti que ya no podía más, que estaba al límite de sus fuerzas y quería morirse. Era un apartamento triste, donde uno intuía que el personaje había pasado días, semanas, meses y años de dolor, de soledad, de vacío inenarrable. Un video donde primaban las puntillas, los cuchillos, el alambre de púas, los vidrios rotos, las cuchillas de afeitar. Y como contrapeso, la carne cruda, los músculos y los nervios sanguinolentos (nuestra carne machacada). En ese contexto visual, la canción era casi un sarcasmo, una broma pesada, un alarde de humor negro despiadado. La ciudad como máquina de destrucción moral, como instrumento de tortura. No lo pude evitar y extraje de la biblioteca un ejemplar de La Ciudad de los Umbrales. Busqué la cita y la leí en voz alta:
“Travesti viene de travel, el que viaja a través del sexo, el aventurero del deseo y la genitalidad, el encargado de la mutación y el cambio, el maestro del camuflaje. Y si entendemos la esencia del travesti como una variación que se ejecuta mediante la apariencia, concluimos entonces que él es la clave del mundo, porque la cultura es una travestización continua: travestización del arte, de la sociedad, de la economía, de las costumbres... Todo cambia, todo muta, todo se camufla…”
Ya conocía de ellos una canción extraterrestre, El beat de mi corazón, y Projimita, que habían circulado bien en emisoras y canales de rock. Otra canción suya, en un estilo épico de esperanza redentora, me había impactado profundamente: En paz:
Ahora ya sabes que tú eres real…
¿Quiénes conforman este grupo? ¿Quiénes son los que enfrentan la ciudad ciegos, sordos y mudos, desajustando los sentidos como lo proponía Rimbaud? Tres músicos experimentados que vienen de sus respectivos tránsitos por otras bandas: Pablo Bernal, Jota García y Alejo Gomezcaceres. Y ahora acaban de lanzar su última canción: Amor Capital. Un homenaje a Bogotá y a los que hemos optado por esta ciudad, por sus calles duras y difíciles, por su ausencia de playas doradas paradisíacas, por su Bronx tercermundista y criminal, por su lluvia pertinaz, por su gris plomizo que nos hace falta cada vez que nos vamos de vacaciones y extrañamos el momento de regresar a sus calles rotas y su gente malencarada.
Hay cierto tipo de bogotanos que hemos elegido estar aquí por encima de cualquier otro lugar: París, Nueva York o Barcelona. O quizás ni siquiera lo hemos elegido, nos hemos vuelto adictos a ella sin darnos cuenta: somos yonquis de sus panaderías y sus tiendas de barrio; necesitamos inyectarnos su aire sucio y contaminado, sus sardinos embalados que caminan cabizbajos, viendo los andenes torcidos y rotos; sus busetas atiborradas, sus transeúntes que siempre están en pie de guerra, sus ciudadanos solitarios que aguantan apretando la mandíbula con un heroísmo silencioso. Nosotros somos una raza aparte, hemos creado otra especie. Cuando estamos en sitios elegantes y playas impecables algo nos hace falta, algo nos descompone: la falta de nuestra ciudad, la lejanía de nuestra dureza y nuestra fuerza. Y nos da el mono, nos da síndrome de abstinencia, y buscamos a toda costa regresar como sea para chutearnos de nuevo esta lluvia perpetua, esta crudeza, este caos, esta catástrofe que nos ha hecho más apocalípticos, pero también más valientes…
Para nosotros es esta canción. Bienvenida sea…

(Próximamente en Bacánika.com)