28 jun. 2012

Club Dante


Uno de los mejores portales de literatura en español e italiano. Aquí va el enlace, para los que quieran de pronto echar un vistazo:
http://www.clubdante.net/cd/faces/public/homePage.xhtml?currentLanguage=es

25 jun. 2012

Matasanos




Una noche, en una crisis mental que tuvo mi madre, la llevamos a la clínica psiquiátrica. Atravesaba por una fase maníaca difícil de superar y ya se encontraba en un estado psicótico. En la clínica la revisaron y descubrieron que tenía la tensión en un punto crítico. Nos advirtieron que estaba al borde de un infarto. Dijeron que no la podían recibir así y que primero teníamos que llevarla a una clínica normal para que le regularan la tensión. Eso hicimos y entramos por urgencias antes de que se infartara. Apenas los médicos descubrieron que era una paciente psiquiátrica y que estaba psicótica se negaron a atenderla. Dijeron que primero debía ir a tratarse la fase maníaca en una clínica psiquiátrica. Era de no creer. Como si uno pudiera desmembrar a su madre, cercenarla, y enviar el cuerpo a una institución y el cerebro a otra.
Un amigo muy cercano terminó una relación sentimental y entró en una depresión aguda. Su manera de somatizar fue enviando toda la presión al colon (lugar donde para los antiguos residía el alma). Lo mandaron a un experto en colon y el tipo le ordenó una dieta estricta, pastillas y una serie de restricciones. No le preguntó nada, no le dijo cómo era su vida, cómo marchaban las cosas, si estaba tenso o no, si estaba triste, si se sentía satisfecho con la vida que estaba llevando. Nada. Como si el colon fuera un piñón independiente, una cosa que funciona sola y aparte.
Hace poco me enfermé de la garganta y terminé en terapias respiratorias leyendo con una máscara conectada a un tubo de oxígeno. Me inyectaron corticoides que me generaron un insomnio de días enteros (soy ya de por sí insomne), me recetaron drogas cuyos efectos secundarios eran más peligrosos que la enfermedad, me enviaron de un lado para otro durante días a hacerme unos exámenes inútiles que no arrojaron ningún diagnóstico claro. Este es el día en que no sé qué fue lo que me dio y cuyas secuelas aún estoy cargando.
Lo más indignante es que estos fulanos no preguntan nada, no se preocupan de verdad por sus pacientes, no hablan con ellos, y van recetando medicamentos a diestra y siniestra de la manera más irresponsable. Y lo peor: jamás dicen “no sé”, lo cual ya sería un avance, pues al menos reconocerían su ignorancia.
Esto demuestra lo atrasada que está nuestra medicina. Sigue considerando la máquina corporal no como un todo, como un sistema integral cuyas relaciones y entrecruzamientos conectan la mente y el cuerpo hasta volverlos inseparables, sino como una serie de piezas sueltas que existen de manera independiente. No hay médicos, sino otorrinolaringólogos, cirujanos, urólogos. Tanta ignorancia es inverosímil. Hemos llegado a la luna, hemos calculado la distancia a galaxias muy remotas, y sin embargo en el conocimiento de la materia y la energía que nos compone no sólo no hemos avanzado un ápice, sino que hemos echado para atrás.
Qué lejos estamos de las épocas de los antiguos, de Examen de Ingenios de Huarte de San Juan (que fue clave para Cervantes y la configuración de Don Quijote), o de la Anatomía de la Melancolía de Robert Burton, tratados donde la mente y el cuerpo son una entidad de relaciones infinitas. Después de pasar uno por alguna enfermedad descubre que extraña los chamanes primitivos. Ellos, al menos, sí sabían que nuestros afectos, nuestras ideas, nuestras culpas y nuestras tristezas no estaban separados de nuestros órganos, de nuestra sangre y nuestros músculos.

18 jun. 2012

Rap




Y la calle ahí, siempre dispuesta a sorprendernos, a lanzarnos a aventuras imprevistas o a masacrarnos en cualquier descuido. La calle no es un lugar, un espacio, sino un estado del cuerpo y de la mente, una actitud, una rebelión. El andén como sublevación, como resistencia, como un modo de ser en medio de una época que tanto valora el confort, la sosa comodidad de la clase media, la quietud mortuoria de la pequeña burguesía emergente.
Una ciudad puede ser un entrecruzamiento de líneas, de calles y carreras, de avenidas y diagonales, sí, una cuadrícula tediosa y aburrida, pero también puede ser una entrada en otro mundo, un laberinto misterioso, un pasadizo que nos lleve al otro lado del espejo. Cuántas veces no nos hemos extraviado en este espejismo multidimensional que es nuestra ciudad. Hay carros y peatones, sí, droguerías y restaurantes, sí, banqueros y oficinistas, sí, pero también hay monstruos y ángeles, alienígenas y guerreros, aventureros y magos, prestidigitadores y monjes, brujas y agoreros, posesos y zombies.
Y de repente, allá, al otro lado de lo real, un cuerpo empieza a moverse en el parque, en la esquina, en la cancha, y una voz empieza a rapear con toda la potencia de su desesperación, de su rabia, de su marginalidad: la voz del poeta que conecta con el misterio, con la otredad, con la cara oculta de la realidad. Esas voces nos recuerdan las pruebas en medio del desierto para los derviches, los cantos chamánicos, las letanías de los practicantes sufíes entre sus instrumentos y sus danzas sagradas, las voces de blues de los esclavos negros bajo el sol implacable de las plantaciones sureñas.
Me gusta verlos en parche, siempre juntos, tragándose la ciudad como nómadas antiguos desplazándose por la estepa o como monjes zen recién rapados. En una época que hace la apología de la individualidad, del triunfo solitario, del éxito personal, ellos nos dan una lección tremenda: solo no eres nadie, no existes, no aguantas y terminarás reventándote. Lo único que te puede salvar es la tribu, los tuyos, tu ejército…
Los carros devienen letras de hip hop y de rap, el pavimento se transforma en ritmos pausados, la angustia urbana es metamorfoseada en versos que se elevan entre la lluvia y que enuncian la esencia misma de la ciudad: el caos, el vértigo, las fuerzas de la locura llamándonos una y otra vez hacia el abismo…
Como en todo arte verdadero, lo mejor y lo peor de nosotros está en esas letras y esos ritmos. Bienvenidos esos jóvenes que cantan y aúllan entre los muros de Ciudad Gótica sus historias potentes de fuerza y de resistencia colectiva. De alguna manera, todos estamos en deuda con ellos.
Gracias, muchachos. No saben cuántas veces me he recargado y he resucitado en sus canciones, en sus consignas, en sus gritos de guerra…

(Próximamente en Bacánika. com)

11 jun. 2012

El colapso general



A mediados de los años ochenta, bajo la fuerte influencia de las ideas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher (y amparados ambos en los consejos del Premio Nobel de Economía Milton Friedman), el libre mercado se convirtió en la supuesta panacea para las democracias modernas. A mayores ganancias para las empresas y la banca, más flujo de capital y por ende más empleo, mejores salarios, más crédito y más acceso al consumo. El paraíso neoliberal. El problema es que diez años más tarde la fiesta se empezó a convertir en pesadilla.
Una componenda mafiosa entre gobernantes, grandes empresarios y banqueros que no estaban siendo vigilados ni supervisados (¿quién regula la riqueza?) se salió de control y empezaron las especulaciones, las burbujas, las enormes fugas de capitales. A diferencia de un albañil, de un carpintero o de un campesino, que saben todos hacer algo, que conocen su oficio a fondo, un yuppie de Wall Street no sabe hacer nada. Sólo juega con el dinero, especula, infla, pasa dinero de un sitio a otro. Es un parásito intermediario que se lleva todos los beneficios mientras los demás trabajan de verdad. Esa casta de sinvergüenzas no fue supervisada por ningún gobierno por el simple hecho de que los políticos estaban también haciendo millones a sus anchas asociados con ellos.
Ya no bastaba con una mansión y cuatro autos, cuentas en las Islas Caimán o en Panamá (donde nadie pregunta nada), una isla propia y un yate. No, no fue suficiente. Querían más y más. Juergas de días enteros, drogas, alcohol, mujeres contratadas a diestra y siniestra (basta echar un vistazo a las fiestas de Berlusconi), grandes bandas de rock tocando sólo para ellos, chefs traídos de Japón y de la China para prepararles sus banquetes, masajistas, médicos cuya misión era estar alerta por si alguno de los invitados tenía una taquicardia o quería otra pastillita de Viagra. El lujo exagerado, el derroche, la codicia salida de control. Eso nunca lo previeron ni el brillante Friedman, ni Reagan ni la Thatcher. La riqueza no trae consigo solidaridad, democracia, igualdad. No. La riqueza quiere más riqueza.
En el año 2008 todas las burbujas estallaron y fue el colapso general. Nos empezamos a enterar de todas las barbaridades cometidas por los fantoches de cuello blanco, de cuántos castillos tenían, de sus botellas de vino cotizadas en miles de euros, de quiénes eran sus sastres en Moscú o Singapur. Una ralea de la peor calaña con unos egos por las nubes que, con una calculada desfachatez, aplicaron esa doble moral que tanto los caracteriza: se privatizan las ganancias pero se socializan las pérdidas. Esto es, cuando hacemos dinero es sólo para nosotros, pero cuando perdemos dinero pagamos entre todos. Y así fue. Los distintos gobiernos decidieron salvar esas grandes empresas y esos bancos, y darles dinero del erario, es decir, dinero de los contribuyentes. No había plata para la educación pública ni para la salud, por ejemplo, pero sí hubo para la General Motors. De no creer.
El único país que dejó quebrar a sus banqueros y a los grandes empresarios corruptos que estaban asociados con ellos, fue Islandia. Y parece que no fue por justicia, sino porque no había dinero suficiente para salvarlos. Se quedaron realmente en la calle. Pero eso es lo que se debió hacer: meter a todos esos pícaros a la cárcel y procesarlos. Y con ellos a varios gerentes de multinacionales y a políticos mañosos que hicieron parte de la hecatombe.
Y el enfrentamiento entre ese poder financiero y nosotros, la gente del común, aún no concluye. Hasta ahora va el primer round. Es preciso tomar aire y aguantar, porque tenemos un deber: ganar en algún momento por knockout o llegar al último asalto y ganar por decisión. Pero no podemos perder. Porque si perdemos no perdemos sólo nosotros, sino muchas de las generaciones por venir.

(Próximamente en Bacánika.com)

4 jun. 2012

Álvaro de Campos




A mediados de los años ochenta yo había entrado a la universidad con una sola certeza en la vida: que lo único que me gustaba de verdad era leer y escribir. El resto me parecía una farsa de mal gusto, una obra tediosa en cuya trama caían de cabeza los incautos, que desafortunadamente eran la mayoría. No me interesaba el dinero (siempre tuve claro que la plata iba y venía, que era un elemento móvil, fluctuante, una variable que no indicaba mayor cosa), ni el prestigio social, ni el poder, ni el matrimonio (institución llena de trampas invisibles que yo detecté con rapidez), ni los hijos (siempre tuve aversión a los espejos y a tomarme fotografías, me espanta todo aquello que signifique una reproducción de mí mismo, una forma de duplicarme).
Ni siquiera, aunque parezca extraño,  me atraía la imagen de ser un escritor: no quería ingresar al podio de los elegidos. Lo único que sucedía era que me gustaba escribir y ya, me gustaba irme de viaje con mis personajes, meterme en otras vidas, ser otro, ir un paso más allá de la inmediatez y conquistar dimensiones desconocidas. Ese temperamento, claro está, me convirtió en un joven retirado y callado, en un estudiante misterioso que recelaba de las falsas poses y que en consecuencia salía de clases sin dirigirle la palabra a ningún compañero y se refugiaba en la biblioteca en el último rincón que encontraba, donde nadie pudiera saludarlo.
Por aquel entonces vivía en el centro de la ciudad en pensiones estudiantiles donde no tenía ni baño propio siquiera. Sencillamente aguantaba sin quejarme y procuraba disfrutar al máximo de mis libros, que me transportaban a mundos paralelos que me hacían mucho más feliz que éste.
Más de veinte años después puedo verme a mí mismo en aquella época y sonreírme, pues la trampa estaba en que esa forma de actuar escondía de todos modos un sospechoso exceso de confianza en sí mismo, una seguridad que más adelante los años y el sufrimiento se encargarían de hacérmela pedazos. Las rupturas amorosas, la cárcel, la muerte de mi padre fueron poniendo ese ego en su justo lugar.
Muchas veces me he visto frágil, en cama, muy enfermo, delirando de fiebre en las horas de la madrugada. O en estados de ánimo deprimentes y al borde de la insania mental. Pero aunque he sido machacado muchas veces y en condiciones incluso infrahumanas, siempre, en el fondo de mí mismo, ha habido una fuerza secreta, oculta, que reservo para los peores momentos: mis libros, mis autores, los poemas que me han reconfortado tantas veces, las novelas donde he viajado y he sido otros, los ensayos que me han hecho más inteligente y mejor persona. La biblioteca no es para mí un receptáculo de cultura, como para otros, sino una farmacia, un alimento, una pócima para resucitar, una receta secreta que me regresa la vitalidad y la armonía perdidas.
Así que ahora, otra vez débil y vulnerable, atravesado por esa miserable condición humana de la que es tan difícil desprenderse, invoco hoy la extraordinaria poesía de Álvaro de Campos. Me curaré leyéndolo, recitándolo a voz en cuello en las horas más amargas, gritando sus versos por todo mi apartamento. Soy de nuevo ese muchacho que se sanaba solo y que se abrazaba a sus libros por la noche.
Empecemos… Abrimos el libro en Oda Marítima y leemos:

Flagear, acuchillar, oprimir con vientos, con espuma, con  
soles,
mi ser ciclónico y atlántico,
mis nervios tendidos como jarcias,
lira en las manos de los vientos.
Sí, sí, sí... Crucifíquenme en las navegaciones
 y mi espalda gozará su cruz.
Átenme a los viajes como a maderos
 y la sensación de esa tortura recorrerá mis vértebras
 en un incansable espasmo pasivo…

(Próximamente en Bacánika.com)