4 jun. 2012

Álvaro de Campos




A mediados de los años ochenta yo había entrado a la universidad con una sola certeza en la vida: que lo único que me gustaba de verdad era leer y escribir. El resto me parecía una farsa de mal gusto, una obra tediosa en cuya trama caían de cabeza los incautos, que desafortunadamente eran la mayoría. No me interesaba el dinero (siempre tuve claro que la plata iba y venía, que era un elemento móvil, fluctuante, una variable que no indicaba mayor cosa), ni el prestigio social, ni el poder, ni el matrimonio (institución llena de trampas invisibles que yo detecté con rapidez), ni los hijos (siempre tuve aversión a los espejos y a tomarme fotografías, me espanta todo aquello que signifique una reproducción de mí mismo, una forma de duplicarme).
Ni siquiera, aunque parezca extraño,  me atraía la imagen de ser un escritor: no quería ingresar al podio de los elegidos. Lo único que sucedía era que me gustaba escribir y ya, me gustaba irme de viaje con mis personajes, meterme en otras vidas, ser otro, ir un paso más allá de la inmediatez y conquistar dimensiones desconocidas. Ese temperamento, claro está, me convirtió en un joven retirado y callado, en un estudiante misterioso que recelaba de las falsas poses y que en consecuencia salía de clases sin dirigirle la palabra a ningún compañero y se refugiaba en la biblioteca en el último rincón que encontraba, donde nadie pudiera saludarlo.
Por aquel entonces vivía en el centro de la ciudad en pensiones estudiantiles donde no tenía ni baño propio siquiera. Sencillamente aguantaba sin quejarme y procuraba disfrutar al máximo de mis libros, que me transportaban a mundos paralelos que me hacían mucho más feliz que éste.
Más de veinte años después puedo verme a mí mismo en aquella época y sonreírme, pues la trampa estaba en que esa forma de actuar escondía de todos modos un sospechoso exceso de confianza en sí mismo, una seguridad que más adelante los años y el sufrimiento se encargarían de hacérmela pedazos. Las rupturas amorosas, la cárcel, la muerte de mi padre fueron poniendo ese ego en su justo lugar.
Muchas veces me he visto frágil, en cama, muy enfermo, delirando de fiebre en las horas de la madrugada. O en estados de ánimo deprimentes y al borde de la insania mental. Pero aunque he sido machacado muchas veces y en condiciones incluso infrahumanas, siempre, en el fondo de mí mismo, ha habido una fuerza secreta, oculta, que reservo para los peores momentos: mis libros, mis autores, los poemas que me han reconfortado tantas veces, las novelas donde he viajado y he sido otros, los ensayos que me han hecho más inteligente y mejor persona. La biblioteca no es para mí un receptáculo de cultura, como para otros, sino una farmacia, un alimento, una pócima para resucitar, una receta secreta que me regresa la vitalidad y la armonía perdidas.
Así que ahora, otra vez débil y vulnerable, atravesado por esa miserable condición humana de la que es tan difícil desprenderse, invoco hoy la extraordinaria poesía de Álvaro de Campos. Me curaré leyéndolo, recitándolo a voz en cuello en las horas más amargas, gritando sus versos por todo mi apartamento. Soy de nuevo ese muchacho que se sanaba solo y que se abrazaba a sus libros por la noche.
Empecemos… Abrimos el libro en Oda Marítima y leemos:

Flagear, acuchillar, oprimir con vientos, con espuma, con  
soles,
mi ser ciclónico y atlántico,
mis nervios tendidos como jarcias,
lira en las manos de los vientos.
Sí, sí, sí... Crucifíquenme en las navegaciones
 y mi espalda gozará su cruz.
Átenme a los viajes como a maderos
 y la sensación de esa tortura recorrerá mis vértebras
 en un incansable espasmo pasivo…

(Próximamente en Bacánika.com)

9 comentarios:

  1. Y ese gritar hacia adentro, hacia el fondo del dolor, Curara?. Tal vez si, en el sentido de curar el envase, de aportar sabor y resistencia...., pero sanar adentro, acariciar el alma, encontrar la dulzura en el rincón de la soledad, no se....

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  2. Y pensar que en los hogares de hoy ya las bibliotecas no son algo importante o simplemente no existen. A veces en las noches me quedo mirando mi biblioteca personal, que es muy modesta, y no puedo evitar pasar largos minutos ahí mirando y pensando al mismo tiempo que desearía poder tener todo el tiempo que dedicarle a mis libros... son una necesidad, un gran orgullo, un gran amor para uno, el lector.

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  3. Hay que ser ese estudiante retraído, hay que disfrutar que nadie te salude, que puedas convivir con tus libros sin que nadie esté preguntando bobadas. Hay que dejar que tu ego se destruya, que lo pisoteen, que se vaya re-ubicando sólo.


    Hay que vivir...con todos los errores que se necesitan, con todas las horas refugiados en un libro sabiendo y sintiendo que lo único cierto es que el tiempo pasa, que no espera que juntes los pedazos...que hay que aprender sobre la marcha.

    Abrazos Mario, abrazos y muchos versos perdidos en el correo basura.

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  4. Ser uno mismo en otro, querido Mario. Ese mutante que camina detrás de la sombra, al lado o delante. Un poema desafiante, como es la poesía de Alvaro de Campos o de Fernando Pessoa. Da igual. Un abrazo enorme

    Carlos Eduardo

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  5. En realidad la única compañía que tenemos son los libros

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  6. En los momentos más oscuros lo único que ha podido devolverme el aliento es el arte. Pintar para que lo impuro salga y me regrese a mi otro yo, al que vive escindido y llagado. Al igual que los libros, el arte me ha salvado del horror, del vacío y la soledad, de la acosadora muerte. Gracias Mario, un buen escrito para momentos duros.

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  7. Me uno al grito como aquel monstruo que llevo dentro,
    o como el cristo que lleva su cruz a la espalda pero
    que a pesar de su peso la ama mas que a nada en este mundo

    me uno a esa minoría que enfoca su mirada fuera de ese centro
    enfermo y decadente lleno de trampas, que importa ser un
    tentáculo mas de este monstruo hecho proyecto y no seguir
    las lineas esclavistas de este sistema.

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  8. La verdad que yo tambien extraño esas epocas de estudiante donde podia leer tranquila cualquier dia en el fondo de mi apartamentos de estudiante arrendado

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  9. Mario esa soledad es la que nos ayuda a filosofar para conocer quienes realmente somos, yo también aveces quisiera vivir como mis estudiantes adolescentes, pero en la perspectiva del amor, donde no importa si está bien amar a la mujer que tú quieres o está mal sino vivir con intensidad los momentos que nos brinda la vida para compartir. Ahora pienso, que me faltó más disfrutar del instante y escribirle más cosas a esa mujer de la adolescencia; sabes donde aprendí eso, en los momentos de filosofar con mi soledad.

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