21 ago. 2012

La primera vez





La llamaré Carmen. Era sagaz, con un humor negro envidiable y sobresalía en clases por su fina capacidad argumentativa. Fue la primera vez que sentí de verdad que estaba enamorado. Por aquel entonces yo vivía con otros dos compañeros en Sopó, en una casita campesina que quedaba en la cuesta de una montaña. Arriesgándome a tener que enfrentar una negativa incómoda, la invité a pasar un domingo conmigo. Ella aceptó.
Hablamos un poco de la facultad, de los profesores, de los otros compañeros. Se hizo de noche y a Carmen no parecía importarle en absoluto. Le propuse que preparáramos una pasta con salsa napolitana y champiñones, y aceptó encantada. Mientras cocinábamos a dúo empezamos a conversar sobre nuestras preferencias literarias, los autores, los personajes, las páginas inolvidables. Fue una velada magnífica, perfecta, donde yo sabía ya que estaba enamorado, que la quería para mí, que me moría por su compañía.
Contemplamos las luces titilantes del valle allá abajo, como si estuviéramos viajando en un avión privado que de pronto se hubiera detenido sólo para que nosotros pudiéramos disfrutar del paisaje a nuestro antojo.
A los pocos segundos la realidad empezó a disolverse en colores fosforescentes, en figuras fantasmales que iban y venían, y el pasto y los árboles me parecieron seres con conciencia que nos observaban de reojo. Luego tuve una especie de epifanía: supe que todo era intrascendente por el simple hecho de que es transitorio, y supe que todo era trascendente precisamente porque es finito, porque no dura, porque el cambio y la metamorfosis son fuerzas que avasallan cualquier presencia que ronda nuestro universo. Puse mi mano derecha sobre la mano izquierda de Carmen con la certeza de que ese instante era único, maravilloso, extraordinario, y sentí que estaba palpando un ser efímero, un ser que se extinguiría, un ser cuya vejez ya estaba en movimiento, cuyo deterioro ya estaba empezando a expandirse por todo su cuerpo, un ser caduco cuya única regla fija era la muerte. Me conmovió hasta las lágrimas que mi piel tuviera la oportunidad de rozar otra piel, y que en el encuentro de esas dos fragilidades, de esas dos vulnerabilidades, surgiera el milagro del lenguaje, el milagro de poder nombrar esa experiencia, de ponerla en palabras. Es decir, mientras mis dedos sentían la electricidad del cuerpo de Carmen, me sorprendí esa noche de saber que la vida vale la pena sólo porque es posible elevarla al plano de la poesía, al nivel sublime de la literatura. Eso no nos salvaba, ni más faltaba, ni nos eximía de la banalidad ni de la insensatez de esa misma vida, pero al menos nos permitía ir un paso más allá, donde la experiencia de existir cobraba un sentido profundo.
Ese instante supremo sucedió en silencio, sin hablar entre nosotros, pero de alguna manera incomprensible yo estaba seguro de que Carmen estaba sintonizada en la misma frecuencia y que su ser estaba en una comunión profunda con el mío.
Unos minutos o unas horas más tarde, no lo sé porque no estoy seguro del tiempo que transcurrió, nos acariciamos y nos besamos como si no estuviéramos en ese lugar sino en otro planeta, en otro mundo donde dos dobles nuestros habían decidido fundirse en un solo ser. La penetración tuvo tintes místicos porque recuerdo que se me ocurrió una idea extraña: me dije que recibir la hostia en la eucaristía era recibir el cuerpo de Cristo en el cuerpo de uno, es decir, se trataba de un acto de entrega de un cuerpo en otro, de una fusión, de un acto sexual. En este caso, yo no recibía el cuerpo de Jesús, sino el de Carmen, y mi religión era ella, mi fe estaba en ella, y por eso hundirme en su cuerpo era una forma de olvidarme de mí mismo para ingresar en un estado superior. Y así fue.

(Próximamente en Bacánika.com)

9 comentarios:

  1. La esencia del erotismo es esa profundidad religiosa. Como en tu texto Mario, no se siente esa "comunión" erótica como "la omnipotencia divina", se trata de la inocencia del instante, no es el vino sino la embriaguez. Es el éxtasis erótico que Dionisio representa , su grito y su juego, lo que mas nos acerca a la muerte.

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  2. hola quisiera saber si en el lanzamiento del libro en la tadeo va a estar firmandolos, gracias

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    1. Será un placer, por supuesto... Saludos, MM.

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  4. Mario, me gustas como develas con cierta mística, esa experiencia del encuentro "cuerpo a cuerpo" entre un hombre y una mujer, porque en algo tienes razón. Esa 1ra mujer es la que nos traza el destino de la vida en cuanto nuestra forma de ver y el mundo. En tú caso, se nota que ella te marcó desde lo metafórico, algo que se deja entrever en tus palabras.

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  5. Me hizo recordar buenos momentos este texto. Gracias

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  6. Ay!...el sexo y la religión....... https://www.sugarsync.com/pf/D7224387_4989478_68999

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