10 sept. 2012

El poder del desierto



Hacía mucho tiempo que no iba al Desierto de la Candelaria. Me hospedé en el Hotel Mesopotamia, en Villa de Leyva, y desde el primer momento me impactaron sus largos e intrincados corredores, sus laberintos de flores, sus recovecos con muebles coloniales, su piscina de piedra antigua con fósiles incrustados en los bordes. El viento baja de las montañas e inclina los árboles creando un efecto surrealista, fantasmagórico. Es como si el mundo se hubiera detenido por un segundo y seres celestiales estuvieran a punto de descender.
Estuve investigando para una historia que ya pronto escribiré, y apenas crucé el umbral del monasterio de La Candelaria su religiosa atmósfera de austeridad me sobrecogió de un modo extraño, como si estuviera presintiendo seres inter-dimensionales que intentaban comunicarse conmigo, como si alguien me estuviera dictando al oído buena parte del relato que pronto escribiré. Recordé que a ese desierto llegaron desde el siglo XVI místicos en busca de Dios, monjes que se retiraban al desierto sin pertenencia alguna, solos, viviendo de sorbos de agua y de mendrugos de pan, durmiendo en cuevas y leyendo la Biblia de día y de noche. Seres extraños, idos, que estaban conectados con dimensiones fractales de la realidad. Algunos de ellos, incluso, cavaron sus propias cuevas, abrieron huecos en medio del desierto y adoraron a la Virgen entre esos socavones oscuros donde el viento creaba sonidos mágicos, como si fueran voces que desde el cielo bajaran a comunicarse con nosotros, miserables seres extraviados en medio de placeres mundanos y sentimientos intrascendentes.
Entré en uno de esos altares cavados en la montaña y el impacto fue tremendo. Sentí el hambre, la sed, la terquedad inquebrantable del místico, del radical, del extremista que ha decidido consagrar su vida a una locura, a un disparate, a una obsesión invisible e impalpable. Cavar, descender, bajar a las profundidades: metáforas del inconsciente, formas curiosas por medio de las cuales exploramos los lugares más recónditos de nuestra propia psique.
Después, en el monasterio del Ecce Homo, desde el aljibe central del patio y rodeado de flores multicolores, contemplé en silencio la serpiente prehistórica cuyo fósil descansa en uno de los corredores principales. Un animal enorme, gigantesco, de varios metros de longitud. Arriba, en el segundo piso, estaban las habitaciones de los monjes. En la capilla y en el cementerio se siente de nuevo la fuerza de la convicción religiosa, esa especie de desmesura poética que lanza al sujeto hacia arriba, hacia un arrebato donde lo espera lo más excelso de sí mismo.
Finalmente, en el convento de las Carmelitas Descalzas, que son monjas de clausura, escuché la voz de una de ellas al otro lado del torno de madera detrás del cual se esconden misteriosamente. La gente pregunta por algún producto, dejan el dinero en el torno, éste gira hacia el costado interno del convento, la monja recibe el dinero, pone el producto y el torno vuelve a girar hacia afuera. Son segundos en donde no estamos en esta época, sino en el siglo XVI, cuando la gente abandonaba todo y se iba con un atado de ropa en busca de Dios.
Definitivamente, algo sucede en ese lugar, una fuerza extraña lo atraviesa y parece impregnar las cosas y los seres con una luz distinta, como si el mundo, por un solo instante, fuera mejor, menos imperfecto, más puro y un poco más transparente.

(Próximamente en Bacánika.com)

8 comentarios:

  1. Conocí ese monasterio cuando tenía 11 años y tuve la misma sensación; además el paisaje del desierto de La Candalaria es impactante. Aprovecho para agradecerte la presentación que hiciste en La Tadeo en el lanzamiento de tu nuevo libró. Disfruté y me asombré con las historias que contaste. Un abrazo enorme. Volví a los relatos de mi niñez y adelescencia, luego de semanas sin poder escibir nada.

    Carlos Eduardo

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    1. Me alegra mucho que hayas estado esa noche, Caselo. Ya hablaremos más adelante con calma. Un abrazo, Mario.

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  2. PD: Casi no puedo dejarte este comentario.Inclusive en tu post anterior y no lo recibía. Cuando comentaba tu blog no había necesidad de escribir el número y las letras que aparecen. Ahora escribí los dos y me salió. A lo mejor algunos de tus seguidores han tenido el mismo inconveniente, por eso te dejo esta nota. Otro abrazo

    Carlos Eduardo

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  3. Hablando de claustros, de monasterios, de salvación, me encontré con este video de la Nueva Jerusalén. Una comunidad en México que espera el Apocalípsis. Sé que te llamará la atención. http://www.youtube.com/watch?v=t9bysu_-CMg

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  4. Un momento místico es algo irrepetible. Sólo se siente en lugares como el que describes y especialmente en desiertos. Bajo el sol y el polvo aprendemos lo que significa la soledad, el silencio, le enfermedad. De Bamako a Djenné atravesando el Sahara por muchos días, mis momentos de lucidez fueron muy pocos. Hoy lo recuerdo cuando Mali, un país al que adoro, está en guerra.
    Un abrazo.

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    1. Sí, en el desierto somos una versión distinta de nosotros mismos... Abrazos, Mario.

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  5. Mario quizá una pelicula llamada en español: el gran silencio. de un director frances, puedas ver que ese tipo de vida aún esta vigente. Ojala la puedas ver...saludos!!!

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    1. Acabo de ver el trailer. Magnífico. Mil gracias. Me llega en el momento perfecto. Saludos, MM.

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