29 oct. 2012

Apología del delirio







El establecimiento vive haciendo la apología de la cordura por una sencilla razón: hay que ser productivo. El modelo a seguir es el Homo Faber, el hombre que hace, Bob el constructor, el hombre capitalista por definición, el ahorrador. Y el Homo Ludens, el hombre lúdico, el poeta, el creador, el que inventa en momentos de ocio, el derrochador, es mal visto, censurado, es acusado de perder el tiempo, de no hacer nada. Y resulta que el exceso de realidad también enloquece, genera neurosis, destruye. No hay nada más exasperante que la cotidianidad, la rutina diaria, las obligaciones, pagar facturas, hacer filas interminables para reclamar cualquier tontería, lavar la loza, acudir a reuniones de vecinos para definir si se envía una carta o no a la alcaldía. ¡Qué pereza, qué aburrimiento, qué inutilidad tan insoportable!
El problema de nuestra educación es que nos enseña esa especie de amodorramiento doméstico, de docilidad casera. Muchos profesores son tipos acartonados a los que nada entusiasma, que bostezan con las mismas clases que dictan, que repiten año tras año las mismas ideas, incluso los mismos chistes. En sus calificaciones premian al estudiante soso que suele no poner problemas, al que hace la tarea sin cuestionar nada, al pelmazo que más adelante quiere también ser profesor y repetir las mismas sandeces. Uno nunca entiende por qué le va bien a tanto estudiante melcochudo, almibarado, que suele pasearse por la sala de profesores y hacerse amigo de todos ellos, llevarles café, preguntarles por sus hijos, sus mujeres o sus esposos; ese o esa estudiante que siempre lleva puesta una sonrisa idiota y que tiene espíritu de lacayo. Lo mismo pasa con los empleos: siempre ascienden al que hace caso, al manso, al sumiso, al que se deja moldear a su antojo.
No hay que olvidar que en los juicios de Nuremberg les preguntaron a muchos asesinos del talante de Adolf Eichmann por qué habían cometido semejantes atrocidades, por qué habían cremado a seres humanos, por qué habían gaseado con veneno a tantos niños y a tantas mujeres inocentes. Y resulta que toda esa gente no era gente mala, sólo era gente obediente, gente que había recibido órdenes, gente que deseaba congraciarse con su jefe y cumplir con sus trabajos del mejor modo posible.
Sospecho que es exactamente al revés: deberíamos premiar al insumiso, al desobediente, al que lleva la contraria, al apasionado que mantiene sus sueños intactos y que no se deja machacar por la atrofia de la costumbre. Deberíamos calificar bien al que siempre está fuera de lugar.
Invoco en este justo momento la fuerza que nos arrastra por fuera de todo sometimiento; la fuerza que nos conduce a fugarnos a territorios inhóspitos; la fuerza de la aventura; la fuerza de la rebeldía, que nos obliga a decir no; la fuerza creadora que siempre está maquinando insubordinaciones y motines. Bienvenida sea toda capacidad de riesgo.
En un mundo tan plano, tan chato, donde cuerdo es sinónimo de esclavo, hagamos la apología del delirio. Benditos los que desvarían, los que siempre están al borde del despropósito, los que permanecen en estados de éxtasis. Bienaventurados los desenfrenados y los frenéticos, que nos recuerdan la importancia de la desmesura y el desequilibrio.

(Próximamente en Bacánika.com)

23 oct. 2012

El intelectual hoy






Después del ataque del 2001 a las Torres Gemelas, y del ataque por parte de los especuladores y agiotistas en el 2008, las coordenadas del mundo moderno han cambiado. No es posible hacer la apología de un sistema que dijo siempre no tener dinero para las madres cabeza de familia, para el tema de inmigrantes, para la universidad pública, y que sí tiene dinero ahora para salvar la banca y las grandes multinacionales. Es lo que Chomsky ha llamado el paso del capitalismo salvaje al capitalismo depredador. Identificarse con ese tipo de establecimiento corrupto, mañoso, de doble y de triple moral, es imposible. No hay cómo hacer la defensa de ese esquema: privatizamos las ganancias y socializamos las pérdidas. Ese esquema que ha conducido a varios países al desempleo y la ruina general. Entonces se presenta una encrucijada difícil de manejar: no se puede defender el terrorismo (fanáticos y fundamentalistas delirantes que secuestran, ponen bombas y masacran a la población civil), y no se puede defender tampoco el capitalismo depredador de yuppies y banqueros que han multiplicado la pobreza y la indigencia en el planeta entero. 
El intelectual ha tenido que crear una trinchera propia, muy crítica, donde debe defender a la sociedad civil desarmada que sigue madrugando a trabajar y que paga sus impuestos cumplidamente. Unos impuestos que, con la complicidad de las clases dirigentes, las grandes corporaciones desean robarse, y que hay que vigilar con sumo celo. Y hay que vigilar también a las hordas de radicales que se creen con el derecho a masacrar en aras de unos valores bastante cuestionables, por no decir inaceptables. Ese es el dilema de muchos de los intelectuales al interior de la Primavera Árabe, y al interior de Los Indignados, dos movimientos de emancipación que surgen después del ataque de Wall Street en el 2008.
En América Latina, y particularmente en México, Brasil y Colombia, este esquema pasa inevitablemente por el narcotráfico, que lo ha contaminado todo. Nuestras democracias e instituciones tan frágiles no lograron frenar la embestida de los narcos, y terminaron dominadas y sujetas a sus sucios arbitrios. Hoy en día nos venimos a enterar de que Maza Márquez, sobre cuyos hombros se supone que residía la seguridad nacional, está involucrado en el crimen de Galán y mantenía contacto cercano con el cartel de Cali. Más los torturados y desaparecidos del Palacio de Justicia, el exterminio de todo un partido político (la UP), los crímenes de Pardo Leal, Jaramillo, Pizarro, Galán o Álvaro Gómez, entre muchos otros. En todos ellos están involucrados representantes estatales y una clase política sucia y cómplice de la mafia. La fragilidad nuestra ha sido tal, que cuando investigamos a fondo el poder de los dineros sucios, llegamos al Palacio de Nariño, al mismo presidente de la República. Es lo que Joe Toft, director de la DEA en Colombia, llamó la narco-democracia. Una apariencia de democracia detrás de la cual se esconden los dineros sucios, el tráfico de drogas y el lavado de activos. 
El intelectual, por ende, no puede identificarse ni defender un establecimiento que está tan sucio en su médula, tan corrupto, tan contaminado por un capitalismo depredador globalizado y por unos carteles que aún dominan buena parte de las clases políticas. Por algo teníamos hasta hace muy poco cerca de 60 congresistas presos. El intelectual no puede ser cómplice de esas componendas. Y, por el otro lado, no puede tampoco ir a defender los ideales de una supuesta izquierda guerrillera, también mafiosa, genocida y violadora de derechos humanos. El sueño de la Revolución Cubana termina con individuos amarrados a un tronco en la mitad de la selva por seis, diez o doce años. Termina en los campos de concentración colombianos, en el robo de tierras por parte de la guerrilla, en el tráfico de heroína y de pasta de coca a través de Venezuela y del Chocó, en las masacres de campesinos colombianos. 
El intelectual contemporáneo ya no tiene bando, se ha quedado solo. Lo detestan los apologistas del sistema y lo detestan los anti-sistema. Abre un camino propio, en solitario, una brecha de pensamiento que es una resistencia civil ante los bandos en conflicto. Muy difícil.

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19 oct. 2012

Willy Vlautin







Se llama Willy Vlautin y es el cantante del grupo Richmond Fontaine. Y es el autor de una novela magnífica: Vida de motel, publicada en Colombia por Editorial Norma.
Saludos, MM.

15 oct. 2012

El triste final de los genios




Cuando yo era estudiante de Letras, la facultad parecía subdividirse en tres secciones muy marcadas: los genios, que casi siempre venían de colegios privados, hablaban dos o tres idiomas, pertenecían a estratos altos o a una clase media ilustrada, y que miraban a todos los demás con cierta conmiseración; los disciplinados, que venían de cualquier parte y cuya característica principal era la terquedad, el rigor; y los incompetentes, que ya desde primer semestre se sabía que habían elegido Literatura por un gran error en sus vidas.
Al comienzo de la carrera, los primeros eran imposibles de superar, se llevaban todas las alabanzas, eran los preferidos de los profesores, leían a los autores en los idiomas originales, citaban de memoria a poetas y narradores que sólo conocían ciertos docentes, y, como si fuera poco, escribían de maravilla y parecían destinados de una manera irremediable a ser escritores reconocidos y laureados. Pero con el paso del tiempo el asunto se iba modificando poco a poco, casi de un modo invisible.
Los obstinados iban ganando terreno, leían en la biblioteca desaforadamente, asistían a todos los ciclos de cine, se intercambiaban libros entre ellos y no descansaban nunca, ni siquiera en las vacaciones. Cuando la carrera estaba por terminar, los genios seguían dormidos sobre sus laureles y estaban convencidos de que ellos pertenecían a una casta superior. Pero estaban equivocados, ya no era así, era un error de percepción.
Al enfrentar la tesis, se desmoronaban, empezaban a esgrimir todo tipo de excusas, se inventaban argumentos para no tener que trabajar a fondo en sus investigaciones, se justificaban asumiendo poses de falsa superioridad que en realidad escondían la pereza y la vagancia del consentido. En cambio, los que venían trabajando con seriedad y aplomo desde los primeros semestres terminaban sus monografías, se graduaban y aplicaban para las becas internacionales. Con el tiempo, ese primer bando desaparecía o se iba camuflando en trabajos que conseguían gracias a sus relaciones sociales o a sus contactos con las altas esferas culturales.
Cuando fui profesor, esos bandos se mantenían intactos. Los estudiantes juiciosos y metódicos, que invertían buena parte de su tiempo en estudiar en la biblioteca y en tomar notas, eran los que al final valían la pena. Los genios estaban tan enamorados de sí mismos que su narcisismo recalcitrante los condenaba a una autodestrucción sin remedio. Incluso, con los años, no podían reconocer los méritos y los logros de ese segundo bando que nunca había bajado la guardia. Seguían convencidos de que toda la vida era como en primer semestre.
Esto me recuerda al docente húngaro László Polgár, que decidió crear un método para formar individuos salidos del común. Eligió como conejillos de Indias a sus propias hijas pequeñitas, y empezó a darles una educación especial basada en la disciplina. Una de las materias prioritarias era el ajedrez. Cuando las niñas ya tenían diez años eran unas jugadoras reconocidas internacionalmente y habían derrotado a varios jugadores hombres de primera línea. La clave de esa educación era simple y al mismo tiempo muy compleja: entrega, sacrificio, concentración, disciplina.
Enorgullecerse de un coeficiente intelectual es algo banal porque no hay ningún mérito en ello. Nacimos así. Lo difícil es saber qué hacer con el talento, cómo cultivarlo, cómo usarlo, cómo ponerlo al servicio de una causa significativa. Y ese paso sólo se logra a punta de terquedad, obstinación y mucha disciplina. No hay magnificencia sin entrega, y, como la misma palabra lo indica, significa dejar el ego a un lado y empezar a pensar más allá de sí mismo. Hay que ir doblegándose, dominándose, y muchas veces sometiéndose a las malas. Y eso nadie nos lo enseña. Muy pocas veces en la vida encontramos a un maestro de verdad que nos logre transmitir la obsesión y la perseverancia, que son las claves de la auténtica grandeza.


(Próximamente en Bacánika.com)

14 oct. 2012

Nostalgia de la luz



Una obra maestra de Patricio Guzmán.. Un buen plan para este puente. Espero que la disfruten.
Saludos, MM.

8 oct. 2012

La soledad de los cantantes




Soñé que era un niño llamado Felipe y que un ángel, quizás para enseñarme algo clave, me mostraba unas imágenes. La primera era una mujer anciana sentada en un cuarto viendo televisión. No hacía nada más. Me pareció familiar su rostro. Una secuencia me la mostró a lo largo de distintos días. Una empleada le llevaba el desayuno a la cama y ella encendía la televisión a las ocho de la mañana. Iba al baño y a veces se bañaba, a veces no. La misma empleada le subía el almuerzo a la una de la tarde. Después de comer, la mujer dormía una siesta, siempre con el televisor encendido. A las siete de la noche cenaba, dos horas después apagaba la televisión y se quedaba dormida. Al día siguiente se repetía la misma rutina. Lo que más me sorprendió es que no cambiaba nunca de canal.
- Se llama Eunice –me dijo el ángel caminando unos cuantos pasos alrededor del salón-, y lleva cuatro años en depresión encerrada en su habitación. De joven solía ser una cantante alegre y extrovertida. Ahora está vieja y cansada. Como ya te diste cuenta, no cambia de canal y siempre ve los mismos concursos, las mismas recetas de cocina, los mismos consejos para el hogar. La verdad es que se quiere morir, pero la muerte no llega.
Apareció entonces una casa muy bella, lujosa, una mansión rodeada de lagos, de esculturas de niños, comedores al aire libre, piscinas, salas con múltiples televisores y videojuegos, tinas para bañarse y parque de diversiones. Un palacio, realmente. Por un corredor apareció un hombre muy delgado y pegué un grito al reconocerlo:
- ¡Es Michael Jackson!
- En efecto, estás viendo Neverland, la mansión donde vivía él hasta hace poco –dijo el ángel sonriendo-. Vas a ser testigo de una escena muy íntima, desconocida.
Y entonces vi a Jackson en un cuarto de hotel. Afuera había una multitud de fans ovacionándolo y gritando su nombre. Un helicóptero de un canal de televisión volaba sobre el hotel intentado captar una imagen del cantante. En el edificio del frente, desde un apartamento cualquiera y con sus máquinas de fotografía instaladas sobre unos trípodes, varios paparazzi vigilaban la habitación del artista. En algún momento él se acerca a una ventana, sale a un pequeño balcón y saluda a la gente. Todos empiezan a dar alaridos y el helicóptero se acerca lo que más puede para registrar una buena imagen del rey del pop en vivo y en directo. Los paparazzi disparan sus cámaras una y otra vez. Jackson se retira del balcón, cierra las cortinas, entra al baño y se sienta sobre la tapa del inodoro. Pasan los minutos. Un aire de tristeza invade el lugar. El ídolo se agarra la cabeza con las dos manos y empieza a llorar. Lo hace como si fuera un niño, ahogándose y limpiándose las lágrimas con las mangas de la camisa.
- ¿Qué le pasa? –pregunto sin entender muy bien la escena.
- Quiere salir a tomarse un café –me empieza a explicar el ángel-, a comer algo, a comprar alguna baratija, a estirar las piernas después de muchas horas de vuelo. Y no puede. Es demasiado famoso. Está atrapado en su propio prestigio. Desconfía de todo el mundo porque lo único que buscan es su fama y su reconocimiento. No tiene adónde ir, no tiene a nadie con quien comerse una pizza y beberse una gaseosa.
Y la última escena que veo es ésa: la del rey del pop llorando, sentado en el baño de un hotel que no sé cuál es, en una ciudad que no reconozco, desamparado, en silencio, como si afuera el mundo se hubiera acabado y sólo quedara él en el planeta, él y su voz única, magnífica, inigualable.

(Próximamente en Bacánika.com)

3 oct. 2012

Miranda y la Soul Band

Alguna noche la escuché cantar en Medellín con su banda. Ahora está en un concurso a nivel nacional. Talento puro.
Saludos, MM.