26 nov. 2012

Mel Blanc







Hay un trabajo que envidio con todas mis fuerzas: hacer voces para dibujos animados. De niño y de adolescente me pasaba horas frente al televisor intentando imitar la voz de Pedro Picapiedra o de Silvestre, el eterno enemigo de Piolín. Aún hoy en día, cuando estoy solo y no tengo testigos de semejante descalabro, no puedo evitar el imitar las voces de los malos, los fantasmas o los brujos, que son cavernosas y guturales. Me parece el mejor trabajo del mundo.
Cuando estaba ya en la universidad descubrí que en las radionovelas sucedía también esa maravilla: que la voz fuera capaz de construir ella sola toda una personalidad. Descubrí, por ejemplo, que la voz del legendario Kalimán, un héroe oriental cuyo poder físico y psíquico lo conducía siempre a sobreponerse a todos los malhechores, era Gaspar Ospina, un actor que estaba lejos de parecerse al personaje. Y que la voz de Solín, el compañero inseparable de Kalimán, era Erika Krum, una señora que no tenía nada de joven ni de adolescente. Pero ahí estaba la magia, la impostura sorprendente de una voz modificada que construía una segunda identidad perfecta.
En una entrevista que le hice a John Leguízamo hablamos de la voz que él hizo en inglés para Sid en La Era del Hielo. Leguízamo probó decenas de entonaciones diferentes y nada, no lograba dar con el personaje. El director le recomendó entonces que viera documentales de osos perezosos, y en ellos descubrió que estos animales siempre están con algo entre la boca, masticándolo, babeándolo. Enseguida Leguízamo se metió pedazos de pan y de fruta entre la boca, y empezó a practicar con voces líquidas, gangosas, que parecen salpicar al que está escuchando. Así nació la voz magnífica de Sid, entre saliva y comida sin deglutir.
Esto me recuerda al incomparable Mel Blanc, la voz de infinidad de personajes de los dibujos animados más famosos. Blanc es la voz de Bugs Bunny, de Porky, de Pablo Mármol, el amigo de Pedro Picapiedra, del Pato Lucas, de Piolín, y una de mis preferidas: la del perverso y malvado Silvestre, el gato que se la pasa urdiendo trampas y ataques contra el canario Piolín (que también es él, Mel Blanc). Es increíble que sólo un hombre fuera capaz de hacer todas esas voces tan disímiles y sorprendentes.
Cuando Blanc hacía la voz del conejo Bugs Bunny tenía que masticar zanahorias de verdad en los estudios de grabación. Llegó un momento en que no aguantaba ya el sabor de la zanahoria, y entonces vivía escupiéndolas en un balde sin comerse ni una sola de las centenares que probaba diariamente.
El 24 de enero de 1961, Blanc sufrió un grave accidente de tránsito en Hollywood, y quedó hecho pedazos en un hospital con varios huesos rotos y su cerebro en coma. Así pasó varias semanas, sin responder a ningún estímulo, inmóvil en su cama de cuidados intensivos, sin que los médicos supieran si iba a recobrar la conciencia o si se iba a quedar en ese estado para siempre. Intentaron hablarle, interpelarlo a ver si respondía, pero nada, el paciente continuaba con su mente suspendida en otra dimensión. Un médico que sabía que Blanc era la voz del famoso conejo de los dibujos animados, le dijo un día al oído intentando imitarlo: ¿Qué tal estás hoy, viejo Bugs Bunny? Y de inmediato Blanc se estremeció, abrió los ojos, respondió y salió del coma entre estertores y sonrisas de alivio. Por eso diría más tarde que le debía la vida, literalmente, al viejo Bugs Bunny.
Sobre la tumba de Blanc hay un epitafio que dice: That’s all folks (Esto es todo amigos), que era como terminaban siempre esos dibujos animados. Qué envidia, carajo.

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19 nov. 2012

Julieta




Cuando a los siete años me dio una peritonitis gangrenosa, una noche, en mi cama de cuidados intensivos donde ya llevaba meses recluido, escuché una conversación extraña entre mis padres. Decían que si yo moría era el colmo de la mala suerte, que dos hijos fallecidos parecía ya una maldición. ¿Estarían condenados?, se preguntaban los dos entre lágrimas.
 Dejé pasar esas palabras, pero luego, cuando me salvé, regresaron a mí una y otra vez. ¿Dos hijos fallecidos? ¿Quién era el otro? ¿Dónde estaba, cuándo había muerto, cómo? Durante semanas busqué entre cajones y repisas alguna fotografía, algún dato, algún registro. Nada. ¿Cuál era la historia de ese hermano perdido entre la melancolía de mi familia maldita? Hurgué entre cuadernos y libretas, esculqué todos los álbumes y entre los recibos guardados con llave, pero nada, no había un solo rastro de mi hermano mayor muerto quién sabe en qué oscuras circunstancias.
¿Había malinterpretado la conversación entre mis dos padres? ¿Había sido víctima de una alucinación verbal? No tuve otra opción: le pregunté una noche a mi madre directamente, cara a cara. Tenía ocho años y me la pasaba jugando fútbol, montando en bicicleta y comiendo helados. Mi madre no supo al principio qué contestar. Se quedó pasmada. Insistí, la presioné, le dije que tenía derecho a saber algo así. Me contó entonces que un año antes de nacer yo ella había llegado a la clínica embarazada de una niña que acababa de cumplir los nueve meses. El parto fue un desastre. No estaba en buenas manos y el médico de turno dejó que la chiquita se enredara en el cordón umbilical y se estrangulara. El mismo día que mi hermana nació, ése mismo murió. Para ella nacer y morir fueron sinónimos. Le pregunté a mi madre el día. Ella respondió entre lágrimas: el 15 de febrero. Año: 1963.
Esa noticia cambió mi infancia para siempre. A partir de entonces empecé a sospechar que otra presencia me acompañaba, que junto a mí crecía una niña magnífica que era apenas un año mayor que yo. Decidí bautizarla: la llamé Julieta, Julieta Mendoza. Y le fui armando una biografía que corría paralela a la mía, la vida trunca que ella no había podido vivir por culpa de un médico irresponsable y criminal.
Julieta creció fuerte, bella, sagaz incluso en exceso. Fue siempre una buena estudiante, pero algo, allá adentro, la obligaba a estar sola, aislada, reservándose para sí misma tanto sus penas como sus dichas más secretas. En la adolescencia se hizo manifiesta su vocación por la música. Aprendió guitarra sin tomar clases formales, sólo viendo a otros tocar. Se unió a músicos jóvenes como ella y conformaron una banda. Un poco de blues, un poco de rock, un poco de jazz, y algo de ese hip hop inicial que se empezaba a tomar todas las calles del mundo. Llegaron los primeros toques en bares y en locales donde les permitían presentarse a cambio sólo de propinas. Su voz se destacaba por su fuerza, por su precisión, por su alta dosis de angustia contenida. Una especie de Billie Holiday latinoamericana rockera y hiphopera.
Por ese entonces llegaron también las drogas. Metanfetaminas, cocaína, marihuana, ácido, y alcohol, mucho alcohol. Su vida empezó a irse cuesta abajo. Yo la aconsejaba, la defendía hasta donde yo podía, pero su capacidad autodestructiva era efectiva, minuciosa, letal.
Unos días antes de irme del país con una beca para España, encontraron a mi hermana muerta de sobredosis en una olla del centro de la ciudad. Para mi madre había muerto en un mediodía de 1963. Para mí falleció 25 años después. Scorpio City, de alguna manera, es un homenaje a sus calles, a su desolación, a sus paisajes urbanos de sombra y desesperación. Y las letras que recitan los muchachos en Los Hombres Invisibles son sus cantos de agobio e impotencia.
Me haces falta, Julieta. No alcanzaste a verme convertido en un escritor. No alcanzamos a componer juntos algunas letras sobre este mundo que cada día parece más inescrutable. Me faltó verte sobre una tarima entonando tus arengas en contra de este sistema injusto y depredador. En el más allá rapearemos juntos. Que Hades, el dios del inframundo, te bendiga y te sea propicio...

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12 nov. 2012

Declaración de guerra





Los comienzos. Salones de clase donde unos estudiantes de literatura alardeaban de saberlo todo. Miraban siempre por encima del hombro, descalificaban a los otros, creían haber leído todos los libros, o, al menos, los más importantes. Falso. Su ego inflado corroboraba su ignorancia. Profesores que llevaban veinte años dictando lo mismo en salones idénticos, repetidos, en serie, deprimentes. Tanto los estudiantes como los profesores citaban de memoria, su bibliografía era su única experiencia de la vida, miraban de reojo, con la expresión inconfundible de los cobardes.
Estuve en ambos bandos. Los conozco bien. Sé cómo hablan, cómo fingen. Fui un alumno que se creía sobresaliente, fui un profesor cuyo único tema era los libros que había leído, y volví a ser estudiante de maestría y volví también a ser un docente (un decente) que hablaba y hablaba y hablaba convencido de que desde los salones de clase era posible cambiar el mundo. Qué ingenuo. La universidad ya no se rebela en contra de nada. Mayo del 68 sucedió hace mucho tiempo. La universidad está ahora del otro lado: es una empresa eficiente, una oficina donde unos obreros amodorrados llenan planillas de acreditación.
Y allá, afuera, del otro lado de los ventanales, la vida me llamaba, me hacía señas, me enviaba mensajes en los que me advertía que si quería ser un escritor de verdad tenía que salir de mi refugio, desprotegido, sin chaleco antibalas, sin flotador. Y esas voces me hacían daño, me hacían sufrir. ¿Saldría del castillo alguna vez y sería capaz de cruzar el foso, de enfrentar a los dragones?
No sé cómo ocurrió, no sé qué día sucedió, sólo recuerdo que una tarde cualquiera estaba ya en la calle, con frío, bajo la lluvia, sin libros, sin hojas, sin notas, sin recitar artículos académicos, solo, completamente solo, luchando cuerpo a cuerpo con mis fantasmas, con mis muertos, debatiéndome entre la esquizofrenia y el suicidio, hambriento, sucio, iracundo, al lado de mis personajes, tragándome las calles entre el vacío y la desesperación, entre la angustia y el más absoluto desamparo, sin dinero, sin un peso entre los bolsillos, dispuesto a morir antes que a claudicar. Y me convertí en un desclasado, en un indecente, en un vulgar.
Mis antiguos compañeros, mis antiguos colegas me declararon entonces la guerra, me negaron, dijeron no conocerme, prometieron no leerme. Desde el castillo, bien resguardados, me gritaron, me insultaron, me señalaron y me llamaron renegado. No tuve tiempo en ese entonces de poner atención, de oír sus alegatos melifluos y socarrones. Estaba luchando en medio del desierto, estaba durmiendo junto a las bestias, estaba cazando con los lobos entre la estepa. No había tiempo para escuchar a los tortugones amoratados.
Ahora esos supuestos enemigos siguen en sus aulas repitiendo exactamente las mismas sandeces, escriben supuestas críticas o artículos en revistas indexadas, sus ojos empiezan a estar rodeados de arrugas, están calvos o canosos. Y ya no tienen fuerza para declararme la guerra, ya no tienen voz, ya escasamente balbucean un saludo cuando nos encontramos en la calle o en un cine. No los vencí yo, los derrotaron mis personajes. Ellos, que son implacables, que son crueles, que no perdonan. Mis personajes los hicieron trizas, los cazaron, los despedazaron, los empalaron. Mis personajes encendieron sus hogueras con su bibliografía. Mis personajes son salvajes, son caníbales, no conocen la piedad ni el perdón. Se los tragaron a dentelladas, sin asar siquiera, crudos. Se bebieron su sangre en noches de luna llena, los mutilaron, los desmembraron y devoraron sus hígados y sus corazones recién arrancados. Y no los enterraron, dejaron sus despojos entre el polvo para que las hienas y las otras bestias se dieran un festín.
Mis personajes sí entienden lo que es una declaración de guerra.

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5 nov. 2012

Impermanencia







Eres todo aquello que has palpado o has contemplado sin darte cuenta de la importancia de esos gestos: el manubrio de tu bicicleta cuando eras niño, los cubiertos recién puestos en las horas de la mañana, los libros por los que has pasado tus manos suspendidas entre las páginas amarillentas, las frutas frescas recién cogidas de los árboles, el pan humeante junto a la taza de té en el desayuno, los grifos de los baños, las puertas y las ventanas que has abierto o que has cerrado alguna vez. Pero por encima de todo eres las pieles de esos cuerpos que has amado con locura, casi con desesperación, esos cuerpos que te han enseñado la fuerza del amor desmedido y sin control, y que también, allá, muy al fondo de cada instante de plenitud, te han hecho sentir a su vez el peso de la muerte, de la caducidad, de la transitoriedad, pues tocar un hombro o una cadera es un acto simultáneo con el hecho de preguntarse cuándo desaparecerán ese hombro o esa cadera.
Eres las palabras que te han susurrado al oído en interminables noches de placer, los quejidos, los ahogos, las confesiones de amor en medio de los cuerpos sudorosos y agotados. Eres la música de un rito corporal en el que has buscado otra piel, otra osamenta, otros ojos que contemplen tu materia para que den fe de tu realidad, de tu existencia.
Eres los olores y los sabores que has percibido en medio de esa gimnasia frenética a la que te has entregado para escapar de un destino inevitable: tu muerte. Los olores y los sabores de esas bocas trémulas que acaban de beber vasos de vino o de ron, el olor y el sabor salitroso del sudor acumulado a todo lo largo de un día de trabajo, los olores y los sabores animales y bestiales del sexo, de los centros donde se origina la vida.
Cada cuerpo que has amado te ha conducido de un modo inevitable hacia la muerte. Cada boca besada, cada cabellera acariciada han sido una bendición y una tortura al mismo tiempo, pues mientras besabas o acariciabas sabías que esos labios o esos mechones de pelo eran fugaces, transitorios, efímeros. De alguna manera, la materia viva es peor porque en su centro, en su esencia más profunda está el paso del tiempo, el vértigo de la existencia, la muerte.
Amamos a futuros cadáveres, acariciamos cuerpos que un día estarán muertos, dormimos junto a seres enfermos y achacosos en el futuro, besamos a personas cuyas bocas un día van a apestar, nos bañamos junto a pieles y músculos que en cualquier momento ingresarán a cuidados intensivos y desaparecerán para siempre. La necrofilia no es una opción, es un destino. Cada uno de nosotros es un vampiro que recorre la ciudad en busca de carne y sangre que le haga olvidar, al menos por un instante, el paso implacable del tiempo. Somos muertos que buscan a otros muertos para sentirse vivos.


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