12 nov. 2012

Declaración de guerra





Los comienzos. Salones de clase donde unos estudiantes de literatura alardeaban de saberlo todo. Miraban siempre por encima del hombro, descalificaban a los otros, creían haber leído todos los libros, o, al menos, los más importantes. Falso. Su ego inflado corroboraba su ignorancia. Profesores que llevaban veinte años dictando lo mismo en salones idénticos, repetidos, en serie, deprimentes. Tanto los estudiantes como los profesores citaban de memoria, su bibliografía era su única experiencia de la vida, miraban de reojo, con la expresión inconfundible de los cobardes.
Estuve en ambos bandos. Los conozco bien. Sé cómo hablan, cómo fingen. Fui un alumno que se creía sobresaliente, fui un profesor cuyo único tema era los libros que había leído, y volví a ser estudiante de maestría y volví también a ser un docente (un decente) que hablaba y hablaba y hablaba convencido de que desde los salones de clase era posible cambiar el mundo. Qué ingenuo. La universidad ya no se rebela en contra de nada. Mayo del 68 sucedió hace mucho tiempo. La universidad está ahora del otro lado: es una empresa eficiente, una oficina donde unos obreros amodorrados llenan planillas de acreditación.
Y allá, afuera, del otro lado de los ventanales, la vida me llamaba, me hacía señas, me enviaba mensajes en los que me advertía que si quería ser un escritor de verdad tenía que salir de mi refugio, desprotegido, sin chaleco antibalas, sin flotador. Y esas voces me hacían daño, me hacían sufrir. ¿Saldría del castillo alguna vez y sería capaz de cruzar el foso, de enfrentar a los dragones?
No sé cómo ocurrió, no sé qué día sucedió, sólo recuerdo que una tarde cualquiera estaba ya en la calle, con frío, bajo la lluvia, sin libros, sin hojas, sin notas, sin recitar artículos académicos, solo, completamente solo, luchando cuerpo a cuerpo con mis fantasmas, con mis muertos, debatiéndome entre la esquizofrenia y el suicidio, hambriento, sucio, iracundo, al lado de mis personajes, tragándome las calles entre el vacío y la desesperación, entre la angustia y el más absoluto desamparo, sin dinero, sin un peso entre los bolsillos, dispuesto a morir antes que a claudicar. Y me convertí en un desclasado, en un indecente, en un vulgar.
Mis antiguos compañeros, mis antiguos colegas me declararon entonces la guerra, me negaron, dijeron no conocerme, prometieron no leerme. Desde el castillo, bien resguardados, me gritaron, me insultaron, me señalaron y me llamaron renegado. No tuve tiempo en ese entonces de poner atención, de oír sus alegatos melifluos y socarrones. Estaba luchando en medio del desierto, estaba durmiendo junto a las bestias, estaba cazando con los lobos entre la estepa. No había tiempo para escuchar a los tortugones amoratados.
Ahora esos supuestos enemigos siguen en sus aulas repitiendo exactamente las mismas sandeces, escriben supuestas críticas o artículos en revistas indexadas, sus ojos empiezan a estar rodeados de arrugas, están calvos o canosos. Y ya no tienen fuerza para declararme la guerra, ya no tienen voz, ya escasamente balbucean un saludo cuando nos encontramos en la calle o en un cine. No los vencí yo, los derrotaron mis personajes. Ellos, que son implacables, que son crueles, que no perdonan. Mis personajes los hicieron trizas, los cazaron, los despedazaron, los empalaron. Mis personajes encendieron sus hogueras con su bibliografía. Mis personajes son salvajes, son caníbales, no conocen la piedad ni el perdón. Se los tragaron a dentelladas, sin asar siquiera, crudos. Se bebieron su sangre en noches de luna llena, los mutilaron, los desmembraron y devoraron sus hígados y sus corazones recién arrancados. Y no los enterraron, dejaron sus despojos entre el polvo para que las hienas y las otras bestias se dieran un festín.
Mis personajes sí entienden lo que es una declaración de guerra.

(Próximamente en Bacánika.com)

10 comentarios:

  1. Gracia Mario, siento este texto muy cerca porque viví y conocí ese "castillo" del que hablas: los estudiantes, los profesores, los jerarcas, sus actitudes arrogantes. En esos años sólo pensaba en fugarme de sus mentiras, de su fango. Pude hacerlo y sin ellos me enfrenté durante años al dragón; sola, copulando con la poesía y la pintura. Cuando volví a verlos estaban iguales, no se habían movido.
    Pero fueron tus personajes los que los exterminaron, los que acabaron poco a poco con ellos; y tus lectores lo sentimos así y por ello no podemos parar de leerte.
    Con tu obra estás arrasando con esas momias inertes y repulsivas.
    Abrazo fuerte.

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    1. ¿Recuerdas? Cuánta pose, cuánta falsedad, cuánta envidia... Hiciste bien... Tu "on the road" te salvó... Abrazos, Mario.

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  2. La guerra en la que yo me encuentro, con mi ser,con mi capacidad de cognición, mi responsabilidad de sobrepasar mis expectativas como estudiante, el de concluir como un buen ejemplo para mis nietos; en esta espero desarrollar también muy buenas herramientas para ganarle a todo aquello que me de la guerra.
    un saludo, gracias.

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    1. Claro que sí... Hallarás siempre la fuerza... MM.

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  3. Lo celebro y brindo por ello! le deseo mas guerras en defensa de la impecabilidad!

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  4. De la grandeza de tu obra, habla la vida, porque las mentes pequeñas no tienen tal amplitud para reconocerla ;)

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  5. Me quedan los ojos llenos de lágrimas, imaginar la crueldad con la que el mundo te dio la espalda, imaginar la ira y el dolor de lo que tuviste que vivir. Puede ser poco en comparación, pero es una guerra ganada y todos fuimos testigos de esa victoria.
    Un abrazo.

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  6. Dices exactamente, lo que se ha vuelto la Universidad, una comunidad Académica, donde lo que se compite, ya no es quien tenga más memoria, sino quien tenga más artículos o libros, pero en especial, la ley del mutuo elogio, donde lo más importante, es ser resaltado, sin importar las consecuencias, que eso tengo en el día a día.

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  7. Mario con mucho aprecio y respeto le envió mi modesto poema ya que usted fue participe de esta su inspiración.

    ¿Quien es yo?
    S.Vásquez

    Yo, un otro
    Yo, un nada
    Yo, un algo
    Yo, una linterna cegada.

    Caos esencial
    en nebulosas fantásticas
    hacen conocerte
    hacen conocernos
    hacen inventar
    sueños, recuerdos
    realidades, vanidades
    misterios del yo
    el yo, un sarcófago
    el yo, un desierto.

    Mal te perdonaran a ti las horas
    Yo, un susurro?
    Yo, un embrujo?
    Yo, un bárbaro?
    Yo, una bestia?
    Yo, fuego y tormenta?
    Yo, ave siniestra?
    Yo, calamidad?
    infinidad, perplejidad
    ambigüedad, quizás
    eso y mucho mas
    soy yo.

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  8. Profesor Mendoza, muy buenos días, mi nombre es Fernando Vargas y soy estudiante de la Universidad de Caldas en la ciudad de Manizales, hice parte del colectivo El Acontista, dirigido por el profesor Alejandro Arango, a quien creo usted recuerda por la invitación que le hizo para dictar una conferencia en la universidad y que finalmente por errores mas humanos que de otra índole, no se pudo llevar a cabo, hecho por el cual nuevamente le pido disculpas. El motivo de comunicarme con usted el día de hoy es que para la clase de literatura escogimos leer su libro Paranormal Colombia y sobre éste debemos de realizar una exposición 2 compañeros más y yo. Lo que pretendo de forma muy respetuosa es pedirle el favor de contestar algunas preguntas al respecto del libro, para poder socializar sus respuestas en clase y así de esa forma, darle un toque especial a la exposición, porque no nos digamos mentiras, el hecho de que en una clase uno pueda mostrar lo que el escritor directamente dice y opina de su obra, es algo que no tiene precio. de forma cordial le pido tenga en cuenta esta solicitud y me regale un espacio de su tiempo, que me imagino debe de ser poco, para atender las preguntas que tenemos al respecto de su magnífico libro. la fecha de la exposición es el 23 de noviembre. Mi correo es salfersa@hotmail.com. Quedo atento. Mil gracias.

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