19 nov. 2012

Julieta




Cuando a los siete años me dio una peritonitis gangrenosa, una noche, en mi cama de cuidados intensivos donde ya llevaba meses recluido, escuché una conversación extraña entre mis padres. Decían que si yo moría era el colmo de la mala suerte, que dos hijos fallecidos parecía ya una maldición. ¿Estarían condenados?, se preguntaban los dos entre lágrimas.
 Dejé pasar esas palabras, pero luego, cuando me salvé, regresaron a mí una y otra vez. ¿Dos hijos fallecidos? ¿Quién era el otro? ¿Dónde estaba, cuándo había muerto, cómo? Durante semanas busqué entre cajones y repisas alguna fotografía, algún dato, algún registro. Nada. ¿Cuál era la historia de ese hermano perdido entre la melancolía de mi familia maldita? Hurgué entre cuadernos y libretas, esculqué todos los álbumes y entre los recibos guardados con llave, pero nada, no había un solo rastro de mi hermano mayor muerto quién sabe en qué oscuras circunstancias.
¿Había malinterpretado la conversación entre mis dos padres? ¿Había sido víctima de una alucinación verbal? No tuve otra opción: le pregunté una noche a mi madre directamente, cara a cara. Tenía ocho años y me la pasaba jugando fútbol, montando en bicicleta y comiendo helados. Mi madre no supo al principio qué contestar. Se quedó pasmada. Insistí, la presioné, le dije que tenía derecho a saber algo así. Me contó entonces que un año antes de nacer yo ella había llegado a la clínica embarazada de una niña que acababa de cumplir los nueve meses. El parto fue un desastre. No estaba en buenas manos y el médico de turno dejó que la chiquita se enredara en el cordón umbilical y se estrangulara. El mismo día que mi hermana nació, ése mismo murió. Para ella nacer y morir fueron sinónimos. Le pregunté a mi madre el día. Ella respondió entre lágrimas: el 15 de febrero. Año: 1963.
Esa noticia cambió mi infancia para siempre. A partir de entonces empecé a sospechar que otra presencia me acompañaba, que junto a mí crecía una niña magnífica que era apenas un año mayor que yo. Decidí bautizarla: la llamé Julieta, Julieta Mendoza. Y le fui armando una biografía que corría paralela a la mía, la vida trunca que ella no había podido vivir por culpa de un médico irresponsable y criminal.
Julieta creció fuerte, bella, sagaz incluso en exceso. Fue siempre una buena estudiante, pero algo, allá adentro, la obligaba a estar sola, aislada, reservándose para sí misma tanto sus penas como sus dichas más secretas. En la adolescencia se hizo manifiesta su vocación por la música. Aprendió guitarra sin tomar clases formales, sólo viendo a otros tocar. Se unió a músicos jóvenes como ella y conformaron una banda. Un poco de blues, un poco de rock, un poco de jazz, y algo de ese hip hop inicial que se empezaba a tomar todas las calles del mundo. Llegaron los primeros toques en bares y en locales donde les permitían presentarse a cambio sólo de propinas. Su voz se destacaba por su fuerza, por su precisión, por su alta dosis de angustia contenida. Una especie de Billie Holiday latinoamericana rockera y hiphopera.
Por ese entonces llegaron también las drogas. Metanfetaminas, cocaína, marihuana, ácido, y alcohol, mucho alcohol. Su vida empezó a irse cuesta abajo. Yo la aconsejaba, la defendía hasta donde yo podía, pero su capacidad autodestructiva era efectiva, minuciosa, letal.
Unos días antes de irme del país con una beca para España, encontraron a mi hermana muerta de sobredosis en una olla del centro de la ciudad. Para mi madre había muerto en un mediodía de 1963. Para mí falleció 25 años después. Scorpio City, de alguna manera, es un homenaje a sus calles, a su desolación, a sus paisajes urbanos de sombra y desesperación. Y las letras que recitan los muchachos en Los Hombres Invisibles son sus cantos de agobio e impotencia.
Me haces falta, Julieta. No alcanzaste a verme convertido en un escritor. No alcanzamos a componer juntos algunas letras sobre este mundo que cada día parece más inescrutable. Me faltó verte sobre una tarima entonando tus arengas en contra de este sistema injusto y depredador. En el más allá rapearemos juntos. Que Hades, el dios del inframundo, te bendiga y te sea propicio...

(Próximamente en Bacánika.com)



6 comentarios:

  1. Su historia me parece maravillosa Mario, tener la oportunidad de enterarse de la existencia de Julieta fue una gran suerte, tanto para ella como para usted. Los espacios no reconocidos suelen generar la sensación de que uno es un farsante sin saber por qué. Enterarse tan niño de la existencia de una hermana mayor le permitió saber que usted tenía otro lugar en esta historia, y así pudo darle un nombre, un espacio. Julieta es alguien que vivió y murió, pero existió. No hay peor infierno que no ser nombrado.

    Mi padre se enteró hace poco más de una década de una hermana mayor que murió a los tres años de tuberculosis en un campo de refugiados durante la guerra civil española. Se llamaba Julia. Mi abuela, a pocos años de morir, se lo contó a mi madre mientras se fumaba un cigarro y fue ella quien se lo comentó a mi padre. La única prueba de su existencia fue una pulsera de oro diminuta con el nombre de la niña que aún guardaba. Julia nunca tuvo un lugar en mi familia. No se cómo viviría mi padre esta noticia, pero la familia lo tomó como una historia más de la guerra, otra terrible anécdota como la de la maleta llena de comida e identificaciones que siempre tuvo mi abuela abajo de su cama aún cuando la guerra había terminado muchas décadas atrás y estuviera en México desde 1939. Yo tenía como 20 años cuando me enteré y la noticia en mi fue una conmoción. Sin saberlo, Julia había estado pegada a mi desde que nací, cuando mi abuela me miraba, cuando me llevaba a tomar el café con sus amigos exiliados teniendo yo tres años. Julia estaba ahí, sin nombre, sin un espacio, sin ser reconocida, durante todos esos años en los que mi padre fue el hermano mayor y no el menor como le correspondía. Durante mi infancia y adolescencia yo la sentía presente, como un fantasma que acompañaba cada uno de mis latidos queriendo respirar por sí misma.

    Tengo muchos años tratando de diferenciarme de ella, de darle el lugar que le toca, pero a veces es difícil, porque la tentación de ser Julia siempre está presente.

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  2. Yo tuve una hermana mayor, que murió antes de nacer yo, en el mismo día, como la tuya. Y un hermano menor, que desapareció hace poco, o quizá ya hace mucho, pero desapareció.
    Y se puede sentir la soledad en cada minuto desde entonces, la que dejó a los que le queríamos, por mucho que imaginemos que está por ahí, por mucho que aún le hablemos, en silencio o a gritos, en público o en privado.

    http://deviajescuentosyfotos.blogspot.com.es/2008/02/t-y-mi-sombra.html

    Y ahora una sonrisa: En el Festival Eñe más de uno te recordó:

    http://deviajescuentosyfotos.blogspot.com.es/2012/11/festival-ene-2012-sacando-la-literatura.html

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  3. dicen que los zurdos eran dos en el útero materno. Que se muere el gemelo cuando aún son embriones y queda el siniestro... Esta historia me recuerda mis juegos mentales, mientras estoy dormida y despierta, donde el pensamiento vuela libre. He tratado de imaginar como hubiera sido mi gemela. Quizá reservada, callada, introvertida y prudente. Amante de las matemáticas, con alma hippie... o todo lo contrario, como yo. Gracias por traerme este juego mental. Gracias por todos los juegos mentales que he experimentado leyendo "escalera al cielo" o "Apocalipsis".... y eso que no cuento aqui los de "satanás", eso es otra historia. Saludos.

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  4. Soy una hermana mayor. De dos hermanos hombres. Es hermoso. Y cuesta.

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