28 ene. 2013

Defendiendo a Max






La defensa de ser otros es urgente en una cultura que tanto le teme a la multiplicidad, a ser otros. Yo soy legión ha sido una frase que ha asustado a Occidente durante siglos. Las autoridades persiguen siempre con vehemencia y fanatismo a todo aquél que rompa las reglas de la identidad. Ni el Estado ni la Iglesia pueden juzgar al que es dos, tres o muchos. Si en un juicio se confirma doble personalidad, o esquizofrenia, o un trastorno de personalidad múltiple, el Estado pierde jurisdicción sobre el sujeto. No puedo enviar ese fulano a una cárcel. Tengo que enviarlo a un psiquiátrico. ¿A qué lo envío allá, entre psiquiatras y enfermeras, entre camisas de fuerza y sobredosis de sedantes? A que le recompongan la identidad, a que le enseñen a ser sólo uno, a que lo reduzcan. Salirse de sí mismo está prohibido.
La Inquisición se montó porque la Iglesia no soportó la posibilidad de que unos adeptos a un ritual, el famoso Aquelarre o la Noche de Walpurgis (en el cual se ingerían pócimas extraídas de plantas solanáceas -beleño, belladona, datura, mandrágora-), se desdoblaran y aprendieran a explorar su duplicidad sexual. No, era mejor torturar, perseguir, quemar, que tolerar el horror de unas personas diciendo que ellas, internamente, eran muchas a la vez.
Esa misma intolerancia se la aplican a Don Quijote. Los libros son peligrosos porque estimulan la imaginación y propician la locura: es preciso quemarlos. Hay que ser Alonso Quijano y quedarse quieto en su granja. Nada de Don Quijotes que dicen ser caballeros andantes vagabundeando por los caminos de España.
Doctor Jekyll y Mister Hyde vuelve otra vez a asustar a ese hombre occidental al que una y otra vez le repiten desde niño que debe tener una personalidad, un carácter, una identidad sólida y monolítica. Es importante que aprendas a ser tú mismo.
La frase de Rimbaud, Yo es un otro, pone el dedo en la llaga una vez más. Wakefield, el personaje de Hawthorne, es visto con terror por los lectores de la época. Sólo por citar algunos casos…
A los transexuales les aplican la misma ley implacable. Puede ser ya una rubia despampanante con cuerpo y psicología de mujer, pero el Estado no le permite el cambio de sexo y la obliga a seguir llamándose Francisco Londoño.
Y ahora resulta que a un jugador peruano que dice llamarse Max Barrios están a punto de lincharlo en su país porque alteró su documentación y se hizo pasar por otro. Según parece, se llama Juan Carlos Espinosa, es ecuatoriano, y algún antiguo director técnico afirma que está casado, que tiene una hija y que estuvo incluso en la cárcel por participar en una balacera en las afueras de una discoteca. Y todos los moralistas recalcitrantes han salido a pedir la cabeza del jugador y a gritar a los cuatro vientos que se vaya para la cárcel con una condena ejemplar. Todo por cambiarse el nombre y la edad para salir a una cancha a jugar pelota un rato. No digo que falsificar datos en un torneo tan importante sea algo de alabar, ni que el jugador no merezca una sanción. Digo que atacarlo de ese modo tan visceral y meterlo en la cárcel me parece exagerado. Un castigo deportivo y meses de trabajo social serían suficientes.
Como escritor no puedo evitar sentir algo de solidaridad por el negro Max, que tiene cara de ser un joven bueno y pobre que está intentando hacer una carrera en medio de los tiburones. Y recuerdo que alguna vez, en la telenovela Betty La Fea, cuando la protagonista iba a crear una empresa fachada para salvar a su jefe, el fiscal general de la nación y otros hombres prestantes le escribieron a Fernando Gaitán, el libretista, diciéndole que eso no podía ser posible, que Betty era un ejemplo social, un modelo a seguir, etc, etc, etc… 
Y alguien se preguntó: ¿por qué somos tan estrictos moralmente en la ficción y tan cínicos y permisivos en la realidad? ¿Por qué atacamos severamente a los personajes de los libros o de las películas, o pedimos a gritos el calabozo para los deportistas que se hacen pasar por otros, y nos quedamos callados frente a los banqueros que dejan a miles de ciudadanos en la miseria, o frente a los grandes magnates que pagan fortunas para matar indios y campesinos, o frente a las Fuerzas Militares cuando masacran a la población civil, desaparecen estudiantes o intimidan a los sindicalistas? ¿Por qué en ciertas circunstancias somos tan rectos y en otras tan sinuosos? ¿Por qué somos implacables frente a un atleta pobre que se inventa una identidad paralela y nos quedamos tan tranquilos cuando un Montesinos o un Fujimori estaban torturando y asesinando ciudadanos peruanos con la mayor impunidad? ¿Por qué no le permitimos a Betty La Fea ni un pequeño desliz y en cambio no dijimos nada cuando tantos políticos importantes se unieron con los paramilitares para expropiar y masacrar campesinos por todo el territorio colombiano?

13 comentarios:

  1. Cordial saludo Mario; no es fácil encontrar una respuesta, sabiendo aun más, que no tenemos esa mayoría de edad -como lo afirmaba Kant-; mientras el ser humano no llegue a ese estado será difícil que logre emancipar su razón y deje ese vicio de juzgar a quien lucha, a quien busca ser otro o sencillamente aquel que desea ser natural, existir tal como es, sin disfraz alguno; la educación en estos momentos se convirtió en un negocio enorme, donde el fin es el moldear seres productivos y resultadistas, personas que se acoplen a la burocracia, mal que viene acechando a los colegios para tener una "calidad" educativa, pero lo único que hace es deshumanizar la educación, he leído su escrito "perdedores" y es un buen comienzo para liberar a los estudiantes, tratando de llevarlos a esa mayoría de edad; queda en las manos el luchar para que no veamos la dualidad como algo nocivo sino como ese punto de fuga artístico.

    ResponderEliminar
  2. Todos necesitamos una duplicidad para escondernos de la realidad y aflorar, el álter ego llega donde el ser no alcanza. Lo lleva a otro mundo desconocido y disperso, de miedos e intrigas. ¿no es así Simón?

    ResponderEliminar
  3. Mario ayúdanos a leer tu blog. Cambia por favor el color del fondo y la letra. El blanco sobre el negro cansa mucho y luego quedo viendo letras en todo lo que miro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sara: no tengo ni idea de diseño. No soy muy bueno en estas lides. Alguien me ayudó inicialmente, y he trabajado así desde entonces. Voy a ver qué puedo hacer...
      Saludos, MM.

      Eliminar
  4. Es el absurdo de nuestro tiempo, Mario. Una realidad en la que se condena siempre al más débil. Pero hay otros que andan con máscaras todos los días, que las usan según su acomodo, que se esconden detrás de la sonrisa fácil, la expresión apagada de sus ojos, la palabra que confunde. Un abrazo, Mario, muy buena esta entrada.

    Carlos Eduardo

    PD: Hace poco tuve un encuentro inesperado con alguien a quien no conocía personalmente y al que admiro mucho. De ese momento especial salió esta historia:
    El pianista de la misa de seis

    ResponderEliminar
  5. Estoy de acuerdo con las ideas centrales del artículo, pero no con el enfoque del caso de Max Barrios: Aquí hay delito con gente inocente perjudicada, pues ha usurpado el puesto que otro de manera legítima podría haber tenido en el equipo donde jugó en el Perú, o peor aún, ocupó el lugar de algún muchacho que soñaba con estar en la selección. Además, estuvo a punto de arruinar la participación del equipo peruano en el torneo, algo en lo que por lo general no se necesita de la ayuda de nadie. No es un inocente muchacho de 17, sino un veterano de 30, y la presencia de un hermano postizo haciendo lo mismo muestra una desvergonzada mafia que ojalá se descubra a plenitud. Curiosamente el ex-futbolista que está detrás de todo esto fue un jugador mediocre de quien sólo se recuerda que siempre quiso imitar a Maradona, cosa que sólo conseguía a la hora que todos los gatos son pardos, y sin una pelota cerca.
    Max no es pues alguien que quiere reinventarse y ser otro de buena fe. No es Alonso Quijano: es un estafador, parte de una mafia que se aprovecha de la ingenuidad de la gente.
    Me cuesta aceptar que el crimen grande relativiza al pequeño, que el genocida es peor que el asesino, que el banquero timador es peor que el extorsionista de barrio o que el que da una coima al policía, que el que plagia y gana un premio literario es peor que el que lo hace en un examen escolar. El tamaño del delito está en el tamaño de la oportunidad. No olvidemos que Fujimori y Montesinos (hoy presos, pagando sus condenas) eran profesionales de clase media, que de pronto llegaron al poder por circunstancias que aún cuesta entender.

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buen punto... A mí, la verdad, es que me cuesta creer que alguien que sólo quiere jugar sea un criminal. Jugar pelota es algo infantil. No es comparable con robar, matar, o extorsionar. Por eso invoco una sanción de otro orden, un castigo ejemplar que no sea la cárcel... Aunque entiendo perfectamente esta argumentación y me parece muy sólida... Saludos, MM.

      Eliminar
  6. Hola Mario!!!

    Pasan los años pero aca sigue tu fiel lector, cada libro, cada parrafo, cada post en el blog... El Crow tambien lo hace ;)

    Te escribi hace un tiempo al correo de hotmail pero me reboto, el 02... parece que ya no lo tienes, necesito contactarte, adonde te puedo escribir o estos dias donde vas a estar de conferencia para encontrarte,

    Avisame pronto !

    Con afecto refousiano,

    Jaime Zalamea

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Saludos, Jaime. El viejo correo tuve que cerrarlo porque me lo hackearon. Ahora ando viajando y haciendo trabajo de campo, pero en la época de la feria del libro nos hablamos seguro. Saludos al Crow también. MM.

      Eliminar
  7. alguna vez escuche, "el cartel mas difícil de combatir es gobierno" con toda su clase política.
    es verdad todos queremos ser otro alguna vez, queremos escapar del mundo en que vivimos, nos movemos y socializamos, pero no somos capaz de hacerlo ni siquiera por un día por unas horas o ni siquiera por un instante. y cuando otro lo hace nos escandalizamos y se invocan santa Marias. sabiendo que somos libres para escoger según nuestra propia conveniencia.

    saludos Mario.

    ResponderEliminar
  8. Nombre del acreedor: Sr. Paul William.
    Prestamista E-mail: paul_william_loanhouse@hotmail.com

    Nos ofrecen préstamos privados, comerciales y personales con muy bajas tasas de interés anuales tan bajas como 2% en un año a 50 años plazo de amortización en cualquier parte del mundo. Ofrecemos préstamos que van desde $ 5.000 a EE.UU. $ 100 millones.

    Nombre del acreedor: Sr. Paul William.
    Prestamista E-mail: paul_william_loanhouse@hotmail.com

      Saludos,
    Sr. Paul William.
    paul_william_loanhouse@hotmail.com

    ResponderEliminar