11 feb. 2013

El libro de los infiernos






Acabo de terminar la novela del joven escritor colombiano Joseph Avski recién publicada en Estados Unidos y México bajo el título El Libro de los Infiernos, y que, según entiendo, es posible comprarla por Internet. Estoy en Cuzco, en lo que antiguamente se llamaba El ombligo del mundo, y un invierno tenaz y persistente ha acompañado mi lectura. Entre las visitas a las ruinas de Sacsayhuamán y la subida a Machu Pichu, he estado leyendo este extraño texto que me ha traído tantos recuerdos de mi propia experiencia con la ciudad contemporánea.
Avski crea una ciudad llamada Dite, el lugar de los traidores, y sus referencias principales son Dante y San Agustín. Es un sitio triste, apagado, duro, cruel, donde sus habitantes, poco a poco, se van convirtiendo en monstruos, en seres deformes, en lo peor de sí mismos. Adictos a la morfina o al láudano, asesinos, tramposos,  prostitutas, mentirosos y canallas caminan por sus calles o duermen en las cloacas de esta ciudad donde es imposible escapar a la degradación, la soledad y la crueldad.
En un tono de frases rápidas y puntos aparte que cortan cualquier asomo de ritmo narrativo tradicional, el autor logra una serie de progresiones, variaciones matemáticas o musicales a un mismo tema, derivaciones, giros, círculos no concéntricos, sino en espiral. El eterno retorno de lo no idéntico. En cada vuelta hay un pequeño cambio, una metamorfosis. En ese sentido, no percibí el Infierno dantesco, el tiempo detenido, siempre igual a sí mismo (el reloj que marca la hora de la eternidad), sino el tiempo que promete en cada giro una mutación. Avski no es europeo, y se le nota, pues su linaje americano crea un infierno bastante particular, el infierno de Quetzalcóatl. La serpiente griega se devora su propia cola. La serpiente mexicana no. El autor un día volverá a ser Avski, y volverá a escribir ese libro, y será personaje de sí mismo, y yo volveré a escribir este comentario una y otra vez, pero en cada giro habrá un cambio, y eso significa que el tiempo es creativo, que cabe una posibilidad: inventar. Y es lo que ha hecho este joven de un modo curioso, muy particular, único.
El libro de los infiernos americano significa que nos repetimos, pero creemos aún en la posibilidad de un renacimiento en cada muerte. Avski no es dantesco, ni sanagustiniano, sino profundamente americano. Su infierno no es la culpa, sino la inteligencia. Su tormento no es el pecado, sino el concepto, el pensamiento abstracto, la creación, la literatura. Sus pesadillas no son demonios, sino palabras, puro lenguaje. No lo atormenta estar alejado de Dios, sino no poder ser Dios, no escribir lo que tiene que escribir. Su dolor no es el remordimiento cristiano, sino la escritura. Avski, como en un juego de espejos contrapuestos, vive en Dite porque está atrapado en la pluma de un escritor llamado Joseph Avski. He ahí su condena. Los privilegios de los elegidos son miserables.
Quizás lo que más me ha sorprendido de este libro es que la ciudad es experimentada no como un espacio, sino como un clima moral degradado, como una temperatura interna, como un modo de ser psíquico, como una condena que nos persigue inevitablemente sin darnos ninguna posibilidad de redención, excepto una: la creación. Vivimos en infiernos, caminamos por las calles buscando nuestra propia imagen sin lograrlo, nos vamos hundiendo lentamente en cada plan que ejecutamos, en cada esperanza con la que soñamos de un modo ingenuo y triste. Y no, no logramos escapar, seguimos atrapados. La única posibilidad es usar las fuerzas negativas y pasarlas a través del arte, de la invención, para transformarlas en fuerzas positivas. Es un problema médico, clínico, de sanación espiritual.
Avski parece susurrarnos al oído un secreto clave: tu dolor te ha sido dado para que lo transmutes en fuerza de invención. Sólo así nuestra degradación cobra sentido. Hemos venido aquí a hundirnos, sí, hemos descendido de un modo siniestro, sí, estamos acabados, sí, pero esto aún no termina y tenemos un as bajo la manga: danzar nuestra desesperación, cantar nuestra depravación, filmar nuestra angustia, escribir la forma como aguantamos día a día lo más bajo de nuestra miserable condición humana.

3 comentarios:

  1. Intertextualidad, polifonías; me encantan los autores que escriben libros de tal manera. Relacionar textos entre sí, armar y desarmar, absorber y desintegrar los textos de otros. Provocativo libro el de Avski.
    En todo caso, la entrada de esta semana está acompañada por ese espíritu abierto de "el despierto y sus animales" hablándole a los que duermen. Bello texto íntertextual.
    saludos.

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  2. Te Admiro muchisimoo Mario Mendoza
    eres un gran escritor y ahora mismo estoy leyendo dos libros tuyos; relato de un asesino y una escalera al cielo. Gracias por brindarme esperanza en tus letras y ánimos para seguir luchando.

    Gabriela F.

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  3. Bellísimo texto, Mario. Ya quiero leer el libro de Avski!

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