29 mar. 2013

Marina Abramovic



Tuvieron una relación amorosa intensa en los 70's. Cuando vieron que ésta se venía abajo decidieron caminar la Muralla China, cada quien desde un extremo para encontrarse en el centro, darse un fuerte abrazo y no volver a verse. Muchos años después ella expuso en el MoMa y presentó 'el artista está presente', un minuto de silencio mirando a los ojos de quien quisiera sentarse frente a ella. Esto es lo que pasó cuando él llegó. 








Tomado de AdQat

25 mar. 2013

Jaime Garzón




Conversé sólo dos veces con Jaime Garzón. Una fue de afán, un cruce de palabras breves en un evento donde nos encontramos. La otra no la olvidaré nunca. Entré al restaurante El Patio a almorzar y él estaba sentado en un rincón con una revista en la mano. Se sonrió enseguida y me dijo con ese desparpajo que tanto lo caracterizaba:
- ¿Usted es el de Scorpio City, verdad?
Me sorprendió enormemente que conociera una novela que acababa de salir. Por aquel entonces yo no era un escritor de oficio, sino un profesor de literatura que había logrado terminar, con gran esfuerzo, dos novelas breves y un libro de cuentos. Me leían mis estudiantes y un puñado de personas de humanidades y carreras afines. Eso era todo. Y que él, un tipo tan conocido y admirado, se hubiera tomado el trabajo de enterarse de esa novela recién publicada, no dejaba de asombrarme. Quizás había leído alguna de las dos críticas que me habían hecho. Una demoledora y llena de veneno (la regla entre el mundillo literario nacional), o la otra entusiasta y escrita con afecto por María Mercedes Carranza, la poeta y directora de la Casa de Poesía Silva, a quien yo conocería personalmente años después en un vuelo a España.
Ninguna de mis suposiciones era cierta. Garzón había leído el libro, no los comentarios sobre él. Más sorpresas. Me pareció casi inverosímil que se hubiera tomado el trabajo de comprarlo y de leerlo con minucia. Me preguntó si tenía dos minutos para que habláramos sobre Scorpio, y le dije que por supuesto, que para mí era un honor que él lo hubiera leído.
Y ahí, sentados en un restaurante del barrio La Macarena, charlamos apasionadamente sobre el libro. Garzón creía que yo había sacrificado el suspenso de la trama en aras de la experimentación con las voces narrativas. Me pareció una crítica válida, lúcida, bien argumentada. Me dijo que la novela le había gustado porque se sentía esa Bogotá profunda de la que casi nunca se hablaba. Me di cuenta de que nunca perdía el humor, ni siquiera cuando estábamos hablando asuntos serios o incluso trágicos. Remató ese intercambio de ideas diciéndome:
- No deje de escribir, Mendoza.
Yo le dije cuánto admiraba a Heriberto de la Calle y a Godofredo Cínico Caspa, dos de sus personajes que para mí encarnaban los opuestos, los antípodas de este país.
A los pocos meses lo asesinaron cuando iba a su trabajo en Radionet, y esa noticia me dejó devastado, iracundo, impotente. Esa noche estuve de acuerdo con César Augusto Londoño, cuando cerró la sección de deportes del noticiero CM& diciendo:
- Y hasta aquí los deportes… ¡País de mierda!
Nunca tuve la oportunidad de agradecerle su generosidad y de decirle cuánto había significado para mí esa conversación. La investigación sobre su asesinato, como tantas otras en este país, se desvió, se enturbió, aparecieron testigos falsos y el Departamento Administrativo de Seguridad, como cosa rara, no hizo sino esconder la verdad y proteger a los verdaderos implicados.
Por eso ahora, durante el proceso de paz, cuando los medios de comunicación sólo revisan los crímenes y las violaciones a los derechos humanos por parte de la guerrilla, es bueno recordar que el otro bando también ha masacrado, perseguido, negociado y traficado del modo más vil y canalla. La lista de crímenes y de ataques por parte de un terrorismo de Estado sistemático y bien planeado, es larga. En esa guerra sucia han caído no sólo militantes de izquierda, sino sindicalistas, maestros de escuela, profesores universitarios, periodistas e intelectuales demócratas de ideas de centro. La supremacía moral no la tienen los que están armados, sino la población civil, los que estamos en el medio, los que no hemos defendido nuestros ideales a plomo. Está bien que presionen a la guerrilla para que nos aclare mil delitos que tiene pendientes con el pueblo colombiano. Pero sería bueno que presionáramos también al establecimiento para que nos aclare mil crímenes que financió, patrocinó y llevó a cabo sin remordimientos de ninguna clase. Entre ellos, por cierto, el de Jaime Garzón.

18 mar. 2013

Abducidos






Alguna noche, en Hof Ashkelon, cerca de Gaza, donde trabajaba por aquel entonces, sonó una alarma general que advertía de algún objeto en el cielo de procedencia desconocida, y tuve que entrar en un refugio antiaéreo para protegerme. Allí conocí a Tom, un inglés de madre antillana, alto, trigueño, de unos 27 o 28 años, que estaba escribiendo un largo reportaje sobre la guerra entre palestinos e israelíes. Esa noche Tom me dijo como si nada, como si fuera lo más normal del mundo:
- Debe ser otro ovni. A veces disparan las alarmas.
Pensé que se trataba de una broma, pero no, Tom estaba bastante serio, casi compungido. Esa noche nos hicimos amigos, cruzamos datos y decidimos vernos el fin de semana siguiente. A lo largo de varias entrevistas me enteré de que había sido abducido tres veces. La primera cuando tenía 7 años. Fue conducido a una nave nodriza donde investigaron su cuerpo con detenimiento. La segunda vez fue a los 14 años. En esa ocasión le implantaron algo en su brazo, una pequeña pieza metálica que los médicos no habían podido extraer porque estaba soldada al hueso. Me mostró una zona de su brazo que mostraba una línea roja alargada donde se suponía que estaba el metal de origen desconocido. Desde esa edad tan temprana, él sabía que era infértil, que de alguna manera inexplicable esa lámina le impediría reproducirse a lo largo de su vida. Y el tercer y último contacto con esos seres provenientes de otros mundos fue, justamente, en Gaza, en las afueras. Lo tuvieron durante horas en una nave y luego apareció dormido en una plantación sin recordar cómo había llegado hasta allí.
En una taberna, mientras nos bebíamos una cerveza en un bar de Jerusalén, me dijo muy seriamente:
- Sé que no moriré de un modo normal. Yo desapareceré. Nadie sabrá dónde estoy ni quién me ha raptado.

*     *     *

Hace unos quince años, en una clínica psiquiátrica, me tropecé con un abogado muy serio que estaba allí no por los trastornos habituales, sino porque necesitaba reposar, dormir bien, tranquilizarse. Yo iba a la clínica tres veces por semana. Siempre nos saludábamos y me di cuenta desde la primera conversación de que se trataba de un buen lector, alguien culto y sofisticado que había invertido una buena parte de su vida en otorgarse a sí mismo una educación de calidad. Cuando entramos en confianza me confesó que había terminado en tratamiento psiquiátrico porque una noche había tenido una experiencia de contacto alienígena. Su esposa estaba agonizando entre sus brazos debido a un cáncer terminal. Se encontraban en una finca en las cercanías de Villa de Leyva. De pronto una luz se tomó la habitación y él y el cuerpo de su esposa fueron trasladados a una nave estelar. Le mostraron que la muerte era sólo un tránsito interdimensional, y le dijeron que no se preocupara, que era algo normal, un paso más en la larga experiencia de la existencia universal. Luego despertó de nuevo en la finca. Su mujer acababa de morir. No sabía si su mente había creado un mecanismo de defensa para enfrentar tan dura experiencia, o si de verdad había sido abducido por esos seres que le habían transmitido un mensaje tranquilizador.

*     *     *

A este respecto, desafortunadamente, hay mucha especulación, mucho material barato, mucho mitómano y mucho psicótico desocupado. Pero una de las investigaciones más serias fue la que llevó a cabo el psiquiatra John Mack, egresado y catedrático de la Universidad de Harvard (ver video). Estudió durante años las declaraciones de sus pacientes y al final concluyó que la gran mayoría de ellos no eran esquizofrénicos, ni maníacos, ni ególatras intentando llamar la atención. Algo extraño se cernía sobre esas declaraciones, un aire fantasmagórico que se rozaba de un modo misterioso con la realidad palpable por los sentidos. Si los astrofísicos empezaban a hablar ya de la Teoría de Cuerdas y de la Teoría M, ¿por qué no era posible que alguien lograra pasar de una dimensión a otra? Sus declaraciones armaron todo un revuelo en la comunidad científica.
Lo cierto es que algo está claro: esto que llamamos la realidad no es sino un ínfima parte de una Realidad mayor. Vivimos atrapados, limitados, ciegos, y nuestros sentidos no tienen la capacidad de capturar esos otros mundos. Pero, por fortuna, podemos intuirlos, imaginarlos, soñarlos, escribirlos, lo cual no es poca cosa.

17 mar. 2013

La conspiración de los farsantes





El epígrafe de esta novela, sin duda,
me parece el eje, el motor del libro, como una especie
de anticipación de todo lo que nos esperaba, como una
maldición. Ya Rivera se había dado cuenta de que la
violencia es una espiral que se agiganta, que crece y que
todo lo devora a su paso. La Vorágine era una línea clara a este
respecto: no sublimar la violencia, sino enfrentarla tal
cual, como lo que es, como un vértigo, como una zona
primitiva que siempre regresa para crear agujeros negros.
El deseo es otra fuerza secreta que se esconde detrás
de las torturas, las masacres y la muerte. No en vano algunos
psicoanalistas afirman que el origen de nuestra violencia es,
sin duda, de índole erótico. Desviamos eros perversamente,
y eso multiplica tánatos.
Edwin Umaña estudió literatura y cine, nos sorprendió
gratamente con el cortometraje Rebusque, que fue seleccionado
en Cannes, y esta es su primera novela publicada. La consiguen
en Amazon.
Saludos, MM.

11 mar. 2013

Escritores e impostores





Abro el periódico El Tiempo hoy, lunes 11 de marzo de 2013, y aparece la noticia de un ex mafioso que se redimió gracias a la literatura. Su primera novela salió estas semanas a librerías. Y entonces recuerdo a la cantidad de cantantes, actores, periodistas, abogados secuestrados, militares secuestrados, políticos secuestrados e, intelectuales de todo tipo, a los que les ha dado, en algún momento de sus vidas, por creerse escritores. Supongo que es porque la imagen del escritor les parece seductora, atractiva, glamurosa. Tiene un aire de creatividad e inteligencia sumado a cierto misterio que es imposible de descifrar. Nos imaginamos al escritor como alguien que está sumergido en realidades extrañas y desconocidas, como una especie de mago solitario que todavía está en contacto con las antiguas divinidades. En suma, la imagen del escritor romántico, la imagen que nos heredó el Romanticismo francés, inglés o alemán.
Muchos de mis amigos de carrera y de mis alumnos, tanto los del pregrado como los de la maestría, creyeron también que ellos eran escritores. Trazaron algunas líneas y después, con cierta lucidez y humildad, se dieron cuenta de que eso no era para ellos. ¿Qué fue lo que los hizo desistir de semejante despropósito? Fácil: descubrir que el oficio es durísimo, violento, salvaje, cruel, y que es excluyente, que no permite combinarlo con nada ni con nadie más.
La gente cree, porque está en contacto con alguno o varios escritores, que puede a su vez escribir relatos o novelas. Hemingway decía que eso mismo pasaba cuando uno veía a un torero excesivamente talentoso. Como Juan Belmonte, por ejemplo. La gente lo veía torear con tanta facilidad que de inmediato se decía: “yo también puedo hacer eso, no es tan difícil”. Hasta que veían una cornada: la sangre estallaba a borbotones, la carne se abría como si fuera gelatina, y, por entre el amasijo de tendones y articulaciones, aparecía el hueso blanco, inmaculado, brillante. Sacaban al torero a rastras ahogado, bañado en sangre, con los ojos vidriosos, gimiendo, y entonces al público se le aflojaban las piernas y quedaba en shock. Y entendía. ¿Qué entendía? Que ser torero no sólo no era fácil, sino que era una locura, un disparate, un oficio en el que había que dejarlo todo, incluso la vida. Y ahí se les quitaban las ganas de torear.
La gente cree que porque sabe escribir puede escribir literatura. Es un error tan grande como creer que porque yo tengo piernas sanas y fuertes puedo ser corredor de alta competencia. No tiene nada que ver. Correr no es un problema de piernas, sino psíquico. El deporte no es una habilidad corporal, sino una templanza, una fortaleza mental, una terquedad inquebrantable.
Ser escritor no es escribir libros. Ser escritor es una tortura, una condena, una especie de maldición. Desde muy joven empieza uno a sentir esas voces, esos seres dentro del cerebro habitándolo, persiguiéndolo, vigilándolo. Por las calles, en los rincones, en los restaurantes, en todas partes están ellos mirándonos, llorando, riendo, gritando, suplicando. El escritor es un delincuente, un chamán, un poseso, un chivo expiatorio, un aguafiestas.
Aquí se lucha cuerpo a cuerpo todos los días contra la locura. El suicidio ronda por nuestras cabezas una y otra vez, es una imagen persistente. En ningún lugar se siente uno a gusto. Tarde o temprano huimos, escapamos, desistimos. Cuando la gente pregunta por uno, hace rato ya que estamos por ahí en un parque, en una panadería o en un sótano con la cabeza entre las manos. Las relaciones sentimentales son un desastre y terminamos haciendo daño sin querer: el amor es sólo una más de las infinitas posibilidades que brinda la ficción. No podemos estar tranquilos, en paz, satisfechos, porque nuestras obsesiones nos persiguen sin darnos tregua alguna.
Por eso muchos de nosotros hemos terminado en la cárcel; o alcoholizados de taberna en taberna, de bar en bar, de callejuela en callejuela; o drogados hasta el embrutecimiento; o hundidos en la depresión, o envenenados, o con un tiro en la sien. ¿Por qué? Porque la literatura es una de las formas más exquisitas de la locura. Lo que sucede es que el artista, dejando en la arena su propia vida, logra convertirla en belleza. Y por eso al final su cuerpo y su mente no valen un céntimo, por eso el escritor al final es un despojo de sí mismo, una piltrafa, un beodo que no sirve para nada. Se necesita mucha fuerza y mucha disciplina para aguantar en esta profesión sin terminar en la clínica psiquiátrica o en el cementerio.
Cuando alguien se cree escritor, cuando alguien quiere mandar sus textos a concursos literarios o a una editorial, no tiene ni idea de la falta de respeto que está cometiendo. Si es en realidad un escritor, listo, entregue entonces su vida, déjela en la arena, tenga el coraje de abandonarlo todo para pasar años y años sin salir de una habitación, preso, amarrado al asiento de su escritorio.
Gauguin abandonó a su mujer y a sus hijos. Picasso decía: artista verdadero es aquél que deja morir a la mamá de hambre. Jorge Cuesta terminó ahorcándose en un manicomio de Ciudad de México. Hemingway se voló la tapa de los sesos con su escopeta de cazar elefantes. Stevenson terminó entre maoríes y leprosos en los Mares del Sur. Haroldo Conti fue torturado y desaparecido durante la dictadura en Argentina. Sábato dejó su carrera como científico y su trabajo en París para entregarle su vida a una obra delirante y sincera como pocas. Mi amigo Carlos Framb recitó durante horas poemas de Borges antes de meterse una sobredosis de morfina en una noche jubilosa en Medellín. Alejandra Pizarnik fue internada en una clínica psiquiátrica tras dos intentos fallidos de suicidio, y al final logró intoxicarse con 50 pastillas de Seconal. El maestro Botero se destrozó el brazo y el codo de tanta disciplina, de tantas horas que pasaba en el taller haciendo trazos y dando cincel. García Márquez tuvo que empeñar el secador de pelo de su mujer para poder enviar algunas de las páginas de Cien Años de Soledad a una editorial en Argentina: no tenía literalmente ni un peso para comer cuando puso el punto final. Virginia Woolf se llenó de piedras su abrigo y se metió en el río que pasaba cerca de su casa. Encontraron su cadáver dos semanas después. Mutis pasó más de un año de cárcel en Lecumberri leyendo a Proust en el infierno más absoluto. Salinger no quiso salir de su casa durante años para no tener que exponerse al público.
Alguien dirá: pero no todos los casos son tan dramáticos. Hay escritores felices, dichosos, con familias perfectas. Eso creen ustedes. Basta con echar un vistazo a su intimidad para ver hasta qué punto sus obsesiones los perseguían de día y de noche, cómo se destruyeron la espalda encorvados trabajando, cómo sufrieron trastornos de la alimentación, insomnio, enfermedades raras cuyo origen estaba, en realidad, en sus largas horas de escritura persistente y tenaz. El año pasado conversé con la hija de un poeta antioqueño a quien siempre he admirado mucho. Me contó pequeñas anécdotas familiares de su padre que demostraban hasta qué punto la literatura se le había convertido en un trastorno mental.
Tantos escritores entregando sus vidas a cabalidad, según las reglas de la vieja escuela, para que vengan unos advenedizos con aires de grandeza a usurpar el oficio del modo más vil y canalla. Si les va bien o mal es lo de menos. Son unos impostores. Y la prueba contundente de su falta de integridad es que jamás tendrán las agallas suficientes para decirse la verdad.

8 mar. 2013

Shambala





El nuevo libro se demoró un poco en llegar a librerías, pero ya este fin de semana estará en todo el país. Espero que les guste y que los ayude a descifrar esta realidad contemporánea tan extraña. Lo pensé como El Principito, un libro de fácil acceso para chiquitos de 9 o 10 años, pero lo suficientemente poético como para que ilumine también a los adultos.
El lanzamiento es en la feria del libro de Bogotá, en pocas semanas. Les avisaré con tiempo el salón, el día y la hora.
Buen fin de semana para todos,
Mario

3 mar. 2013

Pipe y Elvis






He recorrido durante años los colegios de este país, tanto los oficiales como los privados, y siempre, cuando me tropezaba a los más enanos por ahí, con sus loncheras en la mano o jugando en los recreos antes del toque de la campana o del timbre, me juraba que algún día escribiría para ellos. Mis lectores, como lo he dicho siempre, son personas críticas, hastiadas ya de tanta mentira y de tanta hipocresía. Hay una alta dosis de rebeldía y de resistencia en quienes me leen. No es una literatura para todo el mundo. Y está bien que así sea. Es consecuente con lo que ha sido mi vida, mis elecciones y mi manera de sentir y de pensar.
Sin embargo, allá, en el fondo de mí mismo, sé que la resistencia intelectual y estética empieza antes, en una franja juvenil anterior a la adolescencia. En mi caso, se dio a los siete años, cuando a alguien se le ocurrió llevarme libros a la clínica en un período en el que me encontraba entre la vida y la muerte. Nunca volví a ser el mismo. La imaginación literaria cambió mi vida para siempre. Aprendí que lo real es mucho más amplio y extraño de lo que entiende la mayoría. Hay múltiples dimensiones, fisuras, entrecruzamientos, agujeros negros, bisagras que nos conducen de un mundo a otro, pasadizos, universos paralelos.
Más tarde, cuando ya era profesor de literatura en la universidad, procuré transmitirles a mis alumnos esa sensación de misterio, de asombro permanente ante la multiplicidad de lo real. Me guié siempre por dos directrices que no fallan: Don Quijote y los niños. Tanto el caballero andante español como los infantes traviesos saben que no están locos, sino que la inmediatez es posible transformarla mediante un sabio ejercicio de la voluntad. No vivimos una realidad que viene de afuera y que se nos impone a las malas. Vivimos la realidad que elegimos.
Por eso el año pasado, cuando se me acercó un niño llamado Felipe (acompañado por un pastor alemán de nombre Elvis), y me contó una historia de un viaje subterráneo hasta una ciudad llamada Shambala, me dije que había llegado el momento, tan esperado a lo largo de los años, de escribir para lectores aún más jóvenes.
Pipe recibió primero algunos mensajes y luego le enviaron un guía para que lo condujera hasta ese reino secreto. Ingresó por una tumba en el Desierto de La Candelaria y salió luego por un mausoleo en el monasterio del Ecce Homo, muy cerca de Villa de Leyva.
Durante días me reuní con este chiquito extraordinario, escuché su historia, le hice preguntas, conversamos, discutimos, investigamos, y al final decidí escribir su aventura fantástica y maravillosa. Visité los lugares donde transcurren los hechos, hice trabajo de campo, hablé con la gente, tomé fotografías y empecé a armar el libro. Me uní a una ilustradora, Érika Buitrago, y a un editor independiente, Ricardo Arango, y el resultado está a la vista y empezará a circular esta semana por las librerías de todo el país.
Lo increíble es que Pipe volvió a ser contactado y acabo de llegar hace unas semanas de Cuzco y sus alrededores, zona donde transcurre su segunda aventura. Hacía mucho tiempo que yo no me sorprendía tanto como cuando estuve frente a los muros de Sacsayuamán, los monolitos de Ollantaytambo o la magnificencia inverosímil de Machu Pichu. Y ya estoy trabajando en ese segundo volumen con ahínco y una enorme esperanza. Espero que los dioses precolombinos me sean propicios y que me iluminen durante la escritura de este nuevo viaje de mi amigo y protagonista.
Quiero agradecerles muy especialmente a él y a su perro por haber confiado tanto en mí. Un niño casi siempre desconfía de la capacidad imaginativa de los adultos. Basta leer El Principito para aprender lo tarada que es la gente grande. Pipe ha confiado ciegamente en mí desde el primer día. Por aquel entonces yo permanecía días enteros en cama muy enfermo, sin voz, y sabía que moría a una existencia que estaba agotada por completo. Por eso escribí La importancia de morir a tiempo: porque yo mismo agonizaba entre la fiebre, las terapias respiratorias y los exámenes de unos médicos incompetentes que jamás descubrieron qué era lo que me estaba matando. Y de repente llegó Pipe con sus jeans escurridos, su chaqueta deportiva y sus tenis sucios, y empezó a narrarme esa historia fantástica que desde el primer segundo supe que era cierta. Y sé que al escribirla he renacido, me he reinventado y he pospuesto, al menos por un tiempo, la llegada de la muerte física.
Gracias, enano. Gracias, Elvis. Ahora estamos en manos de los lectores, y son ellos los que nos juzgarán. Crucemos los dedos para que nuestro libro les guste y les ilumine esto que llamamos realidad.