18 mar. 2013

Abducidos






Alguna noche, en Hof Ashkelon, cerca de Gaza, donde trabajaba por aquel entonces, sonó una alarma general que advertía de algún objeto en el cielo de procedencia desconocida, y tuve que entrar en un refugio antiaéreo para protegerme. Allí conocí a Tom, un inglés de madre antillana, alto, trigueño, de unos 27 o 28 años, que estaba escribiendo un largo reportaje sobre la guerra entre palestinos e israelíes. Esa noche Tom me dijo como si nada, como si fuera lo más normal del mundo:
- Debe ser otro ovni. A veces disparan las alarmas.
Pensé que se trataba de una broma, pero no, Tom estaba bastante serio, casi compungido. Esa noche nos hicimos amigos, cruzamos datos y decidimos vernos el fin de semana siguiente. A lo largo de varias entrevistas me enteré de que había sido abducido tres veces. La primera cuando tenía 7 años. Fue conducido a una nave nodriza donde investigaron su cuerpo con detenimiento. La segunda vez fue a los 14 años. En esa ocasión le implantaron algo en su brazo, una pequeña pieza metálica que los médicos no habían podido extraer porque estaba soldada al hueso. Me mostró una zona de su brazo que mostraba una línea roja alargada donde se suponía que estaba el metal de origen desconocido. Desde esa edad tan temprana, él sabía que era infértil, que de alguna manera inexplicable esa lámina le impediría reproducirse a lo largo de su vida. Y el tercer y último contacto con esos seres provenientes de otros mundos fue, justamente, en Gaza, en las afueras. Lo tuvieron durante horas en una nave y luego apareció dormido en una plantación sin recordar cómo había llegado hasta allí.
En una taberna, mientras nos bebíamos una cerveza en un bar de Jerusalén, me dijo muy seriamente:
- Sé que no moriré de un modo normal. Yo desapareceré. Nadie sabrá dónde estoy ni quién me ha raptado.

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Hace unos quince años, en una clínica psiquiátrica, me tropecé con un abogado muy serio que estaba allí no por los trastornos habituales, sino porque necesitaba reposar, dormir bien, tranquilizarse. Yo iba a la clínica tres veces por semana. Siempre nos saludábamos y me di cuenta desde la primera conversación de que se trataba de un buen lector, alguien culto y sofisticado que había invertido una buena parte de su vida en otorgarse a sí mismo una educación de calidad. Cuando entramos en confianza me confesó que había terminado en tratamiento psiquiátrico porque una noche había tenido una experiencia de contacto alienígena. Su esposa estaba agonizando entre sus brazos debido a un cáncer terminal. Se encontraban en una finca en las cercanías de Villa de Leyva. De pronto una luz se tomó la habitación y él y el cuerpo de su esposa fueron trasladados a una nave estelar. Le mostraron que la muerte era sólo un tránsito interdimensional, y le dijeron que no se preocupara, que era algo normal, un paso más en la larga experiencia de la existencia universal. Luego despertó de nuevo en la finca. Su mujer acababa de morir. No sabía si su mente había creado un mecanismo de defensa para enfrentar tan dura experiencia, o si de verdad había sido abducido por esos seres que le habían transmitido un mensaje tranquilizador.

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A este respecto, desafortunadamente, hay mucha especulación, mucho material barato, mucho mitómano y mucho psicótico desocupado. Pero una de las investigaciones más serias fue la que llevó a cabo el psiquiatra John Mack, egresado y catedrático de la Universidad de Harvard (ver video). Estudió durante años las declaraciones de sus pacientes y al final concluyó que la gran mayoría de ellos no eran esquizofrénicos, ni maníacos, ni ególatras intentando llamar la atención. Algo extraño se cernía sobre esas declaraciones, un aire fantasmagórico que se rozaba de un modo misterioso con la realidad palpable por los sentidos. Si los astrofísicos empezaban a hablar ya de la Teoría de Cuerdas y de la Teoría M, ¿por qué no era posible que alguien lograra pasar de una dimensión a otra? Sus declaraciones armaron todo un revuelo en la comunidad científica.
Lo cierto es que algo está claro: esto que llamamos la realidad no es sino un ínfima parte de una Realidad mayor. Vivimos atrapados, limitados, ciegos, y nuestros sentidos no tienen la capacidad de capturar esos otros mundos. Pero, por fortuna, podemos intuirlos, imaginarlos, soñarlos, escribirlos, lo cual no es poca cosa.

3 comentarios:

  1. Con este post y el video, volví a replantearme muchos interrogantes. soy de las que pienso -y creo- que hay muchas más realidades más allá -o más acá- de las que vivimos en el vórtice superficial de la vida moderna. Gracias.

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  2. Un video y entrada espectaculares que me animó a leer más sobre el Dr. Mack; para Gamuza y los lectores que se interesan en el tema, hay un detalle que muestra, como sucede siempre con aquellos individuos que deciden investigar sobre asuntos que pueden "molestar" a las instituciones oficiales; el Dr. Mack sufrió un largo proceso medio kafkiano en la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard que le costó mucho dinero y puso a prueba su reputación. A pesar de sus tantos libros y artículos donde describe la similaridad de las experiencias de los abducidos, la academia se empeñó en atacarlo y censurarlo. En todo caso su investigación es muy interesante, creo sólo para mentes abiertas.

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  3. CLARO! Pensar que nuestra realidad es la única no es solo ególatra sino altamente improbable.

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