1 abr. 2013

El cuerpo y la escritura






Uno de los libros más reveladores con respecto al oficio de escribir es un libro sobre la importancia de correr: De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. En esas pocas páginas, el escritor japonés describe con enorme lucidez por qué su afición a correr maratones (42 kilómetros) está estrechamente ligada con su trabajo como novelista. Escribir prosa es, ante todo, un esfuerzo físico, un trabajo cruel y doloroso que se ejecuta con el cuerpo.
La poesía es un género diferente, que no necesita de una constancia ni de una regularidad diarias. Pero la novela es muy exigente en este sentido. Hay que pasar varias horas al día encorvado sobre el teclado, quieto, concentrado, sin perder el hilo y sosteniendo un ritmo que sólo está en la cabeza. Ese horario se prolonga a lo largo de meses y años. La columna lumbar se va haciendo pedazos, los ojos se agotan frente a la pantalla, las piernas se adormecen y la dolencia más común en el oficio es el síndrome del túnel carpiano, una atrofia cerca de la muñeca que compartimos con los albañiles y los músicos. También suele presentarse lo que algunos fisioterapeutas llaman “el calambre del escritor”, una contracción de los músculos de la mano y del antebrazo que lo deja a uno fuera de combate por varios días, con la mano metida en hielo o muchas veces usando una férula hasta que desinflame del todo. Algunos incluso hemos tenido que usar un pequeño aparato que masajea esa zona o cronómetros cuyas alarmas suenan cada 45 minutos y que nos recuerdan que hay que parar, descansar las manos y hacer unos cuantos ejercicios durante quince o veinte minutos antes de continuar.
Murakami afirma que correr fue una actividad que poco a poco le fue ayudando a comprender mejor la práctica de la escritura, sus mecanismos internos, su disciplina férrea. Por encima del agotamiento, de los dolores, de los calambres, del ahogo, del desfallecimiento general, hay que continuar, hay que permanecer en la postura, hay que mantener el ritmo. Una rigurosidad física va construyendo simultáneamente una mente bien entrenada. La novela es un género de aguante, de potencia física, de resistencia corporal y psíquica.
Quizás sea justamente esta situación la que suelen pasar por alto los jóvenes neófitos. Creen que se trata sólo de talento, de lecturas, de bagaje intelectual, de cierta genialidad o de maestría en el uso del lenguaje. Y ya. Cuando menos piensan están atrapados en un vértigo diario que no saben cómo manejar, en largas horas de silencio tecleando y tecleando, y los dolores de espalda y de cuello empiezan a pasar la factura y hay que ir al médico a revisarse. Sin contar el estrés o la somatización de la ansiedad en el estómago, en el colon o en las largas horas de insomnio que van dejando los nervios destrozados y el estado de ánimo por el suelo. Es entonces cuando el oficio muestra su lado más cruel.
A esto hay que sumarle el exilio. No se escribe una novela conversando con los otros todos los días, haciendo vida social, saliendo a fiestas y a comidas, pasándose las noches en juergas y bebiendo como un cosaco. Esa forma de vida es posible llevarla a cabo antes o después de la escritura, pero no durante la misma. Todo lo contrario. Hay que alejarse del teléfono, no contestar, aislarse de las tentaciones de salir a almorzar o de ir a verse una buena película, y permanecer en el estudio quieto, muy concentrado, sosteniendo la marcha que el libro impone a medida que avanza.
Los efectos psicológicos de ese aislamiento son devastadores. Uno se va quedando suspendido en una dimensión propia, en un principio de realidad que no coincide con el de los demás, y ciertas obsesiones empiezan a hacer mella, ciertos delirios que nos visitan de día y de noche. Muchos terminan metiendo calmantes o somníferos, volviéndose adictos a los antidepresivos o haciendo terapia para buscar un equilibrio que les permita continuar con una vida más o menos normal.
Pero todo esto vale la pena cuando la novela sale a librerías y algún lector, de repente, cualquier tarde en una firma de libros o en una feria literaria, se acerca y nos dice que esas páginas lo han acompañado o que le han iluminado su vida. Entonces sentimos, por fin, que tanto esfuerzo nos es recompensado con creces.

8 comentarios:

  1. http://eldiaquecasipruebo.blogspot.com/2013/04/las-casi-carceles.html

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  2. Es el último libro que leí y nada de lo que se menciona en esta publicación, considero, que se menciona en el libro de Murakami. Creo que el lo toma mas como "Hay que entrenar para ser bueno en ese algo, son los menos los que no tienen que hacer un esfuerzo, ya sea al correo o al escribir". Pero en ninguna parte lista tanto sufrimiento, malestar, disgusto por hacer ese algo que nos GUSTA.

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    1. Incluso lo que nos gusta exige un sacrificio. La idea clave del libro es que escribir es una actividad física, del cuerpo, y por lo tanto está relacionada con correr, o con montar en bicicleta (deporte que también practica Murakami). Es difícil que los intelectuales asimilen esto: la preparación física para la escritura. El texto central, por supuesto, es mío, mi propia visión del asunto, con la que se puede estar de acuerdo o no. Ni más faltaba. Saludos, MM.

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  3. Maurice M. Ponty dijo alguna vez que el pintor ponía su propio cuerpo en la pintura; así mismo creo que este artículo nos habla del oficio del escritor y esa relación tan intensa que tiene con su cuerpo físico. Recuerdo mucho a Pollock pintando tirado por el piso, caminando de un lado a otro, arrastrándose sobré la tela, enfermo, alcoholizado y furioso. Toda la energía del cuerpo depositada en derramar la pintura, en hacerla fluir mediante espasmos y contracciones.
    Los verdaderos artistas y no los "intelectuales" o "académicos", comprometen su cuerpo; imagino a Lowry vomitando tras largas horas de escritura en su cabaña en Canadá, tratando de resistir sobrio luego de esos 20 meses en el infierno, o a Burroughs pidiendo apomorfina para aliviar los dolores de espalda, la falta de sueño, el delirio y la ansiedad. La maquina de escribir como un órgano más de su cuerpo.
    Sólo quienes practican estos oficios de verdad saben lo que se compromete y lo que hay que pagar por crear una obra. La sensibilidad del lector es su recompensa.
    Una vez más este blog me pone a reflexionar.

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  4. Estos ejemplos son perfectos. Sí, así es. El académico jamás compromete su cuerpo. Gran diferencia. Saludos, MM.

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  5. es un gusto leer este libro.para quienes exploramos el mundo de la escritura es un recomendado fundamental

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  6. Escribí vos Mario, algún día, sobre la danza. Por favor.

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    1. Alguna vez estuve en el Colegio del Cuerpo viendo los ensayos durante horas, en Cartagena, y me pareció que la danza es una religión. Los adeptos a este arte pertenecen a una secta secreta... Saludos, MM...

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