19 may. 2013

Rencor







A comienzos de los años ochenta la América Latina que se había hecho famosa era un continente idealizado, sublimado, un lugar exótico y mítico con el que soñaban los europeos y norteamericanos de un modo un tanto infantil. Mientras tanto, mi experiencia en las calles me mostraba un territorio muy distinto, duro, doloroso, cruel, atravesado por una violencia urbana cada vez más creciente. Empecé a rastrear relatos y novelas en donde apareciera esa nueva ciudad tercermundista cruzada por nuevos vértigos y nuevos peligros. El narcotráfico empezaba desde ese entonces a capturar a los muchachos de las barriadas y a conformar pandillas bien entrenadas que, al poco tiempo, eran verdaderos ejércitos armados hasta los dientes. Al mismo tiempo, la guerrilla hacía su propio trabajo de proselitismo y muchos de mis compañeros terminaron empuñando un fusil y lanzándose al monte detrás del mito del Che, de Camilo Torres o de Fidel Castro. Al otro lado, un Estado cada vez más corrupto y tramposo continuaba con su trabajo sucio de exterminio de cualquier idea de izquierda. Detenían estudiantes a la salida de las universidades, torturaban, desaparecían y asesinaban en medio de la más absoluta impunidad. Las grandes ciudades eran en realidad un campo de entrecruzamientos de nuevos vectores de violencia que anticipaban un horror por venir. ¿Quién estaba narrando esto? ¿Quién estaba atento a esta bomba de tiempo?
En 1981 le otorgaron el premio nacional de literatura a un libro de cuentos que creó toda una polémica: Gentecita del montón, de Roberto Rubiano Vargas. Muchos críticos salieron a decir que eso no era literatura de verdad, bien escrita, refinada, culta. Los jóvenes de la época nos devoramos ese libro con auténtico placer. Sus personajes eran como nosotros, no sabían qué hacer en la vida, a qué dedicarse, para dónde coger, estaban solos y desamparados, y se tragaban las calles con una botella de cerveza en una mano y un porro en la otra. Sin embargo, la oficialidad cultural colombiana, que siempre ha sido conservadora y atada a las estructuras de poder, lo atacó visceralmente y no quiso reconocer sus méritos tanto temáticos como formales, es decir, la búsqueda de estos nuevos universos urbanos sórdidos y melancólicos que sólo se podían narrar mediante un lenguaje escuálido y desprovisto de todo adorno inútil.
En 1985, Antonio Caballero publicó Sin Remedio, y de nuevo celebramos el ingreso en una Bogotá desolada, vacía, hueca, en donde cualquier afecto fracasaba y en donde era imposible hallar un sentido para las vidas de esos transeúntes que vagabundeaban de un lado para el otro sin saber muy bien adónde se dirigían. Una ciudad que era un agujero negro que estaba devorándonos de un modo siniestro sin que nos diéramos cuenta de ello.
Por estos mismos años leímos con verdadero asombro a un escritor que venía anunciando los submundos de estas hipermetrópolis caóticas y apocalípticas: Oscar Collazos. No era fácil enfrentar esos universos oscuros, esas zonas prohibidas que venían creciendo de una forma desmesurada y sin control, y que al poco tiempo convertirían nuestras ciudades en verdaderos campos de batalla. Sus cuentos y novelas anunciaban una catástrofe social que se cumplió de un modo inevitable.
En 1985, con la toma y retoma del Palacio de Justicia, la Plaza de Bolívar, el corazón de Bogotá, era un territorio de guerra atravesado por balas y rockets que iluminaban la noche de un modo mortuorio. En los días siguientes desaparecieron a los sobrevivientes de la cafetería del Palacio y empezaría el exterminio por parte del Estado de cualquier militante de los partidos de izquierda. Más de cinco mil personas fueron masacradas por fuerzas estatales. En los años por venir eliminaron a los candidatos de izquierda, a políticos como Galán y Álvaro Gómez, a médicos como Héctor Abad Gómez, a humoristas como Jaime Garzón. La debacle, el horror, el corazón de las tinieblas.
Medellín no fue ajena a este vértigo de muerte y destrucción. Las balaceras y las bombas se volvieron cotidianas, rutinarias, normales. Nos acostumbramos a la barbarie y sobrevivimos a ella sin saber las nefastas consecuencias psíquicas y sociales que estaba dejando en todos nosotros.
Es increíble que Collazos hubiera anunciado la hecatombe, la hubiera narrado mientras sucedía y continúe aún hoy en día muy atento a sus secuelas y a los nuevos focos de micro y macro-violencias que están germinando con el anhelo de convertirse en nuevos desastres. Cualquiera de sus libros es un anuncio, una advertencia. Literatura en la revolución y revolución en la literatura (un diálogo con Cortázar y Vargas Llosa) es el grito desesperado de un joven artista que sabe que la desigualdad social convertirá a nuestro continente en un campo de refugiados. Morir con papá es el testimonio íntimo, casi psicoanalítico, de la penetración del narcotráfico en nuestra cotidianidad familiar. Señor Sombra es la constatación de que el movimiento paramilitar creó un poder paralelo del que no fueron capaces de escapar nuestros empresarios, nuestros políticos ni nuestros medios de comunicación. Rencor, novela recién editada por Arango Editores, es una mirada lúcida de lo que significa ser mujer, ser pobre y ser negra en una sociedad clasista, racista y segregacionista hasta niveles criminales, como la nuestra. Y creo que este título es también una metáfora del sentimiento que va quedando agazapado en el fondo, en el inconsciente colectivo de un pueblo que ha sido pisoteado y despreciado de una manera delirante.
Collazos nunca ha bajado la guardia, y no sé cómo hace para continuar multiplicando esa fuerza que se necesita para seguir en pie de lucha frente a un sistema que siempre se las ingenia para atacar soterrada o abiertamente el trabajo de sus artistas más problemáticos e irreverentes. 
     En la pasada Feria del Libro de Bogotá 2013 tuve el privilegio de sentarme a su lado y de firmar con él algunos libros. Y, aunque lo conozco de tiempo atrás y hemos sido buenos colegas, no le dije todo lo que lo admiraba, todo lo que me ha enseñado, cómo lo he leído con fervor y con auténtica pasión. Y prometí decírselo algún día. Y bueno, aquí cumplo con esa promesa que me hice a mí mismo.
Gracias, Óscar, gracias por tanta valentía.

8 comentarios:

  1. Magistral maestro. Leeré esos libros.
    Lo invito a visitar mi blog:
    http://eltornilloquehacefalta.blogspot.com/

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    1. Estimada Rita, este es un blog público y los comentarios, por supuesto, los ve todo el mundo. En este momento estoy en el norte de Guatemala haciendo trabajo de campo y mi tiempo es escaso, por no decir nulo. Espero recuperar algo de solaz en las próximas semanas... Saludos, MM.

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  3. Hola Mario como estas. Te escribo nuevamente para preguntarte bastante que dirección puedo enviarte unas fotos que tengo de usted del hay festival, y también si no es mucha molestia si puede dar un dato de contacto del señor Ricardo Arango y/o de Arango Editores. Saludos y que todo le siga saliendo de maravilla. Mi Dios le pague

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    1. Claro que sí. ricardoarango@hotmail.com
      Saludos, MM.

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  4. Gracias Mario, mi Dios le pague, a propósito, hoy compré su libro infantil... Me ha gustado mucho, espero tener una reseña muy pronto. Saludos.

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  5. Querido Mario: me encanta que se te cumpliera el plazo para decir a Oscar Collazos lo que tenías entre mente y corazón. El año pasado lo tuvimos en La Normal y fue una hermosa experiencia. Hoy quería darte este abrazo del alma y me parece un excelente contexto para hacerlo realidad. Gabriela Elena

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  6. Estimado Mario: Es un placer leer lo que escribes, tus pensamientos, tus críticas. Son pocos los libros de autores colombianos que se pueden encontrar en Lima.Elmer

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