24 jun. 2013

Ellas se están comiendo al gato





Este jueves 27 de junio, a las 6:00 pm, en la librería del Fondo de Cultura Económica, en el Centro García Márquez de La Candelaria, estaremos conversando con Miguel Ángel Manrique acerca de su más reciente libro, "Ellas se están comiendo al gato". Creo que antes de tratarse de una novela de terror gótico, es más bien una novela de anticipación, una exploración del horror que está por venir. En la línea del mejor Wells, Manrique vislumbra lo que será una Bogotá después de las catástrofes virales y clínicas que anticipan muchos epidemiólogos alrededor del mundo. Será todo un placer conversar con él acerca de esta Bogotá extraña, desolada, siniestra, en la que los sobrevivientes se esconden entre las sombras de sus propios dormitorios.
Si llegan a tener tiempo y ganas, allá nos vemos.
Un saludo para todos,
MM

Pd: Retomaré el blog a mediados de julio. Como soy el jefe y el empleado al mismo tiempo, acabo de otorgarme un mes de vacaciones.

17 jun. 2013

El dolor





Le pedí el favor en una peluquería que me cortara el cabello a ras, casi calvo. Era un hombre joven y sencillo. Cuando estaba pasándome la máquina, le vi de repente una cicatriz atroz que le cruzaba el antebrazo. Le pregunté qué le había sucedido. Me contó que por robarle un dinero lo habían apuñalado. De hecho, lo habían matado. Estuvo clínicamente muerto por varios minutos. Lo resucitaron y lo conectaron a una máquina durante días. Una experiencia tremenda, muy dolorosa. Me la contó sin jactarse de ella, con cierta humildad en el tono de la voz. Pero se le notaba de lejos que había vivido algo extremo, abismal. Lo rodeaba una atmósfera de fortaleza y candor al mismo tiempo. Al final me dijo:
- La vida no es vida si uno no es consciente de lo efímera que es. Nos creemos eternos y esa pose nos vuelve imbéciles y presuntuosos.
Tiempo después, conocí a una joven en la feria del libro y cruzamos unas cuantas palabras. Iba con su novio y ambos formaban una pareja muy agradable. Desde su nacimiento, Estefanía ha luchado en contra de un tumor que no quiere desaparecer en la zona de su garganta. La han operado varias veces y las cicatrices de esas cirugías le cruzan buena parte del cuello y la barbilla. Una tarde me contó que había estado en coma, muy cerca de la muerte. Recuerdo que sentí un escalofrío cuando me dijo muy seria, mirándome a los ojos con fijeza:
- Ten cuidado con lo que hablas frente a alguien que está en coma. Uno escucha todo y reconoce las voces. Yo oía lo que decía mi mamá y lo que conversaban las enfermeras mientras me inyectaban o hacían la guardia. Estaba conectada a un respirador artificial y con los ojos cerrados, pero era consciente de todo.
El nombre del tumor de Estefanía es hemangiolinfangioma. A veces se inflama durante semanas enteras y ella se la pasa escupiendo sangre. Me aseguró que en la última crisis que había tenido investigó en Internet y descubrió que las cauterizaciones podían solucionar, al menos por un tiempo, el tema del sangrado permanente, que para ella era un tema fastidioso y desagradable. Los médicos le dieron vueltas al asunto, la miraron con suficiencia, le dijeron que no, que había muchas complicaciones intentando ese tipo de procedimiento y que no creyera todo lo que leía en la red.
Ella sabía que era eso lo que necesitaba. Entonces una noche, sola, mientras su madre dormía, calentó una aguja larga y gruesa a la luz de una vela, y deslizó el instrumento por la garganta hasta llegar a la parte del tumor que estaba sangrando. El dolor casi le hace perder el sentido. Aguantó un par de días y notó que el sangrado disminuía. Volvió a intentar una segunda cauterización y una tercera. El sangrado desapareció por completo. Estaba en lo cierto.
Yo la escuchaba estupefacto y me parecía mentira que una muchacha tan joven tuviera las agallas suficientes como para tratarse ella misma su enfermedad de un modo tan severo y estricto. Antes de despedirnos, me dijo con una sonrisa:
- Mi sueño en la vida es servir, servir a los demás.
A los pocos días conocí el caso de alguien que estuvo secuestrado durante meses en un sótano inmundo y maloliente. Hablé con él largamente, y siempre tuve la misma impresión: que había una dureza tremenda en su carácter, pero, al mismo tiempo, una sensibilidad bien entrenada para comprender y compadecerse del dolor ajeno. Era como si la dura experiencia hubiera forjado en su personalidad un aguante que antes no existía, pero, simultáneamente, lo hubiera transformado también en alguien más afectuoso y compasivo con los otros. Me dijo con cierta dulzura en la voz:
- Hemos venido a cambiar el mundo. No podemos pasar por aquí en vano. Tenemos que hacer algo para que esto sea mejor.

He visto algunas veces esta situación: hay personas que saben capitalizar su dolor (físico o mental) para transformarlo en una fuerza positiva, en un agente de cambio, en un motor que remueve estructuras internas que modifican la conciencia. Y creo que buena parte del secreto de una vida aguda e inteligente está justamente en esta pregunta: ¿qué hago con mi dolor? Y la clave la tienen personas como éstas que cito aquí. El dolor puede ser inútil, soso y desprovisto de cualquier encanto. Y no hay que buscarlo ni engrandecerlo de un modo sádico-masoquista. No es bueno, ni agradable ni deseable. Pero si ya está ahí, si es inevitable, es preciso entrenarnos internamente en cómo extraer de él fuerzas extraordinarias que le otorguen a nuestra vida grandeza, sabiduría y hondura. 

11 jun. 2013

El arma





Hace unos años trabajé con un preso de La Picota llamado Klauss. Un jardinero y estilista abducido por extraterrestres que se había ganado también cierto prestigio como adivino y médium. Yo lo ayudaba a escribir una crónica sobre sí mismo que saldría publicada en el periódico El Tiempo.
En una de las visitas, Klauss me pide que lo acompañe hasta su celda. Atravieso la cárcel caminando a su lado. En el aire enrarecido de la prisión, en los gestos y los comportamientos casi imperceptibles, en las miradas, en la manera de señalarnos cuando pasamos, siento las burlas, la homofobia permanente, el escarnio al que Klauss ya está acostumbrado. Pero por primera vez siento también que los demás reclusos no se acercan a él, que le temen, que de alguna manera extraña el estilista amanerado impone respeto y cierto terror.
Un hombre en silla de ruedas se acerca y le dice que fresco, que no se preocupe por el Wimpy (el almuerzo), que se lo recogerá en la parte baja de la silla y que se lo guardará hasta que él llegue. Klauss asiente. De algún lado le gritan “Floricienta”, una referencia a un personaje de una telenovela que se aplica a él por ser homosexual y además el encargado de las flores del jardín. Wagner no se inmuta, se sonríe con cierta superioridad. Entonces noto en los otros la distancia, la forma como lo evitan o como lo saludan con cierto temor. Intuyo que se ha ganado ese miedo a pulso, a punta de enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Me digo que su inteligencia también le sirve para defenderse, que con la misma agudeza con la que escribe debe herir a los otros.
Floricienta escribe, sí, poda las plantas del patio, sí, pero también sabe dónde cortar para que brote más sangre, dónde herir para que el otro quede fuera de combate. Flores y espinas, tinta y sangre, el arte y la muerte. Klauss hace equilibrio entre la literatura y el salvajismo más despiadado. Lo miro de reojo y, en efecto, mientras caminamos por los corredores, él no se sonríe y observa a los otros con ojos felinos, con el rictus de su rostro en una instantánea mueca animal.
Su celda es un hueco oscuro con dos camastros en forma de ele. Veo sus calcomanías de carros y motocicletas pegadas a la pared, sus escasos libros en un rincón, la cueva en la que gasta las horas y los días de su tiempo carcelario. Su compañero de celda no está y él agarra la carpeta, cierra la celda con candado y salimos. En el corredor, veo una serie de cambuches improvisados en el suelo. Es el hacinamiento de las cárceles en Colombia. Ya no hay espacio para más reclusos y entonces se acomodan como pueden en los pasillos o en cualquier rincón vacío disponible. Nos miran con curiosidad, pero ya saben que Klauss está trabajando en un proyecto literario y suponen que yo soy el maestro que lo acompaña. No hay frases insultantes, pero sí miradas de recelo y de cierto desdén.
Cuando alcanzamos el patio externo, Klauss respira, toma aire y vuelve a hacerme bromas y a reírse conmigo. Me gusta imaginar que este hombre empuña el lápiz como un arma y que su inteligencia corta la realidad como si fuera carne humana a punta de empezar a sangrar.

¿Tengo yo esta fuerza, este coraje? ¿Escribo mis libros así, como si mis palabras estuvieran a punto de herir al lector allí donde es más vulnerable? ¿Cuando estoy con el esfero en la mano lo agarro como si tuviera un cuchillo ensangrentado? ¿Tengo conciencia de que el lenguaje es un arma, quizás la más peligrosa de todas?

3 jun. 2013

La soledad y la terquedad





Entré al Museo Botero a las once de la mañana. La sola casa, con su patio central y su fuente, es ya en sí misma uno de los rincones más acogedores de Bogotá.
En la sala de impresionismo, en el primer piso a la izquierda, hay un cuadro de Toulouse-Lautrec llamado La bebedora de absenta. Es una mujer sola sentada a una mesa con un vaso de ajenjo frente a ella. Por su corpulencia e indumentaria podemos suponer que se trata de una trabajadora, de una mujer soltera y pobre que al final de una jornada dura decide buscar refugio en una taberna escondida. Mira hacia el frente ensimismada, sumida en sus pensamientos y sus recuerdos. Quizás añora un beso, una caricia, un poco de contacto humano.
Y es imposible no pensar que en la soledad de ella está también agazapada la soledad del propio Lautrec, quien era un bebedor solitario y compulsivo. La atrofia de sus piernas y su aspecto de enano lisiado convirtieron a este artista en un marginal que buscó en el alcohol una ayuda, un refugio para ese dolor que le causaba el ser un contrahecho. Hay algo en los bebedores solitarios que siempre me ha conmovido, es como si aceptaran de manera contundente una realidad que todos los demás ocultamos o disfrazamos: que nacemos y morimos solos, lejos de los otros y del mundo.
Y en el aislamiento espiritual de esta mujer, también, vi el final de Lautrec, alcoholizado hasta el delirium tremens, disparando contra las paredes de su estudio porque veía arañas recorriendo las telas de sus cuadros, recogido en la calle como cualquier beodo anónimo y arrastrado hasta un manicomio junto a otros marginales como él. Lautrec muere en 1901, justo cuando está empezando el siglo cuya impronta será la angustia y la desesperación.
En el segundo piso hay un dibujo a lápiz del maestro Fernando Botero que suele pasar desapercibido y que siempre me ha impactado sobremanera: Retrato de mi madre. Me quedé cerca de media hora frente al cuadro. Es claro que el pasado familiar de este artista no es la opulencia. La madre es retratada como una mujer que debe trabajar en la casa para sostener a su familia. Sentada frente a su máquina Singer pedaleando, con una mano en el rodillo y la otra en la prenda que está arreglando, intuimos con facilidad que pasa largas horas sentada en ese lugar sin ver la luz del sol. Es casi seguro que al final del día le duele la espalda, que no ve, que tiene los dedos pinchados, que sufre de calambres en las piernas. Es la imagen de la costurera pobre, un personaje recurrente en la historia de la pintura.
Lo curioso es que el óvalo del rostro de esta mujer y sus rasgos más sobresalientes nos recuerdan de inmediato al artista. Es decir, Botero se retrata a sí mismo en el rostro de su progenitora, como haciendo consciente una herencia invisible: que de la misma manera que su madre debía trabajar horas y horas en posiciones incómodas para su cuerpo, él también está destinado a ese rigor y esa disciplina férreos para construir su obra. Esto es, la clave de un artista no está sólo en su talento, sino en su terquedad, en su obstinación, en su capacidad de aguante. Por eso este dibujo hay que verlo una y mil veces: para recordarlo en los momentos de flaqueza, cuando bajamos la guardia de mala manera.

El artista siempre está solo y siempre está en pie de guerra. Por eso es un oficio de pocos.