11 jun. 2013

El arma





Hace unos años trabajé con un preso de La Picota llamado Klauss. Un jardinero y estilista abducido por extraterrestres que se había ganado también cierto prestigio como adivino y médium. Yo lo ayudaba a escribir una crónica sobre sí mismo que saldría publicada en el periódico El Tiempo.
En una de las visitas, Klauss me pide que lo acompañe hasta su celda. Atravieso la cárcel caminando a su lado. En el aire enrarecido de la prisión, en los gestos y los comportamientos casi imperceptibles, en las miradas, en la manera de señalarnos cuando pasamos, siento las burlas, la homofobia permanente, el escarnio al que Klauss ya está acostumbrado. Pero por primera vez siento también que los demás reclusos no se acercan a él, que le temen, que de alguna manera extraña el estilista amanerado impone respeto y cierto terror.
Un hombre en silla de ruedas se acerca y le dice que fresco, que no se preocupe por el Wimpy (el almuerzo), que se lo recogerá en la parte baja de la silla y que se lo guardará hasta que él llegue. Klauss asiente. De algún lado le gritan “Floricienta”, una referencia a un personaje de una telenovela que se aplica a él por ser homosexual y además el encargado de las flores del jardín. Wagner no se inmuta, se sonríe con cierta superioridad. Entonces noto en los otros la distancia, la forma como lo evitan o como lo saludan con cierto temor. Intuyo que se ha ganado ese miedo a pulso, a punta de enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Me digo que su inteligencia también le sirve para defenderse, que con la misma agudeza con la que escribe debe herir a los otros.
Floricienta escribe, sí, poda las plantas del patio, sí, pero también sabe dónde cortar para que brote más sangre, dónde herir para que el otro quede fuera de combate. Flores y espinas, tinta y sangre, el arte y la muerte. Klauss hace equilibrio entre la literatura y el salvajismo más despiadado. Lo miro de reojo y, en efecto, mientras caminamos por los corredores, él no se sonríe y observa a los otros con ojos felinos, con el rictus de su rostro en una instantánea mueca animal.
Su celda es un hueco oscuro con dos camastros en forma de ele. Veo sus calcomanías de carros y motocicletas pegadas a la pared, sus escasos libros en un rincón, la cueva en la que gasta las horas y los días de su tiempo carcelario. Su compañero de celda no está y él agarra la carpeta, cierra la celda con candado y salimos. En el corredor, veo una serie de cambuches improvisados en el suelo. Es el hacinamiento de las cárceles en Colombia. Ya no hay espacio para más reclusos y entonces se acomodan como pueden en los pasillos o en cualquier rincón vacío disponible. Nos miran con curiosidad, pero ya saben que Klauss está trabajando en un proyecto literario y suponen que yo soy el maestro que lo acompaña. No hay frases insultantes, pero sí miradas de recelo y de cierto desdén.
Cuando alcanzamos el patio externo, Klauss respira, toma aire y vuelve a hacerme bromas y a reírse conmigo. Me gusta imaginar que este hombre empuña el lápiz como un arma y que su inteligencia corta la realidad como si fuera carne humana a punta de empezar a sangrar.

¿Tengo yo esta fuerza, este coraje? ¿Escribo mis libros así, como si mis palabras estuvieran a punto de herir al lector allí donde es más vulnerable? ¿Cuando estoy con el esfero en la mano lo agarro como si tuviera un cuchillo ensangrentado? ¿Tengo conciencia de que el lenguaje es un arma, quizás la más peligrosa de todas?

3 comentarios:

  1. Estas preguntas son muy serias, no sé si todos los escritores se las hacen, pero deberían.
    Los libros de Mario Mendoza son como dijo Kafka que deben ser los libros; " el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros".
    Sus libros son armas que hieren y causan punzadas y dolor. Pero ¿qué sentido tendría leer libros que no causen dolor, qué no sean como un puñetazo en la cara? se preguntaba Kafka.
    Su literatura, inclusive aquella para adolescentes, tiene el filo de un hacha y es muy difícil que no deje cicatrices, somos otros después de leerlos.

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  2. "...equilibrio entre la literatura y el salvajismo más despiadado." Yo diría que no hay diferencia.

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  3. Hay un par de referencias bíblicas que nos muestran que la llamada "Palabra de Dios" es asimilada a una espada(véase Efesios 6:17 y Hebreos 4:12), en el original griego como “mákhaira”, y a la que se le atribuye la capacidad de "penetrar hasta dividir el alma y el espíritu hasta las coyunturas y los tuétanos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”. Luego está la mirada del Apocalipsis (2:16, 6:8, 19:15, 21), en la que es llamada “Romphaia”, y es utilizada para herir y matar. ¿La palabra, las palabras, de dioses, semidioses o humanos, añoran la carne? ¿O, acaso, es la carne la que se presta a tan divina encarnación?

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