17 jun. 2013

El dolor





Le pedí el favor en una peluquería que me cortara el cabello a ras, casi calvo. Era un hombre joven y sencillo. Cuando estaba pasándome la máquina, le vi de repente una cicatriz atroz que le cruzaba el antebrazo. Le pregunté qué le había sucedido. Me contó que por robarle un dinero lo habían apuñalado. De hecho, lo habían matado. Estuvo clínicamente muerto por varios minutos. Lo resucitaron y lo conectaron a una máquina durante días. Una experiencia tremenda, muy dolorosa. Me la contó sin jactarse de ella, con cierta humildad en el tono de la voz. Pero se le notaba de lejos que había vivido algo extremo, abismal. Lo rodeaba una atmósfera de fortaleza y candor al mismo tiempo. Al final me dijo:
- La vida no es vida si uno no es consciente de lo efímera que es. Nos creemos eternos y esa pose nos vuelve imbéciles y presuntuosos.
Tiempo después, conocí a una joven en la feria del libro y cruzamos unas cuantas palabras. Iba con su novio y ambos formaban una pareja muy agradable. Desde su nacimiento, Estefanía ha luchado en contra de un tumor que no quiere desaparecer en la zona de su garganta. La han operado varias veces y las cicatrices de esas cirugías le cruzan buena parte del cuello y la barbilla. Una tarde me contó que había estado en coma, muy cerca de la muerte. Recuerdo que sentí un escalofrío cuando me dijo muy seria, mirándome a los ojos con fijeza:
- Ten cuidado con lo que hablas frente a alguien que está en coma. Uno escucha todo y reconoce las voces. Yo oía lo que decía mi mamá y lo que conversaban las enfermeras mientras me inyectaban o hacían la guardia. Estaba conectada a un respirador artificial y con los ojos cerrados, pero era consciente de todo.
El nombre del tumor de Estefanía es hemangiolinfangioma. A veces se inflama durante semanas enteras y ella se la pasa escupiendo sangre. Me aseguró que en la última crisis que había tenido investigó en Internet y descubrió que las cauterizaciones podían solucionar, al menos por un tiempo, el tema del sangrado permanente, que para ella era un tema fastidioso y desagradable. Los médicos le dieron vueltas al asunto, la miraron con suficiencia, le dijeron que no, que había muchas complicaciones intentando ese tipo de procedimiento y que no creyera todo lo que leía en la red.
Ella sabía que era eso lo que necesitaba. Entonces una noche, sola, mientras su madre dormía, calentó una aguja larga y gruesa a la luz de una vela, y deslizó el instrumento por la garganta hasta llegar a la parte del tumor que estaba sangrando. El dolor casi le hace perder el sentido. Aguantó un par de días y notó que el sangrado disminuía. Volvió a intentar una segunda cauterización y una tercera. El sangrado desapareció por completo. Estaba en lo cierto.
Yo la escuchaba estupefacto y me parecía mentira que una muchacha tan joven tuviera las agallas suficientes como para tratarse ella misma su enfermedad de un modo tan severo y estricto. Antes de despedirnos, me dijo con una sonrisa:
- Mi sueño en la vida es servir, servir a los demás.
A los pocos días conocí el caso de alguien que estuvo secuestrado durante meses en un sótano inmundo y maloliente. Hablé con él largamente, y siempre tuve la misma impresión: que había una dureza tremenda en su carácter, pero, al mismo tiempo, una sensibilidad bien entrenada para comprender y compadecerse del dolor ajeno. Era como si la dura experiencia hubiera forjado en su personalidad un aguante que antes no existía, pero, simultáneamente, lo hubiera transformado también en alguien más afectuoso y compasivo con los otros. Me dijo con cierta dulzura en la voz:
- Hemos venido a cambiar el mundo. No podemos pasar por aquí en vano. Tenemos que hacer algo para que esto sea mejor.

He visto algunas veces esta situación: hay personas que saben capitalizar su dolor (físico o mental) para transformarlo en una fuerza positiva, en un agente de cambio, en un motor que remueve estructuras internas que modifican la conciencia. Y creo que buena parte del secreto de una vida aguda e inteligente está justamente en esta pregunta: ¿qué hago con mi dolor? Y la clave la tienen personas como éstas que cito aquí. El dolor puede ser inútil, soso y desprovisto de cualquier encanto. Y no hay que buscarlo ni engrandecerlo de un modo sádico-masoquista. No es bueno, ni agradable ni deseable. Pero si ya está ahí, si es inevitable, es preciso entrenarnos internamente en cómo extraer de él fuerzas extraordinarias que le otorguen a nuestra vida grandeza, sabiduría y hondura. 

14 comentarios:

  1. El dolor es la única prueba verdadera de que estamos vivos.

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  2. Simplemente hermoso. Muchas gracias Mario, te adoro...❤❤❤

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  3. El dolor es obscuro, tétrico y su naturaleza es infinita, viejo, Mario, hay otro dolor que como dice Vallejo, le pueden cortar a uno el cuello de raíz y sigue ahí, es el dolor moral, el padezco ahora con la ruptura atroz, brutal...Fui expulsado de su lado sin atenuantes, sin la posibilidad de argumentar, de dialogar y mi suegra me dice, "...¡Tanto sentimentalismo!, deberíamos ser como los europeos que cada sale para su apto., y listo!...", infame.
    Dolor mío ten calma
    y tu angustia serena
    ¿No ansiabas ver la tarde?
    Mírala ya desciende, una atmósfera
    obscura por la ciudad se extiende
    trayendo a unos espíritus
    la paz y a otros la pena.

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  4. Tras el dolor viene un sentido que trasguede la condicion humana superflua es la manifestacion de nuestra sensibilidad por ello el nos agudiza la percepcion y la conciencia torna disimil

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Te refieres a casos muy admirables , quienes viven en dolor permanente merecen un inmenso respeto, pero quienes con su dolor crean o mejoran su entorno aún más.
    Me quedé pensando en aquella mujer que vivió el dolor, tanto físico como anímico y que durante años lo pintó, lo musitó, lo transmitió: La Frida Kahlo con su corcé apretado resistiendo, la columna quebrada en tres pidiendo alivio, amando al infiel y abortando consecutivamente. Todo con el pincel en la mano, más allá de sus fuerzas. Cómo no evocarla después de leer tu texto.

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  7. Hola Mario, como siempre un excelente artículo que nos hace preguntarnos ¿qué hemos hecho para mejorar el mundo en que habitamos? ¿ha sido nuestro paso por el mismo algo importante? o ¿fuimos acaso capaz de superar los embates del destino y salir airosos y sabios? o por el contrario ¿fue nuestra lucha un amague pusilánime y corto que preferimos no enfrentar por el temor de sabernos perdedores ante los invisibles hilos del ser superior cuyo poder es tal que no se mueve la hoja de un árbol sin su voluntad?
    No sé si me recuerdes, soy Jorge Andrés Magaldi, estuvimos conversando en la feria del libro y quedamos en reunirnos por estos días, mi mail es: magaldi7@gmail.com
    Éxitos.

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  8. Hay autores que el dolor ha sido su filosofía de pensar, entre esos Federico Nietzsche y Arthur Schopenhauer. A lo que me refiero con esto, es que esta forma de ver el mundo, no solamente, es un acto humano, sino también un cuestionamiento transcendental del Ser, para su eterna búsqueda del conocimiento, de la misma forma, gracias al sufrimiento, es que podemos valorar aquellas cosas y seres queridos que antes no hemos detenido a pensar.

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  9. cada una de tus palabras son sabiduría mil gracias por escribir .

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  10. Recuerdo el término que me explicó Mario: RESILENCIA, ahí esta la clave que permite saber resistir con la frente en alto, con eso que llamamos dignidad. Abrazo. René Guarín Cortés.

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    1. Saludos, René. Si alguien ha trascendido el dolor has sido justamente tú. Un abrazo, MM.

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  11. Hace un par de años, conocí a un grupo de mujeres migrantes que fueron retenidas y torturadas por un grupo criminal que secuestra, explota y mata personas que cruzan México para llegar a Estados Unidos. Sobrevivieron a uno de los acontecimientos que más sacudieron a mi adolorido país: la masacre de San Fernando. Estas mujeres, de las cuales la más pequeña tenía 16 años y la mayor 73, vieron como asesinaron a decenas compañeros que migraban con ellas y que después fueron enterrados en una fosa clandestina. Hoy, que leo tu artículo, Mario, su recuerdo regresó con mucho dolor. Conocí en esa época a muchas mujeres y niñas que vivieron situaciones extremas, indignas y repulsivas, pero la historia de estas 5 mujeres me rebasó, dejando en mi alma una suerte de “esguince” que desde luego no atendí, porque según yo, no era tan importante como una fractura. Recordé a Doña “ Martina”, que en ese entonces contaba con 73 años de vida. En la primera entrevista con ella estábamos sentadas frente a frente, yo tratando de controlar la rabia y ella con sus ojos grisaseos por la edad, concentrada en lo que iba a decirle, me miraba con una sonrisa, que sin temor a equivocarme, venía de otra dimensión. De acuerdo a la declaración que le tomaron cuando fueron “rescatadas”, la habían violando durante varios meses de forma tumultuaria, entre otras acciones de tal repugnancia que no podrían ser atribuibles a un ser humano. Después de que platicamos un poco sobre lo que sucedería en los siguientes días, le pregunté qué era lo que más necesitaba en ese momento, ante lo cual me contestó: ¿me podría regalar unos calcetines que no tengan muñequitos?, es que me da pena que las demás chicas me vean así.
    Gracias por tu artículo, Marío. En México, Distrito Federal, el día está triste y lluvioso, como pocas veces, así que dejaré de revolcarme en mi dolor de niña afortunada, y haré un pequeño homenaje a las mujeres, hombres y niños cuyo dolor extremo ha sido invisibilizado en pro de una razón de Estado. un abrazo, Yuriria

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    1. Ay, Yuriria, desafortunadamente sé muy bien de qué hablas... Resiliencia, esa es la clave... Saludos, MM.

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  12. Resilencia!

    innata para la supervivencia.

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