3 jun. 2013

La soledad y la terquedad





Entré al Museo Botero a las once de la mañana. La sola casa, con su patio central y su fuente, es ya en sí misma uno de los rincones más acogedores de Bogotá.
En la sala de impresionismo, en el primer piso a la izquierda, hay un cuadro de Toulouse-Lautrec llamado La bebedora de absenta. Es una mujer sola sentada a una mesa con un vaso de ajenjo frente a ella. Por su corpulencia e indumentaria podemos suponer que se trata de una trabajadora, de una mujer soltera y pobre que al final de una jornada dura decide buscar refugio en una taberna escondida. Mira hacia el frente ensimismada, sumida en sus pensamientos y sus recuerdos. Quizás añora un beso, una caricia, un poco de contacto humano.
Y es imposible no pensar que en la soledad de ella está también agazapada la soledad del propio Lautrec, quien era un bebedor solitario y compulsivo. La atrofia de sus piernas y su aspecto de enano lisiado convirtieron a este artista en un marginal que buscó en el alcohol una ayuda, un refugio para ese dolor que le causaba el ser un contrahecho. Hay algo en los bebedores solitarios que siempre me ha conmovido, es como si aceptaran de manera contundente una realidad que todos los demás ocultamos o disfrazamos: que nacemos y morimos solos, lejos de los otros y del mundo.
Y en el aislamiento espiritual de esta mujer, también, vi el final de Lautrec, alcoholizado hasta el delirium tremens, disparando contra las paredes de su estudio porque veía arañas recorriendo las telas de sus cuadros, recogido en la calle como cualquier beodo anónimo y arrastrado hasta un manicomio junto a otros marginales como él. Lautrec muere en 1901, justo cuando está empezando el siglo cuya impronta será la angustia y la desesperación.
En el segundo piso hay un dibujo a lápiz del maestro Fernando Botero que suele pasar desapercibido y que siempre me ha impactado sobremanera: Retrato de mi madre. Me quedé cerca de media hora frente al cuadro. Es claro que el pasado familiar de este artista no es la opulencia. La madre es retratada como una mujer que debe trabajar en la casa para sostener a su familia. Sentada frente a su máquina Singer pedaleando, con una mano en el rodillo y la otra en la prenda que está arreglando, intuimos con facilidad que pasa largas horas sentada en ese lugar sin ver la luz del sol. Es casi seguro que al final del día le duele la espalda, que no ve, que tiene los dedos pinchados, que sufre de calambres en las piernas. Es la imagen de la costurera pobre, un personaje recurrente en la historia de la pintura.
Lo curioso es que el óvalo del rostro de esta mujer y sus rasgos más sobresalientes nos recuerdan de inmediato al artista. Es decir, Botero se retrata a sí mismo en el rostro de su progenitora, como haciendo consciente una herencia invisible: que de la misma manera que su madre debía trabajar horas y horas en posiciones incómodas para su cuerpo, él también está destinado a ese rigor y esa disciplina férreos para construir su obra. Esto es, la clave de un artista no está sólo en su talento, sino en su terquedad, en su obstinación, en su capacidad de aguante. Por eso este dibujo hay que verlo una y mil veces: para recordarlo en los momentos de flaqueza, cuando bajamos la guardia de mala manera.

El artista siempre está solo y siempre está en pie de guerra. Por eso es un oficio de pocos.


9 comentarios:

  1. Benditos solitarios y tercos. ¿Qué sería de nuestra soledad sin ellos?. Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. ¿Cómo olvidar que el Louvre rechazó la obra de Toulouse Lautrec cuando le fue ofrecida después de su muerte? ¿Quizás no querían asociaciones con el alcoholismo, la soledad, la tristeza, la deformidad? Tal vez no querían en sus muros aquellas pinturas de prostitutas y lesbianas, los cuerpos robustos con medias negras arriba de las rodillas, los rostros pensativos esperando a los clientes. O aquel dibujo de trazos casi gráficos de la mujer masturbándose, o aquellas pinturas de abrazos íntimos entre mujeres, o el sexo oral lésbico en algunas de sus telas.
    ¡Vaya uno a saber que estaban pensando los académicos!
    Bella entrada una vez más Mario.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. ¿Será posible que, después de tantas horas sentada, con las nalgas adormecidas y la espalda transformada en un garfio, la madre de Botero sintiera que la fatiga había quebrantado el amor por sus hijos? ¿Pensaría que no hay grandeza en los actos propios si no se pasa por dolores y sacrificios? ¿Tan cristianos somos? Yo me lo pregunto. Y sigo aquí. Sentada.

    ResponderEliminar
  4. Mario, soy Laura. Estoy intentando enviarte un correo, pero me viene de vuelta. Si conservas el mío, ponte en contacto, porfa... Un beso.

    ResponderEliminar
  5. MORIR A TIEMPO, MAGISTRAL y SHAMBALA merece un saga completa! GRACIAS!

    ResponderEliminar
  6. Los artistas son solitarios, pero su obra acompaña a otros.

    ResponderEliminar
  7. Excelente el recorrido que haces cuando vez una pintura, que buen analisis, ademas que grato es cuando los artistas con trazos,colores,texturas..etc logran crear todo un mundo de sensaciones! definitivamente los que vivimos en este medio aprendemos a ver la vida de otra forma.

    Una abrazo Mario

    ResponderEliminar