26 ago. 2013

Las fuerzas oscuras






Un buen día una muchacha noble e inteligente decide llevar una vida recta y disciplinada. Se llama Amanda. Se promete estudiar, ser la mejor de todos sus compañeros, casarse después, trabajar, hacer una familia, en fin, llevar una vida normal y convertirse en un miembro activo y útil de la sociedad. Y, en efecto, lo intenta. Se matricula y asiste a los primeros cursos con gran éxito. Sus primeras calificaciones la destacan como una estudiante brillante. Sin embargo, a las pocas semanas, en una fiesta local, prueba por primera vez el alcohol. Le gusta, la atrae, quiere volver a emborracharse. Cada fin de semana bebe hasta la madrugada, queda hecha pedazos, se levanta sin acordarse qué hizo, con quién, cómo. Otra noche, un grupo de compañeros la incita a probar metanfetaminas. Queda enganchada. Le fascinan sus efectos. Amanda empieza a descender los primeros escalones del infierno. Dos años después la expulsan de la universidad. Se desespera, necesita dinero para sus dosis. El síndrome de abstinencia la hace pedazos: le dan fiebres recurrentes, diarrea, insomnio. Empieza a prostituirse, a conseguir clientes por internet. Terminará en la cárcel, convertida en una yonqui y delincuente que debe purgar diez años de prisión. Tiene 20 años el día del registro carcelario.
Carlos tiene uno de los coeficientes intelectuales más altos de su generación. Está catalogado como un “buen puesto con el menor esfuerzo”, es decir, como un joven que, aún sin hacer nada ni abrir un solo libro, logra siempre estar entre los primeros lugares de su curso. Una especie de medio genio. A los 17 años, en el primer semestre de universidad, se enamora en un bar de una aventurera amorosa con quien pierde la virginidad. La muchacha lo inicia en el sexo, le enseña, lo arrastra a un camino de dependencia corporal, de celos, de ansiedad, de obsesión. Él confunde eso con el amor, con la entrega total. Deja de asistir a sus clases en la universidad, pierde materias, le comunican que debe repetir varios cursos y que tiene matrícula condicional. Un año después está en un restaurante trabajando de mesero y entregándole todo el dinero que gana a la misma joven a la que él cree amar con locura. Al poco tiempo ella lo abandona y se va del país con otro hombre. Le deja una nota escueta: “Lo siento, Carlos, me aburrí”. Nada más. Él camina con esa nota entre el bolsillo de su chaqueta durante horas, duerme en un parque, no sabe qué hacer con su vida. Intentará una sobredosis y se despertará en una clínica psiquiátrica con un sabor amargo en la boca y dos enfermeras custodiándolo de día y de noche en turnos de 12 horas cada una. Tiene 19 años.
Son sólo dos casos elegidos al azar entre miles, entre millones. Dos muchachos inteligentes, brillantes, con unas capacidades fuera de lo común. ¿Por qué no pudieron llevar la vida que anhelaban, que deseaban para sí mismos? Porque no llevamos las vidas que queremos, sino las que podemos. Y la distancia entre querer y poder se llama el inconsciente. Nadie nos enseña que la razón ocupa un breve espacio en nuestro cerebro. Las pasiones, las emociones, el deseo se ubican en las zonas más primitivas, y no las controlamos como quisiéramos. El sistema límbico es aún un desconocido, y crea relaciones y actúa de un modo que no está muy claro. Y puede salvarnos, pero también puede hundirnos. Está atravesado por unas fuerzas oscuras temibles y siniestras.

A nivel grupal nos pasa lo mismo. Cuando empezamos el Renacimiento planeamos un mundo maravilloso. Lo llamamos la Modernidad y se supone que la razón nos iba a ayudar a elaborarlo y a pulirlo con esmero. Cinco siglos después construimos campos de concentración, exterminamos, torturamos, masacramos, lanzamos dos bombas atómicas. Hoy esa barbarie continúa en Afganistán, en Irak, en África. Exterminamos a las demás especies, modificamos el clima, tenemos más de mil millones de personas muriéndose de inanición en este justo momento. No hemos podido manejar nuestras fuerzas oscuras. Unas son nuestras intenciones y otras muy distintas son nuestras acciones. Por eso importa poco lo que la gente dice o promete. Lo que importa es lo que hace. Y lo que hacen, muchas veces, no depende de ellos, sino de algo que está detrás de ellos, debajo de ellos, en ellos. Algo que, para su infortunio, la mayoría de las veces desconocen.

19 ago. 2013

LADY MASACRE






Hace años quería escribir este libro. Volver a la novela policíaca, pero incorporar algo que tenía pendiente: la bipolaridad, las clínicas mentales, ese dolor punzante de no saber con certeza a qué juegos macabros se dedica nuestro cerebro. Una especie de policíaco psiquiátrico. Y bueno, aquí está. Después de La locura de nuestro tiempo, que fue un alto en el camino, un deseo de elaborar un diagnóstico de época, vuelvo a Bogotá de la mano de mi detective, Frank Molina, un alcohólico, bipolar, marihuanero y adicto al porno que debe descender a las profundidades de la ciudad para solucionar un caso extraño, un crimen que esconde una maravillosa historia de amor. Creo en Frank como hace mucho no creía en ninguno de mis personajes. Y quizás lo mejor no sea escribir sobre este libro, sino mostrar algo de él para que sientan el tono del mismo. Transcribo a continuación una breve página del segundo capítulo, cuando Frank acaba de salir de la clínica psiquiátrica y no sabe si lo que vivió recientemente fue real o inventando por su cerebro enfermo.


“En los intersticios del sueño, me digo: No sé quién soy. Y la frase da justo en el centro de la sospecha, en el meollo de la incertidumbre. Para los otros lo real es un plano fijo, estático. Para mí, en cambio, es un campo minado, una continua mutación, un piso frágil y peligroso. He sido testigo durante años de cómo lo real se pliega sobre sí, se escinde, se agujerea, y he tenido que aprender a sostenerme en medio de las resquebrajaduras y los temblores. Los demás se presentan y enuncian su nombre con orgullo, timbran tarjetas, firman documentos, estampan sus nombres en negocios y oficinas. Yo no, yo sé bien que soy una fractura de lo real, una falla, arena movediza, una imperfección, un paso en falso. Los demás tienen una  biografía. Yo estoy atrapado en la catástrofe, acostumbrado a caminar por la cornisa y a mirar hacia abajo, hacia el precipicio, hacia ese abismo insondable que se llama Frank Molina.
Me digo: No sé quién soy. Y la frase apunta no a una queja, sino a un dolor, a una punzada cruel, a una herida que he tenido que cargar en silencio. Para los otros un nombre y un apellido son el comienzo de lo real, la constancia de una exactitud. Para mí son una trampa, una información falsa, una bifurcación que conduce a un callejón sin salida. Yo sé bien que la identidad es un cortocircuito, una suspensión de energía, una interrupción en la batería que alimenta el mecanismo, una parálisis en la que todas las operaciones se suspenden hasta nueva orden. Que los otros continúen estampando sus nombres en puertas o cartulinas. Yo no. Yo permaneceré suspendido en el asombro, capturado por una inestabilidad mutante, preso de este vértigo doloroso en el que ser yo mismo me paraliza y me acongoja.
Me digo: No sé quién soy. Y la máquina mutante que dice yo no se refiere a ningún sujeto. Es una formalidad del lenguaje, nada más. ¿Cómo se llama, entonces, ese nuevo pronombre, ese “yo” vacío, hueco, sin nadie detrás? ¿Habrá también un “tú” hueco, un “nosotros” hueco? ¿Habrá llegado el tiempo de los pronombres vacíos, sin individuos, sin seres que los habiten? ¿Habrá llegado el tiempo de un lenguaje que cuando dice yo, tú, nosotros, ellos, en realidad sólo está nombrando oquedades, grietas y aberturas?”


NB: El lanzamiento será el 3 de septiembre en el auditorio del Gimnasio Moderno. Calle 73 con 9ª. Les avisaré la próxima semana para que asistan si pueden. Entrada libre. Esa noche les contaré los “detrás de bambalinas" de esta novela, que son muy extraños.

Saludos para todos, MM.

16 ago. 2013

Lady Masacre



Está llegando a librerías Lady Masacre, mi última novela publicada por Editorial Planeta. Ya les contaré en la próxima columna sobre este libro. Me encanta la carátula, que es de Oscar Abril, el mismo de Buda Blues...
Saludos, MM.



12 ago. 2013

Manifiesto




Creo en la diferencia. Me declaro xenofílico. Me gusta todo lo que no se parece a mí. Me atraen otras costumbres, otras comidas, otras maneras de entender el mundo. Quisiera ser maorí y tener mi casa junto al mar, ser musulmán y orar varias veces al día mirando hacia La Meca, ser budista y seguir las cuatro nobles verdades y el óctuple camino, ser judío, y rastafari, y sikh, y esquimal, y atravesar las grandes extensiones de nieve subido sobre mi trineo y acompañado por mis perros.
Cuando veo a los músicos en un concierto me encantaría ser ellos, daría lo que fuera por tocar la guitarra o cantar con furia y desesperación. En ciertas noches me sueño subiendo al escenario y tocando la batería junto a Kurt Cobain. Y no soy escritor ni me llamo Mario Mendoza, sino Boris Johnson, y tengo la misma cara pero soy rubio y llevo el cabello largo. He sido invitado a tocar con Pink Floyd y he acompañado a Robert Plant y he rapeado con Nach entre multitudes enardecidas y estadios a reventar. Alguna tarde, en Florencia, Italia, en un concierto de Jethro Tull, le grité a Ian Anderson a voz en cuello que yo era él, que la realidad se había dado la vuelta, que yo estaba allá, cantando sobre la tarima, y que a él le iba a tocar pasar media vida sentado en un escritorio, entre insomnios angustiantes, junto a libros ajenos y propios.
Cuando veo a los atletas en medio de sus competencias me imagino que soy ellos, que estoy ahí, corriendo en la pista o pasándole la pelota a mis compañeros. Y me llamo Mateo Almeida, y soy zurdo y muy peligroso. He corrido varios Tours de Francia y he procurado siempre ser un buen coequipero. También practico artes marciales mixtas. Soy campeón de peso mediano. Nací en Curitiba y me entrené con Anderson Silva, el mejor entre los mejores. Me siento cómodo dentro del octágono, me gusta que dentro de la jaula hay una sinceridad a toda prueba: todo es a golpes, a las patadas, literalmente. No hay metáforas dentro de la reja, no hay farsas ni mentiras. He sido también el entrenador de Ronda Rousey, la temible, la única, y fui yo el que le enseñó a destrozar a sus contrincantes con llaves de brazo que muchas veces las dejó lisiadas durante semanas y meses.
Creo en la libertad por encima de todo, incluso hasta el punto de convertirse uno en un anarquista, en alguien que recela y se emancipa siempre frente a todo poder que intente someterlo y doblegarlo. No me gusta sentirme atrapado, vigilado, exigido. Me disgusta cualquier presencia que pretenda dar órdenes o controlar de un modo explícito o soterrado. Nada me parece más agresivo y exasperante. Hay que estar atentos y listos en todo momento para emprender la fuga.
Creo en el deseo, en su fuerza desmedida y liberadora. Nuestros cuerpos nos lanzan siempre en busca de otros cuerpos. Por eso no creo en la conyugalidad estable, policiva, en la que se exige una fidelidad carcelaria. No hay que permitir que encierren nuestro cuerpo y no hay que encerrar a nadie. Todo lo contrario: hay que celebrar cuando el otro nos deja, cuando se va, cuando se lanza a su propia aventura. Celebremos siempre la libertad del otro, porque, de algún modo, es también la nuestra. Cada despedida es un motivo de alegría. Por eso la manera más inteligente de amar sigue siendo la amistad.
Creo en el caos, la desmesura y el exceso de generosidad. Alguien demasiado aplomado y apegado al confort no puede crear nada. Un artista es alguien que no tiene medida, que todo lo hace atravesado por la obsesión, porque sí, en medio de un delirio vitalista. Bienaventurados los que dan todo de sí porque sólo ellos entienden la majestuosidad de estar vivos.

Quizás hemos estado aquí antes y algún día regresaremos convertidos en otros, con otros nombres y otros rostros. El eterno retorno de lo no idéntico. Por eso creo en la empatía, en la solidaridad, en el cooperativismo. No existo sin los otros, no soy nadie sin ti, sin ella, sin vosotros. Todos giramos, rotamos, estamos en una carrera de relevos. Mañana yo seré un empleado de almacén, me llamaré Cándido Augusto y deambularé por las calles de una ciudad que ahora desconozco. Me llamaré Magdalena Marulanda y seré costurera en un barrio humilde. Después de muerto regresaré, y me llamaré Hugo Garrido y seré falsificador de billetes y pasaré media vida entre las rejas. Estoy dentro de ti y tú estás dentro de mí. Mañana tú estarás escribiendo estas páginas y yo te estaré leyendo con la vaga sensación de que estos párrafos me pertenecen.


5 ago. 2013

Dimensiones Desconocidas








Buscando las huellas de mi personaje juvenil Felipe, llegué en febrero de 2013 a Huasao, un pueblo a una hora de Cuzco por carretera. Era un invierno persistente y tenaz, y el agua corría a chorros por las callejuelas de los lugares que íbamos visitando. En Andahuaylillas observamos una catedral impactante, una mezcla de pintura renacentista y altares barrocos con techos artesonados. Una verdadera obra de arte. Su plaza empedrada e imponente me quedó para siempre grabada en la memoria. Al lado de la catedral visité unas momias muy extrañas con los cráneos deformados y alargados. Seres mutantes de escasa estatura que no parecían humanos.
Cuando llegué a Huasao, el pueblo de los brujos y los chamanes, me recibió Juan, alias Joan o Johan, un indígena quechua alto y fornido con el que conversé unos minutos. Le pregunté por la saga juvenil de Felipe y su perro Elvis, y él interrogó a su vez a la hoja de coca por el destino de esos libros. La hoja respondió que todo sería difícil, muy complicado, que los libros marcharían lentamente, pero que al final se impondrían ellos solos. No me sorprendí por el vaticinio. Al fin y al cabo, siempre me ha tocado ganarme todo a pulso, lentamente, a punta de esfuerzo y aguante. Me dije que, como me había sucedido en el pasado con otros libros, me iba a tocar luchar en contra de ciertos prejuicios: la idea, por ejemplo, de que la literatura infantil y juvenil es menos, una especie de subgénero al que no se dedican los grandes creadores. Lo mismo me ha pasado con la novela negra o con la literatura policíaca. Se trataba entonces de luchar y de no perder la fe en mi personaje.
Pero lo que más me sorprendió de esa sesión con Joan fue su tono religioso, místico, reposado, la manera como le preguntaba a la hoja de coca por el destino de mis libros. Joan aprendió español en la adolescencia y entonces guarda ese acento suave, dulce, sin grandes aspavientos de su lengua natal, el quechua.
Esta vez, en julio de 2013, fui a la feria del libro de Lima a presentar por un lado La importancia de morir a tiempo, y por el otro los dos primeros libros de la saga juvenil: Mi extraño viaje al mundo de Shambala y La Colonia de Altair. Me escapé a Cuzco unos días y me fui directo a Huasao en busca de Joan. Le llevaba los libros a manera de presente, pues, aparte de ser un personaje central de la narración, el segundo volumen está dedicado a él. Fue un momento extraordinario cuando saqué las dos novelas y se las entregué con mucho respeto. No me pasó desapercibida la escena en la cual los dos libros quedaron justo junto a las hojas de coca, como si dependieran de ellas, como si de un modo inevitable estuvieran ligados a su fuerza y su poder.
En esta ocasión yo no había reconocido el pueblo, ni sus calles, ni su iglesia diminuta. Tampoco la fachada de la casa del chamán. Mi memoria había urdido un mundo propio, fantasmagórico y único en el que se desarrollaba la historia. Pero algo continuaba intacto: el tono del chamán, el modo en el que sus palabras breves y musicales repetían de nuevo el mismo presagio: paciencia, paciencia, paciencia. Los lectores llegarán a Felipe lentamente, pero entablarán con él una amistad sólida y duradera.
Y estando en su guarida, ahí, con él frente a mí y con las dos novelas junto a las hojas de coca, de pronto me llegó a la cabeza mi propio estudio, mis imágenes mágicas, mis amuletos (libros y libros regados por todas partes), mis largas horas de encierro conectado a otros mundos, a dimensiones desconocidas para el resto de la gente. Y sentí una secreta hermandad con Joan. Con el debido respeto hacia él, sentí que el artista es alguien muy similar, un ser que sabe cómo escapar de la inmediatez, de la cotidianidad, y que descubre fisuras e intersticios en lo real, umbrales, pasadizos, laberintos que conducen a otros universos tan relevantes como éste en el que transcurre nuestra miserable condición humana.

¿Qué son los libros? Presagios, adivinanzas, enunciados misteriosos, letanías que vienen de universos paralelos para comunicarnos certeros mensajes que modificarán nuestra vida para siempre.