23 sept. 2013

Maqroll El Gaviero





En El hombre de la multitud, del escritor norteamericano Edgar Poe, un individuo persigue a un anciano de setenta años a través de las calles de Londres, cruzando plazas públicas, mercados, puentes y zonas residenciales. El objetivo es averiguar hacia dónde se dirige el viejo. La persecución dura una noche completa y todo el día siguiente, hasta que el individuo descubre que el anciano no va a ningún lado, que es lo mismo que descubrir que va a todas partes.
     En Wakefield, del también norteamericano Nathaniel Hawthorne, un hombre sale de su casa y de repente, sin explicación alguna, decide no volver. Pero no se fuga a la conquista de lejanos territorios ni nada similar. Arrienda una pequeña habitación en la calle de al lado, y desde allí, anónimamente, vigila lo que ocurre en su casa y construye una especie de “existencia paralela”. Al cabo de veinte años, también si explicaciones, regresa a casa y abraza a su mujer, que lo creía muerto.
En realidad a Hawthorne no le interesa tanto la anécdota, sino analizar la forma como Wakefield, poco a poco, comienza a ser seducido por un idea que lo desterritorializa, que lo saca de un territorio donde vive, come, duerme, trabaja, copula, etc... Así, lentamente, Wakefield se encuentra un día por fuera del sistema, marginal, sin saber cómo regresar.
En apariencia Wakefield se encuentra en la calle de al lado, pero en realidad está en otro mundo. Ha sido expulsado no sólo de un territorio donde se cumplen los hábitos que componen su vida, sino, y acaso en esto reside la mayor fuerza del texto de Hawthorne, de su “yo”, de lo que él consideraba hasta entonces su identidad, su singularidad. En la medida en que pasan los días se aleja más de sí, con aceleración vertiginosa. Como en algunos relatos de Poe, el horror de Wakefield es un horror de la conciencia: sentirse habitado por fuerzas internas que nos desplazan y nos impiden cualquier principio de identidad, de un territorio interno seguro. Dice Hawthorne:
   En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a su sistema, y los sistemas unos a otros y a un todo, que con solo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

     En Un fragmento de vida, de Arthur Machen, un personaje se encuentra, en las primeras páginas de la novela, asfixiado con su vida rutinaria y mediocre. Y decide aventurar. Pero no tiene dinero para financiarse un viaje a regiones distantes. Decide entonces aprovisionarse de agua y de víveres, y salir al azar a recorrer la ciudad en la que siempre ha vivido. Viajar por ella sin proponerse objetivos específicos, ir por las calles sin saber adónde pero atento, lúcido, sin perder detalles, exigiéndose al máximo para percibir el nuevo cúmulo de sensaciones. Este viaje a la deriva es, claro está, un viaje de auto-conocimiento. Al término de su recorrido el personaje no sólo ha descubierto “otro” espacio (“otro” en el “mismo”): ha descubierto a su vez un “otro” que lo habita, que ha estado “ahí” desde siempre.
También estaría la novela Hambre, de Knut Hamsun, o El defensor tiene la palabra de Petre Bellú. Pero en la literatura colombiana el personaje por excelencia que nos enseñó la libertad del vagabundeo, la potencia que hay detrás de todo viajero nómada, fue sin duda Maqroll El Gaviero, el inolvidable personaje de Álvaro Mutis. Bien sea al fondo de una mina o trepado en el mástil de una embarcación, Maqroll vive explorando permanentemente las infinitas posibilidades que le brinda su cuerpo. Somos lo que percibimos. Somos lo que nuestra máquina corporal captura.
Aprendimos con Maqroll que no viajamos para conocer el mundo (objetivo miserable de todo turista baladí), sino para abrir zonas de la conciencia desconocidas por nosotros mismos. No viajamos para decir que hemos recorrido muchos lugares, sino porque en cada viaje hemos sido iniciados en un misterio sagrado muy antiguo: cómo desaparecer y renacer, cómo dejarnos atrás y cómo volver a reinventarnos. El turista que sale y regresa siempre es el mismo. Lo único que tiene para mostrar son unas cuantas fotos y sus sellos en el pasaporte. El viajero se esfuma en el camino y el que regresa es otro. Y no tiene nada para mostrar.
Hoy todos los medios de comunicación hablan de la muerte de Álvaro Mutis. Por fortuna, los escritores nunca mueren. Viven en sus textos, encarnados en sus personajes, yendo y viniendo por entre los laberintos interminables de sus páginas. Un escritor muere el día en que muera su último lector.

     Algo nos dejan en claro las andanzas sensoriales de Maqroll: poblamos el mundo con una materia que desconocemos, somos una corporeidad cuya multiplicidad de intensidades ignoramos. En consecuencia, anhelamos un cuerpo que cruce el mundo como las grullas de Maldoror, como el gigantesco pájaro níveo de Arthur Gordon Pym, como el albatros de Baudelaire en su vuelo perfecto y casto, como el descompuesto pájaro de Coleridge. Sabemos que un nuevo mundo es imposible sin un nuevo cuerpo que lo invente. Estamos en búsqueda. La inocencia es nuestra arma. Un día levantaremos vuelo y surcaremos un aire surreal y elástico, como una bandada de pájaros migratorios viajando a través de la rueda zodiacal.

5 comentarios:

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  4. De cuando en cuando, mi querido Mario Mendoza, afirmando uno que otro pensamiento. Efectivamente hay en mí muchos (en todos como condición humana), y, cada uno se reconoce en un territorio al que por osadía he explorado y que por avatares de nuevo me arriesgo a indagar. Puede ser un viaje, una decisión, una nueva persona que conoces y te llena la vida de nuevos parajes (el otro como posibilidad de llegar a sí mismo o que permite conocer ese otro que hay en mí).

    Gracias y mil veces gracias por ese regalo que nos ofreces a algunos que nos cuesta permanecer (precisamente por eso buscamos otras posibilidades de existir) en un sistema generalizador, que ubica en un lugar de comodidad, donde no se vive sino que hay un apelmazamiento y un bloque compacto hecho por la mayoría a gusto y satisfacción del funcionamiento de dicho sistema. Gracias por hacer parte de esa resistencia y gracias por el lugar al que nos permites entrar (tu blog, tus libros, tus charlas) de una u otra forma también son un viaje, una Odisea.

    Te abraza inmensamente, de nuevo, a través de las palabras: Viviana Gálvez Arizabaleta.

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  5. También yo Mario, tengo gran aprecio por Magroll, leo con gusto tu entrada. Gracias por recordar su valor !!!!Alternativas de vivir que parecen ficción.

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