28 oct. 2013

El Sur





(Librería Merlín, foto El Tiempo)

Cuando estoy en alguna conferencia y alguien toca el tema de la segregación de la cultura en nuestro continente, siempre recuerdo que en Bogotá no hay una sola librería en el sur de la ciudad. La Panamericana no cuenta porque es papelería y prácticamente un supermercado. La última librería hacia el sur es la Lerner, en la Jiménez con la Cuarta, entrando a La Candelaria. Hay una de libros de Historia cerca de la Plaza de Bolívar, pero no se consiguen sino textos especializados. Y pare de contar. No hay una sola librería en Santa Isabel, en el Quiroga, en Las Cruces, en Soacha, en Kennedy, en Bosa, en Usme. ¿Cómo explica uno que la ciudad está atravesada por una cicatriz cruel que la divide de mala manera? ¿Qué análisis certero puede uno dar acerca de una sociedad que segrega la cultura de un modo tan evidente y no pasa nada? Nadie se queja, nadie protesta, nadie denuncia…

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/viajar/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12747800.html

http://www.publimetro.co/opinion/cinco-librerias-para-descubrir-en-bogota/lmklex!XJVJXjfHkJqC2/

Anexo dos artículos que le sugieren al público visitar librerías en Bogotá que valen la pena, bellas, bien armadas, administradas por personas capaces y que conocen mucho de libros. Las conozco todas y son, en efecto, maravillosas. No tengo nada contra ellas, ni más faltaba. Me encanta visitarlas. El problema no es criticar con veneno a aquéllos que defienden los libros y que aún creen en ellos, bien sean las librerías de cadena como la Librería Nacional o las librerías independientes. Todos ellos son héroes anónimos defendiendo la biblioteca como pilar de una sociedad. No. La pregunta es: ¿por qué todas quedan de Chapinero hacia el norte? ¿Por qué nadie pone una librería de este estilo en el sur de la ciudad?
Esto significa que si yo soy un estudiante de Ciudad Bolívar (y hay cientos de miles), o una persona que trabaja y a quien le gusta leer de vez en cuando, tengo que desplazarme hasta el centro de la ciudad para poder entrar a una buena librería y curiosear un rato. Necesito coger un bus para ir allá, al otro lado de esa línea que parte el territorio en dos; allá, donde están los libros, los conciertos, las obras de teatro, las conferencias.
Alguna vez me bajé en Riohacha a dictar un taller de literatura. El director del taller me sacó un fajo de billetes y me dijo:
- Mira, ten, aquí está el billete.
Me quedé frío y le dije que no, que a mí me pagaba el Ministerio de Cultura, que se quedara tranquilo.
- No, esto es lo de los libros.
- ¿Cuáles libros? –pregunté yo en mi infinita ignorancia.
- Los tuyos. ¿No trajiste tus libros para venderlos?
- Yo no vendo mis libros. Están en las librerías.
Y entonces el director del taller me miró como quien está observando a un despistado sin remedio, y me dijo con infinita tristeza:
- Aquí no hay librerías, Mario.
No podía creerlo. Riohacha es una capital departamental, no un municipio perdido en los confines del país. Y sí, la gran mayoría del territorio nacional no tiene una sola librería. Hace parte del esquema, del cómo hemos manejado la administración de la cultura en Colombia. Si yo vivo en Riohacha y quiero visitar una buena librería y quedarme unas horas ojeando (hojeando) libros, tengo que viajar varias horas en bus hasta Barranquilla. Increíble. De no creer…
Antanas Mockus y Sergio Fajardo creyeron en sus respectivas ciudades que era posible cambiar a la sociedad con bibliotecas públicas. Y así fue. Derecho a la lectura como base fundamental de la democracia participativa. Después, cuando crearon La Ola Verde, casi se toman el poder. Tres y medio millones de personas. La Ola Verde es anterior a la Primavera Árabe y al movimiento de los Indignados europeos. Casi nada. Una emancipación cultural, una revolución educativa en contra de todos esos analfabetas funcionales que se han apoderado de la política y que no son más que gángsteres camuflados.
Sueño con una librería magnífica al sur de la ciudad. Una librería que se llame, justamente, El Sur. Un lugar donde algún día nos encontraremos a debatir, a pensar, a pasarnos libros los unos a los otros, a resistir en grupo mientras nos tomamos un café o una cerveza.

21 oct. 2013

Con Superbarrio Gómez




Ya está aquí





Mientras escribo estas palabras en México DF, la plaza del Zócalo, donde se realiza la feria del libro de esta ciudad, está militarizada. Una feria del libro militarizada… Es increíble ver el acceso a los libros custodiado, vigilado por uniformados armados, con tanquetas y escudos anti-motines… ¿Imagen futurista del miedo a la educación y la cultura?... A pocas calles está el Museo de la Memoria y la Tolerancia, uno de los sitios más bellos de esta ciudad, en el cual nos enseñan el horror de irnos en contra de nuestros semejantes y la importancia de aprender a vivir en la diferencia. Un museo cuyas réplicas deberían existir en todas las ciudades del mundo.
He hablado en varios artículos anteriores de violencia transpolítica, es decir, de la violencia que impera al interior del sistema y que nos implica a todos. Ese concepto es paralelo al de “guerra civil” enunciado por Enzensberger. Las grandes guerras del pasado han sido reemplazadas por micro guerras, guerras moleculares o guerras en las que están enfrentados unos civiles contra otros. Ya no se trata de grandes discursos, de grandes ideologías, de creencias, sino de irme en contra del que tengo cerca, sea el que sea.
La Modernidad falló en sus promesas de uno derechos humanos que iban a ser el motor de la civilización. Falso. Se impuso la lógica del capitalismo salvaje, la codicia, la acumulación, el pillaje desbordado, la especulación que condena a los otros al desempleo, a la marginalidad, al hambre. Masacres en todos los continentes, genocidios, fusilamientos a diestra y siniestra, terrorismo bancario. La hecatombe general.
Y en todas las calles del mundo empieza a surgir el descontento, la rabia, el resentimiento, la desilusión de saberse engañado, timado, explotado y utilizado de un modo sucio y siniestro. El odio crece y prolifera, se contagia fácilmente. Y va creando tribus, congregaciones prehistóricas que regresan a las antiguas reglas de “nosotros contra ustedes”. Yo soy cabeza rapada, o hincha de Santa Fe, o evangélico, o Caballero de la Virgen, o de la banda de Los Negros, o del Cartel de Medellín o de Tijuana. Pertenezco a un clan, no soy cualquiera, no ando solo ni a la intemperie. La familia Corleone me protege. Soy Tony Soprano.
Si me encuentro con un hincha de Millos y voy con mi combo lo levanto a golpes o lo acuchillo. Si me trato con católicos es porque me toca fingir, pero en realidad los desprecio y los considero seres mundanos, ínfimos, atrapados en mentiras. Yo no vivo engañado, a mí me ha sido revelada la verdad. Soy un Caballero de la Virgen que aborrece todas las otras religiones, aborrece a los gays, aborrece a los rojos de izquierda. Si llego a tropezarme con un integrante de otra pandilla o de otro cartel, el asunto es a vida o muerte. No tolero nada, todo el mundo me cae mal, todo el mundo es un potencial enemigo.
Pruebas de ese odio generalizado están por todas partes. Incluso la propia ciudad tiene sus cicatrices: los escasos teléfonos públicos están hechos pedazos, los columpios de los parques cuelgan destrozados, las canchas de fútbol o de baloncesto no alcanzan a durar un mes antes de que los vándalos las tiren abajo, los libros de las bibliotecas públicas están mutilados, deshojados y rayados.
Un día cualquiera descubro que odio a los otros porque me odio a mí mismo. Vivo alcoholizado, me drogo sin parar, me masturbo compulsivamente (abuso de sí mismo) o me encierro alienado a ver televisión o video juegos hasta el embrutecimiento total. No quiero saber de nadie, me quiero olvidar de quién soy. No destruyo nada ni a nadie, me autodestruyo a mí mismo.

Esa es la guerra de nuestros días. Y ya está aquí, ya llegó, y nadie nos está enseñando a contrarrestarla. Es preciso detectarla y resistirse a hacer parte del delirio general. Mientras encontramos métodos eficaces para frenar la pandemia.

Presentación México





http://superluchas.net/tag/mario-mendoza/

16 oct. 2013

En México DF con Superbarrio Gómez





Y bueno, aquí, en México DF, en la región más transparente, en la feria del libro del Zócalo, con buena parte de las entradas a la plaza militarizadas. Un clima extraño...
La buena noticia es que el domingo presenta Lady Masacre aquí, en la feria, Superbarrio Gómez, el personaje sobre el cual escribí en La Importancia de Morir a Tiempo. Qué privilegio...
Hace tiempo que perdí el principio de realidad... Ya no sé dónde está la ficción y dónde la realidad...
Saludos para todos,
MM

14 oct. 2013

Entrevista



Una entrevista completa, sin cortes desagradables, donde creo que están varias de las ideas que rigen mi obra. Espero que la disfruten. Saludos, MM.



7 oct. 2013

El cuerpo como revolución





     4 años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda. Uno de mis libros preferidos. El subtítulo de esta novela es prodigioso: “Diario de los 5 sentidos”. En esta novela el diario, el estudio sistemático de los sentidos que hace el protagonista, es un viaje a través del cuerpo: sonidos, olores, rugosidades. El cuerpo como termómetro de una realidad disonante cuyas fuerzas están en movimiento. Es un proceso de refinamiento sensorial, de entrenamiento y experimentación con la máquina corporal. Produciendo nuevas funciones en los engranajes, en las palancas y en los interruptores, aparece, de pronto, una nueva realidad. Esto suprime la idea de una realidad fija, cierta, inmóvil, verdadera. Lo que hay es una sumatoria de fuerzas y cada máquina de percepción, según sus funciones y sus programas, agrupa o disemina esas fuerzas, las resta, las suma o las multiplica, produciendo una determinada realidad. No una realidad dada, única, sino realidades virtuales construidas por máquinas de percepción.
     Un momento claro de esa experimentación con los canales de percepción lo encontramos en Bahíahonda, cuando el barco que lleva las provisiones se retrasa varios días. El protagonista, acuciado por el hambre, siente el desorden, el desajuste total de los sentidos. Por ende surge una realidad anárquica, caótica:

El hambre aguza todos los sentidos. Se perciben hasta los más pequeños olores, y aún los recuerdos de los olores cobran fuerza. Aquí, en el cuarto, huele a plátanos, a banano, pero no me explico por qué, porque no hay ni una hoja ni una corteza. ¿Será una alucinación? No, no es alucinación... Huele a bananos, a esencia de bananos... Olor que tiene un color rojo, rojo, sí, rojo... En mis manos está dormido el tacto. Toco la tela de mis pantalones, que es gruesa, burda, áspera, y la confundo con la manta. Me equivoco y tomo entre mis dedos un extremo de ésta, y es lo mismo de burda que los pantalones... No, no es eso, no es eso... Es que los pantalones son tan sedeños y finos como la manta... Sí, sí, pero, ¿Por qué voy a volverme loco? Si todo está revuelto, confuso, tan mezclado que no puedo diferenciar nada... (p.p. 444-445).

     Pero “cuerpo” en Zalamea no es la antinomia de “alma”, de “espíritu” o de “pensamiento”, no. En contra del juego de oposiciones simples heredadas de la tradición, el protagonista propone un modelo de completudes indisolubles. El protagonista se ejercita no en una razón clasificatoria y diseccionadora, sino en un pensamiento afectivo que emane del cuerpo.
A lo largo de la novela el protagonista va encontrándose con un pensamiento que fluye en la medida en que fluye el cuerpo, un pensamiento que bordea los límites de la vida, compulsivo, agresivo, y que es capaz de pensarse a sí mismo. Ese pensamiento que viene de una hipermateria en velocidad, de una máquina de percepción potenciada, se piensa y se violenta a sí mismo. Hipercorporeidad metamental. “Allá también hay sismos, conmociones” (p.385).
Este cuerpo hipermatérico es un problema de ritmos, frecuencias, tonos, niveles de fuerzas. La Guajira no es sólo en la novela una zona distante, alejada, dispuesta a ser penetrada por un viajero audaz. Es una atmósfera donde cambian los niveles de ondas que abren y modifican el cuerpo, modificando simultáneamente sus secreciones: sudor, flujos, aire, ideas. La Guajira es un espacio donde el cuerpo se acerca a los ritmos animales, a la intuición y a la empatía generalizada con la materia, con la densidad y con el peso que gobiernan el mundo. El protagonista comienza a entrar en los objetos, a sentir extrañas fusiones con las plantas y los minerales. Mira lentamente los animales y percibe en ellos la extraña superioridad de una masa corporal no atrofiada.

Me preguntaban unos lectores hace poco por el concepto de “revolución”. Bien, no hay revolución si no hay una modificación en los modos de percepción. Estamos atrapados en un cuerpo que ha sido sometido, vigilado, subyugado, esclavizado con pseudomorales que lo han debilitado y atrofiado. Nuestro deseo ha sido encarcelado porque es peligroso. Lo primero es liberarlo. Percibir de otro modo es convertir lo real en un modelo plegable. Lo real no debería ser un discurso preestablecido, sino un ejercicio de la voluntad. Habrá revolución cuando nuestro cuerpo-pensamiento sea capaz de inventar infinitas bifurcaciones en la realidad.